Es la economía política y mucho más

En la campaña electoral de 1992 le recomendaron al candidato Bill Clinton que se focalizará más en la economía que su oponente, George Bush (padre). De ahí surgió la frase “es la economía, estúpido” que le ayudó a convertirse en presidente de los Estados Unidos. Sin embargo, la “economía” que aplicó Clinton no distribuyó con equidad los resultados del crecimiento sino aceleró la concentración de la riqueza y el poder decisional. ¿Qué sucedió y qué opciones existen?

La invocación de sólo lograr crecimiento económico y entregar la conducción de la economía a representantes del poder concentrado generó tremendos desequilibrios y desigualdades. Los sectores medios y populares quedaron atrás, el pregonado “derrame” de beneficios, como casi siempre sucede, no se produjo. Esa enorme concentración económica y decisional terminó por provocar recurrentes situaciones de inestabilidad sistémica.

Aquel planteo de “es la economía, estúpido” encubrió un enorme saqueo de excedentes a expensas de los sectores medios y populares. Esa y otras experiencias semejantes permiten sostener que lo determinante sea el tipo de crecimiento que se propone y de ahí, que no se trate simplemente de mistificar “la economía” sino adentrarse en la economía política y en mucho más para definir el proyecto de país deseado. De esto tratan estas líneas.

Economía y política están estrechamente entrelazadas, la economía condiciona la estructura y el funcionamiento de las sociedades. El rumbo y la forma de funcionar de un país y del mundo no descienden de un mandato divino sino son una construcción perfilada por quienes detentan los mayores poderes. Así, la desaforada concentración de la riqueza se proyecta en decisiones y regulaciones (o desregulaciones) orientadas a consagrar privilegios de unos pocos. Lo logran combinando diversos mecanismos de sometimiento como son la manipulación de la opinión pública, la colonizando de mentes, el formateo de subjetividades, las fracturas de sociedades existentes, los inducidos divisionismos, las violencias represoras a movimientos que resisten la captura de sus democracias.

Saqueos y sobre endeudamiento

La historia de la humanidad está plena de episodios de saqueamiento a pueblos sometidos; los dominadores saquean. No gobiernan ni adoptan medidas orientadas al cuidado de todos y del medio ambiente, siempre saquean. En la antigüedad saqueaban al descubierto. En los tiempos presentes, con el avance del esclarecimiento democrático, el saqueo es igual de inmisericorde pero encubierto. Los dictadores y sus cómplices saquean, los gobiernos liberales saquean. Si se investigase el origen y trayectoria del capital concentrado, quedarían desenmascarados delitos y violencias utilizados para apropiarse de lo que no les pertenecía.

Existen además saqueos derivados del funcionamiento de mercados oligopólicos. Las empresas líderes imponen condiciones leoninas a proveedores extorsionados, salarios de injusticia a sus trabajadores, precios abusivos a consumidores que requieren cubrir necesidades básicas pero también a sectores medios llevados a un alienado consumismo por tenazas publicitarias.

Mientras esto sucede, países y comunidades son forzadas a sobre endeudarse quedando a merced de sus acreedores. Es un mecanismo de sometimiento de países soberanos: obliga a una permanente negociación de refinanciamientos con el altísimo costo de mantener políticas que perjudican a sus pueblos y favorecen a los dominadores.

Por su parte, al debilitarse la fortaleza regulatoria de los Estados, las grandes empresas, locales y foráneas, suman al lucro oligopólico la evasión o elución de impuestos y la consecuente fuga de capitales a guaridas fiscales o a jurisdicciones más laxas. Estas maniobras se materializan con la complicidad de entidades financieras, utilizando espurias triangulaciones con subsidiarias y corrompiendo funcionarios responsables de impedir esos robos de cuello blanco.

Si se lograse eliminar estos delitos, los enormes excedentes que se fugan en robos planificados podrían dedicarse a establecer un proyecto de país inclusivo y sustentable, cancelando deuda social, fortaleciendo un mejor sistema económico y recuperando soberanía decisional. No es que faltan recursos, se los apropian canallas y sus cómplices.           

Nuevos poderosos actores

 Entre los más poderosos actores del capital concentrado aparece un puñado de fondos de inversión de enorme envergadura y anclaje global muy difícil de regular.

Tomemos como ejemplo el accionar del mayor fondo de inversión global, BlackRock, que junto con otros grandes conglomerados succionan riqueza de múltiples países. Más allá del objeto formal de sus actividades, sus ejecutivos tienen acceso a todos los gobiernos y a una amplia gama de otros decisores. Es muy difícil ignorar a quien maneja un portafolio de inversiones mayor que las economías de Francia y Alemania sumadas.

 En otro artículo describimos la estructura financiera y organizativa de BlackRock apreciando cómo utilizan su poder cuando les toca encarar súbitos cambios de circunstancias. También señalamos algunas de las dramáticas consecuencias derivadas de su accionar.  

