¿Quo Vadis América? Los Estados Unidos y sus Contradicciones

Este es el cuarto y último artículo de la serie sobre las grandes potencias.  Trata del dilema estratégico de los Estados Unidos en la era de su relativo declino.  Por un lado se retrae sobre si mismo para abocarse a reformas necesarias, pero resistidas por un partido antidemocrático.  Por otro, debe hacer frente a desafíos en política exterior que preferiría ignorar pero no puede.  El resultado parece ser el siguiente: el país da un paso adelante y luego dos atrás.

En temas de geopolítica no está vedado el humor.  Citaré como ejemplo al gran dibujante, caricaturista, guionista cinematográfico (trabajó con Walt Disney), pintor y ceramista argentino Lino Palacio (1903-1984).  Podría haber sido mi abuelo y yo hubiera podido heredar su habilidad gráfica y su chispa intelectual.  Pero al menos hemos tenido en común una educación pública ejemplar (en el mismo Colegio Nacional),  el interés por la relación entre países, la curiosidad por los riesgos y estragos de la guerra, y también el humor.  De mi infancia recuerdo algunos de sus personajes y sus reflexiones cómicas (ejemplo: el personaje de Ramona que pregunta — “¿Porqué será que todos los próceres tienen nombres de calles?”).  Pero sobre todo recuerdo su magnífica historia de la Segunda Guerra Mundial –¡dos volúmenes de caricaturas!—firmada por su seudónimo Flax.  Allí Lino Palacio resumía con sus dibujos y con textos escuetos la acción y las palabras de los principales lideres mundiales Churchill, Roosevelt, Hitler, Stalin, Tojo, De Gaulle, Chamberlain, Franco y otros mas.  Me arriesgo a sostener que, en tiempos aciagos, los países y sus personajes suelen transformarse, tal vez mas que en otras épocas,  en material de caricatura[1].

En los tiempos que vivimos nosotros también tenemos enormes desafíos.  El mas reciente, pero ni el primero ni el último, ha sido la pandemia.  La pandemia ha hecho un retrato de nuestras sociedades que no es nada halagüeño.  Mas que una colección de radiografías se parece a una serie de caricaturas.  Muchos de los lideres contemporáneos no tienen la estatura de los estadistas de antaño y por lo tanto no necesitan que los dibuje con ironía un humorista.  Son caricaturas espontáneas, y en algunos casos grotescas, de si mismos.

De tal retrato los Estados Unidos no son una excepción.   Hasta la era de Trump y de la pandemia el país se vestía de un lujoso ropaje ideológico: pujante en su economía, liberal en la vida social, tolerante en las costumbres,  tranquilo fronteras adentro y aguerrido fronteras afuera, acogedor de  inmigrantes y refugiados y deseoso de superar un mal pasado racial.  Su modelo político, sin llegar a ser una verdadera democracia participativa, aceptaba como normal la alternancia, la división de poderes, y la posibilidad de corregir el rumbo cuando algunas políticas públicas se mostraban equivocadas.   Con los partidarios de Trump y la pandemia gran parte de ese ropaje cayó y otra parte del ropaje se muestra muy deshilachada.  A mayor declino mayor negación: los Estados Unidos no se resignan a verse como un país entre otros y no necesariamente el mejor.

El legado de la administración de Trump es difícil de desandar.  Puso en serio peligro a la democracia republicana y dejó un país dividido, con un bipartidismo roto ya que los dos bloques no son capaces de una acción común.  A pesar de ese impasse, el triunfo presidencial de Joe Biden y sus primeras medidas e iniciativas desde el poder ejecutivo auguran un nuevo periodo de grandes reformas que algunos comparan con el New Deal de Franklin Delano Roosevelt en la década del treinta del pasado siglo.

Tal analogía no es tal vez la mas apta para captar este momento en la historia norteamericana.  El país está dividido en dos, y uno de sus grandes partidos ha dejado de ser democrático y ha atado su destino al carro de un gran perdedor, “gran” por la cuota de poder que retiene y que está muy lejos de haber desaparecido.  Winston Churchill decía que la diferencia entre la guerra y la política está en que en la guerra se muere sólo una vez.  En política es bastante común la resurrección.  Nada hace pensar que en una futura elección el partido de Trump con o sin el a la cabeza, no logre volver al poder.  Sería el fin de la democracia norteamericana tal como la hemos conocido y el comienzo de un confuso modelo autoritario, nacionalista, racista y belicoso.

La administración Biden es a mi juicio un interregno.  Con una ínfima mayoría en las dos cámaras el ejecutivo se ha embarcado en un programa de reformas ambicioso, pero muy necesario para poner al país a la altura de la concurrencia internacional hoy liderada por China.  El resto del mundo juzga estas reformas con la misma esperanza pero también displicencia del autor de este artículo.  Sabemos que cualquier traspiés o evento inesperado es capaz de dar por tierra el programa mejor diseñado.  Recientemente, la explosión de una guerra religiosa e inter-étnica entre Israel y Palestina es una caso ilustrativo.  Cuando se daba por sentado un período de relativa estabilidad –en parte a causa del plan Kushner de dar por terminada la ilusoria solución de “dos estados” y abocarse a una reconciliación entre Israel y varios países árabes—estalló la violencia entre judíos y palestinos, no sólo entre Israel y los territorios ocupados, sino dentro de Israel en comunidades mixtas que hasta ahora habían convivido en una paz relativa.  Esta nueva ola (y para los EEUU “sorprendente”) de violencia dio por tierra un plan de varios partidos israelíes (de derecha e izquierda, árabes y judíos) de ensayar un gobierno de unidad nacional en el parlamento (Knesset).  Tal programa fue literalmente torpedeado por dos bandos: por un lado la organización Hamas que pretende ser el único (y violento) representante de los palestinos, y por otro el primer ministro Netanyahu, que quiere aferrarse al poder bajo pretexto de emergencia bélica, para evitar de la manera mas cínica caer de su puesto ejecutivo y quedar a la merced de la justicia por corrupción.  La violencia puso al gobierno de los EEUU en un aprieto, entre el compromiso de apoyar al estado de Israel, por un lado, y criticar la desproporción de la reacción militar de Israel en Gaza, por otro. 

