Un Mundo Amenazado

La democracia verdadera está en amplio retroceso, a veces a la plena luz del día; otras veces, sin que casi nos demos cuenta. Se ve amenazada desde arriba por gobiernos despóticos y corruptos (muchos de ellos elegidos), y desde abajo por una población distraída y desinformada.  Es hora de despertar y luchar desde la sociedad civil y desde las  instituciones idóneas que todavía están en pie.

 

Abro mis reflexiones con una versión actualizada de las coplas de Jorge Manrique a la muerte de su padre (1476) – y para nosotros, del espacio cívico (2018):

Recuerde el alma dormida [por los medios sociales]

avive el seso e despierte

contemplando

cómo se pasa la vida [en sociedad],

cómo se viene la muerte [de la libertad]

tan callando,

cuán presto se va el placer [de trabajar y luchar en común];

cómo, después de acordado,

da dolor;

cómo, a nuestro parecer,

cualquiera tiempo pasado

fue mejor.

Pues si vemos lo presente

cómo en un punto se es ido

e acabado,

si juzgamos sabiamente,

daremos lo non venido

por pasado.

Non se engañe nadie, no,

pensando que ha de durar

lo que espera

más que duró lo que vio,

pues que todo ha de pasar por tal manera.

[No está muerto quien pelea]

Nuestras vidas son los ríos

que van a dar al mar,

que es el morir;

allí van los señoríos

derechos a se acabar

e consumir;

allí los ríos caudales,

allí los otros medianos

e más chicos;

i llegados, son iguales

los que viven por sus manos

e los ricos.

[amen]

El espacio cívico es la base de toda democracia auténtica.  ¿Qué es el espacio cívico?  Es un concepto tridimensional, es decir un conjunto compuesto de libertad de asociación, libertad de expresión, y libertad  de reunión pacifica.  La primera dimensión es el derecho a asociarse libremente, unirse o formar una organización o grupo de la sociedad civil. La segunda dimensión es la libertad de exponer opiniones y de buscar, recibir y difundir ideas e información sin consideración de fronteras y por todos los medios posibles. La tercera dimensión  es el derecho de la sociedad civil a ejercer de forma legítima el disenso a través de formas pacíficas de protesta, así como a organizar reuniones y celebrar manifestaciones para promover asuntos de interés común y de estar protegidos frente a interferencias indebidas.

No quisiera alarmar al lector, pero debo hacerlo con una advertencia en grandes letras y en colores.  De acuerdo con la organización Civicus, que mide y monitorea la ampliación o reducción del espacio cívico en todos los países del mundo,

En 2018, 109 países han cerrado, reprimido u obstaculizado el espacio cívico:

28% Cerrado

17% Reprimido

37% Obstaculizado

14% Acotado

4% Abierto

En suma: En el 82% de los países el espacio cívico, y por ende, la democracia, están amenazados.  Estos países contienen a dos tercios de la población mundial. En el 45% la democracia está prácticamente destruida, y en el  51% se encuentra en retroceso.  Sólo el 4%  de los países (3% de la población mundial) sostiene una democracia plena y efectiva.[1]

El retroceso democrático

En una mayoría de países, el espacio cívico se encuentra cada vez mas restringido, tanto en Oriente como en Occidente, en el Norte y en el Sur.  Hasta hace diez años, el retroceso de la democracia se limitaba a algunos países solamente, en especial a aquellos que dependían de la explotación de recursos naturales, sobre todo los hidrocarburos.  En algunos, el rápido desarrollo de industrias extractivas atrofiaba el desarrollo de las industrias productivas –un fenómeno bien conocido y bien estudiado, y traía como secuela la concentración de un poder arbitrario, prebendario, y corrupto.  Sólo aquellos países con una fuerte estructura institucional (Noruega) y una larga tradición de políticas serias de redistribución y reinversión, lograron escapar al flagelo del llamado “mal holandés.”[2]  Pero en la última década, el retroceso democrático se ha generalizado con el surgimiento de movimientos reaccionarios con base popular, como respuesta a la creciente desigualdad en el proceso de globalización.

Al explorar las  causas de este retroceso, quiero arriesgar la  explicación siguiente.  El derrumbe de los sistemas socialistas dio lugar a una expansión capitalista global sin frenos ni cortapisas, y al auge de la especulación financiera, acompañados de una fuerte embestida ideológica y estratégica propulsada desde los centros de poder, que hoy conocemos como el neo-liberalismo.  Este acopló la ideología de mercado al sistema liberal democrático, en una amalgama arrolladora y malsana de democracia y acumulación –ambos considerados como algo automático e inevitable, sin alternativas.

Con el transcurso del tiempo, las contradicciones del sistema desembocaron en una crisis económico-financiera mundial que destruyó la complacencia con las instituciones representativas y los derechos humanos.  Estos habían sido considerados no como una práctica de contrapeso y corrección de los excesos del sistema, sino como un mero adorno justificatorio que se daba por sentado.

Un repaso de diversos análisis sobre los años que siguieron a la gran crisis del 2007-8 sugiere que teorías macroeconómicas equivocadas (e interesadas) fueron usadas una y otra vez en la llamada “salida” de la crisis.[3]  El resultado, en lo económico, fue un bajo crecimiento, la pérdida de capacidad productiva, y bastante miseria para millones de personas en todo el mundo.  En lo político, resultó en el descreimiento popular y general en los partidos responsables y en las instituciones representativas.

