Raí­ces estructurales y funcionales de la crisis

La estructura social, económica y política de un país condiciona su forma de funcionar y la forma de funcionar impacta esa estructura. Algunos factores estructurales producen serios desajustes funcionales y formas disfuncionales de funcionar suman su impacto para desencadenar situaciones explosivas como la presente crisis global. Frente a ello toca escoger entre diferentes opciones: desde encarar soluciones orgánicas que aseguren sustentabilidad sistémica hasta acudir a sustitutos que ganan tiempo postergando los desenlaces. ¿Cómo caracterizamos esas opciones y qué tipo de medidas se utilizan en cada caso? ¿Es posible construir una senda entre la autoregulación y el dirigismo?La estructura social, económica y política de un país condiciona su forma de funcionar y la forma de funcionar de un país impacta su estructura. Una deficiente estructura compromete la forma de funcionar en cuanto a rumbo y desempeño sistémico, y el tipo de funcionamiento socio-económico produce efectos directos sobre la propia estructura. Esta interrelación va tejiendo la dinámica social, económica y política de un país. Algo semejante, aunque con mayor complejidad institucional, se da a nivel internacional.

Para ejemplificar como se desarrolla en la práctica esa interacción entre lo estructural y lo funcional tomemos una de las características más comunes a la mayoría de los países: la desigualdad. La desigualdad implica que hay sectores de la población que detentan mayor riqueza que otros. En algunos casos las diferencias entre sectores es abismal y tiende a incrementarse; en otros las diferencias son algo menores pero tienden también a mantenerse o a agravarse.

Las diferencias patrimoniales de una estructura socio-económica desigual se expresan de varias formas, entre otras en una segmentación de la demanda efectiva y en una concentración de la capacidad de ahorro.

Efectos producidos por la segmentación de la demanda efectiva

La segmentación de la demanda efectiva hace que coexistan sectores afluentes de consumo conspicuo, con sectores populares que apenas si cubren sus necesidades básicas; entre ellos están los sectores medios que consumen bienes básicos y, si disponen de excedentes, reproducen a su nivel los patrones prevalecientes de consumo superfluo.

¿Cómo influye sobre el modo de funcionar esta segmentación de la demanda derivada de una estructura económica desigual? De varias formas; algunas económicas y otras socio-políticas. Por de pronto, el consumo superfluo de los sectores afluentes y algunos sectores medios genera un segmento del aparato productivo dedicado a producir los bienes superfluos. Esto consagra una cierta asignación socialmente subóptima de los recursos disponibles y, al mismo tiempo, da lugar a la aparición de actores económicos (las empresas proveedoras de bienes superfluos) interesados en mantener ese tipo de consumo conspicuo y la estructura desigual que lo origina y sostiene.

Pero hay más efectos. El consumo conspicuo de los sectores afluentes no alcanza para demandar todos los bienes y servicios que puede producir el aparato productivo que, sin pausa, busca expandirse permanentemente. Para poder sostener su crecimiento la oferta disponible necesita ser acompañada por una demanda que vaya expandiéndose a su ritmo. Cuando el proceso de acumulación se torna cada vez más concentrado se quiebra ese balance y, de no existir una intervención exógena al sistema económico, la demanda tendería a quedar rezagada.

Distintas reacciones posibles para encarar el desbalance

Aquí aparece un crítico aspecto de funcionalidad económica: cómo reacciona el sistema para ajustar un desbalance que puede comprometer su expansión. Una fórmula –que llamamos de crecimiento orgánico- sería que se fuesen aumentando los ingresos de los consumidores de modo que puedan ir absorbiendo con recursos genuinos la oferta del aparato productivo. Si esto se logra, oferta y demanda se irían acompañando una a otra, aunque pudieran ir cambiando de composición por variaciones en las preferencias de los consumidores muy influídas por el desarrollo tecnológico, la aparición de nuevos bienes y servicios, y un mayor conocimiento o apreciación de diferentes tipos de satisfactores. Pero, más allá de esa significativa dinámica interna inducida por la innovación y los descubrimientos, el hecho sería que, a nivel agregado, oferta y demanda, demanda y oferta, irían creciendo orgánicamente.

En cambio si existiese, como ocurre en la realidad, un proceso de concentración de la riqueza que se proyecta en una concentración de los ingresos y, por tanto en un desigual poder de compra y de ahorro, entonces ese crecimiento orgánico estaría amenazado. Se iría abriendo un peligroso espacio entre la capacidad de producción y el consumo de esa producción que, si no se lograse corregir, podría trabar el funcionamiento económico y, eventualmente, deslizarlo hacia un colapso: ante la falta de demanda cierran empresas, crece el desempleo, caen los ingresos, se reduce aún más la demanda y lo que había sido un círculo virtuoso se transforma en una viciosa espiral descendente.

