Cuando se trata de resolver la afrenta del hambre en el mundo, las enfermedades que pueden prevenirse, el deterioro ambiental, la agonía de la injusticia y de las adicciones inducidas, no hay disponibilidad de los recursos necesarios; pero cuando se trata de preservar sórdidos intereses a través de guerras o de financiar el injusto salvataje de desaforados especuladores, entonces aparecen los recursos aunque haya que exprimir a sus propios pueblos o extorsionar a los demás. Sociedades afluentes y grandes corporaciones cuentan los centavos que están dispuestas a asignar para encarar la afrenta del hambre, las enfermedades que pueden prevenirse, el deterioro ambiental, la agonía de la injusticia y de las adicciones inducidas. Agregan luego indignidad a su conducta pavoneando en sus medios del “esfuerzo” que realizan.
Subleva el comportamiento que desconoce la vergüenza y se burla de la compasión por los demás seres vivientes. Criados en la hipocresía, en la codicia y en el engaño, los portadores de privilegios arrasan con lo que sea para imponer sus intereses; reniegan de una sincera y efectiva responsabilidad social o ambiental.
En cambio aparecen los recursos cuando sus privilegios están amenazados y se trata de preservar el poder que deriva de ellos, aunque haya que exprimir a sus propios pueblos y extorsionar a los demás. Es lo que hoy sucede en buena parte de los países europeos para salvar a bancos y acreedores que especularon desaforadamente. ¿Quién puede llegar a creer que los responsables de haber generado tamaña crisis emergerán de ella pobres o indigentes? Absolutamente nadie.
Los canallas se las ingeniarán –una vez más- para transferir los costos de la crisis a las ya cargadas espaldas de familias trabajadoras, a los sectores de ingresos medios y bajos que deberán soportar la desocupación, el recorte de salarios y de servicios sociales, y cargar con la angustia del retroceso mientras observan que la riqueza y los ingresos se concentran aun más.
Intentarán también que paguen por los lucros mal habidos otros pueblos que nada tuvieron que ver con el desenfreno especulativo. Para lograrlo cuentan con sutiles mecanismos económicos de extracción de valor [[Ver en Opinión Sur del pasado mes de marzo 2012 [el artículo Diferenciar generación, redistribución y extracción de valor->https://opinionsur.org.ar/wp/diferenciar-generacion-redistribucion-y-extraccion-de-valor/ que favorecen intereses y privilegios que no podrían defenderse a campo abierto.
Estamos presenciando una fenomenal transferencia de quebrantos ocasionados por los especuladores financieros hacia el resto de la sociedad europea y nos preparamos en el Hemisferio Sur para resistir los intentos ya iniciados por parte de los países afluentes de transferirnos también a nosotros la mayor parte posible de ese costo.
Se sabe cómo corregir esa trayectoria de confrontación y de permanente extracción de valor que se presenta como la única posible; es una gran mentira que apaña una nueva estafa. Hoy existen otras opciones muy superiores capaces de enfrentar exitosamente el descalabro generado por ciertas minorías que por supuesto no están dispuestas a asumir su responsabilidad cediendo privilegios. Es que por ahí justamente pasa buena parte del presente desafío global: desmontar privilegios que comprometen la trayectoria global.
Para encarar un desafío de esa envergadura será necesaria una doble movilización. Por de pronto una movilización social que puede darse en regímenes democráticos a pesar de las imperfecciones y trabas que hoy prevalecen en su interior. Una movilización que comienza con el entendimiento de lo que sucede y sus consecuencias, lo cual posibilita organizar voluntades que luego se proyectan en la esfera política.
Sin embargo, para poder llegar a ajustar el rumbo sistémico y transformar la forma de funcionar de modo de no reproducir los males contemporáneos [[Entre otros, concentración económica y de medios de comunicación, deterioro del medio ambiente, desigualdad social, pobreza e indigencia, consumismo irresponsable, mafias delictivas, resolución violenta de conflictos, no respeto a la diversidad y al conjunto de derechos humanos, alienación existencial y adicciones.]] toca trabajar, al mismo tiempo, al interior de la conciencia de cada uno de nosotros. Habrá que reflexionar sobre los valores que guían nuestro accionar y como ellos impactan la realidad de todos los días. La codicia, el egoísmo, el engaño, la evasión de responsabilidades, la competencia salvaje, el ninguneo de los otros, marcan a fuego la trayectoria individual y social.
Hay cuestiones centrales en el funcionamiento global que necesitan ser transformadas; son evidentes por más esfuerzo que se haga para ocultarlas y reprimir o alienar a los miles de millones de seres afectados. Vale enunciarlas una vez más.
No es sustentable un sistema internacional con algunos países ricos y otros muchos miserables, ni son sustentables países donde minorías privilegiadas concentran los ingresos mientras persisten enormes sectores rezagados o excluidos; y no es sustentable un planeta donde el exceso de unos (alrededor del 20% de la humanidad) y las necesidades no cubiertas del resto producen un deterioro ambiental de proporciones eventualmente catastróficas.
Toca reaccionar ante la hipocresía de quienes imponen decisiones que llevan a proteger sórdidos intereses de sectores absolutamente minoritarios. Sus privilegios enervan la posibilidad de colaboración social y global. “Yo y nosotros primero y el resto que se las arregle como pueda” ya no es un comportamiento tolerable. No sólo por razones éticas y de justicia social sino, además, porque socava las bases de solidaridad y cohesión social imprescindibles para abatir la recurrente inestabilidad del rumbo global prevaleciente.
Al cerrar estas líneas me detengo a pensar lo decisorio que resulta la determinación que puedan ejercer individuos, familias y pequeñas comunidades para encarar estas grandes transformaciones. Y también reflexiono que cada uno de nosotros podría sentir que estos desafíos exceden nuestro espacio de actuación. Que a lo sumo podemos escoger representantes políticos y sociales apropiados y darles a ellos el mandato del tipo de transformación que nuestros países y el planeta imperiosamente necesitan; decisión política por cierto fundamental pero que no agota nuestra responsabilidad.
Hay mucho más que podemos hacer en nuestro ámbito familiar y social. Sería terrible concluir que como el impacto que puedo hacer para transformar la realidad lo siento tan insignificante, entonces termino haciendo nada. Si así actuase convalidaría un orden de cosas que degrada nuestra humanidad y también, duele pensarlo, estaría resignando algo valioso que llevamos muy adentro nuestro (a veces anestesiado por diversas formas de alienación pero allí está): la permanente búsqueda de sentido y la angustia existencial que produce rendirnos o traicionarnos.
Opinion Sur