Hoy estamos presenciando el derrumbe de aquella estantería neoliberal y el surgimiento de supuestas alternativas, entre las que sobresalen el oportunismo, la demagogia, y una regresión política basada en el nacionalismo, la xenofobia, y la búsqueda de una salvación autoritaria.  Mucha gente no quiere verse representada por los antiguos partidos y prefieren líderes distintos, que vienen de afuera del sistema tradicional, y que favorecen el movimiento de opinión y de emoción por arriba de la representación partidaria, y la elección personalista y plebiscitaria por encima de la organización, de la estrategia, y de plataformas de gobierno serias.  Poblaciones enojadas y enardecidas por la injusticia neoliberal logran a veces poner en el poder a líderes improvisados quienes, al no tener propuestas y organizaciones sólidas por detrás, se ven inclinados a optar por soluciones autoritarias y al tratamiento de todo disenso y oposición  como subversivo e ilegítimo.  No debe entonces sorprender que esos líderes busquen cerrar el espacio cívico, y promover elecciones sin rivales o con rivales disminuidos y ficticios. [4] La democracia ya no muere por un golpe sino por inanición.[5]  La lista de líderes autoritarios es amplia y va en aumento.  Entre los principales países que hoy gobiernan están los Estados Unidos, China, Filipinas, Hungría, Polonia, y una serie de naciones en África, Asia, Europa, y América Latina.

¿Cómo resisten a estas tendencias nefastas quienes quieren un mundo mejor, más igualitario y con más justicia social? Identificarlos no es difícil.  Se cuentan entre ellos grupos etarios (las jóvenes generaciones), grupos de trabajadores con o sin empleo, agrupaciones de género y de preferencia sexual distinta, migrantes y refugiados, y antiguos miembros de organizaciones de izquierda.  Pero el mundo en el que se mueven ha cambiado.  Sería muy largo y sesudo analizar el pormenor de esos cambios.  Aquí me detendré brevemente en el mundo electrónico de las redes sociales.

Bajo el pretexto supuestamente democrático de poner a todo el mundo en contacto, estos medios –que son monopólicos, angurrientos y vigilantes—controlan a sus usuarios y les permiten, como a los canarios, cantar con libertad sin apercibir la jaula.  Nos dividen en tribus de preferencias a quienes les dejan vender todo tipo de mercancía interesada. Nos manipulan políticamente al construir perfiles de preferencia. Y finalmente, nos espían sin que nos demos cuenta. Las redes nos distraen, confunden, y desinforman simulando ponernos en contacto, informándonos, y haciéndonos mas libres e inteligentes.  Producen veloces usuarios con las almas dormidas de las que se quejaba Manrique.  Así como en la primera era industrial los obreros que entraban a una fábrica entregaban las ocho o diez horas de su trabajo al dueño (en plena libertad de contratación); hoy los usuarios de Facebook, Google, Twitter, Instagram, etc. entregamos a quienes nos proporcionan su plataformas de comunicación, todo nuestro tiempo, nuestras relaciones, nuestras amistades, nuestras preferencias, y nuestros andares.  En resumen, dejamos de ser solamente trabajadores o consumidores para ser también meras mercancías.  Al  grafito de Sarmiento: “bárbaros, las ideas no se matan,” hoy tenemos que agregar: “bárbaros, las ideas no se acaparan ni trafican.” De la plusvalía laboral hemos pasado a la plusvalía existencial. Tenemos que tomar conciencia de esta enajenación radical para organizar la resistencia.[6]

 

[1] Para definiciones, metodología de medición, y resultados por región y por variable, ver: http://www.civicus.org/images/CM_Findings_7Oct_v1.pdf

[2] Se refiere a las consecuencias dañinas para la economía y la sociedad de un país provocadas por un aumento significativo en los ingresos de divisas (moneda extranjera de aceptación general en las transacciones internacionales) producto de la exportación de algún recurso natural (petróleo, gas, oro, café, cobre, etc.). Holanda sufrió este mal con el  auge repentino del petróleo en los años sesenta del último siglo.

[3] Ver el artículo de Robert Skidelsky en  https://us10.campaign-archive.com/?u=9116789a51839e0f88fa29b83&id=02c41241ab&e=cd3dc585bd

[4] Ver la opinión de Dani Rodrik en https://www.project-syndicate.org/commentary/left-timidity-after-neoliberal-failure-by-dani-rodrik-2018-04

[5] Ver Steven Levitsky & Daniel Ziblatt, How Democracies Die, New York: Crown Publishing Group, 2018.

[6] Sin reflexión seria y sin organización previa, los movimientos de protesta contemporáneos son algo así como el Rio de la Plata: muy anchos pero poco profundos.  Estallan con vigor, potenciados por las redes sociales, pero pronto desaparecen por falta de organización y resiliencia institucional.  Ver el inteligente análisis de Zeynep Tufekci, Twitter and Tear Gas.  The Power and Fragility of Networked Protest,  New Haven and London: Yale University Press, 2017.

 

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