Otros eventos de este tipo en distintas partes del mundo pondrán a los EEUU en aprietos y dilemas similares.  La dinámica geopolítica de una superpotencia en retirada tendrá un impacto negativo sobre el plan de reformas internas, y la situación interna puede muy bien dar pie al retorno de reaccionarios y revanchistas al poder.  En este punto vale hacer una reflexión sobre la peculiaridad de la crisis política norteamericana. 

En casi todos los países del mundo con una constitución mas o menos democrática (elecciones, alternancia en el poder, diferencia en políticas publicas pero consenso de base sobre el modelo de acumulación), las últimas décadas han presenciado una gran crisis de representación, con la caída o desaparición de partidos tradicionales, la fragmentación del panorama político en partidos múltiples y sectarios, el surgimiento de coaliciones de ocasión,  la aparición de movimientos sociales masivos y fugaces al mismo tiempo, y el ascenso al poder de personajes inusuales y/o demagógicos.  Sólo dictaduras sólidas y establecidas (en particular Rusia y China) han soportado el embate de esta situación.  Casi todas las otras naves de estado hoy navegan en mares procelosos.  Con frecuencia se habla de una “grieta” al referirse a la falta de un mínimo de entendimiento y consenso entre los varios rivales políticos.  Yo usaría el plural en este caso, y hablaría de “grietas” varias.  En este sentido, los Estados Unidos son una excepción, con esta salvedad: la excepción es para peor y no para mejor.  Me explico.

Los dos grandes partidos tradicionales de la democracia norteamericana no han desaparecido frente a la crisis general de representación, pero hoy revelan una distinta y peligrosa asimetría.  Hasta el 2016 (fecha de asunción de Trump a la presidencia) los dos grandes partidos –Demócrata y Republicano–  se alternaban en el poder sin cambiar el consenso básico y el equilibrio de poderes diseñado en la Constitución.  A partir de la administración Trump uno de estos partidos –el Republicano o GOP (Grand Old Party)—cambió fundamentalmente.  Dejó de ser un partido con una ideología y un plan de gobierno estructurados, y se volvió un partido personalista y autoritario, con mas prejuicios que ideología, y con una política exterior ad hoc, de transacciones arbitrarias, sin una estrategia global, y bajo un lema nacionalista y aislacionista, destructor de alianzas tradicionales y adicto a  nuevas “amistades” –en particular con dictadores y antiguos enemigos.

Al perder las elecciones en el 2020 (por 7 millones de votos), el GOP, transformado en el partido de Trump (y con un significativo caudal de votos), se negó a aceptar los resultados y el propio presidente provocó una insurrección de algunos de sus adeptos que prácticamente fue un intento de auto-golpe de estado por parte del presidente (en su última etapa de ejercicio).  Fue una maniobra sin precedentes en la historia norteamericana, aunque con precedentes en otras partes del mundo.  Para ilustrar esta situación, vale remontar la historia europea y recordar el auto-golpe de estado (esa vez exitoso) de Luis Bonaparte, que siendo presidente elegido decidió abolir la república y proclamarse emperador (bajo el título de Napoleón III.)  Ese aventurero, vuelto monarca, contó con dos cosas a su favor: (1) la fragmentación de los partidos políticos y la parálisis legislativa en la Asamblea republicana, y (2) una insurrección por parte de sus secuaces, que prefiguraba la organización de “fuerzas de choque” en los posteriores partidos fascistas del siglo 20 (Fasci di combatimento en Italia, Sturm Abteilungen en Alemania).[2]

Un grupo insurrecto similar a los de antaño (pero mas torpe) invadió el Congreso norteamericano para anular la certificación, por parte de ese cuerpo legislativo, de la elección presidencial.  El intento golpista fracasó, pero dejó intacto un nuevo y peligroso Partido Republicano (republicano en nombre sólo), que se dispone en las próximas elecciones (legislativas en 2022 y presidenciales en 2024) a “ganar” a toda costa –con trucos y cortapisas—o, en caso de perder, de proclamar cualquier elección que le resulte adversa, como “fraudulenta.”  Ese partido ha abandonado el juego democrático y republicano, y se ha puesto explícitamente al margen de la Constitución[3].

De esta manera, los Estados Unidos enfrentan una crisis mas grave que la que sufren otras repúblicas democráticas, donde se hacen y deshacen coaliciones, para situarse frente a un intento organizado de destruir la democracia, desde adentro o desde afuera.  En este sentido, la presidencia de Biden, que muchos equiparan a la de Franklin Delano Roosevelt, se asemeja, a mi juicio, mas a la presidencia de Abraham Lincoln en la que el Sur irredento se declaró en secesión.  Las consecuencias geopolíticas serán peligrosas, mucho mas hoy que entonces.


[1] Otro ejemplo en el convulsionado siglo 19 francés es la serie brillante de caricaturas políticas de Honoré Daumier.

[2] El mejor análisis de esa coyuntura es nada menos que el de Karl Marx, El 18 Brumario de Luis Bonaparte, escrito en1852.

[3] Sólo unos pocos políticos republicanos conservadores pero dignos han rehusado a someterse al movimiento autoritario y golpista dentro del partido. https://www.washingtonpost.com/opinions/2021/05/05/liz-cheney-republican-party-turning-point/

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