China: ¿Crisis o Cambio Estructural?

La desaceleración del crecimiento chino (del 10% al 6 % del PBI anual) provoca comentarios en la prensa occidental acerca de una crisis en el país asiático.  Frente al estancamiento y la crisis del sistema social, económico y político occidental, el “mal chino” da un poco de ánimo (perverso) a la desanimada elite occidental.  En gran parte, se trata de un mecanismo proyectivo de defensa, de aquellos que otrora estudiaba Freud.  Mal de otros consuelo de tontos, dice el refrán.  La realidad es distinta: China se está transformando de una fábrica con mano de obra barata para exportar excedente al mundo, a una sociedad moderna de servicios y de innovación, abocada a un mejor nivel de vida interno y con sustentabilidad.  Los desafíos son inmensos, pero no se comparan con el impasse occidental.  Existe, eso si, motivo de preocupación en occidente:  el cambio en China acelera la crisis actual en Europa y el descenso de poder mundial de los Estados Unidos.  Los países de América Latina deberán ellos también adaptarse a esta nueva realidad.

 

Los chinos tienen una maldición popular que dice: «Ojalá te toque vivir en un tiempo interesante». Traigo malas noticias: hemos entrado en un período histórico muy interesante –y justamente China se ubica en el centro de él.

El modelo de globalización hasta ahora prevaleciente se resquebraja.  El neoliberalismo ha tenido que abandonar sus promesas. En particular el imperialismo del libre comercio y financiero se ve fustigado por doquier.  Al mismo tempo los sistemas que le hicieron frente hoy naufragan.  Entre las grandes potencias, la imprudencia de los Estados Unidos en materia de política exterior amenaza con acotar su hegemonía en el pantanal del Medio Oriente.  La implosión de esa región acelera la ruptura de la Unión Europea.  El oportunismo de potencias medias, Rusia, Turquía, Irán,  fomenta el desequilibrio regional en el Mediterráneo.  Alemania esta perdiendo el control de Europa y Europa a su vez esta perdiendo velozmente su capacidad de actuar en conjunto.  África retiene un gran potencial de desarrollo se ve impedida por conflictos tribales entrecruzados y sobre todo los resabios coloniales y el interés de los países centrales por acceder a los recursos naturales africanos.  América Latina vacila entre dos fracasos: el de un neoliberalismo a ultranza y el fracaso electoral de gobiernos de base popular que corrigieron esos excesos. El país de mayor peso en la región –Brasil—no logra superar una aguda crisis de gobernabilidad.  Con pocas excepciones, el conjunto de estos países se tambalea al ritmo del tango “Los mareados.”  Es francamente un panorama poco alentador.

En muchas regiones del mundo tendremos que atenernos al resurgimiento del proteccionismo, del nacionalismo reaccionario, y del aventurerismo en política exterior.  Sabemos que la tendencia al ensimismamiento, al “estar en casa,” “vivir con lo nuestro”,  y ocuparse sólo de “gente como uno” es inviable y multiplicadora de conflictos.  Pero es la reacción mas probable a corto y mediano plazo.

En esta carrera hacia adentro sólo tres países son capaces mantener la delantera, a causa de su ubicación geográfica, del tamaño de su mercado interno, de sus recursos (naturales, tecnológicos y humanos), y de su profundidad estratégica en materia de seguridad: Los Estados Unidos, la República Popular China, y la Federación Rusa.  Por razones que desarrollaré en un próximo libro, ni los Estados Unidos ni Rusia son capaces de reaccionar en forma creativa frente a la crisis de globalización que he citado.  Los Estados Unidos sufren de un impasse estratégico externo y de un impasse político interno, lo que retarda la llegada de una nueva etapa en su desarrollo económico y social.  La Federación Rusa no logra compensar la desindustrialización que sucedió al colapso de la Unión Soviética con un modelo dependiente de la exportación de recursos naturales. En esta nota me dedicaré a examinar las perspectivas para el tercer país de la troika geopolítica:  China.

