Difícil olvidar la apropiación de la riqueza nacional

Resolver la pobreza, el sometimiento, la inequidad, la injusticia, el asalto al medio ambiente, el abandono y sufrimiento de miles de millones de personas, la recurrente inestabilidad sistémica, no sólo llama a compensar y redistribuir lo que se pueda sino también a desmontar los motores de la tremenda concentración que amenaza al Planeta todo. Es un enorme desafío que toca a toda la humanidad; ojala pueda encararse sin instalar más revanchismos y odios de los que ya agobian al mundo. 

La historia la escriben los dominadores, los relatos también. Hoy dominan grupos concentrados de diversa naturaleza; una dramática expresión de esa concentración es que el 1% de las personas más afluentes del mundo haya llegado a detentar tanta o más riqueza que 3.600 millones de otras personas dejadas atrás en el lúgubre fondo de la humanidad. La experiencia y la lógica económica enseñan que tamaña riqueza no se logra con el sudor de la frente o de los sobacos. También se sabe que ese 1% de afluentes es secundado por un 10% de muy ricos que residen en los países centrales y también en nuestros países.

¿Cómo hicieron sus fortunas? Con frecuencia es un secreto del que poco se sabe porque hay mucho por encubrir.

¿Es que nadie los investigó, no se descubrieron los mecanismos que utilizaron para acumular a tasas extraordinarias? Sí, se les investigó, se les denunció, buena parte de los mecanismos que utilizaron fueron desenmascarados. ¿Y entonces? Pues las voces que los denunciaron fueron mayormente silenciadas o se perdieron maliciosamente en el océano de informaciones y noticias que circulan por un mundo atontado con banalidades y desconcertado con denuncias mitad falsas, mitad verdaderas, o completamente arteras. Poco fue rescatado de lo descubierto; los medios mafiosos de información no jerarquizaron esa información. Por qué habrían de hacerlo si son cómplices de la acumulación con la que lucran y se benefician.

La concentración obscena de la riqueza tiene en su mayor parte origen espurio, sangrante, lograda sobre cientos de millones de lágrimas y de sufrimientos. No es sólo un dato estadístico de algo que ocurre por casualidad o que es resultado de una ley natural del funcionamiento económico. Nada de eso, es el resultado esperable de la forma de funcionar que se nos ha impuesto, por más que a través de moldear nuestra subjetividad y someter nuestro albedrío se procure inocular falsedades pasándolas por verdad, como que la riqueza es lograda por el mérito de los afluentes.

Tampoco es justo ni acertado colocar a todos en una misma bolsa. En procesos y situaciones, la heterogeneidad suele primar por sobre forzadas homogeneidades. Vale reconocer que pequeñas fortunas pudieron haber sido generadas con honestidad y duro trabajo aunque, también en ese nivel existen mecanismos de apropiación de valor. Pero ha habido trabajadores, empresarios, profesionales, cuentapropistas que han accedido a un aceptable vivir sin tener que pisar cabezas, explotar al prójimo o delinquir. Lo que no puede refutarse es que los resultados individuales están  siempre condicionados por la conjunción de factores que conforman el contexto en el cual vivimos y producimos.

Esto es, importa de manera decisiva el contexto económico, social y cultural en el que cada quien se desenvuelve ya que, en esa red de condicionantes (estímulos y trabas), es ejercido el esfuerzo, la habilidad y la creatividad que aplican los individuos.  El mérito propio explica sólo parcialmente los resultados que cada quien obtiene, por más que ciertas ideologías y la propia soberbia afirme lo contrario. Sucede que, con excepciones que justifican la regla, el esfuerzo propio germina en contextos favorables y puede terminar esterilizado en contextos adversos.

Es así que los afluentes, los poderosos y su caterva de cómplices y amanuenses, no lograron su riqueza en contextos solidarios en los que nadie fue sometido, abusado y dejado rezagado. Por el contrario, sus privilegios se lograron a base de habilidades para conquistar, apropiarse de lo que otros generan, abusar del poder de mercado, el despojo o ninguneo de otros muchos.

Es cruento olvidar las circunstancias de contextos que fueron construidos desde el poder y no considerar las conductas practicadas por actores dominantes. De hacerlo, ignoraríamos de dónde venimos y porqué nuestras sociedades terminan siendo capturadas como sucede en nuestras imperfectas democracias. No se puede comprender la existencia de deterioro ambiental, pobreza, indigencia, desigualdades sin identificar las distintas modalidades de sometimiento económico y cultural que azotaron hasta el presente a la humanidad y al Planeta. De ahí derivan una diversidad de dinámicas de acumulación y funcionamiento social, económico, político plagadas de injusticias y callejones sin salida que llevan hacia recurrentes situaciones de inestabilidad sistémica.

