Consumo y proyecto de país: lo encubierto

¿Por qué se consume, para cubrir necesidades básicas, ansias o antojos? Más, menos, mejor, peor consumo. ¿Quiénes consumen y quiénes proveen lo que se consume? ¿Qué inherentes consecuencias sociales, económicas, políticas y ambientales genera cada tipo de consumo y cómo incide en la conformación del proyecto de país deseado?  

El consumo es un concepto que encierra una diversidad de implicaciones e interrogantes. Es que no hay un solo tipo de consumo, de consumidores ni de proveedores y, además, muchas de sus consecuencias se encubren. Al plantear la variable “el consumo” como si fuese un ámbito homogéneo no se explicita que, en verdad, constituye un inmenso y heterogéneo universo.

El consumo en el sistema económico  

Una primera diferencia hace al tipo de consumo según quien sea el que consume. Es conocido que los sectores que concentran la riqueza dedican una menor proporción de sus ingresos a satisfacer sus necesidades básicas que los sectores medios y populares. La mayor parte de sus ingresos los dedica a atesorar o invertir y el resto, por ansia o antojo, se orienta a adquirir bienes y servicios más allá de sus necesidades básicas, consumo que les permite acreditar su posición social y diferenciarse del resto de la sociedad. En cambio, los sectores populares están forzados a utilizar magros ingresos para cubrir fundamentalmente necesidades básicas con poco margen para otras aplicaciones. Por su parte, sectores medios cubren sus necesidades básicas y destinan el resto de ingresos al ahorro y a satisfacer consumos inducidos por la publicidad comercial.

Antes de continuar vale explicitar varias cuestiones. Una refiere al desplazamiento de lo que se considera como necesidad básica. A medida que las sociedades se desarrollan y los niveles de vida se acrecientan, se expande el ámbito de necesidades básicas y, por ende, de disponer de más bienes y servicios que actúen como satisfactores. Lo opuesto sucede en sociedades que se fragmentan y sufren el retroceso de sus niveles de vida. Es decir, las necesidades básicas no son una variable inmutable sino que se desplaza y transforma con el tiempo.

Otra cuestión de la mayor importancia hace a una crítica condición de reproducción inherente a cualquier sistema económico y al capitalismo en particular, la necesidad de contar con una demanda que acompañe, consuma, los bienes y servicios que el sistema produce. Esto es, la oferta productiva necesita ser absorbida por una demanda en constante expansión o, cuando menos, que no retroceda. De otro modo, estallarían tensiones y eventuales crisis por empresas que retraen su producción o quiebran generando pérdida de empleos y caída de ingresos.

¿Cómo se sostiene el consumo en los sistemas económicos contemporáneos? En principio a través de despertar el permanente deseo de consumir más allá de las necesidades básicas. Es decir, el sistema apunta a generar una constante insatisfacción, un afán de consumir hasta lo superfluo e innecesario. Se genera un estado de ansiedad compradora que se atempera con las adquisiciones pero jamás se elimina, se reproduce incesantemente a través de la maquinaria publicitaria que penetra subliminalmente y aliena la razón individual y social. Queda instalada una insaciabilidad estructural.

Esto se complementa con que el sistema se aleja de producir bienes y servicios de larga duración y, más bien, genera una obsolescencia programada. Es una estrategia productiva asociada a la permanente renovación del ansia por comprar. Es todo lo opuesto a producir bienes reciclables acompañados por una red de servicios de recuperación y puesta en uso.

Ahora viene otro aspecto crítico de los sistemas contemporáneos, para comprar se requiere contar con ingresos. Los ingresos genuinos que permiten adquirir el conjunto de bienes y servicios considerados básicos, por arriba del nivel de pobreza, debieran obtenerse del trabajo que cada quien realiza, esto es de los salarios, honorarios y pequeñas rentas. Esto aplica para la totalidad de los sectores medios y populares, es decir las inmensas mayorías poblacionales. Sin embargo, no siempre, digamos pocas veces, se logra asegurar el consumo sólo con los ingresos genuinos. En primer lugar porque el desaforado proceso de concentración de la riqueza y de los ingresos que prima en casi todo el mundo se materializa a expensas de una equidad económica que va evaporándose. Lo que serían ingresos genuinos de las mayorías se achican en la medida que son apropiados por los intereses dominantes. ¿Entonces? Pues si no hay ingresos genuinos que sean suficientes y no se desease eliminar el proceso de concentración, habrá que acudir a los ingresos sustitutos. El principal de los cuales es el crédito que permite expandir el poder de compra más allá de lo que posibilitan los propios ingresos. Sencillo en apariencia, demoledores sus resultados. Si el crédito supliese una deficiencia temporal de ingresos genuinos, podría ser cancelado al superarse esa deficiencia (es decir cuando reaparezcan suficientes ingresos para seguir consumiendo y repagar las deudas). Sin embargo, la concentración no cede sino, por el contrario, se profundiza y acelera con lo cual el agujero entre ingresos y consumo se instala como permanente. Esto implica que no se logren cancelar las deudas y que, mientras se pueda, deban ser refinanciadas a tasas cada vez más gravosas. El desenlace es la imposibilidad de pago, que lleva a perder activos familiares, extorsiones judiciales, caer en la pobreza o la indigencia.

