¿Pensaste alguna vez en ser completamente autosuficiente? Usar paneles solares en vez de luz eléctrica, tener una huerta jungla en tu casa, calentar agua con calefones solares…Orígenes y prácticas de una teoría que busca la autosuficiencia de cada hogar para trabajar con la naturaleza y no contra ella.

Ilustración: Fernando Rawe

¿Te imaginaste alguna vez no tener que pagar más la cuenta de luz, de gas y de agua porque podías obtener esos servicios por tus propios medios? ¿Pensaste en dejar de ir al mercado a comprar verduras, frutas y carnes porque total ya las adquirías en tu propio hogar? Todas estas cosas, que consideramos parte esencial de nuestra vida cotidiana, casi axiomáticas, en realidad no lo son. Hubo gente que se hizo estas mismas preguntas y dio a luz a una filosofía de vida revolucionaria.

Revolucionaria en su sentido literal, es decir, subversiva. Porque es una filosofía que cuestiona lo que consideramos más natural, más lógico y más consuetudinario, como comprar una casa, tener los servicios indispensables gracias a compañías que los proveen y correr al mercado más cercano cuando se despierta el antojo por una buena ensalada.

Esta doctrina, o en una forma menos dura de describirla, esta corriente de pensamiento es la permacultura, un conjunto de principios éticos y de comportamientos cuya influencia crece a la par de la concientización por el cuidado del medio ambiente.

Según el Instituto de Permacultura (con base en Australia y con organizaciones hermanas en otras ciudades), esta corriente se define como un sistema de diseño ecológico para la sustentabilidad en todos los aspectos del desarrollo humano. Enseña cómo construir casas naturales, cultivar nuestra propia comida, restaurar paisajes y ecosistemas dañados, y aprovechar el agua de lluvia, etc.

La permacultura también es un movimiento global integrado por militantes, diseñadores y agrupaciones que en su mayoría se han mantenido fuera del circuito tradicional de difusión y producción, y, por supuesto, sin apoyo gubernamental.

Los creadores de esta corriente son los australianos Bill Mollison y David Holmgren. Mollison trabajó como biólogo realizando estudios científicos en rincones remotos de su país, luego se graduó en biogeografía y pasó a ser profesor en la Universidad de Tasmania. Allí, se convirtió en un crítico radical de los sistemas industriales y políticos que, a su entender, destruían el ambiente.

En 1974, junto con su estudiante David Holmgren, desarrollaron una estructura para un sistema de agricultura y de estilo de vida sustentable al que llamaron “permacultura”. En 1978 publicaron el primer libro al respecto y, un año después, su continuación.

La permacultura apuntó en sus inicios al enfoque sobre autoabastecimiento en la familia y en la comunidad, pero en los últimos años se está dirigiendo también hacia estrategias para conseguir el acceso a la tierra. De esta manera se le otorga importancia a la argumentación legal y financiera, impulsando las estructuras de negocios y sistemas económicos alternativos. Según ha manifestado el propio Mollison, la filosofía permacultural se sintetiza con la frase “trabajar con la naturaleza, no contra ella”.

Una ética distinta

Con el correr de las décadas, el cuerpo teórico de la permacultura se ha ido sofisticando. Una buena forma de entenderlo es conocer el dossier “La esencia de la permacultura”, publicado en su versión en español por el sitio Web de Holmgren . En ese documento se destacan, entre otras cosas, los principios éticos de la corriente, a los que se les otorgan un rol preponderante ya que, según expresa, “cuanto mayor es el poder de la civilización humana (…), más se necesita de una ética crítica para asegurar la supervivencia tanto cultural como biológica a largo plazo”.

Las tres máximas permaculturales son: el cuidado de la Tierra (conservación del suelo, bosques y agua), el cuidado de las personas (ocuparse de sí mismo, de los parientes y de la comunidad), y la repartición justa y redistribución de los excedentes (límites al consumo y a la reproducción).

El mayor especialista en el tema en la Argentina es Antonio Urdiales Cano, dueño del sitio www.permacultura.com.ar, quien reparte su vida laboral publicando libros sobre esta filosofía y dando cursos sobre las diferentes prácticas que se pueden hacer para acercarse a ella. Así enseña desde cómo disponer de los paneles solares hasta cómo llevar adelante una “huerta jungla”, sobre lo cual se enorgullece ya que dice ser el único que conoce el método para que los propios microbios y bacterias se ocupen del cultivo “sin siquiera clavar la pala en la tierra”. “Es agricultura para vagos”, dice.

