La reciente elección presidencial en los Estados Unidos ha dado lugar no sólo a un cambio de gobierno sino a un cambio de régimen. Podemos caracterizarlo como una especie de autoritarismo moderado por la chapucería. Esta nota analiza algunas de las contradicciones internas del régimen de Trump y sus repercusiones en la esfera geopolítica. Aumentarán las tensiones en todo el globo y se acelerará la decadencia del imperio norteamericano.
La sorpresiva elección de un nuevo presidente de los Estados Unidos (sorpresiva para todos, incluso el ganador), llama a hacer una reflexión tranquila, como decían los romanos sine ira et estudio (sin enojo ni pasión)[1] como si los hechos recientes nos fueran lejanos. Avivemos pues el seso, y despertemos contemplando cómo se perfilan dos escenarios relacionados pero distintos: política interior y política exterior.
El escenario interno de los Estados Unidos muestra una sociedad fraccionada en líneas de clase, de cultura, de raza, de etnia, y de ideologías, en ese orden. Esa serie de fracturas tiene también una expresión geográfica en la división entre estados azules y colorados: las dos costas contra el centro, y partes del norte contra casi todo el sur. La división geográfica es a su vez un eco lejano de la Guerra de Secesión.
La campaña electoral y la elección final son la expresión de tensiones acumuladas durante largos años, pero que se agudizaron después de la crisis económica del 2008. En el orden económico y social, una creciente desigualdad, combinada con un freno a la tradicional movilidad social, ha dejado a grandes sectores de la clases media y trabajadora con un fuerte sensación de marginalidad y resentimiento.
La recuperación económica después de la crisis financiera ha tenido frutos sólo para unos pocos. Como decía un conocido ministro de finanzas del Brasil hace mas de dos décadas “a la economía le va bien; al pueblo no.” La marginalidad y el resentimiento, en particular en el centro del país, sede de viejas industrias superadas y externalizadas por las dos fauces de una pinza –automatización y globalización– tiene como expresión política un movimiento popular-nacionalista, que exige un retorno a un pasado mas próspero y homogéneo que el presente. Este movimiento social ha dado por tierra la estructura de poder de los dos grandes partidos –demócrata y republicano—y ha elevado a la presidencia a un personaje fuera del sistema político tradicional. En el lenguaje del sociólogo italiano Francesco Alberoni, el movimiento ha superado a los partidos, y está por verse si ha superado también a las instituciones.[2] En esta elección casi la mitad de los votantes[3] voto no por un nuevo gobierno sino por un nuevo régimen.
La elección de Donald Trump a la presidencia representa el intento de reintegración autoritaria de un país fraccionado. Es en suma una revolución por derecha. Desde un punto de vista histórico y comparado, casi todos los regímenes de este tipo que he estudiado, después de una euforia inicial, sucumben a una combinación de contradicciones internas y/o a un desastre en política exterior.[4] En el caso norteamericano este dato es motivo de seria preocupación, ya que se trata de la primera (hasta ahora) potencia mundial. En las líneas que siguen pasaré revista a las principales contradicciones internas del proceso político norteamericano después de la elección presidencial para luego pasar a una apreciación tanto de las oportunidades como de los riesgos geopolíticos que una administración norteamericana tan autoritaria como improvisada puede desencadenar.
La primera contradicción interna al nuevo régimen reside en el hecho de que se trata de un gobierno republicano con un jefe externo y extraño al partido que el mismo ayudó a dividir. Su gabinete será una amalgama incoherente de distintas facciones, cada una deseosa de obtener una cuota de poder, es decir, una satisfacción sectorial. El nuevo presidente pasará mucho tiempo en dirimir disputas entre estas facciones. El único denominador común es el deseo de demoler alguna estructura institucional o política pública odiada. Habrá mucho daño y poca construcción.