Puede afirmarse entonces que no se repararan inequidades y desigualdades con sólo programas de asistencia a la pobreza sino que es imprescindible develar cómo se concentra la riqueza. Esto es, toca colocar un foco en los afluentes y poderosos identificando cómo obtuvieron y reproducen su riqueza y cómo ejercen el consecuente poder de imponer decisiones a los demás.

Un factor crucial en todo proceso de concentración ha sido apoderarse del Estado para aprovechar sus recursos, regulaciones y  políticas públicas. Es una disputa que no acaba por más que cambien las modalidades de sometimiento que se utilizan. En un tiempo, la represión directa diferenciaba opresores y oprimidos. Hoy esas diferencias siguen existiendo aunque los mecanismos empleados aparecen cada vez más encubiertos. La represión directa se mantiene como parte del arsenal de dominación pero se la reserva para los más revoltosos o aquellos que procuran esclarecer cómo y porqué sucede lo que sucede. Los demás, grandes mayorías,  son sometidos a través de colonizar sus mentes, moldeando subjetividades, inoculando valores y creencias que desarmen la voluntad transformadora.

No hay un solo timonel de la dominación pero la mayor parte de los existentes emergen, de una forma u otra, asociados a, o respaldados por, un puñado de enormes grupos financieros que son, en verdad, los principales decisores del rumbo planetario. La dominación económica es ejercida a través de muy diversos mecanismos de apropiación de valor entre los que nos interesa destacar dos de los mayores:

  • El endeudamiento de personas y países, que son llevados al sobre endeudamiento lo cual los torna absolutamente vulnerables a crecientes exacciones de ingresos y activos. Con la soga al cuello las líneas de defensa desaparecen o se reducen a una mínima capacidad de resistencia frente a acreedores que operan con una codicia inmisericorde y sin límites;
  • El dominio comercial, evidenciado al comprobar que la mayor parte de las operaciones y transacciones del comercio internacional y regional es realizada por corporaciones que hacen parte de los grandes conglomerados financieros. Además de extraer ganancias extraordinarias sustentadas en su dominio oligopólico (tienen la capacidad de cobrar importantes márgenes por realizar la comercialización), también esa posición de dominación les permite realizar innumerables maniobras para evadir impuestos en los países productores. Por ejemplo, triangulaciones comerciales donde venden por 100 a subsidiarias lo que compraron localmente por 95 y esas subsidiarias venden por 150 al destinatario final del producto comercializado: incrementan sus ganancias evadiendo impuestos. En el ejemplo pagan impuestos sobre 5 y no sobre 55 como deberían hacer, desfinanciando el presupuesto nacional; comprometen la capacidad realizadora del Estado que podría dedicar esos impuestos que le son robados a una diversidad de rubros de infraestructura social y productiva.

¿Podemos entonces ignorar u olvidar el accionar de grupos concentrados, extranjeros o locales, en su afán de apropiarse arteramente de la riqueza de nuestros países? Por el contrario, corresponde  desenmascarar y desmontar los mecanismos que se utilizan para que unos pocos se apropien de valores generados por enteras sociedades. Si no lo hacemos, los motores de la concentración seguirán intactos.

Vale explicitar que los esfuerzos por resolver estos ultrajes y liberar nuestras democracias capturadas no buscan instalar revanchismos ni predicar odios, sólo reparar injusticias y enrumbar el esfuerzo colectivo hacia el bienestar general y el cuidado ambiental. Ojala pudieran establecerse efectivos acuerdos entre todas las partes aunque la experiencia enseña que son extremadamente difíciles de lograr y, en el mejor de los casos, de muy larga maduración. Los dominadores no están abiertos a ceder sus privilegios ni están conscientes de los peligros que tocará enfrentar ya que la situación presente es insostenible.  Si no llegamos a transformar a tiempo el rumbo y la forma de funcionar predominantes habrá que encarar graves crisis sociales y ambientales de  imprevisibles estallidos y consecuencias.

Se acortan los tiempos, bulle el rencor social cada vez más difícil de contener. A saltos avanza el esclarecimiento y la organización social en busca de avenidas transformadoras. No vale entregarse y mucho menos traicionar. El esfuerzo de transformación deberá ser firme, eso sí, pero también realizarse en paz y apuntando a dar paso a democracias plenas. Hemos conocido demasiados autoritarismos que han sido reemplazados por nuevos autoritarismos, explotadores que pasaron la posta a otros nuevos explotadores. Toda marcha encuentra oportunistas y codiciosos mezclados con mayorías que anhelan bienestar, justicia, decisiones solidarias.

Son tremendos los desafíos de los tiempos que corren; no se los encara con pequeños parches ni remedos de transformación sino adoptando otras visiones, otros valores, otros rumbos, otras formas de funcionar.  Penoso y suicida el nihilismo, desviar la mirada, refugiarse en el egoísmo. El más dramático llamado ancestral hace a preservar la humanidad y el Planeta, cuidar de todos, que lideren los justos, los probos, aquellos que lleven consigo compasión y sabiduría.

 

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