En apenas 15 años el mundo ha vivido una revolución. Con la irrupción de Internet ya nada se hace como se solía hacer: escribir, informarse, leer, comunicarse, trabajar, estudiar, buscar datos enciclopédicos… todo cambió y cambia demasiado rápido. Y esas transformaciones van dejando gente afuera: a quienes no tienen recursos para acceder a las tecnologías y a las personas mayores que nacieron en un mundo en que Internet no existía. En esta nota se analiza el fenómeno.

No quiero caer en frases hechas pero tengo que hacerlo. Estamos viviendo una de las revoluciones más importantes del mundo. No es una revolución ideológica, ni la abolición de la esclavitud, la emancipación burguesa o el fin de la lucha de clases. Somos parte de la revolución digital, impulsada por la mejora continua de la tecnología, Internet y la aparición de otros inventos complementarios. Ya casi nada se hace como se hacía hace 20 años. Cambió la forma de escribir (¿quién escribe a mano?), el contenido de la escritura, de leer, de informarse, de comunicarse a la distancia (el teléfono de línea cada vez se usa menos), de comunicarse en las cercanías (es muy común que empleados en una misma oficina chateen en lugar de acercarse a charlar), la forma de trabajar, de estudiar, de buscar información, de pensar, de buscar relaciones sentimentales/sexuales, de adquirir pornografía y hasta detener relaciones sexuales. Respirar, comer e ir al baño parecen ser las únicas actividades que no se modificaron hasta ahora.

El problema es que si el mundo cambió tanto a partir de la aparición de estas tecnologías, todos aquellos que no lograron adaptarse a ellas quedan fuera. Darwinismo social, bien primario.

Se llama brecha digital a la separación que existe entre aquellos que dominan las nuevas tecnologías de la información (Tics) y aquellos que no lo hacen. En general el concepto se utiliza para diferenciar a los países ricos de los pobres. Mientras que los primeros pueden hacer un uso exhaustivo de las Tics, los sectores más pobres y marginados de los países en desarrollo carecen de todo tipo de contacto con las tecnologías. Incluso en sectores urbanos como las villas en la Argentina, los más necesitados tienen acceso a las Tics en locutorios o cibercafés. Pero lógicamente el nivel de aprendizaje en la utilización de las herramientas no tiene el alcance de aquellos que las disponen todo el tiempo en su casa.

Esa es la brecha digital. Los jóvenes de los países ricos podrán conectarse al mundo a través de su computadora y conseguir más y mejores trabajos; los de los países pobres, no. Sin embargo, existe otra brecha que también es muy preocupante: la brecha digital generacional. Las personas en edad activa que van entre los 45 y los 65 o 75 años tienen una relación dispar con la tecnología. Y eso genera un divorcio y un problema comunicacional con los más jóvenes. Eso es lo que queremos abordar en estas líneas.

¿Es un poco {cronocéntrico} decir que estamos viviendo una revolución única? Es probable. Sería difícil asegurar que no existieron situaciones similares en el mundo. Cada vez que apareció una tecnología disruptiva, cambió el curso de la historia. Un ejemplo es la imprenta que logró democratizar la información de una forma impensada hasta entonces. De hecho, la universalización del alfabeto fue posible gracias a ella.

El descubrimiento de la máquina de vapor, usada para industrias textiles, fue el inicio de la primera revolución industrial y la base de la tecnología que permitió crear los ferrocarriles. Así se empezaba con un proceso que daría fin a la tracción a sangre en el transporte. Sin embargo, esto no cambió la vida particular de las personas, hasta muchos años después con la aparición del automóvil y su producción en masa.

La máquina de escribir, antecesora directa de los procesadores de texto, no llegó a penetrar profundamente fuera de las oficinas. Su uso no se hizo tan extensivo como el Word, en parte porque sus beneficios no eran tan grandes: era una ventaja para el lector, que no tenía que identificar la letra manuscrita de nadie; pero no para el escritor, que no podía modificar su texto, ni grabarlo y retomarlo otro día, como si se puede hacer con el Word u otros procesadores.