Pero, ¿será inevitable que así sucediese? De ninguna manera. Antes de colapsar el sistema económico procura encontrar otras salidas, algunas saludables desde el punto de vista sistémico y otras que tan sólo postergan el traumático desenlace.

Cuando aparece la tensión de una demanda que no logra acompañar a la oferta puede acudirse a una batería de efectivas medidas. Esas medidas apuntan a generar o acceder a recursos que sean capaces de sostener una demanda genuina. ¿Cuáles son esos recursos?

(i) Posibilidades que ofrece el sector externo

Por un lado se buscan los recursos de demandantes extranjeros de nuestros productos. Esto es, el país puede exportar parte de su producción a otros países y colocar allí lo que su mercado interno no es capaz de absorber. Pero ello tiene un doble límite: por un lado hay muchos otros países que compiten por atraer a esos mismos compradores con lo que, si bien hay nichos muy interesantes que vale explorar a fondo, el esfuerzo principal es de hacerse cada vez más competitivos mejorando productividades y colocándose lo más a la vanguardia posible de la innovación y las nuevas tendencias. Existirán algunos productos exportables en los que el país tiene ventajas competitivas que posibilitan no depender exclusivamente de su mercado interno. En esos casos habrá que ver quiénes exportan y cómo permean dentro del país los ingresos así generados. Pero, cuidado, también nuestras unidades de producción están recibiendo la competencia foránea en su propio mercado interno ya que se importan bienes y servicios que captan parte de los recursos que se generan en el país. Quiere decir que hay por el lado del sector externo oportunidades pero también desafíos que pueden transformarse en amenazas. Mucho, poco o nada se puede lograr por el lado del sector externo según sean las circunstancias internacionales y la efectividad de nuestras propias decisiones.

(ii) Posibilidad de generar recursos internos genuinos

Por otro lado, se pueden generar dentro del país ingresos genuinos para alimentar el consumo interno. Hay una variedad enorme de políticas para lograr que los ingresos que el proceso de concentración coloca en pocas manos se vayan distribuyendo con mayor equidad abatiendo o reduciendo la desigualdad. En números anteriores de Opinión Sur hemos abordado esta temática por lo que no abundaremos en ella en este artículo. Baste recordar (i) las macro políticas en materia fiscal, de gasto público, de estabilidad monetaria, de canalización del ahorro hacia la inversión real, de promoción de exportaciones, (ii) las iniciativas mesoeconómicas de empresas líderes de redes productivas tendientes a fortalecer sus cadenas de valor, asegurando una justa distribución de resultados entre quienes las conforman y optimizando los efectos secundarios en otros actores de sus decisiones estratégicas, y (iii) la acción directa de apoyo a la base de la pirámide socio-productiva a través de canalizar conocimiento de excelencia, financiar formación de capital, asistir en el desarrollo de la gestión, concebir buenas estructuras de negocios y facilitar el acceso a mercados.

(iii) Decisión de acudir a soluciones sustitutas

Ahora, ¿qué pasa si por razones políticas, por la oposición de poderosos intereses, por negligencia o por cualquier otra razón, esas medidas para generar una base genuina de ingresos no se llegasen a aplicar (o se aplicasen a un nivel rayano con la cosmética sin mayor envergadura o trascendencia)? Pues, como el sistema no escogerá suicidarse a corto plazo, se acudirá a pobres sustitutos que no resuelven pero patean para adelante el problema de desfasaje estructural entre oferta y demanda. Hay soluciones que pasan por la represión y la implantación de regímenes autoritarios que no consideramos en estas líneas porque nos hemos propuesto concentrarnos en soluciones practicables en países con sistemas más o menos democráticos (habría mucho que decir sobre una democracia política y una democracia plena que es la que incorpora derechos económicos, sociales y ambientales). Una de esas soluciones sustitutas es proveer financiamiento a los segmentos de población que no disponen de ingresos genuinos para expresarse como consumidores en el mercado. Para ello se flexibilizan los criterios de asignación del crédito de modo que más gente pueda acceder por más tiempo a préstamos que se renuevan año tras año. Es obvio que después de algunos ciclos crediticios, si no se hubiese mejorado la base de ingresos genuinos de los consumidores, ellos caerían en una típica y bien conocida situación de sobre-endeudamiento. Esto es, lisa y llanamente que no pueden afrontar el pago de sus préstamos. Cuando son pocos los que caen en cesación de pagos el problema puede contenerse pero cuando el fenómeno es masivo la debacle se torna inevitable, como fue el caso de las famosas hipotecas sub-prime y el explosivo segmento de las tarjetas de crédito. Las consecuencias están a la vista.

