El estrangulamiento del sector externo, persistente amenaza para países no centrales

En su crecimiento, los países no centrales sufren recurrentes situaciones de escasez de divisas que desbarrancan su desarrollo. Esto ocurre porque su desarticulada estructura económica genera dinámicas que producen los estrangulamientos. ¿Cómo resolver esta persistente amenaza?

La estructura productiva que suele primar en países no centrales genera una dinámica plena de contradicciones, entre muchas otras, que al crecer aparecen situaciones donde la necesidad de divisas para sostener el crecimiento es mayor que su disponibilidad, se trate de dólares, euros, yenes o cualquier otra moneda requerida para las transacciones con actores externos. Es dramático ver países que procuran con mucho esfuerzo superar desigualdades, mejorar la distribución del ingreso, reforzar el mercado interno, acelerar su crecimiento y, “de pronto”, llega un momento donde ya no disponen de las divisas suficientes para pagar importaciones ni cancelar el endeudamiento contraído. Aparecen temibles estrangulamientos de sector externo que traban su desarrollo, causan graves penurias económicas particularmente a sectores medios y populares, desestabilizan gobiernos y recortan duramente la soberanía decisional.

¿Es esto inevitable? De ninguna manera pero sucede cuando las economías presentan estructuras y dinámicas formateadas por fuerzas más atentas a sus intereses que a los de los países.

Diversos factores generan tensiones demandando divisas, como ser la extranjerización y concentración del sistema económico, el fuerte perfil ensamblador de las economías no centrales, el sobre endeudamiento soberano, la desregulación de los movimientos del capital que facilita la acción depredadora de los capitales “golondrina”, la evasión y elusión impositiva practicadas por grandes empresas y familias acaudaladas que derivan en fuga de divisas. En lo que sigue analizaremos esos críticos factores pero hay muchos otros que no podemos incluir en un texto corto como estas líneas. Entre otros, la salida de divisas por turismo, la contratación de servicios internacionales de transporte, la tendencia a comprar divisas para protegerse de devaluaciones. Por cierto el listado es aún mayor pero, más que pretender ser exhaustivos, importa explicitar la diversidad de fuerzas que convergen demandando divisas frente a una oferta que corre por detrás. Podemos así reconocer las raíces estructurales de los estrangulamientos y la dinámica sistémica que los reproduce y sostiene en el tiempo.   

Extranjerización y concentración del sistema económico

Los países no centrales no pudieron (o no quisieron) evitar que partes de su aparato productivo fueran apropiadas por corporaciones internacionales, en especial empresas que lideran importantes cadenas de valor. Esas empresas extranjerizadas subordinan sus decisiones de inversión y producción a los intereses de los conglomerados a los que pertenecen. Sus casas matrices, que están fuera del país, establecen estrategias globales en las que sus subsidiarias, tal como su denominación indica, inciden subsidiariamente. En caso que el interés de una subsidiaria confrontase con los de su casa matriz, tendrá que ceder y adaptarse a la estrategia de maximizar las ganancias del conglomerado. Más grave aún, si una crisis estalla comprometiendo a la matriz, la subsidiaria es forzada a acudir a su salvataje remitiendo los excedentes que tuviera o, llegado el caso, liquidar el negocio para producir el efectivo que le es reclamado.

Al estar integradas en redes que controlan la mayor parte del comercio internacional, las subsidiarias tienen la capacidad de evadir impuestos, reducir su aporte de divisas y fugar capitales, utilizando subfacturación a empresas asociadas en jurisdicciones con baja tributación, o simulando consultorías de asistencia de casas matrices. Cuando esto también afecta a países centrales (caso de las confrontaciones de la Unión Europea con grandes tecnológicas), comienzan a aparecer regulaciones y precios de referencia para limitar ese latrocinio.  

Por otra parte, las subsidiarias hacen que un segmento del aparato productivo nacional, ellas y sus proveedores, se integre en grandes cadenas internacionales de valor abriendo mercados y generando empleos. En función de esos intereses deciden cuándo invertir o desinvertir, qué canales de comercialización y fuentes de financiamiento utilizar, con quienes relacionarse en el mundo. Por su peso, logran además influenciar las políticas públicas y, a través de pautas publicitarias, a los principales medios de comunicación. De este modo, la extranjerización de espacios del sistema productivo provoca cambios en la correlación local de fuerzas; reduce soberanía decisional introduciendo factores positivos y negativos generados fuera del alcance de los intereses y las políticas del país.

