Quo vadis America?

Segunda Parte: Anomia y Grietas

En el mundo actual no existe un orden global ni viejo ni nuevo, sino una pugna de todos contra todos apenas edulcorada con palabras de colaboración.  Esto se debe en gran parte a la desarticulación social y confusión del sistema normativo (anomia) dentro de muchos países, tanto centrales como emergentes. EEUU es uno de ellos.

¿Cómo estudiar el desorden? Los sociólogos tenemos un concepto que vale la pena usar: anomia.  A pesar de su raíz etimológica, anomia no significa ausencia de normas, sino su disfunción.  En sociología, el uso del vocablo se remonta a los trabajos de Emile Durkheim, a fines del siglo 19.  En su análisis tipológico de la etiología del suicidio como hecho social (es decir, su incidencia estadística) Durkheim descubrió que en la sociedad moderna el rápido cambio social, y en particular la veloz movilidad social tanto ascendiente como descendiente, produce una confusión en el sistema de referencia de los actores, lo que conduce a comportamientos destructivos y en especial auto-destructivos.

Pero lo importante es recordar que para todos estos sociólogos de Durkheim en adelante, el vocablo se reduce a un desorden en el sistema de regulación social.  El desorden es  variopinto, y por lo tanto se puede construir una tipología de situaciones y comportamientos anómicos.  Entre las distintas tipologías de anomia, la mas destacada es una ofrecida en la década del 40 del pasado siglo por Robert K. Merton, uno de los fundadores de la sociología norteamericana moderna de corte funcionalista.  Merton construyó una tipología de 4 tipos de adaptación a las normas de una sociedad nacional (en su época, sociedad y estado-nación coincidían), de las cuales sólo una era funcional (es decir “normal”) y las otras 3 eran anómicas.  Antes de repasar su tipología, conviene destacar las 2 grandes variables subyacentes al esquema.  La primera es la proporción simétrica entre fines (o mas generalmente valores compartidos) y medios (las recetas aceptadas como apropiadas para la consecución de esos fines y/o valores).  Un ejemplo banal seria tener éxito en una empresa siguiendo las reglas legales y morales de un mercado (el pago de impuestos, la concurrencia leal, la aceptación de normas de protección y seguridad en el empleo, el cuidado ambiental de acuerdo a la legislación vigente, etc.).  Cuando en nombre de una supuesta “libertad plena” de mercado, los actores se focalizan casi exclusivamente en el objetivo (la ganancia) sin preocuparse por los medios, se trata de una adaptación anómica, que a su vez tiene 2 vertientes: la innovación (búsqueda de nuevos medios técnicos o empresariales), o la violación de normas y leyes vigentes (ejemplo: el crimen organizado, el mercado negro, la evasión impositiva en paraísos fiscales, etc.).

La segunda variable subyacente al esquema de Merton, es el “encaje” entre el orden normativo (medios y fines) y el orden o estructura social (el mapa de oportunidades y obstáculos que ofrece una sociedad para aquellos que acepten el orden normativo).  ¿De qué vale aceptar o creer en el “sueño americano” si uno nace en una clase social o racial con grandes desventajas iniciales?  En ese caso, el incentivo es buscar el “éxito” por senderos ilegales.  El mercado de narcóticos o la trata de blancas son ejemplos de esto último.  De esta manera, Merton produjo su esquema cuadripartito (con un quinto casillero que se sale del esquema para fundar un nuevo tipo de sociedad con fines y medios distintos):  

El esquema de Merton valía  a mediados del  último siglo para unos Estados Unidos como estado nación bastante integrado y con valores básicos compartidos por casi toda la población.  Conformistas e innovadores comprendían la gran mayoría de la población.  Las diferencias políticas entre los dos grandes partidos era diferencia de matices y no de fundamentos.  La lucha política no era una lucha existencial.

Ya no es así.  No hay consenso con respecto a valores y el país se ha agrietado en por lo menos cuatro “naciones” distintas que no se entienden entre si, comparten muy poco sus fines y medios, y tienen por lo tanto fuertes tendencias separatistas.

