¿Merecimos la crisis?

Explota la crisis y nos protegemos del temporal mientras el proceso busca su curso porque una crisis no detiene sino que transforma la dinámica socioeconómica. Es tan grande el temor y el desconcierto que sólo los audaces o los mejor posicionados comprenden que éste es el momento de aplicar energía para encauzar en un sentido u otro el devenir de las cosas. ¿Qué pasó y porqué pasó? ¿Se pudo evitar la crisis? ¿La ceguera la precipitó? ¿Qué viene ahora? ¿Cómo reaccionamos? Toca preguntarnos si queremos cambiar; enseguida vendrá si sabremos cambiar.Explota la crisis y salimos disparados a protegernos del temporal. Mientras eso hacemos el proceso busca su curso porque una crisis no detiene sino que transforma la dinámica socioeconómica. En ese fluir de los acontecimientos poderosos intereses pugnan para lograr que lo que emerja desemboque lo más posible en su favor. Es tan grande el temor y el desconcierto que sólo los audaces o los mejor posicionados comprenden que éste es el momento de aplicar energía para encauzar en un sentido u otro el devenir de las cosas.

Qué pasó y porqué pasó

El diagnóstico de porqué estalló la crisis parte señalando que el sistema financiero tuvo un pésimo comportamiento y facilitó que sectores sin capacidad de pago se endeudasen. Lo que no se explicita lo suficiente es la razón de ese comportamiento y el consecuente sobre-endeudamiento.

En mi criterio uno de los más importantes factores que hicieron posible la crisis fue el desfasaje que se había producido entre la tasa de crecimiento de la oferta productiva y la tasa de crecimiento de quienes absorben esa producción (la demanda efectiva). Esto fue el resultado de un crecimiento concentrador que generó creciente desigualdad en casi todas las economías del mundo. Vale notar que esa desigualdad no se dio tan sólo en las economías emergentes (traducida en mayor pobreza e indigencia) sino también en las economías centrales con niveles de vida muy superiores, que fue por donde comenzó la presente crisis global.

Ocurre que se afectó el crecimiento “orgánico” del sistema económico (un crecimiento relativamente balanceado de sus principales variables). Con honrosas excepciones los analistas del Norte que operan desde la perspectiva de la abundancia y la reproducción del crecimiento, así como los del Sur que operamos desde la perspectiva de la escasez y la promoción del desarrollo, no habíamos considerado en toda su importancia el crítico rol que juega la desigualdad al afectar los basamentos de un crecimiento orgánico de la economía.

La desigualdad implica varias cosas. Por un lado, que existe un cierto retraso o rezago en los ingresos de los sectores medios y bajos (trabajadores, pequeños productores, jubilados, desocupados, población de áreas marginales en grandes ciudades, poblados y áreas rurales) respecto al crecimiento de la producción y la economía a nivel agregado. Ese rezago se traduce en los países del Sur en una extendida pobreza pero, en los países del Norte, el retraso relativo puede darse aún con una mejora en términos absolutos del nivel general de vida. El hecho es que se produce una brecha, un desacople entre la masa de bienes y servicios que un vibrante aparato productivo está en capacidad de producir y lo que la demanda es capaz de absorber. Estamos hablando de brechas a nivel agregado porque brechas sectoriales o territoriales de hecho se producen constantemente en la economía y logran ser absorbidas, “resueltas”, por el comercio, las migraciones, la dinámica económica general a través de innovaciones y permanentes reestructuraciones. Esas brechas generan tensiones que cuando adquieren dimensión sistémica ya no logran ser resueltas por la pura dinámica económica y requieren de la intervención de reguladores y timoneles políticos. Si ellos no reaccionan tomando a tiempo decisiones que van más allá de lo puramente funcional económico, se traba el funcionamiento de la maquinaria económica y estallan las crisis.

La desigualdad implica también una creciente concentración del ahorro, aquella parte del ingreso que no se consume y puede destinarse a financiar la inversión que es uno de los pilares del crecimiento económico. Según como se canalice, se “asigne” el ahorro, se estará generando un tipo u otro de inversión: una inversión más productiva o más financiera-especulativa; una inversión concentrada en grandes actores económicos o una inversión desconcentrada que ayude a la formación de capital en pequeños y medianos productores; una inversión que atenta contra el medio ambiente o una inversión que lo resguarde y proteja.

