¡Adiós Comandante! Cuba sin Fidel

Por primera vez en décadas el Año Nuevo en Cuba será un año sin Fidel. El atardecer llega y él no está más allí. Pero la vida continúa hacia un futuro incierto. Otros atardeceres; otros gallos cantan hoy. Nos evocan una canción de la guerra civil española:

 Cuando canta el gallo negro

es que ya se acaba el día.

Si cantara el gallo rojo,

otro gallo cantaría

 

La muerte de Fidel Castro despierta en mí algunas reflexiones sobre qué han representado su revolución y su régimen.

Diez años después del triunfo de la revolución china, en América la isla de Cuba experimentó una turbulencia equivalente. La revolución cubana concitó un interés extraordinario en el mundo entero. En medio de la Guerra Fría, Cuba adquirió una desproporcionada importancia geopolítica en relación con su tamaño y peso económico—y casi provocó un intercambio nuclear entre las dos superpotencias.

Sin embargo, la importancia de Cuba es de un tipo diferente. La revolución cubana fue la última de una serie de experimentos socialistas para trascender el capitalismo e ir hacia una nueva sociedad de igualdad radical. La revolución cubana juró “construir un nuevo hombre” y demandó nada menos que una nueva concepción de la naturaleza humana. El prestigio de la revolución cubana descansó básicamente en el igualamiento de las condiciones sociales y el acceso universal a la salud y la educación—dos logros obtenidos a velocidad record durante la primera década de la revolución.

Los que éramos muy jóvenes en 1960 recordamos la apasionada curiosidad que provocó el experimento cubano. En el occidente la prosperidad de posguerra dio lugar a esperanzas libertarias de izquierda entre los jóvenes. En el este comunista, donde el socialismo se había solidificado en una forma opresiva de dominación burocrática, la revolución cubana también pareció ofrecer mayores esperanzas. Sin embargo, desde un punto de vista sociológico, uno debería hacerse dos preguntas diferentes y quizás inquietantes: Primera, ¿hasta qué punto esos logros están relacionados con la forma del régimen que se conformó durante el impulso inicial de la revolución? Y dos, ¿qué precio pagaron la sociedad y la economía cubanas por la búsqueda incesante de la inclusión total e igualitaria? ¿Existe una lógica interna que conecta la aplicación de la justicia social con límites en los derechos públicos y civiles y con la prohibición de salida de la isla? Las denuncias oficiales en occidente sobre las violaciones a los derechos humanos no lograron desentrañar una forma diferente de definir qué es correcto y qué es errado, una cosmovisión que no reconoce como legítimo el acto de disenso, que rechaza considerar las voces y salidas como dignas de respeto.

Durante la primera década de la revolución, había una íntima asociación entre dos procesos, a saber: la rápida igualación de las condiciones impuesta por el régimen revolucionario sobre la sociedad entera y la extraordinaria concentración de poder en la figura de Fidel Castro. Uno carecía de sentido sin el otro. El proyecto revolucionario implicaba transformar a la sociedad desde arriba y con un alto grado de visibilidad, vigilancia y control. El proyecto se fundó en una oleada de entusiasmo popular y sentimiento colectivo de emancipación de un pasado corrupto y despótico. No implicó el reemplazo de un despotismo por otro, sino algo muy distinto: una radical transformación de las inequidades existentes que requirieron un control total y central más la participación de las masas. La coincidencia de lo racional con lo carismático es una fase por la cual atraviesan todas las revoluciones. Sin embargo, en el largo plazo la racionalidad sobrepasa el “culto a la personalidad” y el carisma se transforma en un sistema burocráticamente ‘rutinizado’.” La particularidad cubana consiste en la persistencia del carisma y la longevidad de Fidel—un proceso que ha provisto al régimen de una estabilidad de largo alcance pero también algo de fragilidad.