La televisión fue otro invento que cambió la historia del siglo XX. Pero opuesto a lo que sucedía con la máquina de escribir, sólo penetró en la vida personal sin interferir en otros ámbitos. Sin dudas fue una revolución en materia de entretenimiento y modificó ciertos hábitos familiares. Pero no varió otros aspectos de nuestra vida.

Más extendido fue el uso del teléfono, que incidió tanto en la vida personal como en la laboral. Cambió la forma de hacer negocios y de charlar con un amigo que vivía a más de cinco cuadras, sin tener que ir a visitarlo. Pero a diferencia de la computadora, no requirió de grandes conocimientos para poder usarlo. Cualquier persona podía levantar el tubo y llamar, sin mayores complicaciones. ¿Lo hace esto menos importante? No. Sin embargo, el teléfono no dejaba a la gente afuera por no saber cómo usarlo. Internet sí.

Comunicación e incomunicación

Existe un problema entre significados y significantes. La imagen que se ve aquí a la derecha de la pantalla, para mí significa “minimizar, maximizar y cerrar”. Para mis viejos es una raya, un cuadrado y una cruz (¿ta-te-ti de a tres?). Los mismos íconos no representan lo mismo para alguien de 20 años que para alguien de 60.

El Mouse es para mí una extensión de mi mano. De hecho, pasé al menos un tercio de los últimos 10 años de mi vida con la mano en ese aparatito. Para Norberto, de 68 años, sigue siendo algo muy difícil de usar. Con su pulgar e índice lo agarra de los bordes y lo lleva hasta la posición en la que quiere clickear. Luego, lo suelta y con su dedo índice se dirige hacia el botón izquierdo y lo aprieta sin sostener el resto del Mouse. Esto implica que no sólo tarda el doble de tiempo en tomar cada acción, sino que muchas veces se le corre el mouse y no logra clickear sobre el lugar correcto. Intenté decirle cómo se usa, pero no hubo caso, hasta ahora.

Pero no hace falta ir hasta tal extremo. Miguel era director ejecutivo de una importante ONG de Buenos Aires. Tiene 60 años y no logra comunicarse por mail, lo cual le traía serios inconvenientes con los jóvenes que militan en su organización. No es que no sepa usar la herramienta. Sabe enviar mails pero no logra incorporar su uso como medio de comunicación. Así, los más jóvenes le mandaban cosas, pedidos, informes y él no lograba registrarlo, en parte porque sólo chequeaba su casilla una vez por semana. Tal vez, días después llamaba preguntando qué había pasado con el informe que debían haberle enviado (quería que se lo acerquen en papel). Pese a que le faltaban cinco años para jubilarse, las autoridades de la ONG decidieron desplazarlo. No fue sólo por su relación con las tecnologías, pero éste fue un factor más que incidió.

Hoaxes

En los comienzos de la radiofonía Orson Welles adaptó la novela“La Guerra de los Mundos” a un radioteatro. El actor y director comenzó a relatar que en ese mismo momento se estaba produciendo en la Tierra una invasión extraterrestre y la descripción era tan realista que logró que muchos se compenetraran con la historia. Cuentan los relatos de la época que al inicio del ciclo, se avisó que se trataba de una ficción, pero no todos los oyentes escucharon esa advertencia. Al encender sus radios, muchos pensaron que de verdad se estaba produciendo la invasión extraterrestre. En un ataque de pánico, se produjo una ola de suicidios en Nueva Jersey, donde según la obra estaba ocurriendo la invasión.

“La guerra de los mundos” y la supuesta ola de suicidios, dieron lugar a un montón de estudios acerca de los efectos que los medios de comunicación producen en los oyentes (luego televidentes). Se desarrolló en ese momento la denominada “teoría de la aguja hipodérmica”, que postulaba que los mensajes que los medios de comunicación inyectaban en los receptores, llegaban directamente a sus cerebros, produciendo modificaciones sustanciales en su manera de pensar.

Esas teorías sobre los medios de comunicación reinaron hasta mediados de los 60, cuando se empezaron a hacer experimentos para refutarlas. Así se creó la denominada “teoría de los efectos limitados” que decía que en realidad los medios actúan sobre los cerebros de las personas pero con ciertos límites. Es decir, sólo pueden construir sobre las concepciones previas de los individuos.

