Ya llegó, y llegó para quedarse. El trastorno de nuestro clima no es sólo un pronóstico de la mayoría de los científicos, sino que es una realidad que se padece día a día: desde el 2000 se vivieron los seis años más calientes de la historia de la humanidad y se especula que en los próximos años habrá cinco grados más en la Tierra. ¿De qué hablamos cuando hablamos de cambio climático? A continuación, un pantallazo sobre el tema que definirá la suerte del siglo XXI y el futuro de la humanidad.

Desiertos que se expandirán sobre los océanos, olas de calor intenso y crecimiento desmedido del nivel del mar. Son algunas de las consecuencias devastadoras que traerá el calentamiento global del planeta en el corto plazo. Al menos así lo refleja el informe del prestigioso «Cuarto Estudio del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático» ( IPCC, según sus siglas en inglés), reunido recientemente en París.

Ese panorama sombrío no nos espera en un siglo, sino a la vuelta de la esquina. Quizás por eso el tema está cada vez más en los medios de comunicación y en la cabeza de la gente. Según Greenpeace, 2006 es el año en que se despertó en la humanidad la conciencia sobre la gravedad del cambio climático, debido a los impactos cada vez más visibles del fenómeno y a las numerosas acciones de concientización. En el reporte del IPCC, los expertos advierten que el calentamiento del planeta “será mucho más destructivo y avanzará más rápido que lo estimado, con efectos devastadores para la humanidad” . También señalan que en los próximos años, las temperaturas podrían aumentar entre 4 y 5 grados centígrados y que las causas de estos desórdenes ambientales “son humanas”. Para dar un ejemplo: los 30 grados de promedio que tienen en enero Buenos Aires o Río de Janeiro, pasarán a ser 35; Lima empezará a superar -en promedio- la barrera de los 30, con picos de 35 o 40; La Paz dejará de tener temperaturas bajo cero en invierno…

Además, la frecuencia de tormentas será aun mayor que en la actualidad, los niveles del mar crecerán rápidamente y la nieve sólo quedará en las cumbres más altas del planeta. Los desiertos se expandirán cada vez más, los océanos se volverán muy ácidos, destruyendo grandes extensiones de arrecifes de coral, y habrá olas de calor que serán moneda corriente en lugares hasta ahora templados. Por más miedo que nos difundan estos presagios, no hay mejor manera de luchar contra ellos que interiorizarnos sobre el tema y entender el proceso. Porque, a todo esto, ¿de qué hablamos cuando hablamos de cambio climático?

¿Con qué se come?

“El calentamiento global podría definirse como un aumento de la temperatura de la Tierra debido al uso de combustibles fósiles y a otros procesos industriales que llevan a una acumulación de gases invernadero (dióxido de carbono, metano, óxido nitroso, por y clorofluorocarbonos) en la atmósfera”, explica el periodista y licenciado en Ciencias de la Atmósfera, Alejandro San Martín.

Si bien estas palabras pueden resultar complejas, a no preocuparse, que una vez más explayadas se pone peor: “El cambio climático es una modificación de la atmósfera -fluctuaciones a largo plazo de la temperatura, las precipitaciones, los vientos y todos los demás componentes del clima- producto de la emisión masiva de algunos gases, la cual aumentó mucho en los últimos 50 años debido a la acelerada quema de combustibles fósiles asociada al consumo de energía, a la destrucción de los bosques, etc”, cuenta San Martín.

Pasándolo a un lenguaje más popular, sería básicamente así: el aumento de los gases de efecto invernadero trastornan el “efecto invernadero natural” porque llevan a un desequilibrio que sólo es compensado con el incremento de la temperatura, concluyendo en el “efecto invernadero acusado”, generando el calentamiento global que caracteriza al cambio climático de nuestro tiempo. Lo peor de todo es que a diferencia de otros momentos de la Tierra, el actual calentamiento está siendo provocado por el hombre, y paradójicamente, es al que le trae los peores problemas.