Efectos de la concentración de la capacidad de ahorro

Lamentablemente los efectos arriba descritos no son todos los que surgen de una estructura socioeconómica signada por la concentración de la riqueza. Falta considerar cómo juega la concentración del ahorro en ciertos segmentos del sistema económico.

Los sectores beneficiados por el proceso concentrador acumulan enormes excedentes financieros que requieren ser reciclados. En épocas normales no se inmobilizan esos excedentes sino que se procura colocarlos en inversiones financieras o de la economía real para, dados determinados niveles de riesgo, obtener el mayor rendimiento posible1. Sin embargo, a medida que el proceso concentrador restringe la demanda efectiva se reducen las oportunidades de buenas inversiones en la economía real, induciendo el desvío de colocaciones hacia transacciones financieras especulativas, incluyendo las que se orientan a sostener el consumo más allá del duro límite de los ingresos genuinos.

El sistema financiero crea sofisticados productos para absorber los excedentes que necesitan ser reciclados obteniendo en el proceso altos retornos. Para captar los recursos excedentarios los operadores financieros compiten en términos de precios (tasas de retorno) ponderados con el riesgo inherente a cada transacción. Los mayores retornos se logran con audaces ingenierías financieras y cierto encubrimiento de los riesgos implícitos, como ocurrió con los mencionadps prestamos hipotecarios “subprime” y las tarjetas de crédito, donde se buscó diluir responsabilidades a través de complejas operaciones y cadenas de intermediación y derivación. Se instala de esta forma otro factor que complementa y refuerza el peligroso círculo vicioso que conduce hacia la crisis.

Una conclusión abierta a opciones

Al final de este análisis centrado en una de las principales características estructurales contemporáneas (la desigualdad generada por un proceso de acumulación concentrador) podemos extraer algunas importantes conclusiones. Si bien una parte de las condiciones para que se produzca una crisis deriva de una estructura socio-económica signada por la concentración de la riqueza, los desajustes resultantes podrían amenguarse sin afectar la composición de esa estructura (y en algunos casos hasta aún resolverse), si es que las medidas que se adoptasen a nivel de la forma de funcionar contrarrestasen los efectos estructurales.

Lo que está claro es que si a una estructura viciada de concentración se le sumase una forma de funcionar incapaz de contrarrestar los efectos desestabilizadores, crisis como la que estamos atravesando en casi todo el mundo se tornan inevitables.

A esta altura del análisis vale explicitar una obviedad. A pesar de su crítica importancia, la desigualdad no es el único factor que incide en el curso de los acontecimientos. Hay otros muy significativos que sería un gravísimo error ignorar ya que, de una forma u otra, se condicionan y potencian entre sí: el deterioro ambiental, los regímenes políticos, la institucionalidad global, las diferencias de poder militar, la concentración de los cada vez más estratégicos medios de comunicación social, la amenazante acción de sistemas delictivos agravados, el contexto valorativo de cada sociedad y la influencia que nuestra actitud individual tiene sobre los procesos locales e, indirectamente, sobre el curso del acontecer mundial.

Con todas estas variables en juego hay quienes consideran que su administración a largo o mediano plazo es impracticable mientras que otros piensan lo contrario. Por mi parte observo que existen mecanismos sistémicos de autoregulación para encarar desajustes menores o medianos producidos por ciertas combinaciones de estructura y de forma de funcionar, pero todo parece indicar que los desajustes mayores rebalsan la capacidad de autoregulación. Mientras que el sistema económico podría endógenamente ajustar los múltiples pequeños desvíos, es difícil negar que se requieren decisiones exógenas a la economía para superar severas disfuncionalidades y asegurar un buen funcionamiento sistémico. El piloto automático sirve para algunos tramos de la trayectoria pero, cuando en momentos críticos o de turbulencia se imponen importantes cambios estratégicos, necesitamos acudir a nuestro liderazgo para ajustar y luego sostener el rumbo.

Cómo ejercerlo, cómo encarar con efectividad las críticas decisiones estratégicas es algo complejo que requiere de conocimiento, experiencia, temple, una apropiada correlación de fuerzas sociales y apego a ciertos valores que definen nuestra humanidad. Tema por cierto abierto, como son múltiples las opciones que se abren frente a nosotros en cada una de las circunstancias de la vida.

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Notas:
1- Si bien comienza a tomar significación una promisoria corriente de inversión responsable, en general los criterios de rentabilidad y riesgo para aplicar recursos no consideran el impacto social y ambiental de la inversión, evidenciando que no existe aún un mecanismo de autoregulación capaz de asegurar el mejor uso global de los ahorros disponibles.

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