Revertir la concentración de la riqueza y el poder decisional

Cuando se llega a una encrucijada social y ambientalmente insustentable toca revisar opciones de fondo y escoger nuevos rumbos y formas de funcionar. Un mayor desafío es revertir con firmeza la concentración de la riqueza y el poder decisional.

Ninguna persona, ningún grupo económico, ningún país pudo haber acumulado tanta riqueza por su cuenta (y el consecuente poder decisional) como la que hoy detenta una minoría de personas, grupos y países. Ilegal o ilegítimamente, esa acumulación no se obtuvo solo con el propio esfuerzo. Puede acaso aceptarse que 2.000 individuos posean más riqueza que 4.600 millones de personas. Esto ha sido documentado en un gran número de investigaciones.

A través de la historia, quienes fueron dominadores han impuesto un sistema jurídico-económico-político-cultural que les posibilitó acumular riquezas y poder decisional a expensas del resto de sus propias sociedades y de otras sociedades sometidas. Una vez que personas, grupos o países registraron como propios lo apropiado, esos recursos se declararon intocables. Para asegurarlos se erigió un irrestricto derecho de propiedad que encubre cómo obtuvieron “sus” recursos y qué tendal de víctimas causaron. Esto no es nuevo sino de larguísima data, y aún perdura. Los apropiadores han rechazado siempre proveer información que permitiese conocer las maniobras y los mecanismos utilizados. Se escudan atemorizando a personas que han obtenido lo que poseen con mucho esfuerzo diciéndoles que su patrimonio podría serles arrebatado, otro engaño de los tantos que utilizan los dominadores para encubrir lo apropiado a quienes han sometido.   

La distinción entre apropiaciones “legales” e ilegales se torna borrosa cuando son los propios apropiadores a través de sus cómplices en la política, la justicia y los medios quienes deciden qué es legal y qué no lo es, parte esencial de la institucionalidad que encuadra el funcionamiento social. Toda sociedad requiere establecer normas básicas de funcionamiento, no es eso lo que se pone en tela de juicio. Lo que está en disputa es si las normas e instituciones sirven al bienestar general y el cuidado de su territorio o, en cambio, facilitan que una minoría concentre la riqueza y el poder decisional. Esto es, si se posibilita que unos pocos apropiadores vivan en la abundancia y el regodeo de lo superfluo, mientras la mayoría está atenazada en una abyecta desigualdad, pobreza o indigencia, y el medio ambiente sea permanentemente agredido. 

De ahí que en sociedades estructuralmente injustas con escasas o nulas políticas de cuidado de su población y su territorio, haya que trabajar en varias dimensiones de manera simultánea. Por un lado impedir que se violen incluso las imperfectas leyes existentes como es el caso, entre tantos otros, de la inmensa evasión impositiva que realizan las grandes corporaciones y la consecuente fuga de capitales mal habidos. En simultáneo, habrá que avanzar en la transformación del andamiaje vigente de leyes, políticas e instituciones de modo de hacer que lo legítimo sea lo legal y no lo ilegítimo, sin dejar huecos en las leyes que aprovechan los poderosos con sus múltiples asesores. Éste será siempre un espacio en construcción que las sociedades encaran según fuere la correlación de fuerzas sociales prevaleciente.

Opciones para superar la oprobiosa concentración

Siempre confrontan dominadores y dominados. Un antagonismo que podría resolverse si primase algo que ha sido escaso en la historia de la humanidad: que los dominadores cedan poder atendiendo que, de no hacerlo, les tocaría encarar hechos revolucionarios. En democracia, fuertes coaliciones sociales pueden tomar la iniciativa de establecer con firmeza nuevos proyectos de país orientados al cuidado social y ambiental. 

Los sistemas hegemónicos creyéndose inmutables colapsaron al desarrollarse procesos que involucraron a importantes segmentos sociales, fuere a pasos cortos o largos. La singularidad de cada momento y situación es innegable y vale tener conciencia de ello, aun cuando un estratégico común denominador ha sido promover la organización y el esclarecimiento social. En la medida que se avance en estos campos se robustece el rol de la política como catalizador de pacíficas transformaciones.     

El esclarecimiento ciudadano exige despejar la niebla ideológica y cultural impuesta por quienes, para proteger intereses, procuran manipular la opinión pública desviando su atención. Los mayores desafíos de esta época siguen siendo la injusticia social y la destrucción ambiental, con efectos derivados en la salud, la educación, el hábitat popular, la justicia, los medios, la gestión de gobierno, las políticas públicas que se imponen. El esfuerzo de desenmascarar lo encubierto es enorme, de todos los días, y se despliega a nivel local, nacional y global. Hace a una humanidad que se esclarece y moviliza para cuidarse y proteger al planeta, utopía referencial impensable hasta ahora.     

Esta es una construcción abierta y colectiva, integrando y no castigando la diversidad de perspectivas, intereses, necesidades y emociones que coexisten en el mundo. Bien articulada, esa diversidad no es rémora a eliminar sino un principal activo humanitario a preservar y desarrollar. Cuidando de diferenciar lo esencial de lo accesorio, lo principal que protege y sirve a todos, de lo secundario que incluye tanto lo legítimo a preservar como lo mezquino a ser abandonado. 