La concentración del ahorro se da al mismo tiempo que se angostan las oportunidades de inversión en la economía real debido al rezago de la demanda frente a la producción. Este desfasaje se agrava mucho más por la naturaleza superflua del consumo de quienes concentran los ingresos que se irradia a través de la publicidad al resto de la sociedad.

De este modo el ahorro concentrado y la reducción de oportunidades de inversión en la economía real se conjugan para desviar los ahorros hacia productos financieros cada vez más especulativos y, por tanto, con mayores retornos y riesgos, riesgos que buscan ser disimulados a través de diversos esquemas de derivación. La lógica de reciclar los ahorros concentrados atrayéndolos con jugosos resultados y escamoteando el riesgo inherente a ese tipo de esquemas financieros llevó a desdibujar los límites éticos y dar paso a audaces aventuras cuasi-delictivas o plenamente delictivas.

La crisis es evitable

Está claro que es posible evitar que el funcionamiento económico desemboque en una crisis. Esto va más allá de regular con propiedad los mercados financieros, lo cual por cierto es necesario realizar. Ocurre que cuando hay fuerzas económicas desatadas que golpean los límites de sustentabilidad del sistema económico, no basta con fortalecer defensas sino que también se impone desactivar esas fuerzas que son sociales y no naturales. Se requiere trabajar un crecimiento orgánico que evite los efectos traumáticos de la desigualdad generada por procesos concentradores. Entre otros factores, habrá que procurar que el crecimiento de los ingresos genuinos de los consumidores acompañe el crecimiento de la oferta de bienes y servicios. Ello contribuirá a un mejor crecimiento de la economía que, sin embargo, nunca estará exento de desajustes y turbulencias ocasionales propios de sistemas complejos donde interactúan millones de actores. Esas tensiones pueden ser “absorbidas” dentro del normal funcionar del sistema económico; es decir, sin sobrepasar los límites funcionales de sustentabilidad y evitando con destreza caer en periódicas crisis.

Muchas veces, quizás las más de las veces, los mercados no logran por sí mismos asegurar un crecimiento orgánico sostenido ya que diversas variables tienden a dispararse por fuera de las proporciones requeridas para un crecimiento relativamente balanceado. Es ahí donde se impone regular ese funcionamiento sistémico para asegurar su efectividad y enrumbarlo en la dirección de beneficiar al conjunto de la sociedad. Pueden usarse para ello una infinidad de políticas, mecanismos e instrumentos. Esta batería de medidas incluye eliminar la regresividad de los sistemas tributarios y abatir la evasión, aplicar una más justa y efectiva asignación del gasto público, una política monetaria que asegure estabilidad de precios, regule la intermediación financiera y facilite el acceso al crédito, canalizar el ahorro nacional de modo que también posibilite la formación de capital a nivel de la base del aparato productivo, implementar acciones directas de apoyo a los pequeños productores en materia de conocimientos, contactos, acceso a mercados y moderna ingeniería de negocios, promover un trabajo integrador de las empresas líderes de cadenas productivas con proveedores, distribuidores y clientes ejerciendo a plenitud su responsabilidad mesoeconómica.

La ceguera que precipita la crisis

Sin embargo, por un largo tiempo no se quiso, no se pudo o simplemente se ignoró enfrentar los desafíos que presenta establecer un crecimiento orgánico. En particular no se mejoró sino se empeoró la distribución del ingreso y para encarar las crecientes brechas se acudió a extender el crédito en lugar de generar más ingresos genuinos en los sectores medios y bajos (la base de la pirámide social).

Ese enfoque posibilitó que siguiera creciendo la desigualdad, concentrándose el ingreso, el ahorro y la inversión. La miopía se hizo cómplice de la avaricia y de la mezquindad. Unos pocos alertaron sobre las tensiones que se iban acumulando bajo la superficie pero como el “crecimiento” era vigoroso y parecía sostenido pocos estuvieron dispuestos a creer que ese rumbo y esa forma de funcionar terminarían siendo insostenibles.

Mientras tanto la insatisfacción se sorteaba, se posponía, acudiendo al endeudamiento de los sectores medios y, en menor medida, de los sectores de bajos ingresos. En ese momento no preocupó el sobre-endeudamiento. ¿Porqué habría de preocupar si gracias a él la maquinaria económica atravesaba un período de alta bonanza? Por otra parte allí estaban la política para administrar los ocasionales estallidos y los grandes medios de comunicación para homogeinizar el pensamiento y asfixiar el disenso.

