AVANCES Y RETROCESOS EN GEOPOLITICA

PRIMERA PARTE

De los cuatro centros de poder mundial, el ruso simula mostrarse como una potencia compacta, renovada y agresiva.  En realidad es un sistema rígido e inestable, que en política exterior apuesta más al desorden que al orden internacional.

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En artículos anteriores he identificado los cuatro centros principales de poder en el panorama geopolítico de la primera mitad del siglo 21, a saber: Los Estados Unidos, China, Europa, y Rusia.  Estas cuatro regiones poseen las precondiciones genéricas para generar grandes potencias.  Son condiciones necesarias pero no suficientes. En los artículos que siguen haré un análisis escueto de cada uno de ellos en sendas entregas mensuales, con especial atención a los que considero puntos fuertes y puntos débiles de cada uno. De esos análisis trataré de extraer las consecuencias estratégicas y su impacto sobre otros países y regiones del planeta.  Los presento en orden de menor a mayor en términos de poderío e influencia.   

El Caso Ruso

Comienzo mi análisis de manera muy porteña, equiparando al conde ruso León Tolstoi con el compositor argentino Enrique Cadícamo.  El primero escribió en su novela Anna Karenina que todas las familias felices se parecen, pero que las infelices tienen cada una su forma distinta de enfrentarse a la desdicha.  Por su parte el compositor, sin saberlo, segundó al novelista.  En su tango Los Mareados compuso este verso: “cada cual tiene sus penas, y nosotros las tenemos.”  En otras palabras, se trata de la comunidad de destino en un desafío y de la diferencia en su resolución.

¿Cuál es el problema y desafío principal de una potencia mundial?  Yo diría que es mantener su unidad a través del tiempo y a pesar de sus rivales., defendiendo sus fronteras, ya sean continuas (potencia continental) o puntuales y dispersas (potencia marítima).  Pero cada potencia tiene una forma peculiar de mantenerse con su propio modelo socio-económico y su propia fórmula política. El modelo y la fórmula cambian con más frecuencia que la cultura y la civilización subyacentes a cada potencia. Veamos una de esas trayectorias.

Allá lejos y hace tiempo, Rusia era el centro de un imperio poderoso: la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas.  Era el segundo poder mundial, no sólo en los ámbitos industrial y bélico, sino también como alternativa ideológica al capitalismo imperialista y liberal de occidente[1].  Este último consideraba a la URSS como una civilización contrapuesta que estaba en expansión sobre el mundo en desarrollo y sobre parte del desarrollado. A esa rivalidad bipolar la llamaban Guerra Fría. 

La Guerra Fría duró 45 años y terminó en 1991 con el colapso de la Unión Soviética.  No fue derrota externa sino derrumbe interno: una desintegración desde arriba hacia abajo de todo el edificio social con grietas yuxtapuestas: descreimiento ideológico, esclerosis de un liderazgo vetusto, incapacidad gerencial, y quiebra financiera.[2]  El derrumbe de esa potencia sorprendió por su extensión y rapidez. Trajo como consecuencia un gran retroceso del poder industrial (revertiendo cinco décadas de industrialización forzada y monumental), la fragmentación territorial, el declino demográfico (la Unión Soviética tenía el doble de población que la Rusia actual), el desprestigio ideológico y la fuga de material y de cerebros.  El poder militar que había acumulado no supo compensar la quiebra económica y social. 

La caída espectacular del sistema soviético[3] dio lugar a la ilusión –difundida en occidente– de la superioridad inalcanzable del capitalismo neo-liberal y su corolario estratégico: ignorar y marginalizar a una Rusia desvencijada y avanzar económica y militarmente sobre los fragmentos de su imperio.  Sin embargo, tal ilusión ignoraba una verdad geopolítica fundamental: el potencial de recomposición que tiene un país con un enorme territorio, sus vastos recursos naturales, una respetable infraestructura industrial, y un gran capital humano y cultural, sobre todo en el campo científico.  El derrumbe de un modelo no implica insignificancia de poder.  Al contrario, la crisis suele estimular el nacimiento de un nuevo tipo de poder e influencia, es decir, una reintegración del sistema social bajo un modelo socio-económico y una fórmula política diferentes.  Conviene por lo tanto estudiar las características del modelo sucesor al soviético, para sacar conclusiones más realistas y sobrias en materia de estrategia.

