Propuestas del G-20 para encarar la crisis: ¿restauración o transformación?

Las propuestas del G-20 incluídas en la declaración de Londres reflejan los tironeos y forzados acuerdos negociados en ese caldero. Los países centrales se concentraron en su propio ombligo y sólo miraron de reojo al resto del mundo. Pero así como no sirven pomposas declaraciones politicamente correctas que terminan siendo muy difíciles de materializar, tampoco valdría criticar sin reconocer ningún tipo de avance. Este artículo analiza el curso de acción propuesto y procura reconocer el rumbo que comienza a perfilarse. Las propuestas del Grupo de los 20 incluídas en la declaración de Londres reflejan los tironeos y forzados acuerdos negociados al interior de ese caldero. Los países centrales se concentraron en su propio ombligo y sólo miraron de reojo al resto del mundo. Pero así como no sirven pomposas declaraciones politicamente correctas que terminan siendo muy difíciles de materializar, tampoco valdría criticar sin reconocer ningún tipo de avance.

En la declaración se señala que una crisis global exige una solución global, lo cual es parcialmente cierto. Siendo global la crisis requiere de una eficaz coordinación de esfuerzos nacionales, aunque las circunstancias de cada país son tan singulares que la forma y virulencia como la crisis se expresa en ellos impone tratamientos con algunos comunes denominadores y muchas más medidas ajustadas a los requerimientos de cada realidad.

Por otra parte las responsabilidades por haber generado la crisis no son homogéneas sino que hubieron países y sectores que, habiéndose beneficiado en mayor medida que el resto en el período de pre-crisis, fueron responsables directos no sólo de crear las condiciones que condujeron a la crisis sino de gatillarla. Esos países y esos sectores debieran asumir una mayor cuotaparte del daño causado y del costo de salir de la crisis que ayudaron a generar. Es un principio de justicia que así fuese, aunque es común que cada quien, en particular los actores más poderosos, busquen descargar responsabilidad y costos sobre otros hombros. Para ello cuentan con diversos y muy sutiles mecanismos económicos que permiten obtener resultados que nadie se atrevería a reclamar abiertamente.

En estas líneas analizamos el curso de acción propuesto procurando reconocer el rumbo implícito que comienza a perfilarse.

Es cierto que para que sea constante, el crecimiento tiene que ser compartido. Así reza en la declaración de Londres que incluso explicita que “nuestro plan global para la recuperación debe centrarse en las necesidades y los puestos de trabajo de las familias que trabajan con ahínco, no sólo en los países desarrollados, sino también en los mercados emergentes y en los países más pobres del mundo; y debe reflejar los intereses no sólo de la población actual sino también de las generaciones futuras” (destacados nuestros).

¿Qué implica esta expresión de deseos? ¿Qué todos creceremos al mismo ritmo con lo cual reproduciremos la presente desigualdad?, ¿o estamos abiertos a promover que los países más pobres y las pequeñas y medianas economías emergentes crezcan a mayor ritmo para ir cerrando la enorme brecha de ingresos y oportunidades a nivel global?

Casi al final la declaración encara esta cuestión con un enunciado que señala: “Estamos decididos no sólo a restaurar el crecimiento, sino también a establecer las bases de una economía mundial justa y sostenible”. A partir de allí reafirma el compromiso con los Objetivos de Desarrollo del Milenio, hasta ahora pobremente logrados, y enumera acciones que se canalizarían a través de la ONU, el FMI, el Banco Mundial, los bancos regionales, la OIT y la Conferencia de fin de año sobre el Cambio Climático. Esta propuesta se asemeja al enfoque convencional para abordar la desigualdad y la pobreza que, palabra más palabra menos, diría: hablemos los que tenemos peso y voz sobre nuestros propios problemas de crecimiento, sobre la dinámica económica global, definamos en consecuencia estrategias, políticas y medidas y, con eso resuelto o más o menos aclarado, dediquemosle un capítulo especial, separado, segregado de las medidas centrales, a la desigualdad y a la pobreza. Es como si por un lado fluyese la economía y los intereses principales de aquellos que conducen el proceso a nivel internacional y dentro de los países y, por otro allí en los márgenes, la economía y los intereses de las inmensas mayorías del mundo contemporáneo.

No es así como se logra un crecimiento compartido. La desigualdad, la pobreza, un sistema económico justo y sustentable, se encaran desde y a través de las variables principales y no con una acción específica que complementa las estrategias centrales: esto incluye el comercio mundial (con los resguardos imprescindibles para que puedan desarrollarse nuevas ventajas competitivas en las pequeñas y medianas economías emergentes), un flujo balanceado de capitales, la localización desconcentrada de actividades productivas, una apropiada migración laboral, una fuerte cooperación y financiamiento (incluyendo subsidios) de los países centrales para ayudar a establecer un vigoroso desarrollo científico y tecnológico en los países del Hemisferio Sur. No es un “programa especial” lo requerido sino un ajuste de rumbo sistémico, de nuestra forma de funcionar, que conduzca a un orden internacional y nacional más justo y sustentable.

La declaración señala que “el único cimiento sólido para una globalización sostenible y una prosperidad creciente es una economía basada en los principios de mercado, en una regulación eficaz y en instituciones globales fuertes”. Con la crisis quedó claro que el mercado es un formidable asignador de recursos mientras la dinámica socioeconómica no se deslice hacia un proceso concentrador de la riqueza, los ingresos, el ahorro y la inversión, o hacia la destrucción del medio ambiente. Un buen mercado es capaz de resolver muchas cosas pero no aquello que lo sobrecondiciona. Para actuar sobre el contexto y asegurar un rumbo sistémico que sirva al conjunto de nuestras sociedades se requiere de decisiones políticas como las que el G-20 tuvo necesidad de encarar.