En algunos círculos liberales, apabullados por su inesperada derrota, circulan analogías y paralelos con otros regímenes de derecha (léase fascistas) en el siglo veinte. Tales analogías no ayudan a entender la situación. Los regímenes a los que a veces se paragona el amanecer del gobierno Trump llegaron al poder en circunstancias mucho mas extremas (Gran Depresión, hiperinflación, desmovilización después de una guerra perdida, humillación nacional, etc.), con instituciones menos sólidas que las norteamericanas de hoy, y con un aparato de violencia bien organizado. Fueron autoritarismos sin freno que terminaron por encuadrar el apoyo inicial de las masas en un sistema de coordinación totalitario. No existe en el régimen de Trump ni la voluntad ni la capacidad de organizar algo parecido al Gleichschaltung alemán.[5] . Mas que al Tercer Reich, el régimen de Trump se asemejará al decadente imperio austríaco antes de la Primera Guerra Mundial, caricaturizado en la expresión Autoritarismus gemildert durch Schlumperei (un autoritarismo moderado por la chapucería).
Haré una revista rápida de algunas medidas que ya se perfilan en el horizonte del régimen Trump. Algunas se refieren a promesas hechas en la campaña electoral que resultan insoslayables si Trump ha de mantener apoyo político y social. La primera es el repudio del programa de salud pública establecido por Obama en 2010 (el llamado Obama Care), y que ha sido hasta ahora la bête noire de los republicanos en el Congreso. La hora ha llegado de cumplir con esta promesa demoledora. El problema que ha de enfrentar no es sólo una oposición cerrada por parte de los demócratas en el Senado, sino la existencia de una trama de intereses creados en los seis años que han transcurridos desde la sanción de esa ley. Arriesgo aquí una predicción.
El desarme de la actual política de salud pública conocerá tres fases, a saber: una primera fase espectacular y demagógica que sin embargo se quedará corta en su aspiración a un repudio total. Consistirá en cambio en medidas presupuestarias (llamadas de “reconciliación del presupuesto”) que pueden pasar con simple mayoría en las cámaras y que consisten en cortar impuestos y partidas de gastos destinados a la salud pública. Esta primera fase podemos denominarla de “demolición puntual y parcial.” Con estas medidas se cortarán subsidios que hoy reciben los mas necesitados y se eliminará la obligación de asegurarse para los ciudadanos (mas pudientes) que gozan de buena salud y no quieren asegurarse por el momento. Se mantendrá en efecto la obligación, por parte de las compañías de seguros, de asegurar a aquellos con enfermedades crónicas previas, porque eliminar este logro seria demasiado impopular. Pero el efecto conjunto de estas medidas será un gran aumento del precio de las pólizas de seguros, lo que a su vez es un incentivo para que un grupo aun mayor de “sanos” postergue su aseguración. De esta manera, los republicanos colocarán a la salud pública en una espiral mortífera.
A la larga no habrá mercado de salud para muchos. Serán unos 21 millones de personas de pocos recursos sin seguro de salud. Las medidas republicanas recortarán al mismo tiempo el programa público de seguro para los mas pobres, llamado Medicaid. En suma, se trata de un programa cruel de guerra no contra la pobreza sino contra los pobres.
La segunda fase del programa consiste en des-regular a las grandes compañías de seguros. Con una mayor libertad de acción, estas diseñarán planes que serán atractivos sólo para los ricos.
La tercera y última fase –mas extendida en el tiempo (le doy un plazo de tres años) se caracterizará por un desorden administrativo, menos beneficios para un gran sector de la población, y una deterioro en la salud de sectores populares. Es la fase de “visibilidad” de la regresión social provocada por el régimen de Trump, y puede volverse contra su régimen. Me atrevo a llamar a estas tres fases de la manera siguiente: (1) Fanfarroneada pública con demolición parcial de medidas vigentes de protección social; (2) desregulación a favor de las compañías de seguros, y (3) mayor desigualdad y deterioro de salud en la población de bajos recursos.
El panorama de salud pública en los EEUU es malo, y se volverá peor. Para muestra basta un botón: recientemente recibí un e-mail de una amiga canadiense que regresaba de Europa y estaba visitando amigos en Massachusetts antes de regresar al Canadá. Escribe: “Taking the bus, from my friend’s place back to Boston, I was struck by how really poor and miserable so much of the population (on bus and subway) look compared to Europe….SO fat, such awful teeth, exhausted faces. A population NOT in good shape! And yet, on the other hand, so much of the Mass countryside near my friend so unspoiled and beautiful…” [Tomé el ómnibus que me llevó de la casa de mi amiga en el campo a la ciudad de Boston y observé cómo, en comparación con Europa, la gente que se ve en el ómnibus o en el subterráneo es mas pobre y miserable que los europeos … muy obesos, con dentaduras arruinadas y rostros exhaustos. Es gente en mal estado de salud. Y al mismo tiempo pude admirar el campo en Massachusetts con casas pulcras y hermosas…] Es una descripción precisa de la desigualdad social y la miseria humana manifiestas en los EEUU de hoy. La desigualdad y la miseria aumentarán con la nueva administración.