A mi juicio sólo China se enfrenta en forma seria con el desafío de cambiar su modelo de crecimiento económico, manteniendo en lo posible el perfil global en todos los sectores pero haciendo al mismo tempo un viraje hacia una economía con una distinta composición del PBI.  Me arriesgo a afirmar que, en comparación con otros países fuertes, China es hoy un pionero. Su estrategia se dirige ahora hacia una economía de servicios con un perfil tecnológico mas avanzado e innovador.  Por fortuna existen excelentes trabajos que analizan el cambio en curso.  Cito en particular los ensayos de la socióloga brasileña Anna Jaguaribe, que tomo como guión en esta nota (ver el trabajo “Estratégias de Governança no século XXI: Observações sobre os novos desafios da China,”  IBRACH, Institute of Brasil-China Studies, enero de 2016).

Durante treinta años  la economía china creció a un promedio anual del 10%, lo que representa  todo un record en la historia económica mundial.  Me atrevo a decir que ese inmenso país ha entrado en una tercera etapa de su desarrollo.  La primera, bajo el sistema comunista patrocinado por Mao fue, a mi entender, el equivalente histórico de lo que Marx denominaba la etapa de acumulación primitiva.  La segunda, bajo el patrocinio de Deng, experimentó con el capitalismo de estado y con la inversión extranjera, volcando el excedente productivo hacia la exportación.  Durante esta fase China se convirtió en el taller industrial del mundo.  En términos globales, su crecimiento se puede resumir así: industrialización exportadora a ultranza con mano de obra barata.  Trajo aparejada la desindustrialización de buena parte de las economías capitalistas maduras, que pasaron a especializarse en servicios, en especial los servicios financieros y en una tecnología avanzada en términos de comunicación e informática.

Llegada a este punto, China se enfrenta, como todas las economías que maduraron antes, con una desaceleración “natural” del crecimiento, con la necesidad de dar mayor énfasis al mercado interno, a una mayor redistribución de la riqueza hacia la clase trabajadora, y a proveer mas servicios y mayor consumo a toda la población.  En pocas palabras, el país está en pleno proceso de “sustitución de exportaciones”, acompañado de una correlativa sustitución de importación de insumos industriales, es decir, de una mayor internalización de las cadenas productivas.

Este cambio es tan revolucionario y disruptivo como los anteriores, pero con una importante novedad.  Esta vez se alteran las relaciones económicas mundiales que hasta hace poco daban por sentada la división global de trabajo anterior.  Las economías hasta ahora receptoras del excedente industrial chino con todos los lazos comerciales y financieros ligados a ese modelo se ven obligadas a adaptarse, a entrar en una nueva etapa de concurrencia productiva con China, a experimentar una caída aun mayor de su propia tasa (ya baja) de crecimiento, y a sufrir las consecuencias, entre otras,  del fin del súper-ciclo de las llamadas commodities.  La transición china de hoy representa, para el resto del mundo –incluyendo a los mercados emergentes—un verdadero sacudón.

Como sostiene Jaguaribe, después de treinta años de un catching up acelerado, China está entrando en una nueva etapa y por lo tanto enfrenta desequilibrios y desarticulaciones que provienen, por un lado, de su acelerado crecimiento anterior y por otro, de transformaciones en la economía global.

Al primero de estos dos desafíos China responde con la estrategia denominada un ”Nuevo Normal” (mayor modernización interna) y al segundo con la estrategia denominada “Nueva Ruta de la Seda.” Se trata de políticas que apuntan hacia la sostenibilidad del modelo económico con una nueva combinación de la economía de mercado globalizada y de la intervención estatal en nuevos sectores claves y con un nuevo perfil de inversiones. Se trata de una versión dinámica del “vivir con lo suyo”.  En política exterior, la estrategia china apunta hacia una intensificación del comercio,  inversiones y arreglos económicos con otros países asiáticos, y una presencia inter-regional mas activa.

