Las salidas de la crisis

Una gran crisis es también una gran oportunidad para hacer reformas que encarrilen a una economía sobre bases mas sustentables. Es lo que está en juego en este momento en los Estados Unidos, en vísperas de una elección presidencial de carácter verdaderamente histórico. El sistema capitalista mundial con centro en los EE.UU. no está agotado, sino en peligro. Pero se trata de un sistema con grandes reservas, enormes ventajas, y una capacidad histórica de apostar fuerte. Llegó el momento de nuevas y radicales políticas de estado. ¿Las llevará a cabo el nuevo gobierno?“Cosas veredes amigo Sancho que harán fablar a las piedras.” Don Quijote tenia razón. La crisis del capitalismo global estilo siglo veintiuno ha parido ya, como señalé en mi última nota, un socialismo de rescate, impulsado por los sectores mas encumbrados de la elite mundial. Y en verdad algo muy serio está sucediendo cuando los economistas mas ortodoxos se ponen a hablar como filósofos hegelianos(1). Nada menos que el presidente del Banco Mundial, el muy técnico y sensato Mr. Robert B. Zoelick, vaticina, en un artículo publicado en el Washington Post, que el mundo en crisis nos ofrecerá, en contrapartida, oportunidades de grandeza(2). Tesis: un capitalismo dominado por el sector financiero, sin límites ni frenos; antítesis: una crisis catastrófica; síntesis: un nuevo mundo feliz, reorganizado por lideres fuertes y racionales con una economía mas sana. Conviene por lo tanto analizar semejante dialéctica, que expresa tanto optimismo en medio de tanto pesimismo. Al final de cuentas, Hegel mismo decía que los conceptos mas sublimes son frutos de la existencia, y que la esencia de la existencia es la superación del dolor.

La primera constatación es fácil. A medida que un número cada vez mayor de industrias entran en quiebra, es decir, a medida que la crisis financiero-inmobiliaria se transmite a la “economía real,” y frente a la impotencia de los bancos y de los organismos multinacionales, se acentúa la tendencia a regular mercados, a nacionalizar empresas, y a acercarse cada vez mas al proteccionismo, es decir a alguna versión del nacionalismo económico. Cualquiera sea la forma en que estas tendencias se expresan en distintos países y regiones, la conclusión es clara: el modelo neo-liberal ha pasado definitivamente a la historia. Lo reemplaza –en silencio, sin proselitismo ni proclamas ideológicas– un modelo pragmático, de corte “chino” (en el sentido de Den Xiao Ping), estatizante y regulador, sin llegar todavía a ser planificador. Así como el modelo neo-liberal produjo una verdadera revolución en la división del trabajo a nivel planetario, pero sobre una base especulativa y endeble, al nuevo modelo le tocará reordenar las cosas y crear otro equilibrio, sobre una base mas sostenible, que hará posible, a su vez, iniciar una nueva etapa de acumulación.

La segunda constatación es mas difícil, porque va en contra del sentido común, o mejor dicho, contra la histeria del momento. Hay quienes proclaman que la crisis sella el fin de la hegemonía norteamericana, y que el capitalismo made in USA deberá compartir poder y beneficios con otras potencias emergentes y resurgentes: los BRICs, y tal vez con otros países con recursos naturales y energéticos. Esa tesis contiene algo de verdad. En efecto los indicadores sociales comparados ponen a los Estados Unidos en desventaja frente a algunos países y frente a su propio pasado, en materia de salud, educación, protección social, transporte, salvaguardia del medio ambiente e infraestructura. Son las asignaturas pendientes de una sociedad que en el último cuarto de siglo ha descuidado su propio capital social y humano mientras traspasaba lo grueso de la producción industrial a otros continentes y cubría el traspaso con déficit y especulación. Fue la gran ilusión de la “plata dulce”: mantener el crecimiento económico con un enorme consumo a crédito “garantizado” por la valorización ficticia de las propiedades. La crisis actual no es sino la corrección drástica y dolorosa de los excesos de aquella fase de acumulación. Pero no es una enfermedad terminal –siempre y cuando se den las condiciones de una salida estratégica. Haré un repaso de esas condiciones.