Hay que agregar que todos los países están insertos en un contexto global de desaforada concentración económica y decisional, proceso que se materializa a través de relaciones financieras, comerciales, culturales y geopolíticas. Se somete a mayorías colonizando mentes y formateando subjetividades, mientras flujos financieros y comerciales extraen los excedentes que son remitidos a los centros globales. El resultado es que se esteriliza el potencial inversor de países que ven salir, legal o ilegalmente, cuantiosas divisas que se fugan al exterior. El impacto del drenaje es aún mayor ya que, al afectar la capacidad inversora del país, se reduce la base tributaria, comprometiendo el financiamiento de los servicios del Estado y el crítico rol que juega la inversión pública.

No escapan a esta dinámica algunas grandes empresas nacionales que también evaden o eluden su plena responsabilidad tributaria sumándose a la fuga de capitales. Ciertas empresas lo hacen porque están guiadas por un ilimitado afán de lucro, codicia sin fin; otras, para subsistir en mercados donde el Estado es incapaz de prevenir inequidades y delitos financieros que favorecen a quienes los realizan y castigan a los que se atienen responsablemente a leyes y regulaciones.

El perfil ensamblador y su impacto sobre el sector externo

Los países no centrales suelen conformar aparatos productivos con perfil ensamblador, esto es, numerosas empresas que ensamblan productos en base a insumos y tecnologías importadas. La idea es que con el tiempo más partes puedan ser producidas localmente sustituyendo importaciones, algo que pocas veces se logra. En cambio, lo que ocurre con mayor frecuencia es que, al crecer la producción de las ensambladoras, aumentan también sus importaciones sumando presiones sobre la disponibilidad de divisas. Este  impacto negativo se moderaría si las ensambladoras compensasen sus importaciones con aumento de exportaciones y una activa participación en programas de promoción de proveedores locales, apoyándose en el sistema científico y tecnológico nacional. Sin embargo, lo que sucede es que el saldo en divisas tiende a ser generalmente deficitario. 

Casos típicos de ensambladoras son la industria automotriz y la de electrodomésticos, lideradas por corporaciones internacionales que, tal como se señaló, condicionan sus decisiones de inversión a maximizar las ganancias del conglomerado. Ellas prefieren concentrar en ciertos lugares la producción de buen número de partes de sus productos, generalmente aquellas tecnológicamente más intensivas, y no dispersarla por países. De este modo las ensambladoras están forzadas a comprar insumos fuera del país y, con ello, consagran una permanente presión para proveerse de divisas.

Otro caso paradigmático es la generación local de energía, componente esencial de todo proceso productivo. Si el país no dispusiese de oferta energética para acompañar los requerimientos de su desarrollo industrial, entonces sería crítico priorizar una política de producción de energía convencional o, si primasen objetivos de cuidado del planeta y  no contaminación, energía limpia como la hídrica, eólica, solar, el aprovechamiento de mareas, entre otras. Si no se programasen de manera ensamblada política industrial y de energía, el inevitable resultado sería requerir mayores niveles de energía importada con el consecuente impacto sobre la disponibilidad de divisas.  

El impacto del sobre endeudamiento soberano y el capital golondrina

Cuando un país enfrenta un estrangulamiento de sector externo requiere encontrar una forma de proveerse de divisas que impida la paralización de importantes sectores de su economía. Una salida es escoger endeudarse con la esperanza que luego el crecimiento esperado permitirá cancelar la deuda o, cuando menos, pagar intereses que permitan refinanciarla. Sin embargo, si se contrata endeudamiento sin cambiar la estructura y el funcionamiento productivo, las restricciones externas se sucederán una tras otra. Lo que se consideró que sería una deficiencia ocasional pasa a ser permanente, dando paso a peligrosísimas situaciones de sobre endeudamiento soberano. Esto compromete aún más la soberanía decisional de un país que termina sometido a condiciones impuestas por los acreedores para asegurarse el cobro de sus créditos. Se paraliza el desarrollo y pasa a primar el rigor acreedor.

