La doble trampa. Democracia y geopolítica

Una democracia incipiente y otra decadente tienen algo en común: ambas se encuentran atrapadas frente a presiones sociales y económicas que pueden paralizarlas.  El efecto geopolítico es el descontrol de la política exterior de los estados.  Aumenta la probabilidad de conflictos bélicos entre potencias grandes y medianas.

En los Estados Unidos, el presidente Joe Biden esta convencido de que le ha tocado defender la democracia norteamericana en dos frentes –interno y externo—en forma simultanea.  En el frente externo se encuentra con el declino relativo de poder mundial de su país, que hasta hace poco era indiscutido.  El país ha perdido guerras y posiciones en los terrenos militar, económico, y de prestigio –el tan mentado “soft power.”  Al mismo tiempo han surgido nuevas potencias dispuestas a disputarle esos terrenos o a inmiscuirse en ellos luego de la retirada norteamericana.  En su mayoría esos desafíos son oportunistas, a cargo de potencias medias y autoritarias. Tres ejemplos: Rusia, Irán y Turquía.   

La excepción es China, cuyo poder demográfico, económico, tecnológico y militar ha asumido proporciones tales que hoy puede aspirar a ser la potencia mundial hegemónica –pero no todavía y siempre con gran dificultad. 

En los EEUU hay un consenso bi-partidista de que el desafío chino es existencial y que se parece al desafío de la antigua Unión Soviética en épocas de Guerra Fría.  A mi me parece que tal diagnostico es exagerado por varias razones de peso.  (1) El “imperio” chino es tributario y centrípeto y por lo tanto muy distinto del expansionismo económico y evangélico norteamericano de otrora y también del expansionismo ideológico y militar de la antigua URSS; (2) la interrelación económica, sobre todo de cadenas de  producción entre China y Occidente es demasiado densa como para intentar un corte radical de lazos; (3) el interés geopolítico fundamental de China es regional aun en su expresión mas agresiva (frente a Hong Kong y a Taiwan).  Tiende a homogeneizar regiones de la misma etnia y cultura, sin cruzadas ideológicas e intentos de ingeniería social (a diferencia del frustrado “nation-building” norteamericano en culturas y sociedades dispares). 

A pesar de todo esto, China se ha trasformado, para los Estados Unidos, en el enemigo principal.  En esto lo ayuda el comportamiento un tanto aventurero y autoritario de la dirigencia china actual.

En el frente interno, el gobierno de Biden trata sin mayor éxito de suturar las varias grietas que se han abierto en la sociedad, entre otras: mayor desigualdad, descreimiento del Estado, estancamiento de la movilidad social, rezago y reclamos de algunas minorías (racial, étnica, sexual, entre otras) y de una mayoría (las mujeres), una grieta generacional, y una grieta cultural muy grande entre diversos grupos que se movilizan en ascenso (movilización primaria o “progresista”) y otros que se resienten y resisten a perder privilegios (movilización secundaria o “reaccionaria”). 

Frente a estos reclamos variopintos de justicia social (algunos mas legítimos que otros), el gobierno trata de reconciliar la preocupación democrática (en particular el sostén a las instituciones públicas de la democracia republicana) y las preocupaciones sociales (muchas de ellas contrapuestas) de la población. [1]

Para luchar contra esa polarización cualquier gobierno está tentado de levantar un llamado a la conciencia nacional por encima de las facciones y partidos.  Lo pudo hacer Churchill en vísperas de la amenaza nazi-fascista.  Pero la “amenaza china” no es el mejor sustituto, ni Biden tiene el carisma y el prestigio de Churchill para lograr la unidad nacional. Su propio partido está dividido[2].

La mayor amenaza que acecha al gobierno es la subversión interna, lamentablemente encarnada en el partido republicano opositor, que se aparta del juego democrático y se muestra dispuesto a aventuras autoritarias y anti-democráticas, con el apoyo bastante nutrido de parte de la población.[3]

Las consecuencias geopolíticas son claras y poco halagüeñas: parálisis gubernamental interna que da un mal ejemplo de las virtudes de la democracia anglo-norteamericana a un mundo escéptico.  No se puede predicar lo que uno es incapaz de practicar.  Los EEUU han pasado, frente a la “opinión pública mundial”, de un efecto demostración positivo a uno negativo. 

