Mirada crítica, elecciones y proyecto de país

Desde la perspectiva de un proyecto de país que cuide a todos y al medio ambiente, cómo juegan la mirada crítica, los divisionismos del campo popular y las invocaciones de fraude electoral para condicionar resultados.

Cuando grupos minoritarios que concentran el poder decisional y la riqueza procuran triunfar electoralmente acuden a una diversidad de maniobras y ardides para manipular a segmentos poblacionales que, de otra forma, se expresarían contra los intereses de los dominadores. Sólo con engaños, mentiras, colonizando mentes, formateando subjetividades a su favor, pueden imponer el absurdo de hacer de las víctimas sus ardorosos defensores de esterilizada reflexión. 

Los mecanismos de sometimiento son varios y diversos; incluyen críticos aspectos ambientales, sociales y económicos algunos de los cuales fueron señalados en artículos anteriores. En estas líneas analizamos cómo en esa perspectiva juegan otros aspectos de estratégica importancia: el papel de la mirada crítica, los divisionismos del campo popular sean inducidos por el poder concentrado o por propia impericia, y la permanente invocación de fraude electoral cuando los dominadores ven peligrar su supremacía.

Mirada crítica

En general, una mirada crítica bien intencionada ayuda a construir un cada vez mejor proyecto de país. Esa mirada crítica emerge desde una perspectiva tal vez un poco descuidada o quizás no considerada apropiadamente reforzando una construcción que es esencialmente colectiva.

A su vez, una mirada crítica suele responder a la diversidad de intereses que anida en el campo popular, los cuales deben ser tomados en cuenta y de alguna forma alinearse para robustecer y facilitar la construcción colectiva.

Por otra parte, la dinámica siempre cambiante de los procesos sociales, el desarrollo científico y tecnológico y los avances en la gestión pública y comunitaria, afectan las circunstancias que una mirada crítica puede apreciar e integrar al proceso constructivo.

Si nos cerrásemos a integrar esa diversidad de contribuciones, arriesgaríamos alienar y frustrar a segmentos del campo popular. De ahí la necesidad de contar con liderazgos que, al tiempo de sostener el rumbo escogido, tienen la habilidad de aplicar tiempos y secuencias para que el flujo de aportes se integre constructiva y armoniosamente. 

De todos modos existen limitaciones a esa caracterización general. Hay miradas críticas del campo popular que no enriquecen la construcción del proyecto de país; lamentablemente no pueden ser incorporadas pero, en la medida de lo posible, tienen el derecho de conocer y ojala comprender lo que inhabilita su aporte.

Hay otras limitaciones propias del campo popular difíciles de calibrar. Las formas agresivas e intempestivas de aportar pueden herir a líderes y militantes. Son individuos comprometidos pero con personalidades que embisten a otros sin medir consecuencias. Aunque su intención no es sembrar agravios difíciles de reparar, provocan heridas que pueden derivar en animosidad, resentimiento, desconfianza entre personas que bregan por el mismo proyecto de país.

Un aspecto delicado hace referencia a miradas críticas en fases electorales. Cuando se está en campaña electoral las voces aliadas al proyecto de país deseado debieran tomar consciencia que existe la necesidad de administrar bien los tiempos para expresar las miradas críticas. No se trata de mentir, engañar u ocultar cuestiones sustantivas que pueden mejorar el proyecto de país, sino de reconocer los momentos apropiados (timing) para ofrecer esas críticas. En democracia, la forma de obtener la fuerza requerida para impulsar un proyecto de país es vía electoral, lograr buenos resultados. Una cándida equivocación podría socavar la propia fortaleza.

Por su parte, quienes se oponen a construir ese proyecto de país y también, en algunos casos, infiltrados al interior del propio campo popular, procuran antagonizar con argumentos serios de su propio arsenal ideológico o con falsedades para preservar sus privilegios.

Divisionismos inducidos o por impericia

Quienes concentran la riqueza y el poder decisional son, por definición, una minoría. Es obvio que de no primar la concentración, la riqueza y las decisiones se distribuirían entre todos los miembros de la sociedad. No debiera sorprender entonces que la minoría privilegiada acuda a diversos mecanismos de sometimiento y manipulación para movilizar voluntades de modo que ignoren sus propios intereses y adopten los de sus dominadores. Uno de los más efectivos en términos políticos y, en particular, electorales es procurar dividir al campo popular. La historia muestra la infinidad de engañifas que los dominadores han exitosamente utilizado para inducir divisionismos.

