La Retirada de un Imperio

Durante la crisis del Canal de Suez en 1956, el entonces presidente norteamericano Dwight Eisenhower retiró su apoyo a Francia e Inglaterra, que querían invadir Egipto como respuesta a la nacionalización del Canal. La desautorización norteamericana y su apoyo tácito al nuevo nacionalismo de Gamal Abdel Nasser –líder de Egipto—marco en forma contundente (y bastante ignominiosa para los europeos) el fin del colonialismo clásico. Francia e Inglaterra tuvieron hasta entonces colonias en el mundo árabe e hicieron y deshicieron países de acuerdo con sus intereses estratégicos y económicos. Durante la crisis del Canal de Suez en 1956, el entonces presidente norteamericano Dwight Eisenhower retiró su apoyo a Francia e Inglaterra, que querían invadir Egipto como respuesta a la nacionalización del Canal. La desautorización norteamericana y su apoyo tácito al nuevo nacionalismo de Gamal Abdel Nasser –líder de Egipto—marco en forma contundente (y bastante ignominiosa para los europeos) el fin del colonialismo clásico. Francia e Inglaterra tuvieron hasta entonces colonias en el mundo árabe e hicieron y deshicieron países de acuerdo con sus intereses estratégicos y económicos. Los Estados Unidos, en parte por su tradición anti-colonial, impuso su voluntad de controlar el Oriente Medio de otra manera: a través de la diplomacia, de las alianzas militares, y de los intereses económicos (sobre todo energéticos), pero respetando la soberanía de los países de la región en su aspecto formal. Se acabo el colonialismo europeo y comenzó el imperio informal norteamericano, hegemónico y filantrópico (ayuda económica y alianzas de seguridad) ya que la potencia norteamericana surgió de la Segunda Guerra Mundial 300 veces mas rica que al comienzo de esa conflagración. Este hecho, bien aprovechado, le aseguró a los EE UU el dominio del mundo occidental y sus zonas de influencia por medio siglo.

En la actual reunión del G-8 en Irlanda del Norte el presidente Obama no logró aunar voluntades ni conseguir apoyo para ninguna de sus iniciativas de política exterior. El presidente ruso frenó bruscamente el deseo norteamericano de intervenir en la guerra civil Siria armando a los rebeldes. Los europeos expresaron su inquietud por el intento norteamericano de espiar las comunicaciones de ciudadanos europeos y criticaron a Washington por su política de desapariciones y ejecuciones extra-judiciales (de triste memoria en la Argentina). No tuvo mejor suerte el presidente norteamericano en su visita posterior a Berlín, donde otrora había recibido una recepción multitudinaria y entusiasta. El desgaste del poder y los compromisos a que se vió obligado en sus dos administraciones le restaron afecto. En suma, el mundo (Este y Oeste) está cobrando la cuenta de intervenciones desastrosas en Medio Oriente (Irak y Afganistán) y se ha percatado que el súper-poder norteamericano ya no es lo que era. La crisis financiera, el traspaso de la producción material a oriente, el surgimiento de nuevas potencias económicas, y la parálisis política interna en los EE UU, han minado su poder.

Así como el colonialismo Europa murió después de una larga agonía, el imperialismo norteamericano ha comenzado su propio calvario, al fin del cual le espera un mundo multi-polar, conflictivo, sin relevo en el dominio absoluto, y que enfrentará crisis continuas. No se han resuelto las cuestiones de fondo en este nuevo mundo, pero una cosa es cierta: ya nadie baila al compás de los deseos norteamericanos. Sic transit gloria mundi: ni consenso internacional ni hegemonía de una superpotencia; rebeliones y revoluciones en todas partes; guerras regionales; gran desigualdad y precariedad social; recursos concentrados y mal aplicados. El desorden cunde y el todopoderoso se hunde. Como decía Goethe en el campo de batalla de Valmy a las tropas europeas que pretendían sin éxito sofocar la revolución francesa: : “Señores, sólo una cosa es cierta: entramos en una nueva era en la historia de la humanidad.”

La historia, sin embargo, nos enseña que nada se repite y que mucho se puede aprender. La esperanza, como siempre, está menos en los lideres que en la movilización de la gente “común” en pos de una mayor equidad. Las movilizaciones en países emergentes “exitosos,” como ser Turquía y Brasil, se llaman a si mismas “movimientos de sentido común.” En Brasil, al menos, la presidenta ya los escucha.

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