Claves para reducir desigualdad

Las relaciones entre generación de riqueza y distribución y la revisión de los factores determinantes de la desigualdad y del gasto social permiten extraer un conjunto de conclusiones relacionadas con la brecha distributiva. Si en un país predomina una visión que considera prioritario llevar a cabo reformas estructurales que impliquen redistribuciones de activos trascendentales es altamente probable que el gobierno se oriente a dar preferencia a luchas políticas en detrimento de mejorar el diseño y la puesta en práctica de políticas sociales, que sólo generan resultados por la acción persistente durante periodos de tiempo largos. Si en cambio es posible separar los periodos político-electorales de los dedicados a ejercer la capacidad de gobernar mediante políticas eficientes y eficaces, pueden asegurarse las condiciones económicas, sociales e institucionales que permitan lograr un crecimiento económico sustentable en el largo plazo. Lo primero que corresponde adelantar es que plantearse “terminar con las diferencias y las desigualdades sociales” constituye un objetivo utópico. Pero sí resulta razonable considerar que es positivo reducir las diferencias existentes en la actualidad y que ello puede conducir a un mejor funcionamiento de la sociedad como un todo.

En cuanto a la distribución del ingreso suele repetirse que América Latina es la región más desigual del mundo: el 10% superior capta, en la mayoría de los países, más del 35% y, en general, el ingreso de ese estrato es 20 veces superior al del 40% más pobre. No se han producido avances en la reducción de la desigualdad.

Factores determinantes de la desigualdad

Es necesario tener claro que la desigualdad económica no se reducirá en el corto plazo. Ella se origina en un conjunto de factores determinantes, de naturaleza patrimonial, educacional, y ocupacional, los que son difícilmente modificables y suelen exigir periodos de tiempo considerables para lograrlo.

(i) Patrimonio

El patrimonio se encuentra en América Latina todavía más concentrado que el ingreso. Durante largos periodos no hay en las agendas políticas propuestas que tiendan a modificar la propiedad de los activos. En algunos países y periodos se llevaron a cabo reformas agrarias de gran magnitud y, en la actualidad, el tema ha reaparecido en algunos otros. Las últimas administraciones, en el Brasil han dado pasos en tal sentido respondiendo al impulso generado por el Movimento de los Sem Terra, expropiando fundos y distribuyendo tierras. Asimismo, en Bolivia (donde ya hubo una importante reforma agraria en 1952 durante el gobierno de Paz Estenssoro), Ecuador, Paraguay y Venezuela hay proyectos en el mismo sentido. La posibilidad de afectar a otro tipo de activos (propiedad de empresas, de acciones, etc.) es remota.

El único “patrimonio” sobre el que parece haber consenso en que debe “redistribuirse” es el educativo, entendido como un capital humano, cuya posesión permitirá que los individuos aumenten su probabilidad de conseguir un trabajo bien remunerado, lo que, al mismo tiempo, beneficiará a la sociedad como un todo, por cuanto así será más productiva y competitiva, en un mercado internacionalizado.

(ii) Educación

El factor educativo también resulta decisivo para explicar las diferencias en el ingreso. Existen profundas desigualdades educacionales entre la población de la región. Ellas están relacionadas, por un lado, con características de la escuela (su funcionamiento, la duración de su jornada y la calidad de la enseñanza) y, por otro, con factores extraescolares heredados del hogar de origen (su nivel socioeconómico, el eventual hacinamiento, el clima educativo del hogar – que se relaciona con los años de estudio de los adultos presentes en él – e, incluso, con la organización familiar, esto es, si se trata de una familia monoparental o biparental, y con el tipo de unión que la caracteriza). La cantidad de años de educación formal que tiene una persona, determina a qué tipo de posición podrá acceder cuando se incorpore al mercado laboral. Y es a través de la participación en éste que el trabajador obtiene el ingreso que le permitirá satisfacer sus propias necesidades y las de su familia.

La escuela condiciona la posibilidad de reducir la desigualdad, al dotar de muy diferente capital educativo a los niños que provienen de diferentes niveles socioeconómicos. Sólo la mitad de los que ingresan a primaria terminan el ciclo, y quienes lo logran tienen un rendimiento promedio muy inferior al de sus pares de los países industrializados. El umbral educativo se sitúa hoy en 12 años de educación formal. Quienes han alcanzado dicho nivel pueden aspirar a una posición laboral que proporcione un ingreso que los sitúe por encima de la línea de pobreza. También debe tenerse presente la devaluación educativa. Cuando crece el número de escolarizados, la competencia por los puestos de trabajo resulta mayor. Esto obliga a tener cada vez más años de estudio para distinguirse de quienes compiten por el mismo empleo. Al haber disponibilidad de personas con mayor instrucción, puede prescindirse de los menos educados incluso para trabajos que podrían cumplir adecuadamente. La tasa de repetición es alta y hay una fuerte deserción. De los 9 millones de niños latinoamericanos que ingresan anualmente a la educación, alrededor de 4 millones fracasan en el primer año. El costo adicional de enseñar a los repitentes llega a 4.200 millones de dólares anuales.

Una parte importante de la desigualdad en el ingreso se explica por las diferencias en logros educacionales. Esto tiene aspectos positivos. Implica que el mercado premia a quienes tienen educación, lo que constituye un estímulo para que las familias y las personas se interesen en que sus miembros aprovechen la oferta educacional. Asimismo, la educación es un activo que puede distribuirse sin tener que negárselo o quitárselo a otros. El aumento del capital humano – basado principalmente en la mayor educación – es fundamental para asegurar en el largo plazo la continuidad del crecimiento económico, sobre bases más modernas.