Para salir del impasse, el gobierno se une a sus opositores en una postura belicosa frente al “enemigo principal”, rol asignado hoy a China.  Este consenso es tanto espurio (la oposición se obstina de todas maneras en deslegitimar al gobierno y llega al extremo a veces de intentar derrocarlo) como peligroso, y puede provocar una guerra cuyo desenlace es imprevisible.

Si de este lado de la trinchera geopolítica los Estados Unidos pecan tanto de una perversión como de un exceso de política (no existe una sola dimensión social o cultural que no haya sido politizada, como lo muestran las rencillas en torno a la salud pública y a la vacunación), del otro lado de la trinchera, China se encuentra cada vez mas sujeta a la férula intolerante del partido único, unicato que termina en la figura suprema de un nuevo “emperador,” dispuesto el también a enarbolar la bandera del nacionalismo belicoso frente al “acoso” norteamericano y por extensión, occidental. 

Con la obsesión de controlarlo todo, incluso a gran precio, el partido comunista chino considera todo juego político como desestabilizador, y pretende eliminar la política, tal como se conoce en occidente.  Este deseo es utópico.  El ser humano es ineluctablemente un animal político (como escribió Aristóteles, es un zoon politikon).  Al ahuyentar la política afuera del partido único y central, lo que se logra es trasladarla a su interior, bajo la forma de intrigas, golpes palaciegos, y purgas periódicas.  Ese estilo de política “anti-política” es disfuncional para la sociedad (el conflicto se hace subterráneo) y para la economía, en especial para el propio desarrollo económico capitalista que el partido promueve.[4]  Esta contradicción, que he desarrollado en un artículo anterior, puede ella también conducir a una “salida por escape” bajo la forma de un conflicto bélico exterior.[5]

En resumen, hoy la llamada nueva guerra fría es mas bien un camino de confrontación entre dos potencias que pretenden superar sus contradicciones internas por un salto al exterior. La relación entre conflictos o contradicciones internas llevan a confrontaciones externas, en un juego opuesto pero simétrico. Lo que empieza con gestos retóricos y exhibiciones teatrales (ejemplos: el arreglo de los EEUU con Australia para otorgarle submarinos nucleares, o el envío de 150 aviones de guerra por parte de la República Popular al espacio aéreo de Taiwán), sin un propósito de pelear “en serio” puede, sin embargo, terminar muy mal, por un accidente o error de cálculo, que lleven a una conflagración.  El panorama es parecido a la situación geopolítica previa a la Primera Guerra Mundial, donde las potencias caminaban como sonámbulos hacia un precipicio del que no tenían noción[6].


[1] El dilema del gobierno Biden hace recordar a las presiones cruzadas que enfrentaron a la incipiente democracia argentina bajo la presidencia de Raúl Alfonsín.  Estos entretelones son narrados de manera magistral por Juan Carlos Torre en su reciente libro: Diario de una temporada en el quinto piso, Buenos Aires: Edhasa, 2021. En el caso Biden se trata no de una democracia incipiente sino de una democracia decadente, pero la fragilidad es similar frente a tradiciones y tendencias autoritarias, algunas antiguas y otras novedosas.

[2] Para un buen análisis de esta coyuntura, ver el articulo de Elizabeth Drew: https://www.project-syndicate.org/commentary/biden-trap-legislative-agenda-electoral-risks-by-elizabeth-drew-2021-10

[3] Ver al respecto la opinión de Laura Reston: “Getting Trump Wrong,” The New York Times, 20 October 2021.

[4] En mi opinión, sólo una democratización interna del PC puede sacar a China de su contradicción.

[5] Ver la opinión de Thomas Friedman, Thomas L. Friedman China’s Bullying Is Becoming a Danger to the World and Itself”, The New York Times, octubre 19, 2021.

[6] Christopher Clark , The Sleepwalkers: How Europe Went to War in 1914, New York and London: Penguin Books 2013.

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