Opinion Sur Joven

Nº53

¿Viene el protocolo de Kyoto 2?

Camino a la cumbre de Copenhague

agosto de 2009, por Daniel Galvalizi

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A casi 20 años del Protocolo de Kyoto, que marcó un antes y un después en la historia del consenso de los países sobre el medio ambiente, se aproxima una cumbre que promete ser otro punto de inflexión: la Conferencia de Cambio Climático de las Naciones Unidas en Copenague, del 7 al 18 de diciembre de este año. ¿La novedad? Esta vez Estados Unidos estará presente y promete firmar. ¿Lo hará?

Denominada técnicamente COP15 (por Conferencia de las Partes número 15), el encuentro que contará con más de 190 países en la capital de Dinamarca presenta como novedad una nueva actitud de Estados Unidos con respecto al cambio climático y, además, la necesidad urgente de alcanzar un acuerdo para que la Tierra no aumente su temperatura en más de dos grados.

Sí, increíble como suena, el debate no se basa en que la temperatura planetaria no suba sino en contener su brusco aumento para que no derive en las consecuencias catastróficas que narra Mark Lynas en su famoso documental Seis Grados. Allí se relata cómo a partir del incremento de dos grados dispara el riesgo de la escasez del agua, de hambrunas y de malaria. El escenario más brutal se desataría con una escalada en la temperatura de 6 grados para 2080, lo que generaría la muerte casi total de la vida marina, el desprendimiento de metano de los océanos volvería incontrolable el calentamiento global, la población humana se reduciría en forma radical y desaparecerían cerca del 90% de las especies animales.

Para evitar lo peor y llegar al escenario menos malo, comenzaron frenéticas negociaciones que en las próximas semanas lucharán contrarreloj para alcanzar consensos amplios que conformen a todos. Una tarea titánica.

Dos grados no es poco

“La meta de impedir que la temperatura promedio del planeta suba más de dos grados surge a partir de una recomendación del Panel Intergubernamental para el Cambio Climático (IPCC) de la ONU, y es para evitar que se desaten reacciones en cadena que agraven una situación de por sí preocupante”, dice a Opinión Sur Joven el mexicano Miguel Molina, periodista de la BBC especialista en medio ambiente. Para Molina, el objetivo es alcanzable pero a cambio de lo que él considera un esfuerzo colectivo sin precedentes. “Se requiere voluntad política de los gobiernos, y transformaciones en los modos de producción de todas las industrias y en las actitudes de consumo de todos los pueblos. Pero uno de los obstáculo es el factor económico y que hay quienes niegan que los cambios que se advierten son producto de la acción humana”, argumenta, y cita como ejemplo de esa resistencia a la multinacional Exxon, que paga a una organización para que diga que el calentamiento global es natural.

Que no se perfore el techo de los dos grados no sólo tiene relevancia ecológica, sino sobre todo política y social. Los cambios drásticos en el clima llevan a una escalada tal que ejercen mucha presión sobre los sistemas económicos y la infraestructura de los Estados.

“La sequía, por ejemplo, no afecta sólo al sector agropecuario de manera directa, sino que reduce los márgenes de ganancia de los productores, que a su vez pagan menos impuestos y eso disminuye la recaudación del Estado. Pero para peor, en circunstancias extremas la sequía puede forzar movimientos migratorios del campo a la ciudad, lo cual implica mayor población a la que hay que servir con el mismo número de fuentes de trabajo, escuelas, hospitales, transporte y un largo etcétera”, explica.

Durante este mes habrá una reunión preparatoria de negociaciones en Bonn (Alemania), en octubre será en Bangkok (Tailandia) y en noviembre en Barcelona (España). Con suerte, para diciembre –antes de la cumbre de Copenague- ya estarán dados los acuerdos sobre el nivel de reducción en la emisión de gases de efecto invernadero (GEI).

La meta de los dos grados, a pesar del número pequeño, requiere de un gran paso. Especialmente considerando que el mundo debería emitir 70% menos de gases para que en 2100 las emisiones sean iguales a las de hoy. Su nivel de crecimiento es tan monumental que desde 1990 a la fecha aumentaron 50%, a pesar del Protocolo de Kyoto y de los cambios paulatinos en algunos procesos productivos más ecosustentables.

