Hay opciones más allá del capitalismo salvaje

El capitalismo salvaje ha atravesado los límites de su sustentabilidad. Cambios importantes se avecinan. Las opciones son múltiples y diversas, incluyendo capitalismos reformados y otros proyectos de país y globales. A pesar de las coyunturas, imprescindibles de atender, es necesario avizorar el futuro deseado. Ojala no temamos avanzar hacia rumbos esperanzadores; acercan sentido y significación a la vida.

Quienes dominan el mundo, aquellos que se impusieron como timoneles del rumbo colectivo, creen que su hegemonía y la forma prevaleciente de funcionar se mantendrán para siempre. De ellos solo los más lúcidos perciben como se acumulan tensiones sociales y ambientales difíciles de contener o encauzar. El cerrojo ideológico, político, mediático y represivo no puede sostener eternamente tremendas desigualdades, el oprobio de la pobreza y la indigencia, menos aún la reacción del planeta a las agresiones que soporta. Los inevitables desenlaces vendrán cargados de incógnitas e imprevisibles consecuencias.

Difícil pronosticar cómo y cuándo el presente sistema hegemónico dará paso a otro diferente, mejor o peor que el actual. Son múltiples y diversas las fuerzas que convergen, los intereses que se disputarán la sucesión. Ojala la humanidad sea capaz de concebir e impulsar un sistema post capitalista salvaje orientado al cuidado social y ambiental y no hacia otros lúgubres caminos. Lo nuevo, lo que vendrá, está en disputa y, vale insistir, no son pocas las opciones.

Capitalismos reformados

Algunas opciones hablan de capitalismos reformados, variantes del actual capitalismo pero no salvajes. Podrían asimilarse al capitalismo de países nórdicos, el Estado del bienestar que cuenta con mecanismos compensadores y programas de apoyo a sectores vulnerables. Por cierto, esta variedad de capitalismo sería preferible a la del salvajismo. Sin embargo, es difícil asegurar que luego de un período de ajuste benefactor no se retorne al rumbo y forma de funcionar que hoy prima en el mundo.

Ocurre que el núcleo central del capitalismo, el principio que guía y ordena a los mercados, que moviliza a todos los actores económicos es maximizar el lucro. Quienes se aparten de ese criterio estructurador del funcionamiento económico, tarde o temprano serán desplazados por otros actores más agresivos. De todos modos no se niega la ductilidad capitalista de adaptarse a cambios de circunstancias. Esa capacidad de sortear circunstancias adversas del contexto y aún de resolver duras contradicciones internas, ha sido probada desde que emergió como sistema hegemónico. Sin duda procurará sobrevivir aunque deba conceder algunas transformaciones.

En esa perspectiva vale señalar dos características del capitalismo imposibles de ignorar. Una se refiere a cerrados límites que impone el poder concentrado a cambios profundos que pudieran perjudicarlos (cesión de privilegios, firme negativa a ceder graciosamente ingresos y menos aún fracciones de sus patrimonios, dejar que se diluya su poder decisional, entre otros). Esto es, existe una dura resistencia que no advierte puntos de inflexión, propios de todo proceso social de modo de sostenerlo sin dramáticas explosiones o implosiones.

Una segunda característica refiere a la sustentabilidad en el tiempo de las transformaciones si no se desmontasen los motores de acumulación que llevan a la concentración de la riqueza y el poder decisional. Esto es, que si la lógica de acumulación no se altera, tarde o temprano los motores del capitalismo tenderán a revertir o absorber para su propio provecho las reformas que les fueran impuestas.    

Además, como la dinámica capitalista no se expresa sólo en la dimensión económica sino que se irradia sobre el medio ambiente, la política, los medios, la justicia, la educación, la seguridad, entre otras, los cambios necesarios para dar paso a un capitalismo reformado no salvaje tendrán también que realizarse en esos ámbitos. Estas transformaciones son necesarias aunque difíciles de realizar porque implican desmontar las trincheras defensivas del orden salvaje prevaleciente.

Otro proyecto global

Otras opciones plantean superar la lógica capitalista y el proceso concentrador dando paso a nuevos proyectos de países en el contexto de otro tipo de proyecto global. Esto es, proponen nuevas utopías referenciales.

Si bien se abren diversas opciones, la divisoria de aguas respecto al capitalismo salvaje pasa por reemplazar el principio ordenador de maximizar el lucro por el de cuidar a la humanidad y al planeta. Luego cada país, cada nación generará especificidades locales según la singularidad de circunstancias políticas y culturales. La diversidad de modalidades debiera ser bienvenida y servir para explorar variantes y aprender sobre la marcha.

Lo fundamental es que un nuevo orden global y nacional deberá desmontar la concentración de la riqueza y el poder decisional que prima en el mundo contemporáneo. Las cifras son por demás categóricas: el 1% de la población mundial se ha hecho propietaria de más del 60% de la riqueza mundial. Si se suma lo que posee el siguiente 4% de la población, resulta que el 95% de la humanidad, más de 7.500 millones de personas, fue acorralado con el residual de lo disponible. Enormes mayorías viven en situaciones de extrema vulnerabilidad, pobreza, indigencia, sin voz ni derechos sociales y políticos; palidecen los sectores medios. Para colmo, la concentración se ha acelerado con desigualdades que incuban enormes frustraciones y desasosiegos, no siempre canalizables hacia pacíficas transformaciones como muchos proponemos.