La definición del rumbo sistémico va más allá de ejercer una regulación eficaz y de establecer instituciones globales fuertes, siendo estos dos factores de suma importancia. Ocurre que si logramos fijar un buen rumbo sistémico entonces sí es imperioso contar con una regulación eficaz y con instituciones globales sólidas de modo de asegurar que ese rumbo sea respetado y que la forma sistémica de funcionar sea efectiva, ágil, plena de innovaciones sustentadas en un apropiado desarrollo científico y tecnológico. Si, en cambio, el rumbo sistémico terminase siendo uno que reproduce la desigualdad, el deterioro ambiental, un desarrollo sin justicia y no sustentable, entonces de qué valdrían regulaciones o instituciones fuertes, a menos que las usásemos para custodiar aquel desafortunado rumbo que es justamente el que nos condujo a la crisis.

La declaración del G-20 compromete a sus miembros a “hacer lo necesario para restablecer la confianza, el crecimiento y el empleo, reparar el sistema financiero para restaurar el crédito, reforzar la regulación financiera para reconstruir la confianza …” (destacados nuestros). Observemos que los verbos utilizados llevan implícito que hubo algo que funcionaba bien y ahora se requiere restablecerlo, repararlo, restaurarlo, reforzarlo, reconstruirlo; no trasunta que necesitamos encarar una transformación de aquella forma nuestra de funcionar, un ajuste de rumbo que genere algo diferente, mejor, superador de lo que existía. Y sin embargo, y con mucha propiedad, más adelante se explicita que todo el esfuerzo tenderá a “apuntalar la prosperidad y construir una recuperación inclusiva, ecológica y sostenible”. He ahí un enunciado que propone un ajuste de rumbo y de la forma sistémica de funcionar.

Hay entonces en el seno de la declaración como una tensión entre dos perspectivas: una que busca reparar y preservar y otra transformar. Lo cual en un sentido era esperable porque lo nuevo se construye con lo existente y no arrasando instituciones, organizaciones, instrumentos. Pero cuidado: la tendencia natural de lo existente es procurar reproducirse mientras que una transformación exige utilizar lo existente para producir cambios. Es una tensión normal pero peligrosa entre un orden existente que nos ofrece mecanismos y experiencia y un orden superador que necesita fortalecerse con esa experiencia y disponer desde el vamos de instrumentos para incidir sobre la direccionalidad de los procesos socioeconómicos. En esas turbulentas y contradictorias aguas adquieren crítica importancia quiénes definen, conducen y aseguran el rumbo.

Cuando vemos las cifras que se destinarán a financiar el desarrollo de países de ingresos medios y bajos y las comparamos con las comprometidas para reactivar a los países centrales (sin mencionar los recursos destinados a las guerras en curso y a la producción de armamentos), las expectativas de un crecimiento capaz de abatir la desigualdad global se esfuman. Por eso hablábamos párrafos arriba que un crecimiento compartido no podría significar crecer todos a las mismas tasas sino posibilitar que los más rezagados puedan reforzar su desarrollo para comenzar a cerrar las groseras brechas que nos separan.

En otros párrafos de la declaración se habla de “restablecer la demanda global”. Por cierto que es necesario fortalecer la demanda global pero no restablecerla tal cual era antes de la crisis. Porque el perfil de la demanda global, el patrón de consumo, era un fiel reflejo de la concentración prevaleciente de los ingresos: coexistía el consumismo de algunos sectores y la indigencia de inmensas mayorías. Hoy debiéramos trabajar para dar paso a un consumo más extendido y responsable que ofrezca nuevas y distintas señales al aparato productivo de modo de transformar también su perfil productivo orientándolo hacia aquel enunciado del G-20 de construir entre todos una recuperación inclusiva, ecológica y sustentable.

Una economía social y ambientalmente sustentable es posible; no es tan sólo una utopía orientadora. Existe una gran variedad de políticas, medidas, nuevos instrumentos que pueden adoptarse casi de inmediato “para acelerar la transición hacia una economía ecológica” a la que aspira la declaración del G-20. Es este el momento justo para aplicarlas.

En próximos artículos analizaremos cada una de las medidas específicas contenidas en la declaración de Londres, pero vale desde ya reconocer un punto de inflexión que logró generar el trabajo del G-20: frente a la debacle provocada por la crisis, todos los actores involucrados se han visto obligados a reconocer que sin una orientación política la dinámica económica podría descarrilarse aún más. Es decir, no más piloto automático para definir el rumbo y encarar los grandes problemas porque con esa estrategia las dificultades no se resolvieron sino que se agigantaron.

Hoy el desafío es ejercer con responsabilidad nuestro albedrío, tomando en cuenta la complejidad de la realidad contemporánea y la necesidad de alinear los múltiples intereses legítimos que convergen sobre cualquier situación. Lo que ahora está en juego es la direccionalidad de nuestro devenir como sociedad globalizada. Simplificando quizás en demasía, la opción de fondo es, una vez más, entre restaurar lo que existía o encarar con prudencia y responsabilidad su transformación. He ahí la cuestión.

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