Esto es posible por una variedad de razones. En principio porque la realidad no es aprehensible por el ciudadano de a pie y se acerca a ella a través de mediadores que son mayormente los medios de comunicación y las agencias informativas. Si esa intermediación es cooptada por el poder concentrado, como suele suceder, la información y la interpretación nacen sesgadas. En ese contexto de desinformación y provocada confusión, aparecen dudosas fuentes dedicadas a sembrar insidiosas falsedades procurando enfrentar y desunir grupos del campo popular. Para ello utilizan noticias falsas o se agigantan medias verdades buscando enervar las relaciones al interior de sectores medios y populares.  

Los dominadores suelen también chantajear a personas que son atrapados en conductas no santas para que denigren a ciertos segmentos del campo popular. Es lo que se conoce como “carpetazos”, un historial ignorado que compromete si se hiciese público  

Mientras los dominadores inducen divisionismos, construir un país para todos requiere unión de sectores medios y populares. Esta unidad permite conformar amplias coaliciones políticas que pueden dar batalla electoral y sustentar la gestión de gobiernos de base popular. ¿Cómo lograrlo? De diversas maneras de acuerdo a las singularidades de cada país y situación, entre otras, un permanente trabajo de esclarecimiento popular y de apoyo a organizaciones sociales, alinear con habilidad intereses de sectores que pueden converger, contrarrestar con militancia y circulación de información fidedigna el bombardeo manipulador del poder concentrado, democratizar medios de comunicación impulsando diversidad de voces y perspectivas en lugar de ecos reiterados, asegurar la independencia de jueces y fiscales, jerarquizar la movilización política, contrarrestar judicial y mediáticamente la difamación y las infundadas acusaciones.

Falsa invocación de fraude electoral

Se ha hecho costumbre que a medida que se expanden los procesos democráticos, uno de los instrumentos que utiliza el poder concentrado para reproducirse es deslegitimar el proceso electoral. Procuran comprometer la confianza de la población en los eventuales resultados. De esta forma, si los aliados al poder concentrado pierden una elección, se levantan denuncias sobre fraudes inventados procurando cuestionar la legitimidad de las autoridades electas. Por el contrario, si ganan las elecciones nada se pone en duda y se ignoran las amañadas falsedades.

La invocación de fraude comienza varios meses antes del acto electoral. Los partidos y medios   afines a dominadores que ven peligrar su predominio, expresan dudas sobre la transparencia de los comicios, sospechas sobre la probidad e imparcialidad de las autoridades electorales, la forma como está organizada la realización de la elección, los procedimientos informáticos que se emplean que posibilitarían la manipulación de resultados, se oponen al conteo rápido de resultados que limitaría las maniobras para trasgredir la voluntad electoral, cuestionan la idoneidad e independencia de los presidentes de mesas de votación e incluso de algunos de los fiscales participantes.

Estas campañas generan gravosas consecuencias. Una es convencer que los partidos de base popular se sostienen electoralmente con el fraude, mientras que el poder concentrado es un campo honesto y transparente. Por cierto, en sistemas democráticos sólidos quienes invocan los eventuales fraudes suelen ser, ¡o casualidad!, los que temen perder arteros privilegios.

Otro tremendo aspecto de estas invocaciones es que no se esgrimen tan sólo en casos aislados, se repiten simultáneamente en todos los países donde grupos minoritarios temen perder su poder y hegemonía. Pareciera una estrategia surgida de un manual de operaciones concebido internacionalmente.

La invocación de fraudes electorales cuestiona la soberanía del voto, la voluntad soberana de enteras sociedades. Busca minar la legitimidad de las democracias abriendo espacios para que crezcan movimientos antidemocráticos que, en base a ardides y engaños, imponen gobiernos autoritarios y políticas antipopulares. La supuesta ilegitimidad electoral se convierte en una llave para preservar dominación y privilegios.

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