En estas coyunturas aumenta sin cesar el peso del pago de amortizaciones e intereses de la deuda, afectando cada vez más la disponibilidad de divisas. Se consagra así una perversa dinámica que parte de la desarticulada naturaleza productiva de un país, lleva a periódicos estrangulamientos de sector externo, siguen impuestas políticas de ajuste, enormes pagos en divisas para cancelar deudas, nuevos préstamos o mayores intereses para refinanciar lo que no pudo cancelarse en tiempo y forma, mayor ajuste y el país siempre hipotecado con sus mayorías permanentemente castigadas.

Si el Estado es controlado por un gobierno neoliberal, fiel a sus concepciones e intereses económicos, se desregulan casi por completo los movimientos de capital. Suponen que así atraerán inversores internacionales (la tan mentada “lluvia de inversiones”). Nada de eso sucede; los capitales que se animan a entrar en países estructuralmente inestables sólo lo hacen si pueden aprovechar esquemas especulativos de corto plazo. Un ejemplo es la denominada “bicicleta financiera” que consiste en traer divisas al país, cambiarlas por moneda local para ganar altas tasas de interés y, cuando ese capital golondrina olfatea que se acerca el final de su incursión especulativa (riesgo de devaluación que licuaría sus ganancias en moneda local), vuelven a comprar divisas con un jugoso lucro y huyen del país prosiguiendo sus aventuras en otras latitudes. Cuando entraron divisas al país dieron un respiro de corto plazo pero, al salir abruptamente, generan tremendos impactos; entre otros, desestabilizan el mercado cambiario, provocan nuevas presiones inflacionarias, agregan incertidumbre a la actividad productiva y castigan la capacidad adquisitiva de las mayorías. Para colmo, la salida intempestiva del capital golondrina fuerza al país a procurar otras fuentes de divisas pero con tal urgencia que aumenta su vulnerabilidad a imposiciones de quienes se animen a prestarle. Además, aunque se lo quiera encubrir, el lucro que se lleva el capital golondrina lo pagan los pueblos con su esfuerzo. Ese lucro no es otra cosa que una parte del ahorro nacional que se sustrae al consumo y a la inversión social o productiva. Es otro de los múltiples encubrimientos que la jeringoza (lenguaje difícil de entender) economicista escamotea a la comprensión popular.

 Encarando soluciones

De este modo, cuando los estrangulamientos de sector externo pasan a ser recurrentes, queda claro que no resultan de una desafortunada situación ocasional. Su ocurrencia está ligada a la estructura y dinámica de funcionamiento del sistema productivo nacional y las erradas políticas que se han utilizado. Será imposible solucionar los problemas que generan sin encarar profundas transformaciones. No sirven los abordajes parciales o simplistas. Se requieren estrategias comprehensivas que reorienten el rumbo y la forma de funcionar del sistema económico, junto con resolver los condicionantes políticos, culturales, mediáticos y judiciales que lo sustentan.

No existen recetarios mágicos ni únicos para encauzar el desarrollo hacia el bienestar general y el cuidado ambiental, por más que fundamentalismos de diversas naturalezas así lo aseveren. Sería pernicioso ignorar la inherente singularidad de cada país, con su historia, su cultura, sus aspiraciones, sus trayectorias.  Cada momento, cada situación, se da en el contexto de cambiantes circunstancias geopolíticas, de diferentes niveles de esclarecimiento, organización, responsabilidad o furor popular.

Desde esa perspectiva señalamos algunos enunciados que puedan servir de reflexión o referencia cuando toca encarar serios estrangulamientos de sector externo. Lo crítico es recuperar soberanía decisional, gobiernos con el sustento político suficiente para decidir en función del bienestar general de sus pueblos y el respetuoso cuidado de su territorio.

Un aspecto de importancia estratégica es parar la constante extranjerización del aparato productivo, particularmente de las empresas que lideran las más significativas cadenas de valor. Será necesario debatir y adoptar normativas que regulen qué inversiones son bienvenidas y cuáles no; sin caer en fundamentalismo alguno sino explicitando criterios a respetar. Entre otros, que la inversión que ingrese al país exporte productos con alto valor agregado favoreciendo el saldo de divisas, que sea funcional al desarrollo de la ciencia y la tecnología local,  que no se dedique a la especulación financiera, que su operación no afecte actividades estratégicas reservadas al Estado o a empresas de capital nacional.

