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Duelos y traumas del siglo XXI

Conforme se ha aprendido más acerca del trauma, también ha crecido el conocimiento sobre la resiliencia. Nos preguntamos por qué cuando diferentes adultos son expuestos a las mismas experiencias traumáticas algunos desarrollan los síntomas del trastorno por estrés post-traumático (PTSD, por sus siglas en inglés) y otros no. Un individuo que tiene en su vida alguien en que puede confiar porque es afectuoso y le brinda apoyo tendrá más resiliencia que otro que no tiene ese respaldo. Un niño que sufre pobreza y carencias tendrá menos probabilidad de ver reducir su resiliencia frente a PTSD si él o ella ha crecido en una comunidad estable de personas que lo apoyan, estén o no relacionados por sangre.

A medida que la humanidad avanza hacia los grandes, probablemente abrumadores, desafíos del siglo XXI, cargamos con nosotros la acumulación de traumas de eventos del siglo XX. Consideremos los horrores del Holocausto; el sufrimiento de amplias partes de Europa y Asia durante y luego de las dos guerras mundiales; o las masacres dirigidas por déspotas como Stalin, Pol Pot y los gobernantes de Corea del Norte. Al reinado colonial en África le siguieron los conflictos, las enfermedades y la opresión gubernamental; ese continente ahora tiene un enorme contingente de huérfanos que han sufrido violaciones, violencia y destitución. China también emergió de su pasado colonial, experimentando la mayor hambruna del mundo, la locura de la Revolución Cultural y ahora una nueva revolución económica que ha sacado a millones de la pobreza pero arrojándolos a una economía de mercado que persigue ganancias mientras pisotea el derecho a la salud y otros derechos, así como el cuidado ambiental. En India, la segunda mayor hambruna del mundo ocurrió mientras se exportaban alimentos desde las regiones más afectadas, resultado de un mercado operando sin consideración por las necesidades de los seres humanos.  India ha alcanzado a China en términos de polución, y de enfermedades y muertes causadas por la polución. En América Latina como en África, las grandes corporaciones multinacionales, con el apoyo de los gobiernos (incluyendo de manera significativa al gobierno de Estados Unidos), han causado muertes violentas al tiempo que han llevado a cabo un severo abuso medioambiental.

El siglo XX no fue el único siglo de la historia humana marcado por violencia y hambruna, pero sí fue el único en combinarlas con otros grandes cambios. Uno fue la magnitud del crecimiento poblacional, que ha multiplicado por siete el número de personas en el planeta en los últimos cien años. Donde el crecimiento poblacional fue más rápido, los sistemas locales fueron abrumados por el número de personas para alimentar, dar vivienda y proveer servicios de agua potable y cloacas. El shock demográfico también puede relacionarse con los cambios culturales y sociales. En Japón, China, Italia, Rusia y otros países donde la tasa de natalidad ha descendido debajo del nivel necesario para mantener el tamaño de su población, hay una nueva batalla por encontrar formas para cuidar de una abultada población de adultos mayores. En otros lugares, la agitación social ocurre cuando la migración interna o internacional es causada por un rápido crecimiento de la población, como sucede en partes de Europa.

Otra tendencia excepcional  durante las últimas tres generaciones es la velocidad y el alcance del cambio tecnológico. Los avances en medicina y sanidad han permitido a una mucha mayor proporción de infantes llegar a ser adultos. Por supuesto, la tecnología ha sido también una fuerza principal en el crecimiento económico; en más o menos los últimos 70 años, ha habido un achicamiento sustancial del porcentaje, y según algunas mediciones también en números absolutos, de personas viviendo en extrema pobreza alrededor del mundo. Pero el propio crecimiento económico se ha vuelto cada vez más tóxico. La forma que ha asumido en décadas recientes aumentó considerablemente la inequidad, al operar la tecnología de la información, la robótica y otras innovaciones del mercado amplificando las recompensas, o la falta de ellas, a ganadores y perdedores en el sistema. También ha contribuido a generar consecuencias de los desastres ecológicos que pueden hacer retroceder mucho de lo que hemos conocido como progreso de la civilización. En relación a la terrorífica perspectiva de un cambio climático global, se ha dicho que la humanidad contemporánea está sufriendo “trastorno por estrés pre-traumático”.

