Cara y Cruz de la Crisis

(Wei ji). En el idioma chino, la palabra significa, por su primer carácter “crisis” y por su segundo “momento oportuno o crucial”. ¿Qué oportunidades presenta la actual crisis económica mundial? ¿Qué tipo de soluciones se perfilan en el futuro inmediato y mediato? ¿Bajo qué manto y qué pretextos surgirán las soluciones? Adelanto una respuesta provisoria: de esta crisis no surgirá un nuevo “modelo” económico y social sino una nueva sinergia de sectores.
Igual que una moneda, la crisis planetaria que nos afecta tiene dos caras. “Cruz” es la faz donde se lee el valor de la pieza –en este caso se trata de todos números negativos: ocupación, actividad económica, beneficios, ahorro, valores bursátiles, crédito disponible, precio de las exportaciones, etc. La otra faz de la moneda –la verdadera “cara”—es una efigie, rostro o figura. Aquí bien puede verse un rostro serio pero esperanzado. Esta doble faz no es una novedad; por el contrario, se trata de una viejísima convención numismática. Pensemos pues en los antecedentes de otras crisis.

La gran depresión de los años treinta (originada ella también en los Estados Unidos) fue no sólo un periodo de sufrimiento y desocupación; fue una de las épocas mas fértiles en materia de innovación social. Como respuesta a la crisis económica y social de aquella década, se levantó una oleada de programas novedosos. Muchos de ellos se transformaron en sólidas instituciones que nos protegen hasta hoy en día. La Seguridad Social (el programa nacional de jubilaciones de los Estados Unidos), la Comisión de Intercambio y Valores Bursátiles (SEC), y la Corporación Federal Aseguradora de los Depósitos Bancarios, (FDIC) son organismos de defensa social destinados a proteger los ahorros, las transacciones y la tercer edad, es decir vejez de las personas. Fueron instituidos para que no se repitiesen los efectos catastróficos de un crack bursátil seguido de una espiral deflacionaria. Sin ellos, los depósitos bancarios de los principales países estarían hoy bloqueados o perdidos, la desocupación llegaría al 25% de la fuerza de trabajo, y los jubilados se quedarían sin techo, sin comida y sin atención médica. En otras palabras, la situación mundial del 2008-9 se parecería a la situación argentina del 2001-2. Otros programas de la época de la gran crisis del 30, como la Administración de Obras Publicas (WPA) y la Administración de Recuperación Nacional (NRA), fueron dados de baja no bien la economía estadounidense comenzó a recuperarse.

En otro artículo venidero me ocuparé del programa de obras públicas norteamericano de mayor envergadura –aquél que hizo salir a esa economía de su depresión en forma definitiva. Me refiero a la movilización de la producción industrial masiva durante la Segunda Guerra Mundial. Sería absurdo y perverso recomendar una repetición del casus belli en el siglo XXI, y por suerte, el modelo de producción post-industrial y la globalización de las economías frenan la posibilidad de semejante movilización. Pero no debemos olvidar que fue la guerra la que literalmente destruyó el excedente no realizable, eliminó la capacidad ociosa de la industria, creó plena ocupación de la fuerza de trabajo, e hizo que los Estados Unidos emergieran del conflicto 300 veces mas ricos que al comienzo, lo que aseguró su hegemonía mundial por mas de cincuenta años. La experiencia es irrepetible, y es bueno que lo sea. Pero muchos de los programas sociales de los años venideros se pondrán en movimiento bajo el manto de la “seguridad global” frente a catástrofes naturales y a la violencia desorganizada con focos locales pero con ramificaciones planetarias. Este argumento es un anticipo de las tesis que estoy desarrollando en un libro sobre el futuro de las guerras.

La opinión actual entre economistas (con todas las reservas del caso, ya que el poder de predicción de esos señores es igual al de mi finada tía Emilia, que usaba hojas de te) es que la economía global no ha de hundirse tanto como la de los años treinta. Sin embargo, el colapso del sistema financiero y crediticio es tan real ahora como entonces. Las repercusiones, que recién se hacen sentir, van a ser dramáticas. Algunos de los efectos inmediatos son obvios y visibles: pérdida de fuentes de trabajo, miles de familias expulsadas de sus hogares por no poder pagar las cuotas hipotecarias, y un sinnúmero de ancianos con ingresos fijos obligados a comer poco o a volver a trabajar, ya que sus aportes privados a cajas jubilatorias se han evaporado, por estar invertidos en valores bursátiles.

