Amistades traicioneras

Desafiar la hegemonía regional de una gran potencia emergente como si fuera una amenaza existencial global es mala estrategia.  Los EEUU deberían cambiar su postura frente a China o correrán el riesgo de otra guerra, esta vez nuclear.

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El nuevo arreglo

Un tratado de defensa mutua –en este caso, el arreglo trilateral entre EEUU, Australia, y el Reino Unido,  AUKUS—no es igual a, sino algo menos que, una alianza, sobre todo si se hace en secreto y a expensas de antiguas amistades.  De este arreglo reciente pareciera que salen airosos los tres firmantes, y desairados Francia (que tenía un arreglo previo ahora cancelado) y, por carambola, también la Unión Europea.  El secreto y la sorpresa con los que se selló el acuerdo provocaron una amarga decepción, y luego la ira, en varias capitales de Europa.  En Paris, el presidente ordenó retirar sus embajadores en Washington y en Canberra –un gesto antes reservado para países no alineados, para rivales, o para enemigos.  En vísperas de una elección presidencial, la ira de Paris viene también calculada para bruñir la imagen gaullista del presidente Macron. 

En juego hay varias cosas. Primero, una pérdida económica, ya que el contrato renegado entre Australia y Francia (por 12 submarinos convencionales de combustible diesel y de manufactura gala), representa para esta última una pérdida calculada entre 60.000 y 100.000 millones de dólares. Segundo, el modo francamente artero en el reemplazo de los submarinos convencionales franceses por submarinos nucleares anglo-sajones (con tecnología nuclear compartida entre los tres nuevos socios), ha averiado las relaciones entre Estados Unidos y Francia, y por ende con Europa, e indirectamente debilita a la OTAN. Tercero, se desplaza la prioridad estratégica (llamada pivoting en inglés)  norteamericana del Atlántico Norte al Pacifico occidental. 

Las supuestas ventajas

Los futuros submarinos nucleares que ha de adquirir Australia le permitirán tener una postura disuasiva que hoy no tiene frente al poder chino.  Por su lado, el Reino Unido recupera, aunque sea fugazmente, un protagonismo estratégico y un papel geopolítico global, que estaban diluidos antes del Brexit, es decir, de su salida del consenso europeo.  Es más, en el secreto y la premura de este acuerdo que involucra primordialmente a EEUU y Australia, es legítimo sospechar una vez mas la maniobra artera de una pérfida Albión.

Los costos y resultados

Entrar en estrecha sociedad con quien traiciona amigos no es una operación sin riesgos. ¿Qué garantiza que mi nuevo socio no me haga una jugada similar en el futuro?  Australia pasó ahora a la vanguardia del enfrentamiento entre China y los EEUU.  ¿Serán estos últimos aliados seguros de Australia o la considerarán en cambio como carne de cañón en un conflicto futuro? La nueva troika estratégica EEUU, Australia, y Reino Unido no es una alianza de iguales, sino una asociación entre un súper-poder en retroceso y dos poderes menores que se vuelven aun mas dependientes del primero.  Para peor, estos dos socios dependen de estrategias norteamericanas que se han mostrado con frecuencia erráticas y/o equivocadas.  Ese impasse estratégico es la única continuidad –y no muy sana– entre las cuatro últimas administraciones norteamericanas: Bush, Obama, Trump, y Biden. Se observa en este período tanto la improvisación como la torpeza.  Frente al desastroso resultado de las intervenciones en Medio Oriente, se nota un trazo de desesperación en la premura por encontrar un “enemigo mas normal” y una “guerra fría” en vez de una interminable guerra asimétrica. 

Es difícil evitar la desagradable sensación, que no ha de sorprender a un lector del sur hemisférico, a saber: el tratamiento actual de Europa por parte de los Estados Unidos se parece a su tratamiento histórico de los países latinoamericanos, algo impensable en la posguerra, eximida entonces del celo anticomunista ejercido sobre América Latina.  En aquellos años, en nuestro Hemisferio el discurso sobre libertad y democracia, y el respeto por los derechos humanos cedieron paso a la promoción de dictaduras sumisas y amigas.  Esta doble postura –respetuosa en Europa y despectiva en Latinoamérica—había empezado muy temprano, con la famosa frase de Franklin Delano Roosevelt sobre el dictador de Nicaragua, Anastasio Somoza: “Será un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta.”[1]

En el siglo 20, los Estados Unidos, siguiendo su anterior decimonónica doctrina Monroe, consideraron a Latinoamérica como una retaguardia estratégica, o un patio trasero.  En el siglo 21 podrían seguir esa tradición, pero de manera mas generosa.  Como contrapartida, deberían conceder similar condición al mar del sur de China como legítima retaguardia del resurgente Celeste Imperio, limitándose solamente a poner freno a un aventurerismo bélico en Taiwan, pero no a su eventual entrada en la órbita geopolítica de la que será la gran potencia en lo que resta del siglo.

El cambio necesario

Para que se cumpla este escenario, los EEUU deberían rectificar su visión estratégica, heredera de la última Guerra Fría y dejar de considerar a las surgentes potencias regionales (China e Irán en especial) como amenazas existenciales, tal como lo fue en su época la Unión Soviética.  El mundo multi-polar en el que estamos requiere un cambio de enfoque, mayor ductilidad, mejor acomodamiento, y la consecución de estrategias comunes frente al medio ambiente, a los desplazamientos demográficos, y a la justicia social global, que son caldos de cultivo de la desesperación y el terrorismo.

 En este sentido lamento constatar que los EEUU han tomado un camino equivocado, provocador y casi espasmódico.  El belicismo es mal consejero y una aplicación contraproducente del enorme poder acumulado.  Es posible que el insulto a Europa y sus probables consecuencias (acercamiento entre la Unión Europea tanto a Rusia como a China y apoyo sólo condicional a las iniciativas norteamericanas) le obliguen a recuperar el sentido y redefinir la postura estratégica. El poder norteamericano no tiene una gran amenaza externa, sino una amenaza interna de polarización y paranoia –su grieta– que hoy proyecta hacia fuera.

Pondré esta apreciación en lenguaje mas populachero. ¿Quién le pone el cascabel al gato de una gran potencia en su patio trasero? Con respecto a AUKUS y al Gran Juego estratégico de EEUU contra China, en un cambio de mano los socios menores se irán seguramente al mazo. Nadie en su sano juicio en Australia o Inglaterra arriesgaría la destrucción de su país en aras de una guerra entre China y los Estados Unidos por el control de Taiwán.  Un AUKUS en detrimento de la OTAN es una pésima jugada, basada en una percepción heredada pero obsoleta de la Guerra Fría.  Si los EEUU persisten en tal postura, arriesgarán una guerra atómica parcial de la que nadie saldrá bien parado. Esta advertencia no es una mera divagación mía.  La ofrece nada menos que el almirante norteamericano James Stavridis, ex comandante aliado supremo de la OTAN, en un reciente libro de geopolítica-ficción, con un escenario bélico que coloca en el año 2034.[2]

Para terminar en sintonía con la cultura popular, diría que entretanto y con la postura errada, detrás de la tonada del himno nacional americano (The Star Spangled Banner) se escuchan las estrofas de la pieza mas famosa en el repertorio del rock n’roll.  De los Rolling Stones:

I can’t get no satisfaction,

 I can’t get no satisfaction
‘Cause I try and I try and I try and I try…


[1] Cita original: “Somoza may be a son of a bitch, but he’s our son of a bitch.”

[2] Elliot Ackerman and Admiral James Stavridis, 2034. A Novel of the Next World War. New York: Penguin, 2021.

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