Otros ingresos sustitutos (aquellos alejados de alterar el patrón de acumulación concentradora) son una diversidad de subsidios orientados a asistir a sectores vulnerables, en particular pobres e indigentes. Esta ayuda es esencial para resolver graves emergencias sociales y depende de la situación fiscal que prime y de la orientación política de quienes controlan los Estados. Puede ser un resorte asistencial que se extienda en el tiempo aunque la magnitud de las carencias de los sectores afectados no se compadece con los recursos que financian estos subsidios. Mejor sería transformar el proceso concentrador redistribuyendo activos y estableciendo normativas que permitan generar un permanente y sustentable flujo de ingresos legítimos.     

En todo caso, mientras se angosta la capacidad de consumo de enormes mayorías, se desarrolla al mismo tiempo un mercado donde se desacopla la aplicación de recursos de la existencia de consumo. Es el caso de los agresivos mercados financieros donde se transan valores, papeles, supuestamente avalados por una riqueza intangible. Sucede que en lugar de invertir recursos en actividades productivas de la economía real, los capitales que no encuentran ahí nichos de alta rentabilidad se aplican en manada en los mercados financieros. Esos mercados financieros hoy mueven transacciones varias veces mayores que las de la economía real y su sustento se basa en que los dueños de los capitales quieran seguir “invirtiendo” en papeles financieros. Aparecen y desaparecen nichos de oportunidades creados por la habilidad de quienes operan esos muchas veces etéreos mercados, con una peligrosísima consecuencia: los altos riesgos pueden dar paso a enormes ganancias y también a súbitos quebrantos que se irradian velozmente. Se conforman así las temibles y recurrentes burbujas especulativas que aparecen y estallan inesperadamente sorprendiendo a quienes desconocen lo que encubre su frágil base de sustentación. De ahí a suscitar crisis de agravada naturaleza sistémica hay un solo paso.    

Quienes abastecen el consumo

Pasemos ahora a considerar quienes abastecen el consumo y los diversos impactos ambientales, económicos y políticos que los diferentes proveedores generan. 

Vale recordar que el criterio ordenador de la actividad económica contemporánea es maximizar el lucro. Este principio que guía la inversión y la producción no considera relevante los efectos que produce en la sociedad y el medio ambiente, entre otros la permanente contención salarial (esteriliza fuentes de legítimos ingresos para grandes mayorías) y la constante destrucción del medio ambiente. Los propietarios y los gerentes de grandes y medianas corporaciones conciben a esos terribles efectos como “externalidades no deseadas” (aunque más que esperables) y se desentienden de cualquier responsabilidad. Señalan que a ellos les corresponde producir y obtener ganancias y que son los Estados los llamados a custodiar el medio ambiente y asegurar la equidad distributiva. Sin embargo, no son neutrales cuando se intenta introducir regulaciones para evitar esos “efectos colaterales”. Las grandes corporaciones y también empresas medianas y algunas pequeñas se oponen, resisten su aprobación. Además, si finalmente cualquier forma que restrinja la concentración fuere aprobada, saben evadirla con diversidad de complicidades y el menguado poder de policía de Estados estructurados por los intereses dominantes.

