Encarando la inseguridad

Las situaciones de inseguridad son el resultado de distintos tipos de violencia (criminal, sistémica y cultural) que, a su vez, emergen de conflictos no resueltos. De ahí que para encarar la inseguridad sea necesario acudir a conjuntos de medidas complementarias que hagan parte de una estrategia comprehensiva aunque sin supeditar unas acciones a otras ya que conflictos y violencias requieren de especificidad en cuanto a enfoques, políticas y metodologías de intervención.Se indicó que la inseguridad [[[Conflictos, violencias e inseguridad->http://opinionsur.org.ar/wp/conflictos-violencias-e-inseguridad/, sentida o real, no responde a un único tipo de violencia sino a diversas violencias de muy diferente naturaleza: la violencia criminal contra personas y sus pertenencias que es la que más se percibe porque quedan explicitados agresores y víctimas, la violencia sistémica derivada de la propia forma de funcionar de una sociedad y la violencia cultural que legitima la violencia sistémica, estas dos últimas perpetradas a través de sutiles mecanismos y procedimientos. Es esa compleja interacción de violencias la que conforma las situaciones de inseguridad. A su vez, los distintos tipos de violencia surgen de conflictos mal resueltos o no resueltos, por lo que para enfrentar apropiadamente la inseguridad habrá que encarar con efectividad los más serios conflictos que existen en toda sociedad de modo que, en el transcurso de su resolución, se logre abatir la violencia criminal, sistémica y cultural.

Violencia criminal

Existen distintos tipos de violencia criminal y todos deben ser encarados si bien con distintas estrategias. La más grave es ejercida por el crimen organizado, organizaciones delictivas dedicadas al tráfico de drogas, armas y personas. Por su envergadura y poder económico logran complicidades en el aparato del Estado, en entidades financieras y dentro de las propias fuerzas de seguridad.

Abatir esas organizaciones delictivas requiere no sólo reprimir frontalmente su accionar sino también y al mismo tiempo desmontar sus bases de sustentación. Esto último exige eliminar o reducir significativamente la demanda por los productos que ofrece el crimen organizado de modo de anular la fuente de sus extraordinarias ganancias. La experiencia demuestra que la represión por sí misma no logra reducir la demanda de drogas ni el tráfico de personas aunque sería mucho más efectiva si se focalizase en desmantelar los niveles de conducción de las organizaciones delictivas ya que sus operadores a nivel de terreno son fáciles de reemplazar cuando son encarcelados.

La estrategia para abatir la demanda que sustenta al crimen organizado debe incluir una acción multidimensional permanente de concientizar respecto a las consecuencias sociales del consumo de drogas, de forzar mujeres a ejercer la prostitución, de la extracción de órganos, del trabajo esclavo, del tráfico de armas. En el caso del consumo de drogas, este esfuerzo de concientización debe complementarse con acciones para desmontar mecanismos de cooptación de nuevos adictos juveniles en colegios y en otros sectores vulnerables acercando opciones que verdaderamente motiven y movilicen a los jóvenes. Aunque más difícil, es igualmente crítico encarar la situación de personas que ya han caído en seria adicción lo que requiere escoger enfoques diferenciados de rehabilitación según las circunstancias de cada segmento de consumidores. Este trabajo involucra a familias, educadores, referentes sociales, medios de comunicación y el Estado.

Queda pendiente explorar otras formas de abatir a la demanda de drogas que es servida por organizaciones criminales, tal el caso de la eventual despenalización del consumo de sustancias adictivas como la marihuana. Es algo que suscita encendidas controversias aunque va ganando apoyos dada la inefectividad demostrada por los enfoques tradicionales. Estas medidas reducirían en gran medida los circuitos ilegales controlados por el crimen organizado. De todos modos cualquier despenalización exige regular apropiadamente esos consumos como sucede con otras sustancias adictivas de uso legal como el alcohol y el tabaco.

Un aspecto crítico es quebrar las complicidades de las que se vale el crimen organizado para operar tanto en el tráfico de drogas como de personas y armas. Esto involucra a autoridades públicas, entidades financieras que facilitan el lavado de dineros ilegales y segmentos de las propias fuerzas de seguridad destinadas a reprimir esas actividades delictivas. Se requiere fuerte apoyo político desde el más alto nivel de autoridad para quienes desarrollan investigaciones y acciones de inteligencia que permitan accionar con efectividad sobre la actividad delictiva.