Del mismo modo, hay grandes diferencias en la proporción de los jóvenes de entre 25 y 29 años de los quintiles I y V que han alcanzado a cursar cada uno de los tres niveles del sistema educativo.

Suele insistirse en la importancia de la educación para la competitividad y también para mejorar la distribución del ingreso. Sin duda, es una recomendación adecuada, pero los esfuerzos que se hagan hoy en dicha dirección no se traducirán en mejoras distributivas inmediatas. Como la rotación de personas en la fuerza de trabajo se realiza a un ritmo de 2% ó 3% anual, por lo cual 80% de los trabajadores que estarán en funciones hacia fines de la próxima década ya está incorporado hoy al mercado laboral. Estos trabajadores, no obtendrán ventaja alguna de las mejoras en el sistema educacional, ya que este se orienta justamente a quienes aún no se han incorporado al mercado laboral.

(iii) Ocupación

Existen crecientes diferencias en cuanto a calidad del empleo y a remuneraciones. Ellas derivan de la heterogeneidad productiva de la región. La generación de empleo es una grave debilidad regional. Se crean pocas posiciones laborales en el sector moderno; una proporción muy importante de los nuevos puestos los generan los servicios y las PYMES. Otra parte de quienes se incorporan al mercado de trabajo, con escaso capital educativo, se refugian en la informalidad.

Esas características del funcionamiento de las economías latinoamericanas, se acompaña de la diferente “densidad ocupacional” (cantidad de ocupados por hogar) en los estratos altos y en los bajos; los primeros tienen el doble de ocupados que los segundos. Así, por regla general, los hogares con mayor número de miembros tienen menos perceptores de ingresos y, consecuentemente, un menor ingreso per capita.

Otro factor importante que alimenta la desigualdad del ingreso es la brecha de remuneraciones creciente entre profesionales y asalariados formales e informales. Esas diferencias tienden a ampliarse, con mucha rapidez. En tres momentos en la década de los noventa se observa cómo esa diferencia crece notablemente.

BRECHAS DE REMUNERACIÓN LABORAL ENTRE PROFESIONALES Y ASALARIADOS FORMALES E INFORMALES

En definitiva, los más educados acceden a ocupaciones más productivas y mejor pagadas y suelen formar pareja con personas que tienen características similares, con lo cual acumulan años de educación que generan un clima educacional del hogar que favorecerá el desempeño escolar de los pocos hijos que tendrán y un ingreso per capita del hogar más elevado, porque tienen pocos hijos. Alternativamente, los que se encuentran en el otro extremo de la distribución tienen poca educación, la que sólo les habilita para obtener puestos de baja productividad y escaso salario, y forman parte de hogares con muchos hijos y menor número de asalariados, los que a su vez sólo consiguen ocupaciones de baja productividad y bajos salarios. Todos estos factores confluyen para que el ingreso per capita de estos hogares sea bajo.

Generación de Riqueza y Distribución

En América Latina hoy pueden encontrarse varias maneras de concebir la relación entre generación de riqueza y distribución.

Una primera posición sostiene que en los países de la región hay riqueza, pero que ella está mal distribuida. Los países serían ricos mientras que sus habitantes son pobres, debido a que un grupo social – el “no pueblo”– se apropiaría de dicha riqueza “explotando” al resto de la población. Ese diagnóstico conduce a la búsqueda de un cambio redistributivo radical. En algunos casos el enlace entre diagnóstico y proposiciones se torna más complicado porque el Estado es el propietario de la riqueza nacional y al mismo tiempo debería ser el agente conductor del proceso de cambio. Cuando predomina este tipo de razonamiento, la política social pasa a segundo plano. Dedicarse a menesteres como el diseño y la puesta en práctica de programas sociales racionales se torna irrelevante. Si tiene primacía la transformación estructural, sin duda, cabe postergar la política social porque ella requiere una visión y objetivos de largo plazo dentro de parámetros estables y medianamente claros.

Otra manera de ver la relación entre riqueza y distribución plantea que la riqueza no existe al margen del esfuerzo cotidiano por recrearla. De estos postulados surge, por un lado, la posición que considera que lo único importante es crecer. Como ha dicho Robert Lucas, Premio Nóbel de Economía en 1995, una vez que se percibe el impacto que provoca el crecimiento económico, el analista se ve tentado a centrarse en eso y abandonar la consideración de otras variables. Sin embargo, cabe insistir en destacar la importancia de la política social (educación, salud, vivienda, etc.) aduciendo que la incorporación de capital humano es un prerrequisito del propio crecimiento económico. Un corolario de esta perspectiva es que las decisiones políticas deben cuidar la continuidad de los procesos productivos, evitando desestimular la inversión y la generación de empleo.

En conclusión, las interpretaciones en boga sobre las relaciones entre generación de riqueza y distribución, por un lado, y la revisión de los factores determinantes de la desigualdad y del gasto social permiten extraer un conjunto de conclusiones relacionadas con la brecha distributiva.

(i) Si en un país predomina una visión que considera prioritario llevar a cabo reformas estructurales que impliquen redistribuciones de activos trascendentales es altamente probable que el gobierno se oriente a dar preferencia a luchas políticas (reformas constitucionales, cambios de la estructura de gobierno, búsqueda de la reelección, etc.) en detrimento de mejorar el diseño y la puesta en práctica de políticas sociales, que sólo generan resultados por la acción persistente durante periodos de tiempo largos.

(ii) Si en cambio es posible separar los periodos político-electorales de los dedicados a ejercer la capacidad de gobernar mediante políticas eficientes y eficaces, pueden asegurarse las condiciones económicas, sociales e institucionales que permitan lograr un crecimiento económico sustentable en el largo plazo.

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