Aparte de otras distinciones, lo que cuenta para la presente discusión es la velocidad, la profundidad y la manera en que se dio la construcción de una sociedad igualitaria durante la primera fase de la revolución. En una forma muy abreviada, lo que uno percibe en este período es una rápida igualación de la sociedad de abajo hacia arriba, favoreciendo el ascenso de los oprimidos y los excluidos, pero aplicado “sin condiciones ni excepciones” desde la cúspide del poder político. En otras palabras, la igualación radical y la centralización del control eran dos caras de la misma moneda.

Los primeros diez años fueron testigo de dos reformas agrarias: la primera una expropiación, subdivisión y redistribución de latifundios a los sin tierra y la segunda fue una imposición del control estatal sobre toda la producción, grande y pequeña. Los sectores no agrarios de la economía también fueron nacionalizados y su propiedad pasó a manos del Estado: subsidiarias extranjeras, refinerías de azúcar, comercios, empresas de servicios públicos y la construcción. El Estado también tomó control sobre la educación y la salud y las viviendas de alquiler estabilizado. Todas estas medidas favorecieron a aquellos en la base de la pirámide social y progresivamente alienó a los de arriba, primero la elite privilegiada y luego a las clases medias, incluyendo a pequeños propietarios que fueron inicialmente favorecidos por la redistribución. Cada ola de igualación produjo su correspondiente ola de exiliados—primeros los recalcitrantes, luego los desencantados. Fue un período de “terror y progreso”.

En los altos niveles del liderazgo un modelo voluntarista de desarrollo forzado prevaleció (primero encarnado en la figura de Ernesto “Che” Guevara y subsecuentemente por el mismo Fidel Castro), con énfasis en incentivos altruistas como opuestos a los materialistas. En el lenguaje de la época, fue un intento simultáneo de construir socialismo (compensación basada en el esfuerzo) y comunismo (compensación basada en la necesidad). En términos prácticos, el proceso eliminó todos los agentes económicos que no eran agentes del Estado.

¿Cuál fue el resultado?  En la sociedad ocurrió una nivelación radical de la diferencia y la distinción; en la economía, una fenomenal desorganización de la producción. La dislocación económica ocurrió en parte debido a la expulsión y al exilio de personas calificadas, pero más significativa fue la inhabilidad del Estado para administrar y asignar actividades sin señales económicas. El primero fue un efecto serio pero temporal; el segundo fue una grave falencia.

La centralización del control en pocas manos y la marginación de otros centros de decisión afectó no sólo a los “naturales” enemigos de la revolución, sino también a sus simpatizantes originales. La influencia sobre las organizaciones estudiantiles, los sindicatos y los productores artísticos y culturales fue muy significativa. El partido único de la revolución sufrió sucesivas purgas convirtiéndose en una máquina política dócil, subordinada a Fidel.

Para la sociedad en general, formas más silenciosas de organizar consenso gradualmente reemplazaron al entusiasmo inicial de la movilización revolucionaria. La vida cotidiana bajo esas condiciones pasó de un estado de aprobación carismática a una cultura del miedo. Desde un punto de vista económico significó la degradación de iniciativas que requirió medidas incluso más desagradables, cómo el desabastecimiento y el racionamiento.

La economía cubana dependió del apoyo de la Unión Soviética. Cuando la última colapsó, Cuba sufrió enormes penurias hasta que fue parcialmente rescatada por la Venezuela de Chavez rica en petróleo. La temprana dependencia de la URSS atemperó el voluntarismo inicial de la revolución y la agresiva y torpe política exterior de Estados Unidos ayudó a proveer una justificación para endurecer el control. Pero a fin de cuentas, el modelo de sociedad tipo soviético que se estableció en Cuba fue el producto de una lógica interna profunda.

