Frente a la crisis, transformar sobre caliente

Toda crisis implica una oportunidad pero la oportunidad es una posibilidad no una certeza y, como tal, si no la aprovechamos la perdemos. La más valiosa aunque dolorosa oportunidad que trae consigo una crisis es la posibilidad de transformar para mejor lo que antes existía. Es en el curso de la emergencia, cuando las preocupaciones y el desconcierto nos absorben, que las opciones de re-estructuración comienzan a definirse. Más tarde, al enfriarse la lava, las nuevas relaciones entre actores, las nuevas modalidades de funcionamiento, los nuevos rumbos, se consolidan y resulta más difícil moldear la transformación. Transformar exige realizar una diversidad de trabajos; es un esfuerzo complejo y fascinante de interpretación de la realidad, de proyectar el futuro, de hacer converger intereses, de movilizar voluntades y de organizar la acción. Es cierto que toda crisis implica una oportunidad pero la oportunidad es una posibilidad no una certeza y, como tal, si no la aprovechamos la perdemos. La oportunidad no sale a buscarnos si nos refugiamos paralizados en el sótano hasta que la tormenta amaine. Por el contrario, habrá que salir a su encuentro en el transcurso de la crisis y trabajar para aprovecharla.

Hemos señalando en artícilos anteriores que si bien el mal funcionamiento del sistema financiero gatilló la presente crisis, otros factores críticos convergieron para generarla. En la mayoría de los casos toca ajustar lo que hacemos y cómo lo hacemos, no tan sólo reconstruir lo que existía. Es que la situación de crisis implica un drástico cambio de circunstancias, algunas evidentes como los costos y la extendida destrucción, y otras de más difícil lectura que se producen al reacomodarse placas profundas de la realidad. El cambio de circunstancias llama a revisar la trayectoria y a iniciar el proceso de construir una transformación. Es en esta coyuntura de dolor y de confusión que toca transformar rumbo y forma de funcionar(1).

El trabajo de construir una transformación

El desarrollo social, productivo, tecnológico, del comercio mundial, entre otros factores, impulsan constantemente transformaciones pero son decisiones sociales las que fijan el rumbo y moldean nuestra forma de funcionar a través del cambio de actitudes, políticas y regulaciones. Al estallar una crisis las primeras reacciones apuntan a evitar o mitigar impactos. El temor y la angustia frente a la incertidumbre oscurece el hecho que nuestra forma de reaccionar frente a la crisis sustenta lo que vendrá después del trauma.

La fuerza del tsunami económico desestructura de tal manera procesos y relaciones que abre espacios antes impensados para desarrollar nuevos rumbos. Es en el curso de la emergencia, cuando preocupaciones y el desconcierto nos absorben, que las opciones de re-estructuración comienzan a definirse. Más tarde, al enfriarse la lava, las nuevas relaciones entre actores, las nuevas modalidades de funcionamiento, los nuevos rumbos, se consolidan y resulta más difícil moldear la transformación. La más valiosa aunque dolorosa oportunidad que trae consigo una crisis es precisamente la posibilidad de transformar para mejor lo que antes existía.

¿Cómo trabajar en medio de una crisis para construir una transformación que posibilite aprovechar oportunidades?

Son varios los frentes de trabajo que toca enfrentar sobre caliente, entre otros el trabajo de interpretar la realidad, de proyectar el futuro, de hacer converger intereses, de movilizar voluntades y de organizar la acción. No se trata de una secuencia lineal sino de instancias que necesitan ser encaradas casi simultaneamente y cuyos efectos pueden y deben cruzarse constantemente para alimentar y mejorar sobre la marcha cada frente de trabajo con la información y resultados que surgen de los demás.

(a) El trabajo de interpretar la realidad.

Este es un espacio fundamental aunque en ocasiones poco valorado. Siempre existen varias posibles interpretaciones de una misma y única realidad en función del marco analítico que se utilice para observarla. Unos destacarán ciertos aspectos y reconocerán ciertas lógicas de funcionamiento societal, mientras que otros escogerán otras variables interpretativas y producirán explicaciones alternativas de la dinámica socioeconómica. Si bien pueden darse comunes denominadores vale tomar nota y asumir que existe una diversidad de miradas diagnósticas sobre un mismo proceso.