Al igual que otros centros de poder en la formación de los estados, la historia rusa osciló entre la unidad y la dispersión.  Para ponerlo en términos del lema inicial de los Estados Unidos de Norteamérica (en el sello numismático de 1782): una oscilación entre “E pluribus unum” y “Ex uno plures” –de muchos haremos uno, o de uno saldremos muchos. Cada potencia a su manera se enfrenta al dilema de ‘unitarios’ o ‘federales’.  A diferencia de los Estados Unidos, que supo darse una constitución federal y republicana, con alternancia en el poder y cierta participación electoral, la unión rusa fue siempre unitaria y autocrática.  Una y otra vez, bajo regímenes diferentes, el despotismo fue el mecanismo a través del que se logró la unificación territorial, social, y cultural[4].  El despotismo a su vez tuvo dos variantes: reformista o conservadora, occidental u oriental, abierta o cerrada, ilustrada o iletrada, Pedro el Grande o Iván el Terrible, San Petersburgo o Moscú, Trotsky o Stalin, Gorbachov o Putin, pero siempre despotismo. En épocas más recientes, el país pasó del fervor revolucionario e internacionalista a la dictadura nacionalista de Stalin, que después dio lugar al sistema neo-estalinista, rígido y burocrático, que a su vez llevó al colapso, y de la anarquía subsiguiente a la restauración del despotismo con Vladimir Putin.  El fuerte peso del estado sobre la economía y la sociedad, y el autoritarismo personalista como fórmula política han vuelto una y otra vez, creando un antecedente difícil de superar.  Es la gran continuidad que el historiador Braudel llamó la longue durée (larga duración) y los sociólogos llamamos path dependency (dependencia de la trayectoria), que es una metodología para analizar la inercia y las rigideces organizativas de una sociedad.

Al comienzo de su carrera política (1996) Vladimir Putin declaró en una entrevista televisada: “Por triste y terrible que parezca…creo que en nuestro país un retorno al pasado totalitario es posible. El peligro no proviene de los órganos de poder estatal tales como KGB, MVD, o el ejército. El peligro está en la mentalidad de nuestro pueblo, de nuestra nación, en nuestra mentalidad peculiar.  Todos pensamos lo mismo…y yo también a veces pienso igual: que si hubiese una mano firme que garantice el orden todos podríamos vivir en seguridad y comodidad… aunque a veces esa mano firme puede estrangularnos.”[5] A confesión de parte relevo de pruebas. 

La autocracia, o sea el personalismo autoritario, se enfrenta una y otra vez con un dilema: ¿cómo transferir el poder sin convulsión? Es un problema estructural de transición.  El consenso del sistema es precario porque está organizado en base al adoctrinamiento y la sumisión, sin válvula de escape.  El modelo democrático y republicano en cambio ofrece una válvula al establecer un marco institucional que acepta una oposición y tolera la alternancia en el poder (dentro de un consenso pre-establecido) con participación popular y electoral aunque acotada.  De esa forma ofrece una esperanza de mejora a la población y de superación de la arbitrariedad en el poder. La democracia occidental es más un proceso regulado que un régimen consolidado.  En los regímenes rivales, al no existir tal marco institucional de alternancia dentro del sistema, toda oposición es vista desde el poder como una amenaza existencial.  Una fórmula política basada en “todo o nada” desemboca en un cambio por sublevación.  Pero el problema fundamental no es la sublevación contra un despotismo de turno, sino su recomposición repetitiva, sin dar paso a otra fórmula de organización y legitimación.  El despotismo se repite una y otra vez como si fuera un holograma o como los personajes fantasmales e inmutables que aparecen cada noche en la isla imaginada por Adolfo Bioy Casares en la novela La invención de Morel. Es el ciclo descrito en forma caricatural pero magistral por George Orwell en su novela distópica Rebelión en la granja (1954).

La presidencia de Vladimir Putin, que es la edición más reciente del despotismo ruso, ha logrado integrar a la sociedad bajo una férula rígida desde el aparato de seguridad de donde él mismo surgió. Putin ha suprimido todo rasgo de división de poderes así como de alternancia democrática.  Ha intentado obtener consenso a través de la resurrección del nacionalismo y la religión.  El modelo económico, para ponerlo en términos escolásticos, es feudal: una serie de “familias” de oligarcas poderosos[6] cuyo origen no muy lejano estuvo en el control o robo directo de bienes públicos que antes pertenecieron a  la Unión Soviética, y en particular de los recursos naturales y energéticos. Una consecuencia grave es el desarrollo de una economía más rentista que productiva.[7]  Estas “familias” se disputan ganancias entre sí, teniendo como árbitro supremo al propio presidente –capo di tutti i capi. [8] En la cúspide, el contrato social es el siguiente: una relativa libertad de acumular bienes a cambio de no pretender compartir el poder, con obligación de otorgar una parte del botín al Estado, que está en manos de una camarilla.  La población en general no participa de las grandes decisiones y acepta la sumisión a cambio de un relativo bienestar material y de un determinado orgullo nacional, promovido por un efectivo control de los medios de información.