Dicho sea de paso, hoy se cuestiona de que la ola de suicidios haya sido tal y que el efecto de los medios de comunicación sea tan lineal como entonces se pensaba.

El problema, creo yo, es que cuando aparece una nueva tecnología comunicacional -la imprenta, la radio, la TV…- se genera en la mente de las personas la idea de que lo que estos instrumentos manifiestan es verdad. A medida que las industrias van avanzando y los individuos toman contacto con la tecnología, van aprendiendo que no necesariamente todo mensaje que transmiten es verdadero.

Hace unas semanas recibí un correo electrónico de una familiar. Básicamente decía que había que mandarle un mail a cada senador y reclamarle por su falta de honestidad.“¡Que trabajen para el bien común, retribuyendo por el sueldo que les pagamos!”, concluía el mensaje y luego daba la lista completa de todos los senadores, incluyendo su dirección de correo electrónico y teléfono. Pero el listado era de los senadores del año 2001…

Unos días más tarde recibí otro mail en que se transcribía una carta abierta de Joan Manuel Serrat a favor del Estado de Israel y con duras críticas hacia el mundo árabe. Me llamó la atención que Serrat tomara partido tan abiertamente y comencé a buscar en Google esa supuesta carta abierta. En la mayoría de los blogs, foros, etc la referenciaban como la carta de Serrat. Sin embargo, buscando un poquito –y en sitios más confiables- encontré que en realidad la autora había sido Ajinoam Nini, una cantante israelí que “compartió actuaciones con los mejores. En español, entre otros, con J.M.Serrat”.

Los más jóvenes ya aprendimos a tener cuidado con el reenvío de mensajes que llegan por mail, que sabemos que muchas veces pueden ser falsos. (Técnicamente se los denomina Hoaxes). Pero los mayores muchas veces siguen considerando verdadera cualquier cosa que les llega a sus casillas. ¿Qué harían esta vez si les informaran en un mail de un inminente ataque extraterrestre?

Crisis de liderazgo

Se llama nativos digitales a aquellos que nacieron en un mundo en que ya existía Internet. Migrantes digitales son quienes vivieron en un mundo sin esta herramienta y hoy tienen que adaptarse a la nueva realidad.

Esto es un problema para ellos que se acostumbraron a vivir en un mundo radicalmente diferente a éste. Pero también es un problema para nosotros, los jóvenes nativos (o en mi caso “anfibio”, porque estoy en el medio) porque no tenemos alguien que nos marque una ruta clara sobre cómo sigue esta historia.

Para nosotros los jóvenes (nativos o anfibios) implica un desafío. El de tener que recorrer necesariamente algunos caminos sin la ayuda de una guía, de alguien que ya haya previamente transitado las experiencias que nosotros queremos desarrollar. El mundo ha progresado gracias a que los jóvenes de otras épocas pudieron aprender de quienes los precedieron para conocer qué caminos no debían volver a recorrer. Pero este mundo cambió tanto en los últimos quince años que parece difícil nutrirse de muchas experiencias previas. Por ejemplo, a mí como periodista me cuesta inspirarme en quienes crearon un diario, revista, programa de TV o radial por el sencillo motivo que todos esos medios hoy están puestos en duda y tienen serios riesgos de desaparecer. Me genera dificultades a la hora de buscar referentes en mi campo profesional y algo similar les pasa a jóvenes de casi todas las áreas profesionales y sociales.

Pero así como implica un desafío para nosotros, también lo es para los mayores. Que aunque les cueste, aunque tengan su vida armada con otros esquemas, deben tratar de aprender cómo funciona este mundo en que Internet y las Tics son claves para todo el funcionamiento de la sociedad.

Y también es un desafío para gobiernos, ONG, fundaciones y centros culturales, entre otros, achicar la brecha digital. Tanto la que se produce como consecuencia de la pobreza como por la diferencia generacional. Lograr desarrollar métodos para acortar esas distancias debería ser un objetivo importante de quienes se plantean como meta generar un mundo más igualitario. No sólo en lo que hace a posibilidades sociales sino también permitiendo que quienes nacieron en otro mundo puedan integrarse a este nuevo mundo raro y convulsionado.

Ilustración: Guadalupe Giani

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