El impacto de la desigualdad sobre el desarrollo económico

La desigualdad socioeconómica afecta el desarrollo económico tanto en los países del Hemisferio Sur como en los más afluentes. ¿Cómo se materializa este impacto? ¿A través de qué mecanismos la desigualdad de ingresos y de propiedad de activos genera desequilibrios económicos que llegan hasta a provocar crisis de envergadura sistémica? Esta mirada sobre el impacto de la desigualdad hace parte de una trilogía de artículos: los otros dos se focalizarán sobre las reacciones respecto a la desigualdad y sobre los mecanismos y recursos para abatirlaLa desigualdad, vale explicitarlo, es uno de varios críticos factores que influyen sobre la marcha de un proceso de desarrollo. Pesan también otros factores como son (i) el nivel educativo y sanitario de la población; (ii) el desarrollo científico y tecnológico; (iii) la competitividad del sistema económico, de sus cadenas de valor, de sus redes productivas y de las unidades económicas que lo conforman; (iv) el cuidado de su medio ambiente; (v) el grado de cohesión social prevaleciente; (vi) la efectividad y transparencia de la gestión pública. El impacto de estos factores sobre el desarrollo se hace sentir en todos los países y localidades, aunque con las singularidades propias de cada conjunto de circunstancias nacionales y locales. De este modo, corresponde reconocer que las acciones destinadas a abatir la desigualdad no pueden considerarse una condición suficiente para asegurar un desarrollo sustentable y evitar crisis sistémicas pero sí constituyen una condición necesaria, imprescindible.

Pero también los factores críticos están, de una forma u otra, entrelazados; se influyen y condicionan unos a otros. No siempre queda claro cuál de ellos es causa o efecto ya que las relaciones mutan según las circunstancias y, con ellas, el peso específico que cada factor adquiere en la evolución de una sociedad.

Efectos sobre la demanda y el consumo

Un primer y evidente impacto que genera la desigualdad en un sistema económico es que segmenta la demanda agregada: coexisten en un mismo territorio sectores afluentes que practican un consumismo exacerbado junto con sectores medios que, a pesar de su menor ingreso, tienden a emular los patrones de consumo superfluo y, lo más grave, ese tipo y nivel de consumo se materializa al lado de un extendido universo de pobres e indigentes con niveles de vida dramáticamente inferiores sin poder cubrir lo que se considera una subsistencia básica.

La desigualdad se traduce en los países del Hemisferio Sur en una extendida pobreza pero, en los países afluentes, la desigualdad también se da aún cuando pueda existir una mejora del nivel general de vida del conjunto de la sociedad.

El irritante consumismo de unos y las carencias de muchos minan la cohesión social, multiplican conflictos, aumentan inseguridad y afectan la gobernabilidad democrática; generan también una cascada de otros efectos económicos y ambientales como, por ejemplo, sobre la composición del aparato productivo, la generación y canalización del ahorro, la orientación del desarrollo científico y tecnológico, la reproducción ampliada de la concentración económica y una irresponsable creciente destrucción del medio ambiente, particularmente de los recursos naturales no renovables.

Efectos sobre la oferta y el aparato productivo

El consumo conspicuo de los sectores afluentes combinado con la imposibilidad de los sectores de bajos ingresos de expresar como demanda efectiva sus necesidades, generan un nivel de demanda que no alcanza a absorber la totalidad de los bienes y servicios que el aparato productivo, en busca de una permanente expansión, estaría en condiciones de ofertar. El hecho es que se produce una brecha, un desacople entre la masa de bienes y servicios que el aparato productivo puede producir y lo que la demanda es capaz de absorber. Estas brechas son enfrentadas por los propios mercados y por intervenciones de política económica que intentan compensarlas pero, si no logran ser resueltas, traban el crecimiento y pueden incluso adquirir dimensión sistémica.

La demanda segmentada arrastra a buena parte del aparato productivo en la dirección de producir bienes y servicios que satisfagan el afán consumista, con lo que se consagra una cada vez más deficiente asignación social de los recursos disponibles y se genera una capa de empresas que, defendiendo sus intereses, apoyan el proceso concentrador. Por su parte, la menor demanda efectiva de los sectores mayoritarios (pobres, indigentes y los sectores de ingresos medios bajos) limita fuertemente el desarrollo de la base del aparato productivo (pequeños y micro productores) que abastece con sus productos mucho más a las familias de ingresos bajos y medios que a los sectores afluentes.