A pesar de los numerosos títulos que oportunamente ocupan los anaqueles de las grandes librerías comerciales, no se puede paragonar esta crisis con la caída del viejo imperio romano. Colapsos de aquel tipo –el romano– se producen cuando un sistema se expande demasiado y se aleja peligrosamente de su base. Es entonces atacado desde la periferia y retrocede hasta que finalmente, los “bárbaros” (los de afuera) toman el centro por asalto y lo destruyen. En otras palabras, es un proceso exógeno y centrípeto. La crisis global actual en cambio es un proceso endógeno y centrífugo: comienza en el centro mismo del sistema, contagia a todo el entorno, y tiene efectos aun mas perniciosos en la periferia. Esta constatación tal vez ayude a entender porqué, en medio del colapso del mercado norteamericano, gobiernos e inversores de todo el mundo corren hacia el dólar y no desde él hacia otros valores. En esta supuesta “caída” del imperio, los “bárbaros” no asedian al Capitolio sino se refugian en él. ¿Cuál es la magia del dólar, que en vez de provocar la fuga atrae a tanto extranjero, y sobre todo a los gobiernos de aquellos países que supuestamente deberían ‘reemplazar’ el dominio norteamericano?

Desde el famoso “desenchufe” del dólar del patrón oro, por decisión del presidente Nixon en 1971, el mundo ha vivido bajo un sistema de dólar flexible o flotante. Los Estados Unidos se convirtieron en el centro financiero del mundo. La Reserva Federal, que es el banco central norteamericano, pasó a emitir moneda nacional, sin base metálica, como moneda internacional. La Reserva Federal administró desde entonces las tasas internacionales de interés, y emitió títulos del Tesoro que funcionaron como el verdadero respaldo del dólar-moneda-mundial. Esto permitió a los Estados Unidos contraer deuda externa en su propia moneda –un privilegio que ningún otro país ha conseguido y que es casi impensable que obtenga. Hoy casi la totalidad de los pasivos norteamericanos en concepto de bienes y servicios se pagan en dólares. Un sistema de este tipo es a prueba de default: es el único sistema “blindado” en serio en el mundo. El sistema crea una enorme asimetría entre el ajuste externo de los EE.UU. y el de los otros países.1 Como sabemos muy bien los latinoamericanos que hemos padecido repetidas crisis de deuda externa, las obligaciones hay que pagarlas en divisas, es decir, en moneda “fuerte” de otros. Para los EE.UU. en cambio, las obligaciones se pagan imprimiendo billetes verdes. Es el caso único de un país que es capaz de determinar la tasa de interés de su propia deuda externa. Para repetir mi constatación precedente, se trata de un sistema circular, centrífugo, casi imbatible, al que tiene que someterse hasta el mayor acreedor, que en este caso es la República Popular China, con reservas internacionales de mas de 2 trillones de dólares. Sólo podré convencerme del principio del fin de la hegemonía norteamericana el día en que este sistema circular basado en el patrón dólar sea reemplazado por otras monedas de referencia. Parece improbable.(4)

Podrá ahora apreciar el lector cómo el sistema-dólar es centrífugo: distribuye la crisis de adentro hacia fuera, del centro a la periferia, y al mismo tiempo impide que se rompan imprevistamente los lazos de la globalización. Es un sistema en el que el acreedor está sujeto al deudor. Esto permite al sistema, hoy en crisis, re-equilibrarse sin perder hegemonía, a condición que haya un buen manejo estratégico en los centros de poder.