Las dos grandes líneas estratégicas se refuerzan dentro de un plan general de pasar del catching up a una economía de innovación. Las autoridades del partido único (transformado en un estado-partido gestionario) buscan manejar problemas sociales y económicos en un contexto global pero ahora sin las ventajas que caracterizaron a la fase de crecimiento anterior. A juicio de muchos observadores, es una reforma mayor en el sistema financiero, tributario, y administrativo, de fomento del mercado interno y de la innovación como motor del crecimiento.

Se trata de una reorientación de inversiones con desaceleración del crecimiento en un contexto internacional incierto. Esta elección implica por el momento una mayor concentración del poder central (mas personalista y menos colegiado bajo el Presidente Xi) para poder romper las resistencias internas de los intereses creados por la fase anterior (campaña anticorrupción para sanear la burocracia y cambio en el perfil del sector militar-industrial).   Asistimos así a un gran debate sobre el futuro del sistema, sobre su solidez o fragilidad, sobre la resistencia cruzada de adentro y de afuera, y sobre la confianza y legitimidad del aparato de dirección y control (a propósito del debate ver este link).   No sabemos todavía en qué formas de participación, de previsibilidad, y de nuevas instituciones ha de desembocar el proceso.  Insisto: vivimos en tiempos por demás interesantes.

El ascenso de China en las últimas décadas transformó las condiciones globales de desarrollo de las economías emergentes y las condiciones de sustentabilidad de las economías maduras.  La reforma china en curso las volverá a transformar.  Una cosa es cierta: El eje geopolítico mundial se mueve inexorablemente hacia el oriente, donde China ha pasado de ser una excepción a ser su propia regla.  Cualquiera sea el desenlace de esta nueva transición, el resto del mundo no será el mismo que conocemos.

Repaso y mantengo: el modelo que hoy toca sus límites se caracterizaba por un crecimiento espectacular que transformó la economía en el centro manufacturero mundial y eslabón principal en la cadena de producción  del complejo electrónico.  Las características principales del modelo fueron: planificación estratégica a largo plazo, alta tasa de ahorro e inversión, un sistema financiero compuesto de bancos públicos para facilitar obras de infraestructura y otorgar créditos a grandes empresas del estado, e inserción competitiva de las empresas chinas en el mercado mundial.  Entre los factores facilitadores internos cabe citar la favorable curva demográfica, energía y mano de obra baratos, y demanda reprimida.

A lo largo del tiempo el modelo fue acumulando varios desequilibrios, a saber:  endeudamiento  y sobre-inversión a nivel provincial,  especulación financiera, y alta corrupción.  La reforma en curso busca corregir el rumbo, cambiar los incentivos, reprimir la corrupción, y eliminar la volatilidad de la bolsa de valores.

El cambio hacia un “Nuevo Normal” apunta a bajar los índices de crecimiento cuantitativo y aumentar los índices de crecimiento cualitativo, pasar de un perfil excesivamente exportador a una economía de servicios volcada al mercado interno y lograr una mejora ambiental (desarrollo de energías alternativas).  En materia fiscal, se busca mitigar la deuda de las regiones y redirigir el crédito al sector privado.  En materia institucional y legal se busca mayor transparencia y previsibilidad. Los detalles los podrá encontrar el lector en las nueve direcciones presentadas en la Conferencia Económica del Comité Central del Partido Comunista Chino del año 2015. (Ver Hu Angang,  “Embracing China’s New Normal,”  Foreign Affairs May 2015).

En materia de política exterior de ahora en adelante China buscará extender sus inversiones directas, patrocinar fondos multilaterales de financiamiento, y lograr una mayor densidad de acuerdos regionales.  El objetivo final tal vez sea la internacionalización del remimbi como moneda de referencia.

Sin entrar en los detalles podemos afirmar que China se encuentra abocada a una búsqueda sistemática de nuevas oportunidades económicas y nuevas ventajas comparativas.  Es mucho mas de lo que puede decirse de las economías europeas y estadounidense que en comparación se ven muy desorientadas.

Como nota final diré que en el contexto de estancamiento y crisis global China se ha puesto a la vanguardia de innovación.  Febo asoma en el oriente, aunque a veces no nos demos cuenta por causa del cielo nublado y tormentas aisladas en occidente.

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