De este modo la formación de capital, variable estratégica de un proceso de crecimiento económico, se materializa con mayor vigor en las unidades productivas que sirven a los segmentos más dinámicos del mercado. Con ello se refuerza desde la oferta productiva el círculo vicioso de concentración, rezago y exclusión ya que, mientras se capitalizan ciertas empresas, se esteriliza buena parte del enorme potencial productivo que anida en la base del aparato productivo. Este sector de pequeñas y micro empresas es intensivo en mano de obra de baja y media calificación por lo que, al expandirse, logra absorber importantes segmentos de desocupados y de subocupados. En cambio, cuando queda rezagado se limita su capacidad de mejorar el nivel de ocupación y la distribución del ingreso lo cual afecta la estabilidad social, sustento de la seguridad ciudadana y de la gobernabilidad democrática.

Efectos sobre el ahorro y la inversión

Al mismo tiempo, la desigualdad de ingresos y de propiedad de activos (reforzada ciclo tras ciclo de actividad económica) provoca una tremenda concentración del ahorro en manos de sectores afluentes que, al reciclar esos recursos, generan dos perversos efectos simultáneos: el primer efecto es que buena parte de esos recursos se desvían del financiamiento de la economía real y se canalizan a través de gestores financieros hacia actividades especulativas que ofrecen mayores retornos. El segundo efecto, relacionado con el anterior, es que la concentración del ahorro y su asignación a actividades especulativas de alto retorno posibilita una mayor tasa de acumulación en los sectores afluentes respecto al resto de actores económicos, lo que reproduce cada vez más aceleradamente el proceso de concentración económica y creciente consumismo.

El desvío de fondos hacia actividades especulativas se produce porque a medida que se segmenta la demanda aumenta la brecha de oportunidades y retornos entre inversiones financieras e inversiones en la economía real más vulnerables a situaciones en las que la demanda efectiva está contenida o represada. El ritmo de expansión de oportunidades de inversión en la economía real no logra absorber la tasa de acumulación de excedentes monetarios concentrados en pocas manos que buscan reciclarse maximizando retornos. El ahorro concentrado y el rezago relativo de oportunidades de inversión en la economía real se conjugan para desviar buena parte del ahorro nacional hacia productos financieros cada vez más especulativos, con mayores retornos pero también altos riesgos que se disimulan utilizando sofisticados esquemas de derivación.

Se produce así una explosiva combinación de factores: una estructura concentrada de activos, ingresos y ahorros; un desacople entre la potencialidad productiva del sistema económico y la demanda originada en ingresos genuinos; un estrechamiento relativo de oportunidades en la economía real asociada a la referida segmentación de la demanda; una búsqueda de mayores retornos financieros y menores tiempos de maduración en actividades especulativas; el manejo de carteras por gestores financieros que ignoran, no consideran apropiadamente o no informan plenamente a sus clientes de los crecientes riesgos sistémicos a los que se exponen; la acción de reguladores negligentes, venales o sin la capacidad necesaria para poder controlar trayectorias no sustentables; todo lo cual, como se analizará en el próximo artículo de esta serie, tiende a producir burbujas especulativas que, cuando estallan, generan condiciones para la aparición de las crisis recurrentes.

 
Efectos sobre la orientación del desarrollo científico y tecnológico

El desarrollo científico y tecnológico constituye una de las más poderosas palancas del crecimiento contemporáneo. Es que sus descubrimientos, las innovaciones que induce y las aplicaciones que posibilita van expandiendo permanentemente el ámbito y el alcance de las oportunidades de mercado. La “industria” científica y tecnológica, que financia buena parte del desarrollo de la ciencia básica y del conocimiento aplicable, orienta su interés hacia aquellas áreas del conocimiento y de la tecnología que le generan mejores retornos económicos; en ese sentido sigue a los mercados en busca de rentabilidades. De este modo, la concentración de ingresos y activos y sus efectos sobre la segmentación de la demanda efectiva, así como sobre la composición del aparato productivo, también condicionan el rumbo y la naturaleza del desarrollo científico y tecnológico, muchas veces alejado o ignorando las necesidades sociales y ambientales más significativas.