Avancemos. Cuando los proveedores de los bienes y servicios que se consumen son los grandes establecimientos existentes, monopolios y oligopolios que controlan las principales cadenas de valor, el resultado es que se reproduce el proceso concentrador. Con un agravante: las grandes empresas pueden reaccionar de forma diferente ante aumentos de consumo, siempre en busca de maximizar sus beneficios. La primera reacción es ejercer su poder de abusar del mercado imponiendo mayores precios y más duras condiciones de comercialización. De esta forma generan graves tensiones inflacionarias que afectan a sectores medios y populares pero logran aumentar sus beneficios sin dedicar recursos a aumentar su producción y el empleo. Otra opción sería acompañar el aumento de demanda con un aumento de producción. Esto no afectaría los precios e implicaría una mayor inversión que origina efectos multiplicadores en cuanto a nuevos empleos, provisión de insumos, equipamientos y bienes de capital.

De todos modos, se nos quiere hacer creer que no hay otra forma de abastecer con efectividad a los consumidores que privilegiando a las grandes corporaciones y esto no es cierto. Ocurre que existen pequeños emprendimientos locales que, con una adecuada asistencia, pueden activarse reforzados.

Esto sucede en muchos sectores de la economía; a modo de ejemplo señalemos apenas algunos.  En la provisión de alimentos es conocido el papel que puede jugar la agricultura familiar si se la apoya mejorando su acceso a la tierra, promoviendo cooperativas u otras asociaciones que se encaren del acopio, el transporte, el procesamiento y la comercialización de sus productos. En relación a servicios de salud hay gran necesidad de expandir centros locales de atención primaria articulados con redes de derivación de casos complejos. En el campo de la construcción, sea de viviendas, lotes con servicio, infraestructuras de distribución de energía, comunicación, servicios cloacales, entre tantos otros, es posible y recomendable promover pequeños emprendimientos locales respaldados por agencias técnicas, universidades locales y el sistema nacional de ciencia y tecnología. El impacto de esta estrategia democratizadora del sistema económico nacional es social y territorialmente altamente favorable. Al promover la emergencia de otros proveedores el Estado estaría en mejores condiciones para contener presiones inflacionarias y favorecer, al mismo tiempo, a las economías regionales. Esta opción incide sobre la distribución del ingreso (mejorando precios para consumidores y proveedores) y también mejorando la distribución de activos productivos y, por tanto, de la estructura patrimonial de la sociedad. 

El impacto político de las diferentes opciones es de importancia estratégica. El consumo de los sectores de altos y medios altos ingresos favorecen con sus compras a ciertas grandes empresas que son las que luego financian electoralmente a sectores de la política que les son afines. De igual modo sucede cuando se decide abastecer el consumo popular con el existente concentrado aparato productivo. En estas opciones los sectores políticos transformadores deben enfrentar a rivales mucho mejor financiados. En cambio, de escogerse la opción de democratizar el universo de proveedores, esos nuevos actores productivos tenderían a apoyar a sectores políticos que les asisten y protegen del abuso de mercado de empresas líderes. De esta forma podrían reforzarse condiciones para conformar coaliciones sociales capaces de alterar las correlaciones de fuerzas predominantes.

Reflexión final

Vemos lo peligroso que resulta abordar una problemática como la de “el consumo” sin explicitar la diversidad de implicaciones y consecuencias generalmente encubiertas. Ocurre que cada tipo de consumo, cada tipo de proveedores, cada tipo de contexto normativo y regulatorio, dan paso, favorecen o perjudican a distintos proyectos de país. Esto que ocurre con “el consumo” también acontece con absolutamente todas las demás variables económicas. Los intereses dominantes saben encubrir que lo que necesitan no sea conocido, menos aún comprendido. De lo contrario, los afectados, mayorías poblacionales esclarecidas enfrentarían los privilegios y los mecanismos de sometimiento que los hacen posible.

Esto es particularmente crítico cuando está en juego la salida de la doble pandemia sanitaria y la socioeconómica provocada por el neoliberalismo. Está claro que no hay un solo tipo de salida y que cada opción nos acerca o aleja al proyecto de país que la humanidad y el planeta requieren. Lo más grave, humillante e indigno es cuando los intereses dominantes se camuflan y procuran perpetuar la dinámica que condujo a la presente encrucijada de concentración, inmisericordes desigualdades y recurrente inestabilidad. Cada decisión debiera indicar a quienes favorece y a quienes perjudica explicitando las consecuencias políticas, sociales, ambientales y culturales que genera. No vale el pan de un solo día; de lo que se trata es establecer un país sustentable e inclusivo, ni más ni menos una sociedad que cuide a todos y al medio ambiente.

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