Los abusos de la cooperación internacional

La cooperación externa ha venido teniendo mala prensa este año –y no sin razón. Durante mucho tiempo la asistencia bilateral en particular se ha considerado como demasiado pequeña y dispersa, demasiado motivada por fines políticos, demasiado a favor de los intereses de los donantes (especialmente de los intereses comerciales de los países donantes) en vez de orientada a lograr beneficios reales para los previstos destinatarios. Hoy los gobiernos de los países en desarrollo menos pudientes que otrora estuvieron agradecidos por cualquier migaja que cayera de la mesa de los países acaudalados son menos receptivos, especialmente en cuanto a la asistencia que llega atada a diversos lazos económicos y políticos. La mejora en sus términos de intercambio a lo largo de los últimos seis años, como también el surgimiento de nuevos mercados y nuevas fuentes de ayuda financiera e inversión por parte de otras naciones emergentes y países exportadores de petróleo, han jugado un papel en este cambio de percepción.
La relación del gobierno británico con la ayuda extranjera se ha vuelto complicada principalmente en los últimos tiempos – pero bien podría ser sintomático de un problema más amplio en muchos países en vías de desarrollo. El gobierno de Cameron indicó que iba a preservar la ayuda extranjera de los drásticos recortes presupuestarios que ya ha anunciado o que planea implementar en los años venideros. Pero esto ha sido criticado tanto desde la Izquierda como desde la Derecha por diversos motivos. Revelaciones por parte de los medios ingleses de que una parte significativa de los fondos ha sido destinada a costosos consultores basados en Gran Bretaña cuyo aporte es frecuentemente de dudosa relevancia o utilidad al supuesto país “beneficiario” o a su gente pueden haber sorprendido a muchos, pero tales patrones han sido evidentes en los países en vías de desarrollo desde hace tiempo.

Otra sospecha generalizada –o percepción- en gente de países receptores acerca de que gran parte de la ayuda extranjera es en verdad dirigida a promover los (usualmente problemáticos) intereses comerciales de la nación contribuyente, es ahora confirmada por un estudio realizado por Mark Curtis de la ONG War on Want (study conducted  by Mark Curtis for the NGO War on Want). El informe (titulado The Hunger Games – Los Juegos del Hambre) señala que una suma significativa de ayuda bilateral extranjera por parte de Gran Bretaña –a través del Departamento para el Desarrollo Internacional o DFID- se destina a proyectos agrícolas.

En un punto, esto es extremadamente deseable: la agricultura sigue siendo una preocupación crucial ya que todavía es responsable de la mitad o más del empleo total en los países pobres; la mayor parte de la subsistencia familiar aún depende directa o indirectamente de ella – y este sector ha ido languideciendo o transitando un estado cercano a la crisis a pesar de una década de relativamente altos aunque volátiles precios globales de los cultivos. Pero sucede que esta ayuda no ha sido dirigida a mejorar las condiciones de los pequeños agricultores, que son los que enfrentan más problemas y por ende se encuentran con mayor necesidad de recibir diversas formas de asistencia.

En cambio, mucha de la ayuda del DFID es destinada a extender el poder de las corporaciones de agro-negocios sobre el sistema alimentario global, reduciendo de ese modo el poder de mercado y la fuerza de negociación de esos pequeños productores. El modelo que el DFID ha promovido en los países en desarrollo donde trabaja es uno basado en el libre comercio (sin tener en cuenta cuán defectuoso y desequilibrado sea el campo de juego para dicho comercio), el monopolio corporativo de la tecnología y el control corporativo privado (en vez de público) de la producción y distribución de alimentos.

En efecto, el informe sugiere que el DFID está en el centro de un intricado nexo de corporaciones e instituciones auspiciadas por donantes que procura maximizar el lucro privado en agricultura. Los contactos personales juegan un rol esencial, y hay una significativa “puerta giratoria” de empleados entre el DFID y las corporaciones de la agroindustria, con vínculos personales que van más allá del DFID y llegan hasta el corazón del gobierno británico y su política económica. El informe también revela el involucramiento del DFID en una red de empresas privadas y administradores de fondos de inversión registrados en la jurisdicción del “paraíso fiscal” de las Islas Mauricio.

Esta estrategia se expresa cada vez más en “asociaciones pública-privadas”, que también dominan el paradigma de la cooperación externa. Por ejemplo, en África, el DFID apoya a una red de proveedores de insumos quienes son entrenados por y luego desproporcionadamente resultan fuente de información de una compañía particular (Monsanto) que es socio en este proyecto, encerrando de este modo a agricultores pobres en la costosa dependencia de un paquete de fertilizantes y pesticidas químicos, semillas híbridas y otros insumos que los supedita a esta específica compañía. Dado que el DFID no apoya estructuras alternativas públicas o cooperativas de diseminación del conocimiento y extensión agrícola, la compañía y los proveedores de insumos que capacita se convierten en la fuente básica de conocimiento e información acerca de técnicas actuales de cultivo para los granjeros. En Malawi, por ejemplo, Monsanto es ahora responsable de proveer el 67% del total de insumos agrícolas!

Ni siquiera es como si estas grandes corporaciones de la agroindustria necesitaran gran apoyo. Luego de dos décadas de consolidación horizontal y vertical, la industria agrícola global es ahora uno de los sectores económicos más concentrados del mundo. Cuatro empresas de semillas controlan más de la mitad del negocio global de semillas. Ellas también están en la lista de las diez mayores compañías de pesticidas, lo cual cubre más de cuatro quintos de las ventas mundiales de pesticida. Las diez primeras compañías de procesamiento de alimentos son responsables de casi el treinta porciento de ese mercado global, y tan sólo quince cadenas de supermercados son responsables de casi un tercio de la venta al público de alimentos en todo el mundo.

Obviamente estas son malas noticias para los agricultores, especialmente para los pequeños productores que deben enfrentar el significativamente mayor poder de mercado de las corporaciones multinacionales que controlan cada vez más los mercados de insumos y de oferta de cultivos. Los daños causados a los agricultores en los países en desarrollo pueden ser tan extremos que analysis by lawyers afirmó que podrían constituir una violación del derecho básico de alimentación de los propios productores.

Pero también son malas noticias para los consumidores que lidian con menos opciones en un mundo dominado por unas pocas mega agroindustrias. Hace algunos años, un estudio fascinante realizado por Barry Lynn y Philip Longman (study by Barry Lynn and Philip Longman) mostraba cómo conglomerados multinacionales han restringido los medios de subsistencia y obtenido el control de la mayor parte de la oferta en las estanterías de los supermercados de Estados Unidos – a tal punto que la consolidación y monopolización pueden explicar en gran medida tanto la débil creación de empleo en la recuperación de EE.UU. como el mayor margen de distribución cargado a bienes que afecta tanto a productores directos como a consumidores finales.

En tal contexto, es sorprendente e incluso alarmante notar que las políticas de ayuda de grandes donantes como el Reino Unido, costeadas con el dinero de aquellos que pagan impuestos en un contexto más amplio de recortes fiscales, y las cuales se presentan como ejemplos del gobierno británico cumpliendo con sus responsabilidades internacionales, de hecho operan para mantener los intereses de las grandes corporaciones en un mundo que ya está caracterizado por la excesiva concentración privada de bienes y el excesivo poder de mercado de unas pocas compañías.

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