Tanto si enfrentamos directamente lo que esto probablemente signifique para los años venideros, como si simplemente no tolerásemos mirar los datos, se está haciendo cada vez más difícil evadir el conocimiento intuitivo que el mundo está rápidamente transformándose en uno notablemente menos bello, rico y generoso para sus humanos habitantes. Decenas de miles de especies desaparecen para siempre cada año. Grandes extensiones costeras quedarán sumergidas; enfermedades se multiplicarán y diseminarán; habrá escasez de alimentos de los océanos y de campos sometidos a inclemencias climáticas; el agua potable será muy cara o inalcanzable para cada vez más millones de personas; los refugiados medioambientales inundarán las filas de los migrantes indeseables; y los conflictos armados alcanzarán a muchas personas que habían asumido que estaban seguras. Vivir en fortalezas armadas será cada vez más común para los ricos y sin lugar a dudas creará algunas áreas de seguridad relativa, pero la gente en su interior serán sus propios prisioneros.

Junto con el cambio climático, otra espectacular causa de diseminación de los traumas del siglo XXI es el creciente sentimiento que al menos 95% de las personas irremediablemente no tienen poder frente a las grandes corporaciones. El gobierno de los Estados Unidos está controlado en una aterradora proporción por grandes negocios agropecuarios, grandes compañías farmacéuticas y grandes petroquímicas. Algo un poco menos obvio, ya que ellos no producen nada tangible, son sus facilitadores, firmas consultoras globales, y el máximo extractor de ganancias, la industria financiera. Estos, en diversas combinaciones, continúan siendo las mayores fuerzas en derrocar o colocar gobiernos en todo el mundo, nunca para el beneficio del pueblo.

Cuando hablamos de las fuerzas que han, en mayor o menor medida, capturado o degradado la esfera de lo público, no excluimos los roles de la intelectualidad y los medios masivos de comunicación. La profesión económica ha jugado un importante rol en definir al “libre mercado” como el gran baluarte contra los tipos de gobiernos arrogantes que había en la Unión Soviética o en los Estados Unidos. Estos tipos de gobiernos tan dispares fueron bizarramente agrupados al tiempo que Milton Friedman y sus aliados, con el apoyo de los hermanos Koch y otros beneficiarios del dinero de las petroquímicas, alimentaron con el mensaje de las soluciones de mercado a la opinión pública vía Fox News, radios de derecha y similares. Como si los mercados que se acercan al ideal de “libre” pregonado por Friedman y sus popularizadores estuviesen dominados por pequeños negocios y no por las grandes corporaciones.

Naomi Oreskes y Erik M. Conway, en su libro de 2010 Merchants of Doubt (Los mercaderes de la duda), hacen un excelente trabajo al describir cómo se brindó a la opinión pública una imagen falsa de la ciencia, especialmente aquella relacionada con el cambio climático. La industria petroquímica ha utilizado falsa ciencia y marketing astuto para poner en duda la necesidad de una acción urgente contra el cambio climático.

Es importante añadir a las razones para el extendido trauma en el mundo moderno, la experiencia de discriminación que es responsable de crear y perpetuar un trauma de por vida para aquellos que la sufren. Esto incluye a los Negros en muchas partes del mundo, los Judíos luego de una larga historia, los pueblos nativos dondequiera que sus tierras hayan sido usurpadas por grupos más poderosos de recién llegados, y a las mujeres y las niñas en aquellos lugares donde su estatus inferior las deja sometidas a la violencia sin ningún recurso para defenderse. Lo anterior no es exhaustivo del tópico del trauma en el siglo XXI, pero quizás haga más sencillo comprender su alcance.