Para él, la permacultura “es una forma de vivir y trabajar que puede ser aplicada por todos los habitantes del mundo por miles de años y sin dañar el planeta. Ser autosuficiente como base es una filosofía de vida”. En diálogo con Opinión Sur Joven, explica que esta cosmovisión tiene tres formas de ser practicada, según el sitio en donde se viva.

“Está la rural, que consiste en el autoabastecimiento y venta de alimentos con emprendimientos agrícolas de bajo consumo energético. La suburbana, es decir la que implica a una casa autosuficiente que cultiva los alimentos más necesarios, y la urbana, donde se busca la máxima autosuficiencia posible y las mínimas compras de alimentos. La permacultura llevada hasta las últimas consecuencias es la que se realiza en una casa autosuficiente en forma integral, que incluye todos los servicios y alimentos”, relata.

Cuando hablamos de autosuficiencia, nos referimos a que el habitante de un hogar se provee de luz, gas y agua por sí mismo y no a través de prestadoras. “Corté la luz hace 21 años y la sustituí por paneles solares. Y aún así, tengo computadora, un LCD de 15 pulgadas y lavarropas. Heladera no porque sería muy caro (por el consumo que implica), aunque tengo mi propia forma de conservar los alimentos”, cuenta Urdiales. Cuando habla de su “propia forma” se refiere a un complejo sistema de utilización de las bacterias para que conserven los alimentos. Esas cosas que sólo a un biólogo pueden ocurrírsele.

Urdiales se muestra más que satisfecho al afirmar que en 20 años jamás compró velas ni pilas, y que invirtió a lo largo del tiempo dos mil dólares en los paneles -y ya lleva ahorrados unos 15 mil-. “Los paneles tienen reservas energéticas, así que no tengo problemas cuando hay varios días nublados. Cuando calculé mi instalación, lo hice pensando en estar cómodo; y con 200 amper por hora (de uso promedio) estoy bien”, asegura. Para los no especialistas, les contamos que una batería de 200 amper es la que puede utilizar un camión.

“En una casa (para evitar el consumo de combustibles fósiles) también se puede tener el calefón solar para calentar el agua. Muchos que tienen que usar garrafa no se dan cuenta, pero con un panel solar en seis meses se recupera el dinero invertido. Es un ahorro tremendo para los que tienen que usar gas licuado. Y para no consumir el gas de las compañías, si se tiene animales se puede hacer biogas con un criadero de aves o chanchos, a partir de sus heces. No es tan práctico pero es barato”, añade.

“Yo pintura no bebo”

La vida permacultural no se acaba en las instalaciones. En el día a día alimentario también se puede pelear la batalla. “No como merluza, ciervo patagónico ni palmitos porque está en vías de extinción, ni pollo de supermercado porque está lleno de sustancias. Y por supuesto, no bebo ninguna clase de pintura”, señala como si hubiera dicho la frase más común del castellano.

Ante la mirada atónita del entrevistador, se sonríe y espera la repregunta. Allí, entonces, se explaya: “Para mí la Coca Cola es eso, pintura, como todas las gaseosas. Tiene ácido fosfórico, conservantes, benzoato, jamás tomo un vaso de eso. Yo quiero beber cosas naturales y no pintura. En una época hasta me hacía mi propia cerveza, que me salía muy bien”.

Además de la forma de subsistencia, otra arista clave de la permacultura es la construcción de la vivienda. “La casa permacultural se hace con los elementos del lugar, por ejemplo en Misiones con madera, en Mar del Plata con piedra y en Buenos Aires con tierra o barro. Una pocilga se puede hacer con cemento y ladrillo, y un palacio se puede hacer con tierra. Depende de la plata y la calidad de los albañiles”, relata.

Según dice, “cada vez más gente” se interesa por la permacultura, y nota un “cambio generacional, con interés en la gente joven” por el cuidado del medio ambiente. Su meca es, como el del movimiento en que milita, trastocar un estilo de vida que ha sido impuesto por generaciones y un sistema de poder que nos trasciende y nos es imposible cambiar, pero sí ignorar. Por eso, dedica su vida a enseñar cómo se pueden utilizar los menores recursos posibles de la naturaleza y vivir en total respeto con el ecosistema que rodea.

En la segunda parte de este informe especial, que saldrá en el próximo número de Opinión Sur Joven, vamos a ver cómo es más específicamente esto de instalar paneles solares y autoabastecerse con biogas, dos elementos centrales del paradigma permacultural.

Ilustración: Fernando Rawe

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Algo más sobre la permacultura

Instituto de Permacultura

Permacultura

Sitio Web de David Holmgren , investigador en Permacultura

La esencia de la permacultura, publicación de David Holmgren en su versión en español