EL PANTANO. Polarización y geopolítica


El argentino Luis Angel Firpo derriba al norteamericano Jack Dempsey el 14 de septiembre de 1923. Oleo de George Bellows (1924), The Whitney Museum, New York. Al final, la pelea la ganó Dempsey por puntos.

En el pantano: Argentina y USA.  Puede bien preguntar el lector “¿Cómo me atrevo a comparar la primer potencia del mundo con un país mas chico, debilitado y situado en los confines del mismo?”.  Pues me atrevo.  En la cuadrera de decadencias, los EEUU pueden aprender algo de la Argentina.

Las reflexiones que siguen me fueron inspiradas por una diáfana entrevista en el periódico Clarín con el sociólogo, pensador, y ex funcionario del gobierno de Raúl Alfonsín Juan Carlos Torre.[1]  La entrevista se focalizó en el tema de la peculiaridad argentina, país que desde hace muchos años, y en contra de grandes expectativas, se empantanó en un lodazal mucho mas serio que el estancamiento que los economistas llaman middle-income trap (trampa de los ingresos medianos).  El país ha descendido en todos los indicadores de desarrollo absolutos y relativos –algo así como un país subdesarrollado por esfuerzo propio.  Está en una pendiente peligrosa de supervivencia, o como dice el tango “cuesta abajo en la rodada.”[2]

El conocido economista y premio Nobel Simon Kuznets dijo con sarcasmo alguna vez que en el mundo había cuatro categorías de países: desarrollados, en vías de desarrollo, Japón, y Argentina.  Esa boutade quedó en los anales de aforismos célebres.  Introdujo una gran paradoja en la caracterización común del desarrollo, que podemos expresar de la siguiente manera, alejándonos un poco de la expresión original.  En efecto, podemos decir que el Japón es un país pobre que supo producir riqueza, y la Argentina un país rico que produjo –y sigue produciendo—pobreza.  El destino del Japón le depara problemas (entre ellos el estancamiento demográfico y económico en las alturas del desarrollo), pero no es catastrófico.  El destino de la Argentina, en cambio, parece nebuloso (si uno es caritativo) o sombrío (si uno es pesimista). 

De la entrevista citada saco en limpio que un problema fundamental en el caso argentino ha sido el vaivén de políticas contradictorias u opuestas aun dentro del partido históricamente hegemónico, que fue el partido peronista.[3]  Antes del retorno de la democracia en 1983, la alternancia política en el país era entre gobiernos civiles y militares, con el movimiento peronista como árbitro de los resultados, que nunca fueron favorables al desarrollo sostenido.  La larga supervivencia del partido hegemónico se debe a una notable flexibilidad y plasticidad ideológica, que le permitió pasar de derecha a izquierda y vice-versa.  Pero esa misma supervivencia en la plasticidad  (políticas cortoplacistas y contradictorias con las que fue votado una y otra vez) no supo evitar un país esclerótico sin un derrotero de mediano o largo plazo y sin consistencia en su modelo de desarrollo.  Conclusión: la hegemonía o voluntad hegemónica no garantiza el desarrollo sino todo lo contrario –un ir adelante y atrás como hace un automóvil en un pantano[4]

Una posible salida (muy difícil en un país maduro con intereses contrapuestos firmes que se vetan mutuamente) sería una fórmula política bi-partidista (o de dos coaliciones) que acepten un camino económico de base y al mismo tiempo una alternancia en el poder.  Esa fue, según Torre, la fórmula aplicada una vez en Israel para “curar” su alta inflación (similar entonces a la argentina).[5]  La fórmula no es novedosa, aunque parezca tan difícil de conseguir en Argentina.  Fue precisamente y durante muchas décadas la fórmula clásica norteamericana, que lamentablemente hoy se encuentra hecha girones. 

La Argentina no sabe cómo salir del pantano en que se encuentra.  La responsabilidad por tal estado de cosas no está democráticamente compartida. Cae mayormente sobre las espaldas de las dirigencias y sobre todo de los políticos, que prefieren el oportunismo electoral de corto plazo a una ingeniería racional que requiere disciplina, paciencia, y consenso general de base.  Sin una verdadera seriedad en la cúspide de los partidos, empresas e instituciones, el pueblo queda a merced de promesas ilusorias o de paliativos que duran poco. Detrás de ello hay una mezcla de fatalismo y de fe en la suerte (por ejemplo nuevas inversiones de afuera, mejores precios de las commodities, una buena cosecha, etc.).  Pero el problema de base se evita, se niega, o se posterga.  El país o bien pretende replegarse sobre sí mismo, sin éxito (el fracaso de una economía semi-cerrada de modesta dimensión) o pedir ayuda externa, que no consigue a causa de su terrible prontuario de incumplidos.

Los EEUU están por entrar en un pantano similar sin darse muy bien cuenta del triste y nebuloso destino en el que se zambullen, con el serio agravante que no se trata de un país marginal en el fin del mundo, sino (todavía) de la primer potencia mundial.  La “argentinización” de los EEUU sería una tragedia del siglo 21 de proporción universal porque sólo fomentaría dictaduras y anomia universal frente a desafíos planetarios. 

El contexto de los dos países es muy distinto, y lo son también las causales del empantanamiento, pero hay ciertas similitudes en la dinámica que se instala, que es la dinámica de la decadencia.