Generalmente un sentimiento de trauma incluye el deseo de encontrar un enemigo. Por cierto existe un enemigo de toda la humanidad, un conjunto de enemigos, y ellos pueden ser identificados. Hoy los reales enemigos de la humanidad, aquellos que se oponen a abordar las grandes dificultades que enfrenta el mundo, incluyen a los “expertos” que insisten que tienes que elegir entre gobiernos y mercados, así como a gobiernos que son rehenes de un grupo de poderosos y muy ricos actores. Los actuales enemigos de la humanidad son las grandes corporaciones que se benefician en el corto plazo de sus negocios como si aquí no pasara nada mientras desvían la atención de las grandes dificultades que enfrenta el mundo, sobre todo el cambio climático, la inequidad, la discriminación y la corrupción de la democracia. La mayor parte de la humanidad comparte el traumatizante conocimiento sobre grandes fuerzas que están haciendo enormes daños a nuestra supervivencia, nuestras familias y nuestros amados lugares. El duelo se interpreta y actúa en una gran diversidad de formas. Algunas de esas formas son violentas, incluyendo lo que llamamos terrorismo, otras son bellas como las marchas del 21 de enero de este año en todo el mundo, y algunas son diseñadas (como yo creo fue diseñado el voto por Trump) para crear cambios disruptivos. Existen bases para buscar puntos de común acuerdo entre muchos de aquellos que sienten una necesidad acuciante por un mundo más justo, amable y seguro.

¿Podemos imaginar este tipo de mundo mejor? Para abordar los grandes desafíos sociales y ecológicos que enfrentamos, con certeza necesitamos mejores y más efectivos gobiernos liberados de la sujeción al dinero. En Estados Unidos, esto requiere una reforma del sistema de financiamiento de campañas políticas junto con esfuerzos por enlistar y educar a votantes, superar el hecho que no voten los menos privilegiados. Quizás aún más importante sea ejercer un efectivo control sobre el sistema de contrataciones por el cual contratistas privados, escondidos de la vista de la opinión pública, ahora sobrepasan en número a la fuerza de trabajo civil federal por 3 o 4 a 1.9.

También necesitamos un muy diferente y muy activo mercado dominado por pequeños negocios, muchos de los cuales con raigambre local, incluyendo varias modificaciones socialmente responsables del capitalismo que sólo maximiza ganancias, como son las cooperativas y las Corporaciones Benéficas. Grandes corporaciones podrán otra vez (como fue el caso en el siglo XIX) estar sujetas a estatutos que expliciten su contrato con el pueblo. Un movimiento re-estatutario es probablemente tan importante en este campo, como la reforma del financiamiento de las campañas políticas es para la restauración de un gobierno receptivo. Reformas en mercados y gobiernos son necesarias para que ambas instituciones puedan trabajar en nombre de un gran número de personas que están económicamente inseguras y cada vez más excluidas de los sistemas existentes.

Mientras la tecnología está sustituyendo puestos de trabajo, menos personas pueden ser canalizadas hacia las especializaciones del futuro. Sin embargo, lo que se necesitará es el trabajo de cuidar que en la mayor parte de la historia de la humanidad ha sido subvalorado y mal pagado, cuando se lo ha pagado. Las sociedades necesitarán encarar cómo los frutos de la productividad mejorada por la tecnología pueden ser distribuidos entre todas las personas mientras se reconoce el crítico rol del núcleo económico de los hogares y comunidades.

Ese mercado, ese gobierno, esa sociedad necesitarán que trabajemos juntos en reconocer los límites planetarios. Para lograr una distribución más equitativa de los finitos recursos de la Tierra, se requieren transformaciones culturales, elevando los valores de cooperación y compasión por sobre los de competencia y el éxito basado en la codicia. Ahora mismo, en oposición a cualquiera de esas posibilidades, las fuerzas que están determinadas a recoger beneficios en el corto plazo sin tener en cuenta los daños a largo plazo, tienen poderosos aliados en el presidente Trump y su equipo. Pero no es sólo este presidente quien es el causante de tanto daño y pérdida en este siglo de retroceso. Los votos por Trump, y por otros como él en otros países, tienen sus semillas en el trauma de una pérdida pasada y futura. Conforme enfrentemos las amenazas que nos asechan—amenazas a la supervivencia, la democracia y a nuestro entorno ecológico—también deberemos considerar la generalizada necesidad de sanar emocionalmente.

 

  • Este artículo está dedicado a la memoria del Dr. Richard Rockefeller, quien nos alertó a mí y a muchos otros sobre la prevalencia y las implicaciones del trauma en el mundo moderno.

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