Hay quienes desconocen esa diversidad de interpretaciones y se creen poseedores de la única mirada correcta. Esto se presenta en regímenes autoritarios o fundamentalistas pero también en regímenes democráticos cuando ciertas perspectivas son respaldadas por poderosos intereses que manejan importantes medios de comunicación. En estos casos no pesa la calidad argumental, la rigurosidad analítica, la capacidad explicativa de cada interpretación sino los respaldos con que cada interpretación cuenta. Cuando las fuentes de respaldos están fuertemente concentradas crece el riesgo de deslizarse hacia una homogeinización del pensamiento, lo cual empobrece y angosta la capacidad de comprender lo que sucede así como de sustentar más efectivas propuestas de actuación.

En esa “jerarquización de credibilidades” se pierde el valioso aporte de analistas que no cuentan más que con su aguda apreciación de los procesos. Son enormes las diferencias de recursos y de facilidades para hacerse escuchar que existe entre equipos consagrados por los grandes medios y otros con mirada independiente.

En todo caso, el proceso de construir una efectiva transformación se sustenta en primera instancia en una acertada apreciación de lo que sucede a la luz del rumbo escogido. Esto implica escoger adecuadas variables interpretativas, apreciar la correlación de fuerzas, reconocer parámetros, ver sus posibles cambios en el mediano plazo y procesar con propiedad la información disponible.

Por ejemplo, para algunos la desigualdad y la pobreza son desbalances estructurales del sistema económico y una de las principales causas que generaron la presente crisis.

Otros en cambio, si bien no niegan la existencia de esos dramáticos desbalances, no los reconocen como lógicos resultados del rumbo y de la forma de funcionar prevalecientes y menos aún como una de las causas que condujeron a la crisis. Una y otra interpretación del mismo fenómeno conducirá a muy diferentes formas de proyectar el futuro, de hacer converger intereses, de movilizar voluntades y de organizar la acción.

(b) El trabajo de proyectar el futuro

Mirar el futuro es un poco proyectarlo para guiarnos en la tiniebla de lo nuevo. Según como lo imaginemos influiremos sobre nuestros cursos de acción. Es como si el futuro influyese sobre el presente.

Podemos proyectar el futuro siguiendo la línea de tendencia histórica, o introduciendo puntos de inflexión basados en cambios de circunstancias y en la voluntad societal de construir una transformación. En esta gama de opciones los extremos deterministas y voluntaristas son peligrosos por igual.

En la postura determinista el destino está prefigurado lo que tiene la doble implicación de preservar el status quo y desestimular la voluntad de cambiar. Es cierto que existen parámetros de contexto que es inevitable considerar porque imponen restricciones que condicionan la marcha; ignorarlos o no evaluarlos apropiadamente puede hacer fracasar nuestra mejor intención. Pero también es cierto que, aún dentro de esos parámetros (que por otra parte cambian con el tiempo), tenemos márgenes de acción para ejercer nuestro albedrío.

En la postura voluntarista sobrevaluamos nuestra capacidad de cambiar la realidad, no apreciando con propiedad los parámetros de contexto ni la correlación de fuerzas en las que nos toca operar. Errores de apreciación comprometen la transformación deseada y afectan negativamente a las fuerzas sociales que la promueven.

Construir una transformación implica generar una sucesión de puntos de inflexión en nuestra trayectoria como sociedad de modo de ir ajustando la marcha en dirección a una visión de futuro (utopía orientadora) que deja entrever otra realidad posible y deseable. Esa guía de largo plazo permite proyectar un mediano plazo alcanzable sustentado en un ajuste de rumbo sistémico y en un permanente esfuerzo por hacer más efectiva nuestra forma de funcionar.

Mejor rumbo y efectivo funcionamiento son los pilares fundamentales de cualquier transformación. Y, según acabamos de señalar, están sustentados en cómo interpretamos la realidad y proyectamos el futuro. Sin embargo, para materializar el proceso de construir una transformación es además imprescindible hacer converger intereses, movilizar voluntades y organizar la acción.

