La Tiraní­a del Anonimato: Reflexiones de Año Nuevo

En el mundo occidental, en el siglo 19 y en pleno proceso de democratización, los analistas más agudos –entre los que se encontraban Alexis de Tocqueville en Francia y John Stuart Mill en Inglaterra—temían que la participación masiva del pueblo en el proceso de decisiones colectivas tuviese un efecto negativo, a saber: el lanzamiento de políticas poco racionales, guiadas más por el sentimiento que por el raciocinio, es decir, la expresión de prejuicios compartidos más que de ideas sopesadas con calma y responsabilidad. Denominaron ese peligro “la tiranía de las mayorías”, y propusieron remedios que pudiesen garantizar los derechos de opinión de las minorías y evitar una estampida populista y corto-placista que arrasara a todo el sistema político y social. En el siglo 20, los totalitarismo de izquierda y de derecha confirmaron las sospechas de los pensadores decimonónicos.

En el siglo actual, heredero de los anteriores, ha surgido una novedad importante, no prevista por nuestros antecesores. Nos encontramos frente a un riesgo muy distinto, que poco tiene que ver con un supuesto exceso de democratización (populista o no), sino con un déficit de democracia participativa, con las características siguientes, que paso a enumerar.

1. La interdependencia de los países, de sus economías, de culturas que se “hibridizan” cada vez más, de la información y de la comunicación (en suma: la globalización), hace que las decisiones nacionales, internas a cada país, por más democráticas que sean, estén sujetas a fuerzas y presiones que ningún país (ni siquiera los más poderosos) pueda controlar fehacientemente.

2. La complejidad de los flujos y las redes provoca una concentración de conocimiento, de información, y de decisiones técnicas que no están al alcance del debate y de la opinión publica.
3. La difusión de la cultura comercial y del entretenimiento masivo fomenta –y no aumenta- la ignorancia de problemas importantes, el pensamiento racional ciudadano, y la atención desmesurada hacia eventos espectaculares pero secundarios.

4. El Internet y la telefonía celular, que tienen un enorme potencial racional y democrático, son presa fácil de un potencial opuesto: la frivolidad con ribetes ideológicos subliminales y manipulados.

Por estas razones (y varias otras menos evidentes que merecen un análisis más detallado), estamos, en mi opinión, en una era pos-democrática. Los síntomas de la pos-democracia son claros.

En el mundo occidental, si ponemos nuestra mirada en Europa, vemos tanto en lo individual como en conjunto, los países no logran enfrentar una crisis económica y financiera en forma racional. Los intereses de cada nación –insuficientes para solucionar la crisis—son lo suficientemente fuertes para evitar –sólo en lo económico– la necesaria mutualización de la deuda y la predistribución de la inversión. En el orden colectivo, la Unión Europea es un club de tecnócratas y burócratas auto-elegido y reproducido que solo se pone de acuerdo en dejar de lado la reclamación popular y en postergar decisiones sine die y ad infinitum. En lugar de establecer –por vía democrática o autoritaria—las verdaderas instituciones comunes y necesarias (entre ellas, una banca central seria y un Tesoro regional), se ocupan de híper-regular transacciones secundarias como ser: la salida de lugares públicos por escaleras, o la pasteurización del queso.

En los Estados Unidos, el sabio equilibrio de poderes diseñado por los padres fundadores en las postrimerías del siglo 18 se ha transformado en un embotellamiento de tráfico por intereses e ideologías atrabiliarios y contrapuestos. El veto mutuo y el vituperio han paralizado al gobierno. Sólo la certidumbre de una crisis inminente puede, ocasionalmente, concertar voluntades. El sistema funciona sólo de crisis en crisis, en un estado de emergencia permanente.

En el mundo emergente (parte en Oriente y parte en el Sur global) sistemas de poder más concentrados –algunos lisa y llanamente autoritarios; otros más democráticos, pero con democracia delegativa– han enseñado a los gobiernos a mantenerse en el poder, pero no les han enseñado a dirigir los países hacia un futuro sustentable. Frente a una crisis global, son tan impotentes como los países de occidente en diseñar y operar soluciones que en teoría no son nada misteriosas, pero que los distintos sistemas tornan casi utópicas.

Frente a esta múltiple parálisis estratégica de un mundo muy integrado pero sin testa, por el momento el árbitro colectivo que provoca decisiones y disciplina a los actores sociales y a los gestores políticos, es el sujeto anónimo que todos denominan, en plural, “los mercados.” Pero cuesta pensar que este supuesto sujeto es algo mas que un jinete sin cabeza: es fuerte pero veleidoso, brutal en sus maniobras, volátil y con frecuencia imprevisible.

La humanidad hobbesiana del siglo 21 ha confiado su destino a un Leviatán descerebrado, que como el Leviatán de otrora también surge del mar. Pero esta vez no es como ballena, sino como un cardumen de pececitos desesperados.

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