Se fueron así armando las temibles enormes burbujas financieras, alejadas cada vez más de la economía del ciudadano de a pie. El sistema financiero se centró en sí mismo; los “productos” financieros movían ingentes sumas que se transferían masivamente y en tiempo real con sólo disponer de facilidades de comunicación; los retornos ofrecidos superaban cualquier opción de inversión en la economía real. Estaban convergiendo las condiciones para una gran crisis sistémica.

La explosión y lo que viene

Oh sorpresa, un buen día la onda expansiva de esa alocada asignación especulativa del ahorro, comenzó a hacer estallar las enormes burbujas financieras dejando en evidencia primero el sobre-endeudamiento en materia de préstamos hipotecarios y de tarjetas de crédito y, desde allí, impactando como efecto dominó sobre el resto de los mercados. Las burbujas se desinflaron tan velozmente como lo hacen los globos de nuestros hijos o nietos.

Ese sobre-endeudamiento hubiese causado menos daño o quizás un impacto positivo si hubiera conducido a un consumo más significativo, alejado de la superficialidad de necesidades no básicas alentadas y sostenidas por una efctivísima publicidad comercial. Otra dinámica económica se hubiese podido desatar -bien alejada de la especulación financiera y con una mucho más racional asignación de los recursos disponibles- de haber cambiado el perfil de nuestro consumo orientándolo hacia uno de energía limpia, de alimentos sanos, de medicina preventiva, de bienes que no alienten mayor alienación existencial y el deslizamiento hacia adicciones; un consumo portador de valores y no de la ostentación que exacerba la diferenciación social. En otras palabras, distinto hubiera sido el desenlace de haber reemplazado consumismo por un consumo responsable.

La desigualdad no es sólo de ingresos sino que también se expresa en una brecha de conocimiento, información, contactos, acceso a mercados y a capitales, lo cual atenta contra el desarrollo personal y la formación de capital en sectores de pequeños y micro productores que conforman inmensas mayorías en casi todos nuestros países. Esto no necesita ser así como se afirmaba en el pasado cuando se señalaba que las economías de escala eran un pie forzado imposible de remontar. Es que hoy contamos con moderna ingeniería de negocios que es capaz de estructurar pequeña producción dispersa en organizaciones de porte medio capaces de acceder a umbrales superiores de oportunidades. Es el caso de los sistemas de franquicias, los consorcios de exportación, las centrales de servicios, las modernas tramas productivas lideradas por empresas bien organizadas que hacen crecer a toda la cadena de valor. Sin embargo poco de ello llega a la base de la pirámide que en lugar de excelencia recibe lo residual o de descarte.

Cómo reaccionamos y sus probables consecuencias

Frente a la crisis surgen muy diversas medidas para mitigar sus efectos y procurar que las aguas regresen a sus cauces; lo cual es un craso error: las aguas no debieran regresar a “esos” cauces porque volveríamos a reconstruir el escenario y la dinámica que condujo a la crisis. No nos confundamos, el rey estaba desnudo por más que no nos hubiésemos atrevido a señalarlo.

Las principales medidas que se plantean buscan apuntalar al sistema financiero porque efectivamente hace parte del sistema nervioso de cualquier economía. Ingentes sumas se destinan al “salvataje” de bancos, compañías aseguradoras, agencias hipotecarias. Son tantos los billones que el ciudadano común no puede siquiera retener las cifras, menos aún desentrañar lo que implica esa monumental reorientación de recursos en términos de costos de oportunidad.

Junto a ello surgen planes para promover el consumo ya que el aparato productivo ve con justo terror que la enorme retracción de la demanda amenaza su subsistencia. Se seca el mercado y con ello el destino de su producción aunque, debe quedar claro, no todos se verán afectados de la misma manera. Quienes produzcan acero, cemento, aluminio, petroleo, equipos, maquinarias, etc, dependerán de los nuevos programas de obras públicas que pasarán a ser los principales generadores de inversión productiva y social; aquellos que producen bienes esenciales (alimentos, medicinas, comunicaciones, etc) que aún en una crisis son imprescindibles, tendrán mejores perspectivas que los que se dedican a producir bienes superfluos de consumo masivo (en una crisis se reduce el margen para el consumo irresponsable ya que las urgencias reubican las prioridades familiares); con una excepción, la producción de bienes superfluos para los sectores de altos ingresos sobrevivirá porque el 10% más rico del planeta mantendrá con pocos recortes sus niveles de vida.