En estos frentes de lucha no existen medidas milagrosas aisladas que de aplicarse logran por sí solas alcanzar el objetivo perseguido; se requieren diversas intervenciones bien coordinadas. Lo que es una verdad incontrastable es que demorar la acción respecto al crimen organizado implica tener luego que enfrentar organizaciones con mucho mayor poder económico e influencias.

Por su parte, los delitos ejecutados por individuos responden a una gran diversidad de situaciones que es necesario considerar al definir la política criminal. Las personas que cometen delitos provienen de muy diferentes estratos socioeconómicos; sin embargo, la acción represiva y la aplicación de penas judiciales suele concentrarse en quienes no disponen de medios para contratar buenos abogados. Abundan casos de personas de escasos recursos privadas de su libertad que permanecen años detenidas sin condena y otras que sin ser culpables acuerdan con la justicia para recibir penas menores. Las personas encarceladas que cometieron delitos requieren ser tratadas atendiendo sus circunstancias y en ciertos casos considerando también penas alternativas a la privación de la libertad. La mayor parte puede recuperarse de ser asistidas con propiedad.

La prevención del delito -en todas sus dimensiones (acceso a la salud, educación, trabajo, entre otras)- juega un papel preponderante; así también la presencia disuasiva de fuerzas de seguridad. El complemento de la represión policial debe ejercerse correctamente dentro de los márgenes y principios que fijan las leyes y reglamentan los protocolos de intervención policial.

Violencia sistémica

La violencia sistémica, que es aquella generada por la propia forma de funcionar de una sociedad cuando premia a minorías y castiga al resto, es una violencia encubierta cuya naturaleza se procura disimular porque es imposible defenderla a campo abierto. Caso contrario facilitaría la reacción de los perjudicados que buscarían transformar el orden establecido.

La violencia sistémica contemporánea afecta la equidad socioeconómica con dramáticos efectos en cuanto a pobreza, indigencia y creciente desigualdad. Tiene su origen en la existencia de tremendos procesos de concentración económica que generan infinidad de conflictos. Grandes mayorías ven afectada dramáticamente su calidad de vida junto con sus derechos sociales y laborales. Esta situación era hasta unos años típica de países llamados subdesarrollados pero hoy se presenta muy fuerte en países afluentes como España, Grecia, Portugal, Italia, Chipre, entre varios otros [[Un análisis de la génesis y dinámica de la crisis global contemporánea puede verse en [¿Arde el mundo?->http://opinionsur.org.ar/wp/arde-el-mundo-2/.

La violencia que el sistema ejerce “hacia abajo” es contestada con formas de violencia de quienes resisten esa imposición. Este conjunto de violencias de origen sistémico sólo se resuelve transformando los procesos de concentración dando paso a diversos tipos de desarrollo sustentable e inclusivo; desarrollos que eliminen la pobreza existente y no generen otra nueva; que reduzcan significativamente las aberrantes desigualdades para posibilitar sociedades más equitativas y cuidadosas del medio ambiente. Así, las formas de intervención para encarar conflictos derivados de los procesos de concentración y abatir las consecuentes violencias tienen que ver con políticas transformadoras, no con otras que procuren preservar o restaurar el orden socioeconómico prevaleciente.

Uno de los ejes estratégicos es ajustar el proceso de generación de valor en cada país e internacionalmente ya que, como está estructurado y funcionando, genera una compleja serie de conflictos geopolíticos, sociales, económicos y ambientales. De ahí que sea imprescindible la intervención pública de modo de regular como se genera valor y como redistribuirlo en función del interés colectivo. Sin embargo, algunos actores utilizando fuerza o astucia evaden las regulaciones, impiden la acción redistributiva y extraen para su exclusivo beneficio una fracción desproporcionada del valor que es generado no por ellos en soledad sino en conjunto con el resto del sistema económico; esterilizan en esa medida el potencial de desarrollo de un país o de una localidad.

A nivel de países puede afirmarse que son condiciones necesarias y complementarias para transitar una trayectoria de desarrollo justo y sustentable el adoptar formas de generar valor que sean inclusivas y cuidadosas del medio ambiente, asegurar una efectiva redistribución de parte del valor generado en función del interés general y abatir con firmeza la extracción expoliadora de valor. Con los recursos y energía así liberadas es posible encarar la construcción de otros sistemas de funcionamiento socioeconómico.