Para seguir con el ejemplo chino de acreedor atado a la carroza del deudor norteamericano, el reequilibrio se logrará con el desarrollo mas acelerado del mercado interno del acreedor, con mayor consumo, y así con una progresiva liberación de sus reservas de la necesidad de invertir en deuda norteamericana. Para los Estados Unidos, este mismo proceso puede darle tiempo para hacer fuertes inversiones –muchas de ellas “socializadas”—en nuevas tecnologías de punta –muchas de ellas “verdes”—y en una modernización tanto de su infraestructura como de su capital humano.

En el mediano plazo (estas inversiones dan frutos luego de 15 o 20 años) esta estrategia permitirá lanzar unas nueva rueda de crecimiento menos especulativo, con menos contenido financiero, y mas contenido técnico y científico, es decir, con menos “economía timbera” y mas “economía real.” Con un buen manejo de políticas públicas y un buen sentido de estrategia, el nuevo modelo de acumulación llegará justo a tiempo para enfrentar en forma inteligente y productiva (no simplemente defensiva) el desafío medio-ambiental que se cierne sobre un planeta que en pocas décadas contará con mas de 9 billones de personas.

Seamos francos: las grandes crisis del sistema global actual se generan dentro del poder hegemónico. Son crisis de exuberancia y no de anemia. En tales crisis el sistema “suspende” sus propias reglas e ideología mientras se reacomoda, para volver a ser el motor-líder de los otros países que participan en la economía mundial. El liderazgo de una potencia se mide no sólo en los buenos momentos de crecimiento y expansión. Se mide también en la intensidad del “dolor” como decía Hegel, y finalmente, en la velocidad de recuperación.

En ese sentido la elección presidencial en los Estados Unidos será la primer prueba de su capacidad de recuperación a través de medidas heterodoxas y novedosas, es decir experimentales. Medidas novedosas y radicales son justamente aquellas que nadie quiere tomar en una “época normal.” En “épocas normales” los principales actores políticos y los grupos de interés tienen fuerza para vetar políticas audaces, o simplemente políticas de estado (porque no dan frutos en el horizonte corto de los ciclos electorales). Pero en “épocas de gran crisis” el juego cambia. Los principales actores se sienten paralizados y los grandes grupos de presión se ven necesitados de ayuda. Se trata de un verdadero “estado de excepción” que otorga al gobierno de turno una libertad de acción que antes no tenia. Para ejemplo señalaré que en la gran depresión de los años 30, el presidente Roosevelt promulgó las medidas mas audaces (mas “socialistas”) de la época en un plazo de 100 días.

Ha llegado la hora de un cambio importante en el equipo dirigente norteamericano, es decir, en el equipo dirigente mundial. La crisis que comenzó siendo financiera ya está pasando a ser una crisis deflacionaria mundial, es decir, una verdadera depresión. El ajuste será doloroso. El nuevo equipo dirigente deberá adoptar políticas de estado de mediano y largo plazo, que son las únicas capaces de preparar el terreno para un liderazgo mundial sostenido en el resto del siglo. El nuevo presidente deberá alzarse por encima de los dos partidos tradicionales y lanzar, con buen equipo, su propio programa de 100 días. De los dos candidatos, en mi opinión sólo Barak Obama está a la altura de las circunstancias. El otro partido y sus candidatos sólo ofrecen recetas de hombres cansados.

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Notas: (1)Ver Joseph Stiglitz, “How to Get Out of the Financial Crisis,” Time, October 17, 2008 (2)Robert B. Zoelick, “A World in Crisis Means a Chance for Greatness,” The Washington Post, October 26, 2008.
(3) Ver F. Serrano, “A economia Americana, o padrão ‘dólar-flexivel’ e a expansão mundial nos anos 2000,” em J.L. Fiori, F. Serrano e C. Medeiros, O Mito do Colapso Americano, Rio de Janeiro: Editora Record, 2008. (4) Para entender cómo funciona el sistema, y sus límites, ver el interesante artículo de dos economistas norteamericanos, Maurice Obstfeld y Kenneth Rogoff, “Global Current Account Imbalances and Exchange Rate Adjustments,” Brookings Institute Papers on Economic Activity (No.1, 2005), pp. 67-146.

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