Intereses vs. Clima

Lo que se está negociando en el camino a Copenague básicamente es dinero. Quién gasta más dinero (o quién lo pierde, según cómo se lo mire) en la reconversión productiva que implica bajar las emisiones de GEI y quién debe disminuir tanta cantidad.

La batalla tiene una clara división: países ricos y más desarrollados - comandados por Estados Unidos y la Unión Europea- versus países en vías de desarrollo, con China, India y Brasil como principales espadas. Luego, hay muchos grupos que también acuerdan en conjunto posiciones para operar con su lobby, en parte por afinidad política pero sobre todo por los intereses en común.

Es el caso de las naciones insulares pequeñas del Pacífico e Indico, que las une nada más ni nada menos que el espanto de desaparecer tapadas por el agua a fin del siglo XXI. O, en el otro extremo, los grandes productores de petróleo, quienes no serían beneficiados por el desarrollo de economías menos carbono-intensivas.

“La Conferencia de Copenague debería sentar las bases de cómo va a seguir el régimen climático después del 2012. Allí no sólo se discutirá eso sino también los compromisos que están bajo la órbita de la Convención de Cambio Climático. La diferencia clave ahora es la participación de Estados Unidos, que no había estado en Kyoto”, explica a Opinión Sur Joven el economista Osvaldo Girardin, investigador del CONICET, director del Programa de Medio Ambiente de la Fundación Bariloche y Miembro del Bureau de Inventarios de GEI del IPCC.

“Hablar de las emisiones es hablar de patrones de consumo y producción, y de la competitividad a largo plazo de las diferentes economías. No es casual que la Unión Europea esté dispuesta a hacer reducciones que Estados Unidos, Japón y otros países como Australia y Canadá no pueden seguir porque tienen una matriz energética y un perfil productivo más intensivo en carbono”, agrega.

La puja de intereses genera discusiones feroces sobre temas que para muchos podrían ser menores: ¿Qué fecha se pondrá como base para medir la reducción de emisiones? Algunos plantean 1990 (el año de Kyoto), otros el 2000 y Estados Unidos el 2005. ¿Qué criterios se van a tener en cuenta para medirlas? Los países desarrollados dicen que habría que valuar la cantidad de gases por país; China, pide que se midan las emisiones per cápita. Si ese interés se relaciona con que sea el Estado más populoso de la tierra, es pura coincidencia.

“Ninguna cumbre de éstas es fácil. Hay un peligro cierto y es que se repita lo que pasó en La Haya en la COP6 del 2000, en la que el presidente de la COP presionó tanto por un acuerdo que lo único que logró fue que la cumbre fracasara y se tuvieran que reunir de vuelta. No hay que pensar en esta conferencia como un punto de llegada sino como uno de partida”, enfatiza Gerardin.

Otro de los temas que se tratará es el de los “bunkers internacionales”. Así se denomina a los combustibles que se usan para los vuelos y el transporte marítimo o fluvial (de pasajeros o carga) internacional y cuyas emisiones (para nada irrelevantes) no son aún asignadas a ningún país. “Se está negociando qué criterio de asignación utilizar. Aunque, a priori, uno tiende a pensar que son los países industrializados los responsables de la mayor parte de estas demandas derivadas por transporte. Sin embargo, aún no hay acuerdo en este tema”.

A pesar de lo complicado de llegar a un consenso entre 190 países -con intereses y contextos tan heterogéneos- el mundo no puede dejar pasar esta oportunidad. Como tal vez tampoco se pueda seguir permitiendo consumir y producir en la forma en que lo hace.

Por nuestra cuenta, podríamos aprovechar este nuevo hito que será Copenague -como lo fue Kyoto- para revisar esas conductas que llevan al exacerbado uso exosomático de energía, es decir, aquel que va más allá de lo necesario para mantener la vida. Este tipo de consumo, típico de la especie humana y de la vida moderna, se ha agravado con el correr del tiempo, la complejización de la vida y nuestra relación con el mundo material.

Valdría la pena repensar estas cuestiones, aprovechando la oportunidad tan especial que será la Conferencia de diciembre. Y vale recordar que, como dijo Molina, “como todos los países son parte del problema, todos son parte de la solución”. No sólo deberían ser los Estados los que debatan; lo que está en juego es demasiado importante para que como sociedad nos quedemos afuera.

Ilustración: Lorena Saúl

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