Pero es difícil ocultar tanto la corrupción en las élites como el avance en edad de la autocracia, que cada día que pasa se acerca más a dos problemas sempiternos: agotamiento del consenso y sucesión en el poder. Por un lado, el agotamiento del consenso se muestra en la frecuencia y magnitud de manifestaciones callejeras de protesta.  Pero éstas no encuentran eco ni entre las élites dominantes (integradas en una pirámide oligárquica de complicidades y corrupción) ni en instituciones autónomas prácticamente inexistentes, ni en la sociedad civil muy vigilada y perseguida.

Por otro lado, el tema sucesorio coloca al presidente frente a tres o cuatro opciones poco agradables, a saber: quedarse en su sitio como un rey o como un papa, hasta fallecer.  En ese caso, el antecedente de la muerte de Stalin no es muy halagüeño[9]. Daría lugar a un sistema colegiado poco dinámico y poco estable. Otra posibilidad es ceder el puesto a un delfín y ubicarse como un poder detrás del trono.  Esta perspectiva (ya probada) presenta el riesgo de marginación y eventual desplazamiento a favor de otro personaje fuerte[10]. Una tercera posibilidad sería encarar una reforma proto-democrática dentro de ciertos carriles –algo así como una versión más hábil y exitosa de la perestroika de Gorbachov.  Para esta alternativa los obstáculos principales son el propio temperamento del presidente y la baja calidad cívica de sus aliados y probables sucesores.  Como suele suceder en estos casos, la mejor alternativa es la más distante de todas.

Si este diagnóstico es correcto, en materia de proyección externa –que es lo que cuenta en geopolítica—no es de esperar que surja en Rusia una estrategia clara y de largo alcance que le permita una ascendencia sostenida.  Sí es de esperar una serie de avances oportunistas aprovechando los errores o las dificultades de sus rivales, en particular de los Estados Unidos, y también de Europa.  Hoy Rusia apuesta más al desorden que al orden internacional.

Más a largo plazo y con respecto a Europa occidental una perspectiva estratégica rusa nueva y pro-europea podría ser muy interesante, siempre y cuando la dirigencia rusa que suceda a Putin logre tener la voluntad y la lucidez de diseñar un acercamiento en beneficio mutuo que refuerce tanto a rusos como a europeos, aumentando la capacidad de rivalizar más seriamente con los norteamericanos y los chinos.  Por el momento el régimen de Putin parece más inclinado a actuar de balancín entre China y Europa.  Ese juego me parece ilusorio, ya que China es capaz de saltar por sobre Rusia y ofrecer arreglos a los europeos para sacarlos de ciertos apuros, pero a un precio considerable y desagradable.  En cambio, otra perspectiva diferente, de una Europa más euroasiática y de una Rusia más europea, debería entusiasmar a alguien más que el que escribe estas líneas desde una percha meramente académica.


[1] Aqui hay una diferencia importante entre ser un imperio (Rusia, China) y tener un imperio (USA).

[2] Un análisis sociológico importante del modelo soviético en sus postrimerías es el de Victor Zaslavsky, The Neo-Stalinist State: Class, Ethnicity and Consensus in Soviet Society, New York: M.E. Sharpe 1982 and 1994.

[3] Fue una caída rápida y espectacular pero con muy poca violencia.

[4] Sobre la base cultural vale consultar Orlando Figes, El baile de Natacha: una historia cultural rusa , Buenos Aires: Edhasa, 2002.

[5] V. Putin, entrevista, LentaTV, 1996, http://www.youtube.com/watch?feature=player_embedded&v=DvAYV6-ZN01, citada en Karen Dawisha, op. cit., pp. 347-348.

[6] La homología estructural entre el feudalismo histórico y el moderno sistema de mafias se basa en los contratos de exacción y protección que diversos grupos violentos imponen a la población.   Es un sistema de crímenes organizados y oficializados en gran escala, con sucursales externas de lavado de dinero en los grandes centros financieros de occidente y en varios paraísos fiscales.

[7] Para muestra ofrezco este dato ilustrativo: entre los años 2000 y 2011 Rusia percibió U$1,6 trillones en ganancias petroleras.  Sin embargo el país fue incapaz de construir una sola carretera de varios carriles entre sus ciudades, y en especial una muy necesaria que conecte a Moscú con los territorios orientales.  En ese mismo período China construyó mas de 7.000 kilómetros anuales de carreteras modernas, capaces entre todos de dar dos veces la vuelta al mundo.

[8] Ver Karen Dawisha, Putin’s Kleptocracy, New York: Simon & Schuster, 2014, en especial el ultimo capítulo.

[9] La película titulada La muerte de Stalin que todos podemos ver en Netflix no es una simple fantasía. https://www.youtube.com/watch?v=iE8shTQpsBw

[10] El ejemplo más aleccionador está en México.  En ese país, al final del “maximato” de Plutarco Elías Calles ese jefe indiscutido eligió como sucesor supuestamente manejable a Lázaro Cárdenas, que lo desplazó y puso fin a su larga influencia (1928-1935).

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