Mezquindad y dignidad frente a la crisis

En una crisis se pone a prueba no sólo el temple, la resiliencia, la capacidad de cada quien para sobreponerse a la adversidad, sino también nuestros valores, el espíritu gregario y la solidaridad con los demás. Hay una mayoría que pierde y una minoría que gana; algunos reaccionan con mezquindad, otros dignamente. Cuando bajan las aguas puede apreciarse quién es quién, dónde hay roca y dónde tan sólo lodo. La realidad es como es y no debiera amedrentarnos; más bien veamos como movilizar valiosos activos intangibles que son capaces de generar tremenda energía, entre otros, la capacidad de tomar iniciativa, de organizar nuevas instituciones, de generar sinergías, de sumar esfuerzos. Los cantos de sirena confunden y desvían hacia la alienación consumista, el nihilismo valorativo, la felicidad sustituta. El precio que se paga es enorme. En una crisis se pone a prueba no sólo el temple, la resiliencia, la capacidad de cada quien para sobreponerse a la adversidad, sino también nuestros valores, el espíritu gregario y la solidaridad con los demás. Con la crisis hay una mayoría que pierde y una minoría que gana porque puede y sabe aprovechar las circunstancias que la propia crisis genera. Entre los que pierden predominan sectores medios y pobres, aunque no todos sufren por igual. Crece la indigencia, la desnutrición, el hacinamiento, la inseguridad; caen redes de contención, la escolaridad. Aparecen “nuevos pobres”, sectores medios que se deslizan hacia la escasez. Grandes mayorías se sienten ignoradas, castigadas, por una sociedad crispada y atemorizada.

Frente a ello, ¿cómo reaccionan los sectores menos afectados por la crisis? Algunos con mezquindad, otros dignamente. Están los que lucran con la crisis a expensas del dolor ajeno; también los que sólo pugnan por su propia salvación pisoteando a quienes haya que pisotear para salir indemne; otros protegen lo suyo pero procuran también ayudar a los más afectados; aún en la crisis trabajan por un desarrollo con justicia.

Los que lucran con el dolor ajeno se aprovechan sin remordimiento de la debilidad de los otros para apropiarse de sus activos u obtener mayores resultados. La mezquindad está con ellos y los afectados son tan sólo presas. No cabe en su ánimo ayudar; desde su perspectiva ética, ¿porqué habrían de hacerlo?

Hay personas afluentes que en épocas de bonanza desarrollan acciones filantrópicas pero frente a una crisis eliminan sus contribuciones a proyectos sociales o causas justas que pasan a ser su primera variable de ajuste. Expresan así el poco valor que le asignan y la frágil lealtad que profesan a esas causas que en época de abundancia alardeaban de sostener. Lo doloroso es que, a pesar de la crisis, su nivel de vida no cambia drástica sino marginalmente; ajustan sus gastos pero no desaparece su esparcimiento, sus viajes, segundas residencias, membresías, el consumo superfluo.

Los sectores más afectados por las crisis sobreviven como pueden el curso del temporal; se endurecen las circunstancias de escasez y de abandono. Hay quienes sólo ven salidas en el delito y las adicciones pero muchos otros estrechan lazos, refuerzan la solidaridad frente al desasosiego. Se agudiza la creatividad aunque a base de la improvisación, del ensayo y del error. En medio de la precariedad de recursos aflora el talento y la determinación pero, por ausencia de efectivos sistemas de apoyo, cuentan con limitado acceso al conocimiento, a la moderna ingeniería de negocios, a la información oportuna, a contactos facilitadores. Si bien muy meritorios, los logros y los resultados terminan siendo magros.

En una crisis bajan las aguas y puede verse el fondo del río; apreciar quién es quién, dónde hay roca y dónde tan sólo lodo. Emocionan quienes, en ese huracán de temores y de egoísmo, de desconcierto y de aceleración, dan batalla no sólo por el propio ser; personas de diversa extracción y experiencia que luchan por lo suyo y por los demás. Irradian dignidad; movilizan esperanza; dan también la medida de la absurda e inmensa esterilización de esfuerzos que nuestro rumbo y forma de funcionar acarrean.

Frente a la crisis quizás el más urgente e imperioso desafío sea saber erguirse por sobre nuestros desencuentros. Es que necesitamos tomar iniciativa ayudándonos unos a otros, trabajar para lograr convergencias, movilizar y compartir conocimiento, ajustar el rumbo, organizar la acción, mejorar la forma de funcionar. Son diversos los frentes y bien difíciles de encarar estando desunidos.

La realidad es como es y no debiera amedrentarnos; hay mucho por conocer y por reconocer. Mantenemos en un penoso segundo plano valiosos activos intangibles, como son nuestra capacidad de tomar iniciativa, de organizar nuevas instituciones, de generar sinergías, de sumar esfuerzos en lugar de restarlos. De ahí emana una tremenda energía que poco utilizamos. Para desplegarla toca reflexionar, agruparnos organizadamente, ejercer con propiedad nuestro libre albedrío alejándonos por igual de un determinismo paralizante como del riesgoso voluntarismo.

Cada sociedad, cada generación escoge senderos y modalidades para enfrentar aquello que considera son trabas a su vivir. Hay épocas en que el cúmulo de problemas aparece inmenso y no se ven salidas; el común de las personas y aún muchos de sus dirigentes se sienten sobrecogidos, incapaces de encarar sus circunstancias. Los cantos de sirena confunden y desvían el rumbo hacia la alienación consumista, el nihilismo valorativo, la felicidad sustituta. El precio que se paga es enorme.

Frente a ello no cabe sino encarar frontalmente los desafíos, que son tantos y diversos como las circunstancias que enfrenta cada persona, cada grupo social, cada país, el planeta todo. Es en esa diversidad de perspectivas que toca operar; enriqueciéndonos con lo que cada quien puede aportar; con un ojo puesto en el rumbo y el otro en una permanente mejora de nuestra forma de funcionar. Por ahí va la cosa, trabajar con o sin crisis; trabajar para comprender lo que sucede; trabajar para establecer direccionalidad; trabajar para alinear intereses, necesidades y emociones; trabajar para movilizar voluntades; trabajar para organizar la acción con efectividad. Con ese esfuerzo, con ese crítico trabajo que es grupal e individual, podemos aspirar a acercarnos a una de las utopías contemporáneas más sentidas, la de asegurar sustentabilidad, paz y justicia a nuestro desarrollo como sociedad y mayor significación a nuestro personal devenir existencial.

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