Un Nuevo Mundo Infeliz

La angustia cunde por el mundo globalizado, y sobre todo en sus centros otrora hegemónicos. La propia globalización capitalista ha generado problemas que ni la dirigencia económica ni las dirigencias políticas son capaces de solucionar. Lo único que atisban a hacer es ganar tiempo, en la vaga esperanza de que las cosas “se arreglen solas.” Pero la esperanza no es una estrategia, y cuanto mas se prolonga la crisis, y mas la exacerban las medidas de estabilización o salvataje, mas se desajustan los arreglos y “pactos sociales” de la posguerra.Mucho se ha escrito sobre la obsolescencia de instituciones multilaterales creadas al fin de la segunda Guerra mundial (ONU, FMI, Banco Mundial, etc.), y sobre la incapacidad creciente de los estados nacionales de ofrecer soluciones soberanas a crisis que los exceden en su origen y en sus consecuencias.

¿Cómo captar en una imagen o en una metáfora la diferencia que separa el siglo 21 del siglo 20? En términos de geopolítica, propongo la siguiente analogía: Pensemos en el planeta como el vasto océano que en realidad es (la superficie de aguas es muy superior a la de tierra). En el siglo 20, ese océano era surcado por distintas naves (los estados). Estos a veces coordinaban sus movimientos; otras veces chocaban, y en otras instancias luchaban entre si como buques de guerra. Tal situación marítima se llamaba “relaciones internacionales.” En el siglo 21 en cambio hay una sola nave. Sus múltiples camarotes hospedan a las mas diversas culturas, historias, e ideologías. La desigualdad es enorme, y la diversidad aun mayor. Esa muchedumbre no logra aunarse y menos aun saber hacia donde se dirige el barco. Si en busca del derrotero visitamos el puente de mando, nos encontramos con que no hay nadie al timón, sino un piloto automático del que todos dependen pero en el que nadie confía. Tal es el estado de cosas que, para darle un nombre bonito llaman “globalización.” En términos académicos podemos formular la situación así: en su aspecto económico, el mundo es unidimensional; en casi todos los otros aspectos es multipolar. Para lograr un mundo mejor hay que imaginarse el actual invertido: un espacio publico racional y cosmopolita donde se discutan alternativas económicas en términos de valores universales compartidos. Nietzsche llamo a este vuelco “la transvaluación de valores.”

A falta de esto, la sociedad global es una sociedad que espera que pase cualquier cosa –y a veces cosas terribles pasan, superando ampliamente la capacidad previsiva de los llamados sistemas expertos. Curiosa paradoja: una sociedad donde el poder es inmenso y concentrado, donde la racionalidad y la cosmovisión técnica han penetrado hasta los vericuetos mas arcanos de la vida colectiva e individual –una sociedad que contabiliza, controla, predice, y gestiona—es presa del pánico ante eventos que la toman –una y otra vez—por sorpresa.

Las elites por un lado, y el publico en general por el otro, cuando celebran algo (por ejemplo una efemérides, o un logro científico) parecen brindar con la sarcástica frase de la comunidad judía en Francia: “pour que le pire cesse d’arriver” (que deje de tocarnos lo peor). El poder absoluto tiene como contrapartida la fragilidad absoluta. La ausencia de discusión sobre alternativas –la famosa sigla de Margaret Thatcher TINA: “there is no alternative)– nos ha privado de discusión publica sobre opciones, sobre el tipo de sociedad que queremos, o que vale la pena desear.

Cuando el sistema socio-económico dominante se erige en modelo único, quienes se oponen a veces solo atisban a proponer la destrucción. El terrorismo, los atentados, la salvaje arbitrariedad de muchos, el desprecio por la vida, el crimen gratuito, son síntomas de esta situación. Estos síntomas no se manifiestan solamente entre una minoría extremista (organizada o no), sino también en la parte oscura del alma de todos, como lo atestigua la fascinación por lo destructivo en los medios y en casi todos los entretenimientos de masas. No nos hagamos ilusiones: este no es un nuevo mundo feliz, sino un mundo en estado de crispación. ¡Que triste moneda nos ha tocado cambiar!: una cara es la soberbia mezclada con la tontería, y la otra es el Mal.

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