Inversión variable clave aunque no cualquier tipo de inversión

Suele señalarse que “la” inversión es una variable clave para impulsar y sostener “el” desarrollo económico. Sin embargo, no cualquier tipo de inversión impulsará cualquier tipo de desarrollo. Es imprescindible explicitar qué tipo de desarrollo se persigue (entre los diferentes que existen) para, luego sí, identificar cuáles inversiones son las que nos acercarán al tipo de desarrollo anhelado por la sociedad y cuáles, en cambio, podrían alejarnos o incluso atentar contra ese desarrollo.

Con demasiada frecuencia se aceptan afirmaciones económicas de poca veracidad. Esto suele ocurrir al referirnos a variables agregadas como, entre muchas otras, consumo, ahorro, inversión, exportación, importación. Se las plantea como si hubiese uno y no diferentes tipos de consumo, de ahorro, inversión, exportación, importación, etc. Lo crítico de todo esto es que cada diferente tipo de esas variables tiene diferentes impactos e implicaciones. Si no explicitásemos esas diferencias de impactos e implicaciones estaríamos ignorando (gravísima negligencia) o, peor, escamoteando (canallesca engañifa) lo que genera en la economía y en la política cada tipo de inversión.

Quienes estuviésemos comprometidos con una trayectoria direccionada hacia un desarrollo justo e inclusivo (por oposición al crecimiento concentrador que prevalece en casi todo el mundo) haríamos bien en promover inversiones que reforzasen esa trayectoria y no aquellas que atentasen en contra de ella.

De este modo, si la matriz productiva se hubiese estructurado de tal forma que generase recurrentes estrangulamientos de sector externo (escasez de divisas por incapacidad de generarlas al ritmo que crece su demanda por importaciones de insumos, pago de deuda externa, remisión de dividendos, atesoramiento), las inversiones en sectores intensivos en importaciones debieran estar balanceadas con otras inversiones generadoras de exportaciones con valor agregado.

Si la restricción viniera por el lado de una restringida oferta disponible de energía, entonces de manera semejante, no se podrían favorecer inversiones intensivas en el uso de energía sin, al mismo tiempo, mejorar con nuevas inversiones la oferta energética. Dado el diferente impacto ambiental de cada tipo de energía, tocará además escoger en todo lo posible fuentes energéticas renovables que no comprometan el ambiente.

Si las principales cadenas de valor estuviesen estructuradas como oligopolios en donde un puñado de empresas líderes logran apropiar buena parte del valor generado por el resto de quienes participan en esas cadenas, entonces no sirve al desarrollo justo e inclusivo que esas empresas líderes sigan expandiendo su alcance y dominación con mayores inversiones sin facilitar la capitalización de la entera cadena de valor.

Suele ser el caso de las cadenas alimentarias que incluyen pequeños productores, acopiadores, transportistas, procesadores y canales de venta al público dominados por grandes supermercados. Los precios que pagan los consumidores son varias veces superiores a los que reciben los productores (10, 20, 50 veces mayores). Si en el proceso de formación de precios, el supermercado o la agroindustria tuvieran tal preponderancia como para apropiarse de los mayores márgenes impidiendo con ello que los demás participantes de la cadena alimentaria puedan a su vez capitalizarse y crecer como conjunto, entonces inversiones de las empresas líderes llevarían a una mayor concentración del poder de imponer precios y condiciones comerciales. En cambio, si se hubiesen negociado precios justos y compensatorios para todos los integrantes de la cadena de valor de modo de no ahondar la concentración sino de reducirla significativamente, entonces las nuevas inversiones servirían al conjunto y no sólo al puñado de empresas líderes. Esto, por cierto, exigiría un importante ajuste de conductas que sólo puede asegurar un decidido accionar transformador del Estado. Ahora, si no se lograse que todos los participantes de la cadena de valor pudieran recibir una justa compensación por su esfuerzo productivo, las inversiones a promover debieran orientarse a establecer diferentes estructuras de comercialización o procesamiento.

En el caso de inversiones de grandes corporaciones internacionales, a los factores propios de cualquier inversión (generación y no extracción de valor, nuevos empleos, cumplimiento de normas laborales, ambientales e impositivas, impacto sobre el sector externo y el energético), habrá que agregar los de contribución tecnológica, inserción en nuevos mercados y uno no menor, la soberanía decisional. Es que las subsidiarias locales de corporaciones internacionales están obligadas a ajustarse a estrategias globales que fijan sus casas matrices. De ahí que sus decisiones de inversión, si bien consideran circunstancias locales, en última instancia se guían por el criterio de maximizar los resultados del conjunto corporativo con lo cual pueden no coincidir con necesidades e intereses nacionales.

Podríamos seguir con más y más ejemplos respecto a otros sectores y territorios. Sin embargo y más allá de la utilidad de reforzar el análisis presentando mayor número de tipos de inversión con sus impactos e implicaciones, lo que estas líneas procuran es desmitificar la creencia que toda inversión es positiva. Lo que verdaderamente importa es apreciar cómo incide cada inversión sobre la dinámica económica y política de cada fase del tipo de desarrollo que la sociedad persigue. En última instancia, a quienes favorecen y a quienes perjudican las nuevas inversiones. Sirven acaso para avanzar hacia una sociedad más justa y sustentable o, por el contrario, contribuyen a reforzar la concentración que consagra unos pocos privilegiados y enormes mayorías postergadas.

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