Los efectos de largo alcance de la crisis son menos visibles, pero tal vez mas importantes: habrá una nacionalización por lo menos parcial del sector bancario, una mayor regulación de los flujos de capitales, sobre todo de los flujos financieros, un mayor control público de la economía, y un gran aumento en la demanda de servicios sociales, como contrapartida de la caída a pique de la demanda de bienes y servicios privados y transables. Habrá mayor demanda de los servicios del llamado “tercer sector” –organizaciones sin fines de lucro, que van desde las fundaciones privadas, a las iglesias y las ONG. Pero al igual que en el sector empresarial y privado, aquí también se producirá una gran consolidación, concertación y tal vez concentración de recursos, dada la escasez de medios.

Como he señalado en un artículo anterior, ya se ha visto a gobiernos que hasta hace pocos meses comulgaban en el templo neo-liberal y veían en la intervención estatal un mal a conjurar, tomar medidas que en otras épocas se calificaban de estatistas y hasta socialistas. En los Estados Unidos, nada menos que la administración del presidente George W. Bush, enteramente comprometida con la doctrina neo-liberal tuvo que dejar de lado sus creencias en el mercado libre y en la ausencia de regulación, hizo un giro de 180 grados e intervino profunda y extensamente en los mercados y en la economía en general. Distribuyó paquetes de rescate financiero a bancos, compañías de seguros y otras instituciones financieras, y además añadió cláusulas de condicionalidad de corte “nacional y popular” como ser un tope a la compensación de los ejecutivos.

A nivel provincial y local, los gobiernos de los estados también tomaron medidas inusuales en los EE UU. En la ciudad de Chicago, el comisario del condado de Cook dio órdenes a sus subordinados de no expulsar de sus casas a familias morosas en el pago de sus hipotecas. ¡De la noche a la mañana Chicago se volvió una ciudad “justicialista”! Lo que nadie sabe es si estas medidas compensatorias lograrán frenar la caída de la actividad económica (hasta ahora las autoridades están “tocando de oído”).

Entramos en una época de miedo e incertidumbre, pero también en una época de oportunidades. Es en medio de una gran crisis cuando la gente busca soluciones novedosas, ideas nuevas acerca de cómo organizar, administrar, y gobernar la sociedad y sus instituciones. Para Opinión Sur, se abre una oportunidad inmensa de explorar métodos de innovación social. Es la parte buena de la lección que debemos sacar de las gran depresión de los años treinta.

El público en muchísimos países ya está cuestionando cuál es el papel correcto del gobierno, la responsabilidad del sector empresarial, y la misión que corresponde al sector civil no gubernamental. Llegó el momento de preguntarse, a nivel colectivo, ¿cual es nuestra definición del “éxito” económico?, ¿por qué se supuso entre muchos que la reglamentación pública de la actividad económica era “mala” porque afectaba a la libertad de empresa? ¿Libertad para hacer qué? ¿Puede acaso el mercado, librado a sus propios criterios, asegurar el bienestar social, sobre todo en materia de salud y de educación?

Las repuestas que se den a estos interrogantes no significan necesariamente que debamos marchar hacia un súper “New Deal” (modelado según las políticas públicas de la presidencia de F.D. Roosevelt desde 1932 hasta 1945). La experiencia de los últimos 50 años ha demostrado que la responsabilidad por solucionar los problemas sociales no cae única y exclusivamente en el sector público. Pero los acontecimientos de este último año también demuestran que el sector privado no tiene todas las respuestas tampoco.
Frente a nosotros se abre un periodo de experimentación concertada entre tres sectores de la sociedad: el sector privado, el estado, y el sector no gubernamental. Cada uno de ellos sabe hacer bien ciertas cosas, pero no todas. Determinar cuáles son, y sobre todo, cómo se combinan, será tarea de todos de hoy en mas. La solución de la crisis no está en soluciones unidimensionales y monolíticas, sino en una estrategia nueva, a la que daremos nombre: sinergia.

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