(c) El trabajo de hacer converger intereses

Una sociedad está cruzada por múltiples intereses que a veces se complementan y, otras veces, antagonizan entre sí. En la medida que más y más intereses converjan sobre una trayectoria, mayor será la energía social que se canalizará hacia la transformación en lugar de esterilizarse en pugnas entre antagonistas que tan sólo buscan hacer prevalecer intereses particulares.

Hay quienes conciben la dinámica entre intereses diversos como un proceso de suma cero. Esto es, que lo que gana uno, otro inevitablemente lo pierde, con lo cual la única forma de hacer valer mis intereses es doblegando los de los demás para ensanchar mi propio espacio de realización. Esto suele darse en mercados severamente imperfectos y con muy débiles instancias regulatorias, muy particularmente, en épocas de crisis o de fuerte retroceso económico En estas coyunturas, y hoy estamos atravesando una de las peores crisis globales de los últimos tiempos, los más fuertes y mejor informados procuran descargar sobre otros su cuotaparte de costos y de responsabilidades.

Sin embargo no es inevitable que así sea. Con liderazgo político y el empleo a fondo de las instancias regulatorias es posible encontrar fórmulas para alinear intereses, hacerlos converger sobre soluciones que permitan minimizar costos y compartir con justicia los eventuales resultados de una transformación. Es un trabajo difícil ya que no se opera con actores generosos sino con duros, aunque en última instancia siempre pragmáticos, intereses.

Si la alineación de intereses se plantea en un escenario estático, se reducen los márgenes de maniobra. En cambio, si se lograse situar los acuerdos de intereses en escenarios dinámicos, los espacios de convergencia se ensancharían considerablemente. Así y todo, hacer converger intereses es un trabajo arduo donde es necesario combinar firmeza con creatividad y habilidad. La convergencia de intereses no puede dejarse librada a una espontaneidad que pocas veces existe ya que, sin una mirada de conjunto y un liderazgo que trabaje para generar convergencia, cada interés particular tenderá a seguir un curso centrado en sí mismo. El trabajo de hacer converger intereses exige comprender los intereses en juego, reconocer límites, escoger buenas modalidades de aproximación, proveerse de herramientas de persuasión y producir soluciones donde las partes se favorezcan al compartir resultados (win-win).

Pero aún con una precisa interpretación de la realidad, con un consistente conjunto de proyecciones de mediano plazo, con un efectivo trabajo de alinear y hacer converger intereses, una transformación no llega a materializarse sin encarar otras dos criticas instancias: el trabajo de movilizar voluntades y el de organizar la acción.

(d) El trabajo de movilizar voluntades.

Movilizar voluntades implica saber inspirar y guiar a los diferentes actores que hacen parte de una sociedad. Requiere comprender motivaciones, conocer anhelos y temores; dominar una diversidad de lenguajes, idiosincracias e imaginarios, liderar integrando esfuerzos y generando sinergías, que no significa amontonar iniciativas sino articularlas constructivamente.

Se pueden movilizar voluntades en base al engaño aunque la dinámica resultante suele tener patas cortas. Con el tiempo inconsistencias y frustaciones van minando la voluntad de acompañar un proceso que se desfigura y no resuelve necesidades sentidas.

Líderes carismáticos generan entusiasmo facilitando el trabajo de movilización pero se necesita de un efectivo andamiaje político y de un buen proyecto de mediano plazo que exprese alineación de intereses para sostener la movilización. El trabajo de movilizar voluntades requiere permanencia y credibilidad; esfuerzos discontínuos minan su efectividad generando vacíos que son difíciles de recuperar. Para suscitar entusiasmo y plena participación habrá que calar hondo en aquellos valores y anhelos más sentidos por las comunidades.

(e) El trabajo de organizar la acción.