El futuro ya llegó

El informe del IPCC auspiciado por Naciones Unidas brinda ejemplos tan claros como pavorosos de esta realidad. Destaca que 2005 y 1998 fueron los años más cálidos desde que hay registro y que seis de los siete años más cálidos de toda la historia han ocurrido desde 2001; que la temperatura media de la superficie ha aumentado desde 1850, y que la temperatura del aire en zonas terrestres ha subido el doble que en el océano desde 1979. Según la comunidad científica este problema se generó cuando se profundizó el proceso de industrialización. “El aceleramiento de los últimos años tuvo un efecto multiplicador a tal punto que hoy los científicos recomiendan a los gobiernos que adopten medidas de adaptabilidad a estos cambios, porque los consideran irreversibles. El tipo de desarrollo industrial de China e India preocupa especialmente, y ahora se presenta un dilema de crecimiento versus protección ambiental”, explica San Martín. Si bien ahora está en el tapete, el tema del calentamiento global no es una novedad. Hace al menos quince años que se viene advirtiendo sobre el tema, y a mediados de los ‘90 se podría decir que hubo una mayor concientización. A pesar de no haber explotado como ahora, el tema fue lo suficientemente fuerte como para conseguir la firma del famoso Protocolo de Kyoto [1] en 1997, un convenio internacional mediante el cual los países se comprometen a reducir la emisión de gases.

Pero Kyoto se encontró con el límite todopoderoso de la economía: el mayor emisor de gases de efecto invernadero, Estados Unidos, nunca ratificó el tratado. “Es un instrumento que sirve para paliar la crisis, pero debe avanzarse más allá de Kyoto”, opina San Martín. “Como todo instrumento, puede mejorarse, pero no deja de ser de suma importancia para el compromiso de las naciones en la solución”, agrega.

Por supuesto que muchos se congratulan del fracaso, no total pero fracaso al fin, del protocolo de Kyoto y de las políticas medioambientales. Pocos gobiernos, la mayoría de ellos europeos, se animan a reformas estructurales y condicionar a sus industrias para revertir el daño al ecosistema y la emanación de gases de efecto invernadero. Los políticos y grupos de presión encuentran, aun hoy en día, un discurso legitimador entre aquéllos que niegan el cambio climático por razones humanas. Incluso una fundación norteamericana relacionada con el lobby petrolero ofreció a científicos y economistas 10 mil dólares para desmentir el informe de la ONU a través del IPCC en París hace unos días.

No es la primera vez que se intenta refutar. San Martín cuenta que “hubo muchos ataques a quienes alertaban sobre el cambio climático, sobre todo en la década de los 90 cuando el mercado era reino y señor del planeta y era más importante la ecuación económica que la ecuación ambiental: terrible error porque una va de la mano de la otra. También se alzaron voces minoritarias que hablaban de un proceso normal de la Tierra que desembocaría en otro período de glaciación. Son todas teorías que fueron refutadas por la realidad”.

Muchos ambientalistas fueron tildados de fanáticos y dramáticos por las advertencias que hicieron a su debido momento. La realidad actual los reivindica. Si no hubieran sido tan insistentes, quizás hoy no estaríamos tan atentos o concientes del peligroso rumbo que está tomando nuestro planeta. Como remarca Alejandro San Martín, con cierto toque de esperanza, “es mejor la exageración que alerta, que la pasividad que deja que los acontecimientos pasen, y muchas veces es demasiado tarde para remediarlos”.

[1] Según Wikipedia: El Protocolo de Kyoto sobre el cambio climático es un instrumento internacional que tiene por objeto reducir las emisiones de seis gases provocadores del calentamiento global (dióxido de carbono (CO2), metano (CH4) y óxido nitroso (N2O), además de tres gases industriales fluorados: hidrofluorocarbonos (HFC), perfluorocarbonos (PFC) y hexafluoruro de azufre (SF6), en un porcentaje aproximado de un 5%, dentro del periodo que va desde el año 2008 al 2012, en comparación a las emisiones al año 1990. Por ejemplo, si la contaminación de estos gases en el año 1990 alcanzaba el 100%, al término del año 2012 deberá ser del 95%. Es preciso señalar que esto no significa que cada país deba reducir sus emisiones de gases regulados en un 5%, sino que este es un porcentaje a nivel global y, por el contrario, cada país obligado por Kioto tiene sus propios porcentajes de emisión que debe disminuir. Más información enhttp://unfccc.int/portal_espanol/es…