La dinámica de la decadencia no es un mecanismo complejo o misterioso que cueste descifrar, ni el destino inapelable de un supuesto “ser nacional,” o algún atavismo cultural.  Es otra cosa: en una palabra, es la polarización, que se alimenta del rechazo (y consecuente fracaso) de soluciones racionales de mediano y largo plazo (una ingeniería necesaria pero políticamente desagradable), a favor de soluciones mas inmediatas, casi mágicas, o utopías regresivas.  Se oscurece el interés general, que moviliza poco, a favor de las pasiones  sectarias que movilizan más (el odio a la oposición externa y la persecución de herejías internas en nombre de una supuesta pureza ideológica, que es simple intransigencia).  En los EEUU de hoy, es la dificultad en que se encuentra la administración de Joe Biden, quien no logra suturar los márgenes de la brecha ni conseguir gran apoyo a sus políticas de largo plazo. De diez cabezas, nueve embisten y una piensa.[6] Y así se cumple la visión profética del gran poeta irlandés Yeats, que parece hecha a la medida de los dos países que  hoy comparamos:

Todo se deshace; el centro no puede sostenerse;
Mera anarquía es desatada sobre el mundo,
La oscurecida marea de sangre es desatada, y en todas partes
La ceremonia de la inocencia es ahogada;
Los mejores carecen de toda convicción, mientras los peores
Están llenos de apasionada intensidad.
[7]

Para resumir el argumento, se trata de dos países muy distintos y un destino parecido, que es la crisis de la democracia: Argentina se encuentra en un lodazal desde hace tiempo y los Estados Unidos están por entrar en el pantano.  Si el lector prefiere otra metáfora, la podemos buscar en  otro poeta .  Es la de Antonio Machado frente a un niño que nace:

Ya hay un español que quiere            
vivir y a vivir empieza,                        
entre una España que muere              
y otra España que bosteza.                
Españolito que vienes                        
al mundo, te guarde Dios.                  
Una de las dos Españas                     

ha de helarte el corazón[8]

Pero vayamos al tema que me corresponde, que es la consecuencia geopolítica de la mentada polarización  o “grieta” en democracias mas o menos establecidas (la norteamericana lleva mas de 200 años; la argentina es mas reciente, con casi 40 años, pero es todo un logro para América Latina).  Hablando mal y pronto, diré que la consecuencia geopolítica para Argentina es la merma de soberanía (tarde o temprano la devoran los de afuera); para los Estados Unidos, la consecuencia geopolítica es la merma de hegemonía (tarde o temprano los acotan los de afuera).    

A los argentinos y a los norteamericanos que hoy vienen al mundo, podemos decirles como Machado  “Que os guarde Dios,” entre un modelo viejo y recauchutado (democracia de estilo anglosajón) y uno nuevo que puede ser austero y sombrío (autoritarismo resurgente): uno de los dos modelos ha de helaros el corazón.  [9]

Pero con todo hay una luz de esperanza.  Esos dos modelos no serán los únicos.  Habrá un tercero, un cuarto y hasta un quinto.  Todos se ubicarán en la perspectiva de un desarrollo con justicia, con mas igualdad, y sobre todo con sostenibilidad.  Tal vez haga falta una gran crisis para que nuevas generaciones despierten y tomen un buen camino. Creo que en ella entraremos en el lustro que nos espera.


[1] https://www.youtube.com/watch?v=ToshTpV6N_Y

Torre fue entrevistado a propósito de la publicación de su libro titulado Diario de una temporada en el quinto piso, Buenos Aires: EDHASA, 2021.

2. Rok Spruk, “The Rise and Fall of Argentina,” Latin American Economic Review volume 28, number 16 (2019)

[3] Ver Tulio Halperin Donghi, La larga agonía de la argentina peronista, Buenos Aires: Ariel 1994.

[4] Es la tesis de mi libro The Fitful Republic, [La república intermitente] Denver: Westview Press, 1985.

[5] Ver Rudiger Dornbusch, Federico Sturzeneger, y Holger Wolf, “Extreme Inflation: Dynamics and Stabilization,”  Massachusetts Institute of Technology,1990.

[6] La expresión es de Antonio Machado, en otro contexto.

[7]William Butler Yeats, “The Second Coming”:  https://www.poetryfoundation.org/poems/43290/the-second-coming

A propósito de la “apasionada intensidad” a que se refería Yeats, recuerdo algo que me dijo Jorge Luis Borges una vez en Nueva York: “Yo sólo me inscribiría en un partido incapaz de suscitar entusiasmo. “ Tal ve por ello quiso que lo sepultaran en Suiza.

[8] Antonio Machado, “Las dos Españas”, 1910.

[9] Hay que seguir con atención el agotamiento de la antigua concertación en Chile.  Después de mas de 3 décadas de una celebrada estabilidad con crecimiento neo-liberal en la economía, y de alternancia entre dos coaliciones desde el centro en materia política, estalló un volcán social en el país andino y abrió una brecha muy difícil de cerrar.  La democracia chilena se ha enfrentado a una elección entre dos extremos. Cada uno parece carecer de una solución atendible para la otra mitad de la población,  y ninguno de los dos tiene experiencia en  gobernar.  ¿Se zambulliría también Chile en el pantano?   El triunfo abundante de la izquierda podría llevar a pensar en alguna similitud con Argentina.  Sin embargo no es así.  En Chile están dadas las condiciones para una nueva y distinta concertación, a condición de que  el triunfo del presidente electo Boric logre evitar la tentación de establecer un movimiento hegemónico como el de Argentina. El nuevo gobierno tendrá que conjugar la sostenibilidad de la economía con la sustentabilidad social. La distinción entre estos dos términos parecidos es crucial.

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