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¿Y ahora qué?, ¿Qué sucederá después? Quid Nunc?, Quid deinde fit?

¿Seremos Roma?  Salvando la distancia, nuestros sistemas políticos y el sistema económico sobre el que descansan, son tan insostenibles como lo fueron las instituciones republicanas y la economía de rapiña de la antigua Roma, antes de su colapso frente a la dictadura permanente, denominada Imperio.

 

¿Capitalismo a tiempo largo o capitalismo de rapiña a tiempo corto?  El nuestro es este último.   A la pregunta ¿Y ahora qué? la respuesta de este sistema en oriente y occidente es: ‘Mas de lo mismo.’  Se agudiza de esta manera la concentración de la riqueza a expensas del crecimiento, y aumenta la desigualdad.  Al final del camino sobra el dinero para una minúscula minoría y falta dinero –y sobre todo puestos de trabajo– para la mayoría.  Salvando la distancia social y tecnológica, ¿seremos Roma?

Mucho dinero arriba, poco trabajo abajo.  Este modelo, además de injusto, es “a la larga” insostenible, ya que el propio capitalismo depende del mercado y del consumo.  Sin trabajo no hay consumo.  Para mantenerlo, hay que fomentar el endeudamiento.  Pero esta solución también es cortoplacista.  En las altas esferas, la enorme concentración de riqueza permite un obsceno consumo de lujo, pero este no basta para absorber las necesidades del sistema en general.  Al final de cuentas, ¿cuántos pares de zapatos pueden comprar los que constituyen el 0.1% de la humanidad?, ¿cuántos relojes a $50,000 c/u pueden tener en un brazo, cuántos yates de lujo con tripulaciones de “esclavos” bien mantenidos se pueden permitir?  El famoso consumo conspicuo no puede mantener el sistema.

Ganancia sin crecimiento, riqueza sin equidad, producción sin puestos de trabajo suficientes, un mar de objetos que no encuentran consumidores –el  sistema se encamina a crear un excedente inmanejable.

Por varias décadas, la globalización permitió mantener este sistema insostenible, pero a costas de aumentar y globalizar sus contradicciones. Sin sistemas rivales que se le opongan, el capitalismo tardío completa su dominio del planeta, pero esta hora de triunfo es también el principio de su fin. No pretendo que esta afirmación mía sea original. Entre los economistas, el lector encontrará afirmaciones similares en los textos de Marx, de Schumpeter, y hasta de von Hayek.

En la Roma antigua, el historiador Cayo Salustio Crispo (86 AC-34 AC) afirmaba algo parecido. Según Salustio, (La conjuración de Catilina, 63 AC)  la fibra moral de la cultura romana fue destruida por el propio éxito de la ciudad imperial y por la enorme riqueza, angurria, y deseo de poder que siguieron a su conquista de todo el Mediterráneo y de sus rivales mas importantes, como Cartago. Hoy también, con un sistema de rapiña distinto tenemos el mismo resultado.  Cada vez mas, en cada país, aumenta el numero de los que se quedan atrás.  Esta es una crisis estructural que se traduce en resistencia política, basada en la precariedad económica y el resentimiento social.

Entra entonces en escena el populismo, que por el momento es un populismo de derecha.  Pero ¿hasta cuándo?  El populismo de derecha azuza las llamas del orgullo nacional, sin cambiar ni el modelo económico ni la estructura social. Podríamos enfrentar al sistema con las mismas armas retóricas que empleaba el republicano Cicerón contra el populista Catilina (Cicerón):

Quousque tandem abutere                      ¿Hasta cuándo abusarás de

Patientia nostra?                                      nuestra paciencia?

Quam diu etiam iste furor tuus             ¿Hasta cuándo esta locura tuya

Nos eludet?                                                seguirá riéndose de nosotros?

Quem ad finem sese effrenata             ¿Cuándo acabará esta desenfrenada

Iactabit audacia?                                    osadía tuya?