Por cierto no es sencillo eliminar mecanismos de extracción de valor; toca enfrentar poderosos intereses que se benefician con su existencia y resistirán perder privilegios. Algunos de los más importantes mecanismos de extracción de valor son [[[Diferenciar generación, redistribución y extracción de valor->http://opinionsur.org.ar/wp/diferenciar-generacion-redistribucion-y-extraccion-de-valor/ :

(i) Extracción de valor por parte de una descontrolada especulación financiera que no agrega valor y se sostiene con manejos irresponsables del riesgo, el acceso a información privilegiada, aprovechándose de incautos y de actores vulnerables, influyendo de forma ilegítima sobre políticas y reguladores;

(ii) extracción de valor imponiendo a naciones débiles y/o gobiernos corruptos condiciones de expoliación en la explotación de recursos naturales (minería, bosques, pesca, acuíferos);

(iii) extracción de valor que realizan inescrupulosos especuladores a través de apropiarse de activos en situación de stress o por medios ilegales;

(iv) extracción de valor evadiendo el pago de impuestos que alimenta la fuga de capitales y restringe la capacidad del Estado de proveer infraestructura social y productiva;

(v) extracción de valor capitalizando en provecho propio los beneficios de una inversión pública sin pagar contribución de mejoras;

(vi) extracción de valor imponiendo precios abusivos por posición dominante en mercados imperfectos (monopolios, oligopolios);

(vii) extracción de valor aprovechando favoritismo regulatorio discriminatorio;

(viii) extracción de valor a través del tráfico de drogas, armas y personas.

Cada uno de esos mecanismos exige de medidas específicas para poder removerlos.

Violencia cultural

La violencia cultural es ejercida por sectores hegemónicos que imponen instituciones, valores y actitudes sobre el resto de la sociedad. Logran subordinar a los demás a través de la fuerza, el cohecho, la compra de voluntades; controlando políticos y formadores de opinión de modo de hacer prevalecer su particular visión de la agenda social, política y económica; financiando además usinas de pensamiento estratégico que legitiman sus intereses. Destruyen diversidad utilizando la supremacía de sus recursos e influencias y saben alinear en su favor los intereses de servidores y amanuenses. Procuran por todos los medios que los agredidos no tomen consciencia de la magnitud del daño que la violencia cultural provoca en sus identidades, intereses y capacidad de reacción.

La lucha por desmantelar esta violencia cultural pasa por transformar el funcionamiento mediático diversificando voces y perspectivas, los enfoques y contenidos educativos, la simbología que subliminalmente sustenta relaciones de dominación, aquellos mensajes y valoraciones que cierran el paso a nuevas y muy distintas utopías referenciales. Es una acción que cruza lo social, lo político y lo económico. Se trata de explicitar los valores e intereses ocultos de sectores hegemónicos y reemplazarlos por otros que beneficien a la sociedad en su conjunto.

Un serio problema es como el ánimo social es manipulado por medios y otros actores dando lugar a una suerte de condonación y aceptación de la violencia como forma de encarar los conflictos mal resueltos o no resueltos. Esto debe ser cambiado a través de regulaciones y compromisos de los medios para erradicar coberturas sesgadas hacia la espectacularidad, la liviandad y la morbosidad como suele hoy prevalecer.

Una estrategia comprehensiva

Una última reflexión apunta a que los distintos tipos de violencia necesitan encararse en forma simultánea y las diversas medidas que se adopten hacer parte de una estrategia comprehensiva sin supeditar unas acciones a otras, es claro que procurando desarrollar sinergias y complementariedades. Sería ingenuo creer que, por ejemplo, resolviendo la violencia sistémica automáticamente se eliminaría la violencia criminal y se aminoraría significativamente la violencia cultural. Nada de eso ocurre. Todo está correlacionado, es cierto y cuando se progresa en un frente de trabajo mejoran las circunstancias para encarar los otros tipos de violencia; sin embargo, lo que se impone es accionar en todos los frentes al mismo tiempo y diferenciadamente ya que cada uno requiere especificidad en cuanto a enfoques, políticas y metodologías de intervención.

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