Otro aspecto estratégico es respaldar con firmeza al conjunto de empresas nacionales, grandes, medianas y pequeñas, lo cual entraña un doble desafío. Por un lado, establecer un mercado de capitales y un sistema financiero que acompañe ese desarrollo. Pero, al mismo tiempo, asegurar equidad y adecuadas complementariedades entre todos los participantes de la actividad productiva. No pueden mantenerse cadenas de valor en las que sus empresas líderes abusen de su poder oligopólico para favorecerse a costa de sus proveedores y consumidores. No faltan propuestas que aseguran apropiada equidad al interior de las cadenas productivas. Pero hay otras razones que justifican transformar  la distribución de resultados a favor de las pequeñas y medianas empresas: son actores importantes en todo proceso de sustitución de importaciones y, además, la propensión a reinvertir localmente sus ganancias y no fugarlas es mayor que la de las más grandes unidades productivas. Puede así sostenerse que una mejor redistribución de la inversión hacia la base del aparato productivo impacta favorablemente sobre el sector externo.

Es imposible ignorar lo defectuoso que suelen ser los sistemas de control de la evasión y  elusión impositiva. Esto afecta tremendamente la posición del sector externo de un país que sufre la fuga de excedentes obtenidos ilegal o cuando menos ilegítimamente. Quienes no comprenden este oprobioso mecanismo de fuga de capitales mal habidos, ni están informados de su magnitud, no pueden o saben vincularlo con el recurrente déficit de divisas. Será difícil evitar el estrangulamiento externo sin resolver este drenaje mayormente practicado por grandes corporaciones y familias acaudaladas. 

En mercados oligopólicos como los que priman en países no centrales, suele ocurrir que cuando crece la demanda por mejoras en el mercado interno, las empresas que lideran aprovechan su posición dominante para subir precios en lugar de aumentar su oferta productiva. De esta forma lucran sin invertir. ¿Qué sucede entonces? Sin inversiones no contribuyen a reforzar la dinámica de crecimiento de la economía: no se generan nuevos empleos, ingresos, ni se favorece a sus proveedores con efectos multiplicadores a lo largo de sus eslabonamientos productivos. La otra opción, que debiera alentarse, es que el aparato productivo aproveche el impulso de una mayor demanda aumentando la oferta de sus productos. Esta mayor oferta puede lograrse utilizando capacidad ociosa, si la hubiere, o realizando inversiones; en cualquiera de estas situaciones se dinamizaría la economía. La diferencia entre las dos conductas corporativas es fenomenal. Subiendo precios sólo se benefician las empresas que adoptan esa estrategia extrayendo valor de sus consumidores y proveedores que no detentan el poder de resistir. En cambio, si se aumentase la producción, los beneficios se irradiarían más ampliamente. Es otra crítica divisoria de aguas entre muy diferentes modelos de país: uno que refuerza el proceso concentrador de la riqueza y el consecuente poder decisional; el otro que avanza hacia el bienestar general y la sustentabilidad social. Los impactos sobre el sector externo son diametralmente diferentes.

En definitiva, no es sencillo pero posible comprender y resolver los factores que generan recurrentes déficits de divisas. Toca atravesar la niebla generada por embaucadores que encubren intereses indefendibles y se esfuerzan por ocultar las raíces de los problemas que agobian a nuestros pueblos, dificultades que no son simples ni están desconectadas. Minorías poderosas imponen sórdidas dinámicas y apuntan siempre a colonizar la mayor cantidad de mentes para atontar la determinación popular. Como sucede desde larga data, un crucial desafío, mucho más allá de déficits de divisas, es  conocer bien que está sucediendo, comprender por qué sucede de tal forma, en qué campo de circunstancias y restricciones estamos operando y, en función de ello, ejercer soberanía redefiniendo rumbos y elaborando soluciones que cuiden del planeta y sus habitantes. Con una doble prevención: no caer en voluntarismos, ni dejarse acobardar por lamentos fatalistas.   

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