BlackRock decide sus inversiones en función de su propio parecer e interés. El criterio que aplican para definir en qué, dónde, con quienes, cuándo y cuánto invertir (o desinvertir) es el de maximizar el lucro. Cualquier otro criterio está subordinado a lograr la mayor ganancia posible. Si con el tiempo cambian las circunstancias y consideran riesgosa su inversión, venden y se retiran. No tienen arraigo o responsabilidad social ni territorial. Su decisión puede afectar a trabajadores, a proveedores, a una localidad o a un país. Esa labilidad de arraigo evoca la noción de “tiempos líquidos” estudiada por el sociólogo Zygmunt Bauman.

Al invertir, BlackRock y demás grandes fondos de inversión, utilizan su poder para imponer condiciones de privilegio. Por de pronto, sólo invierten en sectores que ofrecen los mejores retornos y seguridades, la crema del sistema económico. Imponen precios y condiciones de inversión muy favorables sabiendo que su presencia sirve para inducir que se sumen otros inversores. Arrancan con ventajas reservándose la amenaza de retirarse si percibiesen que su lucro confronta serios riesgos o, mucho peor, si la estrategia global de su casa matriz así lo resuelve independientemente de la coyuntura del país que recibió la inversión.

Los dueños del fondo son sus accionistas, incluyendo a directivos que suelen reservarse un apreciable número de acciones. Así, el mandato de maximizar el lucro y de la trayectoria para lograrlo no surgen de un poder democrático que pondera intereses sociales y ambientales. Los timoneles de ese tremendo poder de fuego económico y político practican un afán de lucro sin límites ni misericordia. Aducen que “lo demás” (ingresos, hábitat, educación, salud, seguridad, entre tanto más que hace al bienestar general) le corresponde al Estado, aunque su inversión genere duras externalidades no deseadas (equivalente a los efectos colaterales de bombardear zonas habitadas). Los fondos lucran y muchísimas personas soportan las consecuencias de decisiones de inversión que les son ajenas.   

El contrapoder a la concentración

Un contrapoder capaz de enfrentar el proceso de concentración de la riqueza y el poder decisional son Estados conducidos por gobiernos orientados a cuidar a toda su población y el medio ambiente. Sin embargo, los Estados están fuertemente condicionados por el poder de los grupos concentrados.

Así, el desafío originario comienza por liberar a los Estados de esa dominación, atendiendo las singularidades políticas, sociales y culturales de cada país y situación. No es algo sencillo pero imprescindible de encarar. Habrá que focalizar importantes esfuerzos en esclarecer y organizar la base social de esa trayectoria, desmontando el formateo de subjetividades que transforma a las víctimas en alienados defensores de sus victimarios. Mucho por transformar de modo que primen voces y no ecos de los medios, que la justicia deje de favorecer a los poderosos, que la educación forme personas solidarias orientadas a construir y cuidar, que la salud no sea una mercancía más, que el medio ambiente sea reconocido como la Madre Tierra que nos cobija a todos.

El contrapoder necesita asentarse en coaliciones políticas sólidas y sustentables basadas en la unión de sectores medios y populares; un nuevo poder capaz de fijar rumbos y trayectorias, de construir proyectos de país orientados a cuidar a su población y no a asegurar el lucro de unos pocos. Estados soberanos que ajusten a ese propósito variables económicas claves como son el consumo, la inversión, el financiamiento, el comercio internacional, un estratégico apoyo a la economía popular, entre tantas otras.      

La economía política explicita aquello celosamente encubierto del proceso concentrador y con ello, abre opciones estratégicas para liberar democracias capturadas y proveer instrumentos que permitan desmontar los motores que reproducen la concentración.

Al desenmascarar lo que sucede, la economía política permite enfatizar lo crítico que resulta focalizar en todo aquello que sustenta inequidades e iniquidades, incluyendo redistribuir riqueza e ingresos, encarar con firmeza a grandes evasores que fugan capitales mal habidos, transformar la estructura impositiva regresiva y la composición del gasto público, eliminar oprobiosos sobre endeudamientos, promover la reinversión local de ganancias, asegurar salarios y condiciones laborales justas, proteger a proveedores y a consumidores de los abusos de mercado, castigar a  la especulación financiera, desalentar toda renta parasitaria, cuidar responsablemente el medio ambiente. Bien utilizados, el enfoque de economía política y otros de igual importancia en el campo de la educación, la salud, la justicia, la cultura, la información, el cuidado ambiental, aportan al trabajo de construir un proyecto de país deseado por la entera sociedad.

Una reflexión final retornando al inicio de estas líneas. Invocar focalizarse en “la economía” como si sólo una existiese es una forma, perversa o ignorante, de encubrir intereses indefendibles abiertamente. Por más que en su campaña Clinton categorizó como estúpidos a aquellos que no adherían al desafío planteado, en verdad, estúpidos o manipulados serían quienes se ahogan siguiendo a quienes emulan al flautista de Hamelin. Mejor valerse de la economía política y mucho más.  

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