Pero, ¿cómo se promueve el consumo de quienes ven caer sus remuneraciones y crecer la desocupación? La primera reacción es asignar recursos públicos para retirar “activos tóxicos” y establecer nuevas líneas de financiamiento flexibilizando condiciones de acceso a esos créditos. No se trata de generar ingresos genuinos, eso se hará “después de capear el temporal”. Se considera que el principal desafío del momento es “reactivar”; hacer que la maquinaria vuelva a funcionar; que la oferta, esta oferta que genera el aparato productivo existente, encuentre una demanda capaz de absorber su producción y pueda entonces regenar empleos, abatir la rampante desocupación, calmar las aguas, recuperar la “confianza” de todos nosotros en el sistema económico.

Pero, ¿no estamos de esta forma recomponiendo aquella maquinaria, aquella lógica de funcionamiento, aquella racionalidad sistémica que nos condujo a la crisis? ¿No produciremos otra ronda de sobre-endeudamiento, de consumismo, de concentración de ingresos, ahorros y poder, de alocada búsqueda de beneficios, de una institucionalidad comprometida por los privilegios, las arbitrariedades, los sistemas delictivos agravados?

¿Merecimos la crisis?

La respuesta es un rotundo “sí”. Pero no hablamos de merecer la crisis como un castigo sino como una consecuencia de cómo nos habíamos organizado como sociedad, cómo funcionábamos. Privilegiando ciertos aspectos e ignorando otros establecimos un cierto orden económico; consagramos prioridades y olvidos.

Es difícil conducir una economía que premie la mezquindad y la avaricia como base de la acumulación. La acumulación es imprescindible para el funcionamiento económico pero no necesita ser agresivamente concentradora; puede haber acumulación distribuída en todos los estamentos de la estructura socioeconómica: grandes, medianas y pequeñas empresas. Si la formación de capital creciese más que proporcionalmente en las grandes unidades no cabe duda que estaríamos consagrando un inevitable proceso concentrador ya que la propia dinámica económica tomaría –como toma- ese rumbo.

El desafío es pensar nuevas formas de estructurarnos y de funcionar porque de eso se trata cuando hablamos de salir fortalecidos de una crisis. Si pagamos tamaño precio por errores cometidos busquemos abrir nuevas oportunidades. Necesitamos establecer otro set de premios y castigos; uno que promueva a los que agregan valor al esfuerzo social y no a los que especulan y lucran con los demás; alentar a quienes organicen de manera diferente la producción, reconocer lo que cada uno aporta al funcionamiento social: el Estado ordenador y regulador, emprendedores responsables, trabajadores y sociedad civil, incluyendo a educadores, científicos, innovadores tecnológicos; formadores de valores como son los líderes sociales, religiosos y políticos, medios de comunicación, agencias de publicidad y, en cada hogar, los padres o algún “otro significativo”.

Una visión optimista aunque no ingenua de la condición humana indicaría que sabremos erguirnos por sobre nuestros errores, reflexionar y crecer en experiencia, cuidarnos unos a otros, ejercer albedrío reconociendo límites. Esas son potencialidades que hablan del hacer y también del ser pero no garantizan de por sí rumbo alguno. Nos toca a cada uno preguntarnos si queremos realmente cambiar; enseguida vendrá si sabremos cambiar.

Este año se celebra la astronomía y nos fascinamos con las maravillas del universo, su complejidad y los tantísimos enigmas. Frente a aquella enormidad no deja de asombrar que cuestiones “terrenales” sean también altamente complejas y que dentro nuestro y de nuestras sociedades aniden enigmas que sentimos casi tan insondables como aquellas lejanas galaxias y el big ban. Es que cargamos una mezcla cambiante y tormentosa de necesidades, intereses, valores y emociones. Con ella y nuestra capacidad de pensar y de actuar podemos dar paso a algo mejor para el futuro que hoy comienza. Merecimos la crisis pero lo que ahora importa es si sabremos transformarla en una oportunidad.

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