En las zonas del Oeste Medio y del Nordeste mas impactadas por la desindustrialización, la población sin trabajo ni esperanza se volcó masivamente a favor de Trump, en especial los ex trabajadores blancos sin educación superior y de edad relativamente avanzada. Frente a una relativa apatía de los votantes tradicionalmente demócratas (que no lograron entusiasmarse para nada con la Sra. Clinton) este sector social (caracterizado por la depresión psicológica, la droga-adicción e índices alarmantes de mala salud y de suicidio) dio el empuje final que llevó a Donald Trump a la presidencia en el presente sistema electoral que favorece a su sobre-representación. Fue un verdadero manotón de ahogados. Curiosa inversión: la vanguardia electoral del régimen de Trump es la retaguardia social del sistema económico globalizado.[6] Expresar la desesperación con un voto es una cosa; conseguir la reinserción social es otra muy distinta.
En política económica es de esperar (como con otros gobiernos republicanos anteriores) un gran “piedra libre” al sector financiero (traicionando la promesa de controlar a Wall Street). El nuevo secretario del Tesoro es un fiel vástago dinástico de Goldman Sachs (segunda generación).
La única novedad sería el lanzamiento de algunas importantes obras de infraestructura, iniciativa que podría tener el apoyo del partido demócrata.[7] Pero el gobierno tratará de dejar esta iniciativa en manos privadas, a través de estímulos fiscales y subsidios, y no a través del gasto público.
Tengamos en cuenta que la nueva administración será un verdadero festín para los lobbies de todo tipo, en especial de la industria farmacéutica, de la construcción, de los bancos, de las compañías de seguros, de intereses inmobiliarios, de ciertos medios de comunicación y entretenimiento, y hasta de algún que otro sector de Hollywood. Mas que “vaciar el pantano” de Washington, como prometió Trump, este pantanal permeará su administración. Y esto sin tomar en cuenta la inercia del inmenso aparato burocrático del estado. Juntos frenarán toda tentación “revolucionaria” de la derecha extrema.
El tema mas difícil será el comercio exterior ya que Trump ha mostrado una fuerte preferencia por el mercantilismo y en contra del libre comercio, en especial de los tratados multilaterales. Si esta tendencia se afirma, junto con tendencias proteccionistas similares en Europa, el crecimiento global se verá frenado y el proteccionismo tendrá, ahora como en el pasado, consecuencias negativas para el modelo económico actual. Me atrevo a pronosticar que éste será el tema central en la próxima cúspide de Davos.
La pregunta clave es ¿se producirá un verdadero retroceso del modelo actual de globalización? ¿Qué esquema lo reemplazará, y con qué resultados? Por el momento “los mercados” parecen reaccionar con una euforia similar a la que recibió la elección de Ronald Reagan en 1982. ¿Durará esta euforia o será reemplazada por la incertidumbre y la angustia en los círculos de la angurria? A corto plazo será la fiesta en los sectores sociales privilegiados, algo así como ponerse el smoking y el vestido largo para un paseo en Ferrari por Madison Avenue y la Quinta Avenida. Pero ¡ojo! ajustarse el cinturón de seguridad porque hay muchos baches en la calle. ¿Cuánto durará la fiesta de la riqueza y la insolencia, moneda cuyo revés es la decadencia?
En materia inmigratoria habrá mas deportaciones de trabajadores indocumentados, sin llegar al extremo de la “limpieza étnica” prometida por el candidato Trump. Habrán otros controles y cortapisas en la inmigración, con consecuencias negativas en la calidad del capital humano y en la productividad. De todas maneras, la política anti-inmigratoria será un grave error económico y social, pero con apoyo popular en los estratos mas reaccionarios de la base electoral republicana.
La lista de contradicciones internas del gobierno que se inaugura es mucho mas larga. No es mi propósito en esta nota hacer de ellas un inventario exhaustivo. Lo que me interesa en este ensayo es sopesar el impacto geopolítico de este cambio de régimen norteamericano.