El trabajo de organizar la acción es muy diverso e involucra a todos los actores sociales, sector público, empresas y emprendedores, organizaciones de la sociedad civil, medios de comunicación, gremios y sindicatos, entre muchos otros. Requiere de planificación pero también de flexibilidad operativa para no impedir reaccionar con rápidos reflejos ante los permanentes e inesperados cambios de circunstancias. Esto implica tener que convivir con una permanente tensión entre controlar para que se haga lo que se acordó hacer y permitir sobre la marcha los cambios que la realidad exige. Si se resuelve bien esta tensión se gana en efectividad; sin embargo la contracara es el riesgo de posibilitar arbitrariedades y desvíos de recursos. No es fácil encontrar el justo balance ya que se trata de ejercer buen criterio solo que quienes deben ejercerlo son, a su vez, personas imperfectas con intereses, necesidades y emociones. Existe así una inevitable doble exigencia: asegurar cada vez mayor racionalidad y eficiencia en la gestión junto con la necesidad de escoger los más firmes y honestos directivos.

Hacer que las cosas sucedan no es tarea sencilla; hace referencia a realizar aquello que se considera necesario para generar y sostener una transformación pero, además y como se indicó, hacerlo con efectividad; es decir cumplir lo propuesto con los menores costos organizativos y financieros posibles o, invirtiendo la perspectiva, dado un cierto nivel de insumos organitavos y financieros, lograr el mayor impacto posible.

El trabajo de organizar y luego supervisar la acción nos enfrenta con temas duros como la corrupción, el desvío clientelista de recursos y energías, la negligencia de personas y organizaciones. Una pobre conducción, administración y control de la gestión puede esterilizar todo el esfuerzo de construir una transformación.

El trabajo de organizar la acción debe asignar un papel muy especial a la innovación, a renovar instituciones acorde con los tiempos, a proveerse de instrumentos cada vez más efectivos y ajustados a la realidad que se desea transformar. Cada fase histórica exige disponer de una nueva generación de instrumentos. Por ejemplo, si abatir la desigualdad y la pobreza es un propósito central de la transformación (no un programa marginal) entonces habrá que dar paso a nuevas estrategias, políticas e instrumentos, incluyendo (i) realinear en favor de la base de la pirámide social la politica macroeconómica (fiscal, gasto público, monetaria), (ii) movilizar en cursos de acción inclusivos a las empresas líderes de cadenas productivas de modo que ejerzan plenamente su responsabilidad mesoeconómica, (iii) desarrollar una batería de acciones en apoyo directo a la base de la pirámide socioeconómica enfatizando la formación de capital y la modernización de la gestión de micro, pequeñas y medianas empresas. Para viabilizar esto último los instrumentos tradicionales deben complementarse con otros de nuevo cuño adaptados a las circunstancias locales, como es el caso de las desarrolladoras de negocios inclusivos, las redes de inversores ángeles social y ambientalmente responsables y los pequeños fondos locales de apoyo a la inversión productiva. No escasea talento ni voluntad de trabajo en nuestros países del Sur pero son pobres los sistemas de apoyo para facilitar que nuestras mayorías puedan emerger y realizar todo su potencial.

Vale cerrar estas líneas insistiendo que una transformación no es algo mágico. Si bien hay espacios para el carisma, los ideales, la voluntad, el compromiso, la determinación, los anhelos de cada quien, todos factores que pesan fuerte, una transformación implica realizar una diversidad de trabajos. Es un esfuerzo fascinante de interpretación de la realidad, de proyectar el futuro, de hacer converger intereses, de movilizar voluntades y de organizar la acción. De ahí que digamos que la transformación no se sueña ni se aguarda, se la construye.

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Notas:
(1) Ver artículos sobre la crisis de números anteriores de Opinión Sur en los e-books [Crisis internacional: ajustar el rumbo y mejorar el funcionamiento sistémico.->https://opinionsur.org.ar/wp/crisis-internacional-ajustar-el-rumbo-y-mejorar-el-funcionamiento-sistemico/ y [La tormenta del siglo: la crisis económica y sus consecuencias->https://opinionsur.org.ar/wp/la-tormenta-del-siglo-la-crisis-economica-y-sus-consecuencias/

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