Los conformistas hoy constituyen una minoría poderosa y privilegiada que se ha globalizado.  Es una minoría cosmopolita.  Usa al país como base, pero se siente libre de perseguir sus intereses (en general financieros) en cualquier lugar del mundo.  Por su lado, los innovadores son las elites “emergentes” que cabalgan sobre nuevos inventos tecnológicos en varias esferas.  No son los conformistas del “establishment” tipo Rockefeller, Morgan, o Buffet, sino los Bill Gates, Steve Jobs,  Mark Zuckerberg, o Jeff Bezos, seguidos por huestes muy inteligentes y astutas en Silicon Valley, Wall Street, o la ruta 128 de Massachusetts.

Los ritualistas componen las huestes de la antigua clase media y la clase obrera que han perdido su esperanza de una mejora en las condiciones de vida para si mismos y para sus descendientes.  Sus ingresos y sus habilidades van perdiendo terreno frente a la obscena acumulación de recursos de los conformistas y la velocidad de acción y oportunismo de los innovadores.  Tienen resentimiento y nostalgia por un país que ya no existe y que idealizan como la antigua USA poderosa.  Son masa en movilización secundaria frente a una movilidad social (sobre todo generacional) descendiente.  Están dispuestos a seguir a demagogos que les prometen volver al antiguo esplendor de una América con posibilidades para todos (“Make America Great Again” o MAGA, el eslogan de Donald Trump).    En este caso se vuelven “Indignados”, paladines de un retorno reaccionario.

Finalmente, el quinto casillero (ya fuera del esquema original) se compone de sectores de muchos colores ideológicos y banderas fantasiosas que quieren un cambio radical de la sociedad.  Unos se embanderan con el eslogan de la justicia racial y social, mientras otros quieren derribar el sistema político para establecer un régimen  autoritario que frene el avance de sectores sociales distintos y para ellos “extranjeros”, como pueden ser los inmigrantes, las minorías raciales, las minorías sexuales, los intelectuales académicos, y las elites culturales y/o financieras.  Un ejemplo fue el fracaso golpe de estado insurreccional del 6 de enero de 2021, alentado por el propio presidente que intentó un “auto-golpe.”

En un reciente artículo en la revista Atlantic, George Packer[1] divide a los EEUU en 4 partes distintas e incomunicantes: (1) America “libre” (léase privilegiada y des-regulada), heredera de Ronald Reagan, adscripta al neoliberalismo de Margaret Thatcher,  y a los economistas de la escuela Austriaca y de la escuela de Chicago; (2) América ‘inteligente” (léase innovadora, muy educada y astuta en el manejo técnico y financiero); (2) América “real” o “profunda” (léase la de los antiguos valores de la clase media hoy descendiente); y (4) una América “justa” (o sea  contestatarios que rechazan todo el sistema como irremediablemente corrupto e injusto).

Vemos que hay sobreposición y una cierta correspondencia entre los casilleros de Merton y los casilleros de Packer.  Ambos esquemas interpretativos presentan un diagnóstico pormenorizado de la anomia actual.

La situación norteamericana que he descrito no se limita a ese país, sino que se repite con distintos matices en casi todos los otros –a excepción de autocracias duras y represivas, o de sistemas totalitarios extremadamente refinados, cuyo ejemplar es hoy la Republica Popular China, en la que el enorme progreso técnico y social se acompaña de un control minucioso y cotidiano de toda la población, con un partido único y multitudinario (92 millones de adscriptos) cuya función principal es la vigilancia.

Estamos en este momento frente a un interrogante propiamente geopolítico, a saber, ¿qué consecuencias trae esta anomia difundida en tantos países centrales o emergentes en el campo de la relaciones internacionales?  Tratare de responder a ese interrogante en un próximo articulo para Opinión Sur.


[1]  https://www.theatlantic.com/magazine/archive/2021/07/george-packer-four-americas/619012/

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