¿Cuáles serán las consecuencias geopolíticas de la convulsión interna en los Estados Unidos?
Primero, la elección de Trump reforzará a todos los nacionalismos europeos (algunos de ellos de corte netamente fascista). Estos serán capaces de asestar el golpe de gracia a la tambaleante Unión Europea.
Segundo, el desinterés del nuevo régimen norteamericano por la OTAN –un pilar fundamental del orden político internacional después de la Segunda Guerra—producirá un acomodamiento de los distintos países europeos, y en especial los del Este de Europa con Rusia.
Un error estratégico cometido por los Estados Unidos hace mas de 10 años dará su amargo fruto bajo el régimen de Trump: en vez de acomodar los intereses geopolíticos rusos con una iniciativa norteamericana, ahora habrá un acercamiento entre el Este y el Oeste con prescindencia de los EEUU. Europa quedará dividida entre varios nacionalismos xenófobos dentro de estados débiles, que harán concesión tras concesión a una Rusia dictatorial y resurgente.
Tercero, en el pantanal del Medio Oriente, los Estados Unidos de Trump se acomodarán también en Siria e Iraq al libreto ruso, y tratarán en el mejor de los casos (aunque dudo que Trump tenga la astucia de un Maquiavelo) de pasar el fardo de la lucha contra el extremismo islámico a Putin. Al mismo tiempo, si los EEUU repudian unilateralmente el arreglo internacional existente con Irán, se producirá una rápida nuclearización de la región, con el consecuente peligro de una conflagración atómica regional.
Cuarto, la política de hostilidad con China en materia de comercio y de seguridad, y el rechazo a cualquier tratado multilateral con o sin participación de ese país, dejará el terreno libre para una mucho mayor hegemonía regional de la República Popular China en Asia Oriental. También en esta región es posible que el régimen de Trump produzca la nuclearización preventiva del Japón y de Corea del Sur, países que se sentirán desprotegidos frente a las bombas de Corea del Norte.
En suma, es probable que la “América Grande” de Trump provoque un dislocamiento del orden internacional, un retroceso de la globalización sin una buena alternativa, y el aumento exponencial del riesgo de guerra parcial y general.
Desde la disolución progresiva de la pax romana no creo que haya otro ejemplo contundente de un ocaso imperial que fuera al mismo tiempo ridículo en su expresión y peligroso para la civilización.
[1] Con esta frase que aparece en sus Anales, I.1, Publio Cornelio Tácito (senador romano 56-117 d.C.) se refería a cómo analizar el mandato de Augusto y Tiberio durante el imperio.
[2] Francesco Alberoni, Movimento e istituzione. Come nascono i partiti, le chiese, le nazioni e le civiltà, Milano: Feltrinelli, 1977.
[3] En el voto directo la Sra. Clinton obtuvo mayoría, pero no así en el Colegio Electoral, mecanismo de elección indirecta establecido por la Constitución.
[4] Ver al respecto el texto clásico de Barrington Moore, Jr. The Social Origins of Dictatorship and Democracy, Boston: Beacon Press, 1966. Para el caso de América Latina, refiero al lector a mi libro The Fitful Republic, Colorado: Westview Press, 1985.
[5] El fascismo alemán y en menor medida el italiano se caracterizaron por dar una importancia central y absoluta al Estado —a partir del cual se debe organizar toda actividad nacional bajo la dirección de un caudillo supremo y por proponer un nacionalismo visceral que lleva a conquistar otros pueblos. Los dirigentes locales y regionales y otros cargos no eran electos, sino nombrados, de acuerdo ‘principio de autoridad’ directamente por el dictador. El poder y autoridad emanaba del líder, no de la base. Los EEUU no han llegado a esta situación.
[6] Ver al respecto el revelador análisis estadístico del voto oscilante en el periódico The Economist, http://www.economist.com/news/united-states/21710265-local-health-outcomes-predict-trumpward-swings-illness-indicator
[7] En el mejor de los casos sería una copia pálida y anémica de los famosos “New Deals” (democráticos o autoritarios) del siglo veinte. Leer al respecto Wolfgang Schivelbush, Three New Deals: Reflections on Roosevelt’s America, Mussolini’s Italy, and Hitler’s Germany, 1933-1939, New York: Metropolitan Books, 2006.
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