En lo económico, la transición de salida incluye transformar la matriz productiva para eliminar estrangulamientos y las pautas prevalecientes de acumulación, desmontar oligopolios, adoptar modalidades redistributivas al interior de las cadenas de valor, resolver la fuga de capitales de grandes evasores, transformar el sistema financiero para orientarlo al trabajo y a democratizar la economía en lugar de la especulación, establecer un sistema tributario progresivo, asignar el gasto público para atender la deuda social y los proyectos estratégicos, recuperar la soberanía sobre ríos y el mar de cada país, seleccionar inversiones extranjeras que sirvan al buen vivir y no a reforzar tendencias concentradoras, asegurar que el comercio exterior posibilite retener y reinvertir excedentes en el propio país, garantizar tierras para asentamientos populares y la pequeña agricultura, utilizar en lo posible materias primas renovables y cuidar con prudencia las no renovables, promover la producción de cercanía para minimizar distancias de transporte.

Para lograrlo toca disponer de firmes Estados democráticos, no autoritarios ni dictaduras, con capacidad de establecer y supervisar el cumplimiento de nuevas reglas de funcionamiento. El poder concentrado sabe siempre evadir regulaciones que afecten su codicia y afán lucrativo. 

Si bien es imprescindible cortar la tremenda evasión y elusión impositiva de quienes debieran ser los mayores contribuyentes y no lo son, también habrá que reducir la enorme desigualdad patrimonial impuesta en las últimas décadas. Esto no implica destruir grandes empresas locales y corporaciones globales sino cambiarles el vector decisional de modo de reorientarlas ya no a maximizar el lucro sino a cuidar la humanidad y el planeta.

En esta crítica dimensión hay varias y diversas modalidades de intervención. Esto dependerá de muchas circunstancias políticas y económicas incluyendo la estructura de propiedad de cada corporación. Habrá algunas donde la composición accionaria y gerencial esté abierta a cuidar y no más que a lucrar; con ellas es posible acordar la adopción de un nuevo vector decisional. Sin embargo, habrá otras en las que sus accionistas y directores ofrecerán cerradas resistencias. En esos casos, el Estado con las fuerzas sociales que lo sostengan deberá adoptar modalidades legales que posibiliten levantar esa negativa a cambiar.

En verdad, se trataría de diversas modalidades complementarias adoptadas como conjunto. Por ejemplo, poner en vigencia la participación accionaria de los trabajadores, que los impuestos sean total o parcialmente cancelados en acciones, o también establecer fideicomisos especiales que inviertan en compra accionaria de grandes corporaciones y cuyos dividendos reviertan tanto a capitalizar los fideicomisos como a cancelar deuda social. Este es un campo minado difícil de implementar que exigirá transitar con una apropiada combinación de prudencia, creatividad y firmeza. Los riesgos no son menores porque la resistencia es frontal y, además, en caso que el Estado volviese a ser controlado por gobiernos neoliberales, retrocesos y marchas destructivas reaparecerían.  

A modo de síntesis

El capitalismo salvaje ha atravesado los límites de su sustentabilidad. Cambios importantes o cosméticos se avecinan. Las opciones son múltiples y diversas.

Por el lado de las opciones referidas como capitalismos reformados, si no se avanzase para desmontar al menos los principales motores de la acumulación concentradora, difícil que los cambios alcancen para asegurarles sustentabilidad en el tiempo. Hay tremendos abandonos y castigos a enormes mayorías que reparar, el planeta está siendo agredido por enceguecidas irresponsabilidades. Frente a ello, actúan nuestras imperfectas democracias. Si se fortaleciesen podrían compensar, aunque no eliminar, los más gravosos “daños colaterales” inherentes al capitalismo aún de sus variantes reformadas. Si no se llegase a desmontar el grueso del poder concentrado, el accionar de las democracias vería otra vez seriamente disminuida su capacidad reparadora.

Por el lado de opciones post capitalistas, las pugnas para establecer “lo nuevo” actuarán en toda su potencia. Habrá utopías referenciales que bien vale adoptar como nuevas guías; el buen vivir en democracias plenas es una muy promisoria. Pero también podrían emerger autoritarismos con ropajes benefactores que cercenan libertades, reniegan de la misericordia y el respeto a las diversidades, instauran fundamentalismos de naturaleza represora de los muchos que jalonan la historia de la humanidad.

A pesar de las urgencias y amenazas de las coyunturas, imprescindibles de atender, es necesario avizorar el futuro deseado; tanto para convocar y construir fuertes coaliciones sociales, como para proveernos de una brújula que oriente al encarar tantas y tan diversas áreas de actuación.

Ojala no temamos avanzar hacia nuevos rumbos esperanzadores que cuiden a la humanidad y el planeta, con determinación, equidad, justicia, sustentados en la unión de mayorías. Toca encarar una nueva fase del interminable proceso de esclarecimiento y organización de naciones y pueblos; de transformarnos y transformar en paz, respetando a todos. Es un desafío que bordea la epopeya, un compromiso que acerca sentido y significación a la vida.

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