Esto, por cierto, no es generalizable porque hay infinidad de científicos e investigadores que desarrollan sus actividades guiados por otras motivaciones que las de maximizar ingresos y rentabilidades. Sin embargo, suelen trabajar en condiciones muchísimo menos holgadas que aquellos contratados por la “industria” científica y tecnológica con lo cual, de una forma u otra, el tipo de resultados científicos y tecnológicos terminan siendo condicionados y orientados por requerimientos de los mercados concentrados.

Efectos sobre la cohesión social, la inseguridad y la gobernabilidad

La desigualdad implica que los esfuerzos, las cargas y los resultados no se distribuyen por igual al interior de una sociedad. Hay grupos o sectores que no asumen su cuota de responsabilidad desplazando hacia otros los costos que les corresponden asumir, a pesar de concentrar una alta proporción de los resultados de la actividad económica. Esto no se hace abiertamente sino a través de sutiles mecanismos más difíciles de percibir por el ciudadano de a pie; por ejemplo, vía alteración en su favor de precios relativos por la posición dominante que ciertos actores detentan en el mercado o porque sus productos flotan mejor que otros con la inflación; vía asignación regresiva del gasto público; vía mayor acceso al crédito institucional; vía sistema impositivo regresivo; a través de acceder en forma diferenciada a una mejor salud y educación; vía discrecionalidad en la obtención de contratos de obra pública; vía disponer de información para aprovechar oportunidades económicas por su cercanía o pertenencia a redes sociales influyentes y los contactos que de allí se derivan.

Esta situación de desigualdad social genera privilegios y postergaciones, niveles de vida diametralmente diferentes en el seno de una misma sociedad y, con ello, resentimientos y recelos. Al intentar aminorar las diferencias se agudizan las pugnas entre grupos e individuos afectando la cohesión social, lo que hace más difícil lograr acuerdos de cooperación entre sectores. Es que no se puede convocar a compartir esfuerzos sin asegurar que los resultados serán distribuidos con justicia. Al primar la desigualdad se generan condiciones de inseguridad e inestabilidad social aún en países y localidades afluentes. Ocurre que no sólo indigna la pobreza y la indigencia sino también las irritantes diferencias de niveles de vida y de acceso a los bienes y servicios ofrecidos en las sociedades contemporáneas.

Efectos sobre la dinámica socioeconómica y el desarrollo sustentable

Una dinámica económica que reproduce la concentración de activos e ingresos consagra y aumenta la desigualdad. En ese contexto la demanda segmentada que se expresa en el mercado no logra acompañar la oferta productiva; los sectores mayoritarios no disponen de ingresos genuinos para absorber lo que el aparato productivo es capaz de producir. Se procura entonces cubrir la brecha de demanda con financiamiento, lo cual estaría muy bien si los tomadores de los préstamos pudieran con el tiempo recomponer su situación mejorando sus ingresos genuinos (no provenientes de préstamos). Cuando no se lo logra porque la tasa de expansión de la demanda financiada es sensiblemente mayor que la tasa de recomposición de la situación patrimonial de los prestatarios -uno de los efectos derivados del proceso concentrador-, se entra en una fase de sobre endeudamiento dando lugar a las temidas burbujas financieras. Esto es, si no se lograse generar ingresos genuinos para amplios sectores poblacionales y se sostuviese artificialmente la demanda con sucesivos préstamos que entrañan cada vez mayores riesgos se estarían generando condiciones que, de no corregirse, llevan a serias disrupciones sociales y económicas.

Esta particular dinámica de concentración y desigualdad desarticula así el crecimiento orgánico de la economía; desaprovecha un enorme segmento del potencial productivo nacional; esteriliza talento y energía, particularmente de pequeños y micro productores; promueve un consumismo irresponsable que termina signando el rumbo y la marcha del sistema económico y del desarrollo científico y tecnológico; destruye sin contemplación y sin pausa el medio ambiente; todo lo cual genera estrangulamientos en el funcionamiento de los mercados, periódicas implosiones económicas, espirales de inestabilidad social y confrontaciones antagónicas que, como ocurre hoy en casi todos los países afluentes, pueden deslizarse hacia crisis de naturaleza sistémica.

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