Su impacto mayor es político: el debilitamiento, o lisa y llanamente, la destrucción del sistema político actual.  Es el fin de los partidos tradicionales, el surgimiento de una grave crisis de representación, y su reemplazo por movimientos sociales de signo contradictorio.

La crisis de representación y el debilitamiento de los partidos tradicionales se está dando por doquier, desde la Argentina hasta Italia, Francia, Inglaterra, Alemania, y los Estados Unidos.  Las recientes elecciones en Francia y Alemania, y las previsiones de las próximas elecciones en Italia parecen confirmar el diagnóstico.  Por un lado, nos encontramos con elites de poder sordas y ciegas al mar de fondo social que se prepara.  Por otro lado, nos encontramos frente al surgimiento de una “internacional nacionalista” como un pseudo recambio.  Basta nombrarla para que su aspecto grotesco y contradictorio salte a la vista.  La expresión es un oxímoron kantiano, para quienes todavía recuerdan las lecciones de filosofía de la escuela secundaria.  En efecto, Immanuel Kant definió el concepto de “imperativo categórico” como “cualquier proposición que declara a una acción (o inacción) como necesaria.”  En  su tratado Fundamentación de la metafísica de las costumbres (1785) Kant expone diversas formulaciones del imperativo categórico.  Yo recuerdo la siguiente: “Obra sólo según aquella máxima por la cual puedas querer que al mismo tiempo se convierta en ley universal. Obra como si la máxima de tu acción pudiera convertirse por tu voluntad en una ley universal de la naturaleza.”  Es lógicamente imposible convertir el nacionalismo en ley universal.  Sugiero al respecto reflexionar sobre las declaraciones del ex ministro de finanzas griego Yanis Varoufakis .

Peor aun, los líderes populistas mas importantes son plutócratas.  El populismo de Donald Trump, de los líderes políticos del Brexit británico como Boris Johnson o Nigel Farage, y de muchos mas, es en verdad un pluto-populismo.  La contradicción es evidente: la esencia del populismo es al final de cuentas la redistribución de riqueza, muchas veces y lamentablemente, de manera clientelista.  Este populismo emergente combina el clientelismo con la persecución de chivos expiatorios (xenofobia, racismo, sexismo, homofobia).  Su eslogan es el de la antigua Roma imperial: panem et circenses.  Sin embargo, tarde o temprano, el “pueblo” que nombran los pluto-populistas se dará cuenta del fraude del que es víctima, cuando se acabe el pan y no baste el circo.  Pero el peligro existe y es grave.  Si, como afirmaba Lord Acton, el patriotismo es el último refugio del sinvergüenza, al azuzar el nacionalismo, el pluto-populismo es capaz de desencadenar la última distracción patriótica: la guerra.

La publicación geopolítica Stratfor anuncia un trimestre “caliente” en la península coreana.

El mundo está en vilo mientras, al mando de fuerzas nucleares, se enfrentan dos personalidades con fuertes características de psicopatología infantil.  Tanto el líder norcoreano como el presidente norteamericano me hacen recordar de nuevo a una caracterización proveniente de la antigua Roma.  En su juventud, el general Pompeyo era famoso por su carácter impulsivo y su brutalidad, rasgos que le valieron el apodo de adolescentulus carnifex (el “adolescente carnicero”).  Hoy en un caso el apodo se aplica a los métodos y a la joven edad de Kim Jong-Un.  En el otro, a un viejo neoyorquino, Donald J. Trump,  que nunca logró crecer y superar su patología infantil. Los dos son, cada uno a su manera, lideres dinásticos, provenientes de familias o muy ricas o muy poderosas.  Pompeyo, por su parte, se formó como militar en el ejército por su padre. De esta época data su mote de adulescentulus carnifex por su frialdad y crueldad en el campo de batalla. La comparación con Roma se justifica.

Tan grande es el peligro y tan bajo hemos llegado.  Como diría Cicerón: O tempora, O mores! (Qué tiempo; ¡qué costumbres!).

 

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