No cabe caer en reduccionismos ni ingenuidades porque es cierto que existe solidaridad, compasión y también corrupción y violación de derechos en todos los campos y niveles. Tocará abrir espacios para enaltecer al ser humano y a las sociedades y cerrar espacios de egoísmos, maltratos y codicias sin límites. Es esencial focalizarse en lo que necesita transformarse sin ignorar que el accionar de los dominadores impacta infinitamente más que las múltiples mezquindades que lamentablemente anidan en muchos ámbitos de la sociedad. Denunciar delitos cometidos en sectores medios y populares no puede servir para encubrir a grandes canallas y las apropiaciones que siguen realizando.    

La actual desaforada concentración exige una firme acción para transformar rumbos y dinámicas de funcionamiento; no hay lugar para cambios cosméticos que nada cambian. La profundidad, velocidad e intensidad de los cambios debe rescatar lo ya logrado. Vale aspirar a lo nuevo sin desechar logros científicos, tecnológicos, sanitarios, educativos y otros que, bien re-direccionados, son la base de sustento del accionar social.

Cambios en materia económica 

Una de las principales transformaciones pasa por reemplazar el criterio ordenador de la economía contemporánea que es maximizar el lucro, por el criterio de subordinar la economía al cuidado del bienestar general y el medio ambiente. 

No faltan medidas concretas para revertir la concentración, ni liderazgos capaces de conducir la transición hacia nuevos rumbos y formas de funcionar. Habrá que actuar en una diversidad de espacios, entre otros los siguientes.

Comenzar por asumir y ejercer soberanía decisional en cuanto al desarrollo nacional y el relacionamiento con el mundo. Luego encarar aspectos críticos como los siguientes:

  • Eliminar la evasión impositiva de quienes debieran ser mayores contribuyentes
  • Cortar la fuga de capitales mal habidos reteniendo esos excedentes para aplicar a financiar la inversión local y servicios sociales básicos (agua potable, cloacas, vivienda digna, comunicación digital, saneamiento ambiental, educación, salud, saneamiento ambiental, entre otros). 
  • Eliminar monopolios en el manejo de las exportaciones básicas de cada país, democratizando y regulando diversos canales de comercialización.
  • Transformar la estructura impositiva para hacerla progresiva; que contribuyan más los que más tienen.
  • Establecer impuestos a la riqueza acumulada (tributación a bienes personales, aportes especiales y otros)
  • Transformar la composición del gasto público para priorizar la deuda social y la promoción de proyectos estratégicos de desarrollo local. 
  • Cobrar contribución de mejoras a quienes disponen de recursos y se benefician con la obra pública.
  • Eliminar subsidios y exenciones impositivas para grandes corporaciones.  
  • Ajustar la matriz productiva para evitar recurrentes estrangulamientos como son los de sector externo y el abastecimiento de insumos estratégicos.
  • Desarticular los oligopolios que afectan el mercado interno posibilitando que sólo se beneficien las empresas líderes de cadenas de valor y no proveedores y consumidores.
  • Aprobar legislación específica para evitar abusos de poder de mercado con los debidos mecanismos de control y seguimiento.
  • Establecer fideicomisos especializados en apoyar la transformación de la economía popular financiando y asesorando emprendimientos familiares y empresas asociativas de base popular.  
  • Poner en práctica diversas modalidades para incidir sobre las decisiones que adoptan las grandes corporaciones, incluyendo establecer fideicomisos para adquirir acciones con poder de voto con participación del Estado, trabajadores, movimientos sociales, universidades y organizaciones de desarrollo.
  • Asegurar tierra, asesoramiento y financiamiento para la agricultura familiar.
  • Urbanizar los asentamientos precarios no establecidos en zonas de riesgo por inundaciones y otros factores y, en simultáneo establecer nuevos bien dotados asentamientos populares en ciudades pequeñas, intermedias y grandes.

No debiera sorprender ni atemorizar la diversidad de cambios necesarios para concretar nuevos rumbos y formas de funcionar. Es cierto que no son pocos y requieren disponer de información y conocimiento para abordarlos. Pero de ningún modo esto implica que solo “especialistas” pueden incidir sobre la naturaleza y dirección de lo que es necesario y anhelado cambiar. Existe todo tipo de especialistas incluyendo aquellos que encubren intereses espurios, generalmente anti populares, con su supuesta sapiencia.

De hecho hay un nivel técnico en los cambios y otros niveles previos que hacen a la definición de lo que se necesita transformar; y es ahí, donde la sabiduría popular se asocia con la perspectiva política para sustentar la razón de los cambios, las prioridades, los tiempos y las inevitables secuencias. Es fundamental no desmerecer lo que surge de bases sociales sino apreciarlo, si fuere necesario darle mejor forma y proveerle cursos de realización. La transformación no es patrimonio ni responsabilidad de ninguna élite sino de la entera sociedad a través de las mejores formas organizativas y representativas que logre establecer.   

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