La igualdad forzada produjo desincentivos y disfunciones económicos que afectaron negativamente al crecimiento y al desarrollo—entre ellos un pleno empleo artificial, ausentismo, robo de propiedad pública, mercado negro y una “doble moralidad” de conformidad y desviación al mismo tiempo. Por ejemplo, un cubano normal podría denunciar a los exiliados en Miami pero al mismo tiempo cobrar las remesas que les mandaban sus familiares desde Estados Unidos. Más aún, el gobierno rápidamente descubrió que la inequidad social no tiene una sino varias fuentes—y que el régimen estaba generando la suya propia.

A medida que el liderazgo original se enfrentaba con la vejez y la muerte, Cuba se tambaleó al no estar preparada para una transición en un mundo en plena crisis. Excluyendo inequidad, en muchos otros indicadores comparados Cuba hoy no está mejor que otras economías latinoamericanas. La conclusión da qué pensar: Cuba logró mayor igualdad social al precio de un estancamiento económico. La cuestión pendiente para el futuro es cómo acceder a una modalidad de desarrollo económico que no destruya los logros sociales del pasado—cómo sacarse de encima al agua del baño comunista sin echar al bebé del igualitarismo también[1]. Éste es un verdadero desafío.

El mundo ofrece ejemplos de transiciones administradas desde un socialismo igualitario hacia un capitalismo desigual pero con alto crecimiento—algunos más atractivos que otros. En algunos círculos intelectuales y políticos se da la discusión de la “forma vietnamita” en la cual la estructura de poder comunista promueve la apertura del país a la inversión extranjera al mismo tiempo que protege no sólo sus propios intereses sino también los de la solidaridad social. Sin embargo, una mirada superficial del comportamiento social suscita la pregunta de si los cubanos—luego de décadas de altruismo forzado—no han perdido el apetito por la solidaridad y la iniciativa emprendedora que los asiáticos lograron retener.

Si el liderazgo cubano decidiera adoptar las “reformas vietnamitas”, la situación se vería así. El régimen propondría medidas que dieran gran alcance a las iniciativas privadas, redujeran los déficits presupuestarios, estimularan la producción de bienes agrícolas y de consumo para incrementar el abastecimiento del mercado y las exportaciones. Específicamente, el gobierno intentaría hacer que los precios permitieran generar ganancias para los agricultores y productores industriales. Se bajarían las barreras al comercio; se aboliría el sistema de puntos de inspección que requiere que los bienes en tránsito sean frecuentemente inspeccionados; y se relajarían las regulaciones sobre el ingreso privado de capital, bienes y turistas extranjeros. En el sector industrial controlado por el Estado, se reduciría el exceso de personal administrativo del Estado y de las organizaciones de servicios. Los líderes gubernamentales también planearían reestructurar el sistema impositivo para estimular los ingresos y mejorar los incentivos. Se incrementarían las exportaciones no tradicionales, mientras los inversores extranjeros aumentarían en número y con suerte también en calidad. Como en Vietnam, la economía crecería entonces a un ritmo de 6% por año, pero la inequidad también aumentaría (ya que es un derivado inevitable del arranque capitalista). Con suerte e inversiones de otra república tropical—Brasil—Cuba podría mitigar su dependencia sobre combustibles fósiles extranjeros y convertirse en un exportador neto de etanol de azúcar. La transición sería para Cuba otro gran experimento social, esta vez basado no en el aforismo que dice que el sacrificio debe ser compartido igualitariamente, sino en aquel otro que sostiene que la marea alta levanta a todos los botes.

En el futuro inmediato, Cuba navegará aguas traicioneras—un pasaje lleno de peligros entre los arrecifes de dos mafias ávidas de ganancias, una dentro del país y otra afuera: por un lado, el intento de los exiliados para ajustar cuentas y, por el otro lado, las pretensiones de los funcionarios del régimen para convertirse en los nuevos amos capitalistas, al estilo ruso.

[1] . N.T. En el original “how to overcome the Comunist bathwater without ejecting the egalitarian baby as well” juego de palabras en referencia al refrán don´t throw the baby out with the bathwater” (no tiremos al niño junto con el agua del baño o no eches la sopa tras el caldero, o las frutas frescas con las podridas).

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