¿AL FRENTE DEL PELOTON?

EL RESURGIMIENTO ESTRATEGICO DE CHINA

Esta es la tercer entrega de cuatro artículos sobre las grandes potencias. China y los EEUU han tomado un derrotero de enfrentamiento y colisión, tan peligroso como evitable en un mundo que requiere si no un todavía utópico gobierno mundial, al menos un condominio geopolítico mas racional.

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Las reflexiones que siguen son mas que nada interrogantes.  Como no soy experto en sinología sino un observador en materia geopolítica, prefiero formular preguntas en vez de dar respuestas u opiniones tajantes.  En el mundo de hoy, al echar un vistazo sobre los distintos liderazgos políticos de muchos países, he llegado a la conclusión del poeta Antonio Machado:  “De diez cabezas, nueve embisten y una piensa.” No me cabe duda que las próximas dos décadas estarán marcadas por una gran contienda geopolítica entre los Estados Unidos y China.  El primer salvo lo lanzó el presidente Trump en 2018 pero el conflicto se ha de prolongar con sus sucesores, cualquiera sea el color político de las administraciones que sigan. En muchas dimensiones la potencia norteamericana está dividida en campos políticos opuestos e intransigentes, sólo en una dimensión hay consenso y continuidad: la guerra aduanera y tecnológica con la surgente potencia asiática.  Por su parte, China no se hecha atrás.  Por el contrario, ha declarado su intención de rivalizar con los EEUU y, en muchos casos, enfrentarlos cara a cara.

Conviene aquí hacer una importante salvedad. los Estados Unidos se han lanzado en forma especialmente agresiva a “frenar” a China. Pero carecen de una estrategia global y comprensiva comparable a la famosa estrategia de “contención” de la Unión Soviética en la ultima guerra fría diseñada por un gran estratega, el embajador George Kennan en 1946.  Esta carencia, señalada por el veterano Henry Kissinger, coloca a los norteamericanos en desventaja.  La población norteamericana y sus gobernantes se niegan a imaginar un mundo que no esté organizado y controlado por ellos solos.  Pero en cualquier escuela de guerra del mundo se enseña a los futuros oficiales que un buen general debe siempre tener un plan de retirada –por si acaso.  Entre otras virtudes de estadista, la grandeza de Churchill  consistía en ser muy consciente del declino relativo de su país, y prepararlo para ese destino, pero con gran inteligencia.  Lo hizo en gran parte apoyándose en el pujante poder de los Estados Unidos.  Hoy los Estados Unidos, en relativo declino, no tienen otros “estados unidos” en los que apoyarse frente a China.  Para organizar una retirada estratégica –sin bravuconadas tácticas—se requiere una habilidad muy especial, y un buen aprendizaje de los éxitos y de los errores del pasado.  

El punto mas álgido en un posible conflicto entre EEUU y China es el estrecho de Formosa y el futuro de Taiwán.  Durante mas de sesenta anos el status quo en este conflicto ha sido el de una paz tensa basada en al ambigüedad, sobre todo después del acercamiento entre las dos potencias (reunión Mao Zedong y Richard Nixon en 1972), seguida del reconocimiento diplomático de la República Popular China por parte de los EEUU, y la consecuente definición de la relación entre esas dos partes que formula la RPC como “Una China y dos sistemas.”  Esa situación dejo a Taiwán en un limbo diplomático., sin reconocimiento como estado soberano y fuera de las Naciones Unidas. Durante ese periodo, y esto es muy importante, Taiwán realizo un proceso exitoso de transición y luego de consolidación de la democracia representativa. La nueva democracia taiwanesa tuvo como efecto paradójico forjar una nueva identidad para los taiwaneses y generar un deseo de independencia.  Esta ultima es  inaceptable para la RPC.  Una declaración unilateral de independencia por parte de Taiwán provocaría un ataque militar por parte de Beijing.  

Por su parte, los Estados Unidos hacen de equilibristas en esta situación, rechazando tanto la independencia de Taiwán como su incorporación a China continental por la fuerza.  Entretanto, China ha tratado de conectar a Taiwán con lazos económicos de intercambio comercial e inversiones, pero sin lograr convencer a los taiwaneses de una integración política y completa con la RPC.  La conclusión es clara y al mismo tiempo inquietante.  Sólo una (relativa) democratización de la República Popular mas allá del monopolio del partido comunista podría convencer a los Taiwaneses de incorporarse a la China continental.  Pero la tendencia actual es opuesta a ese escenario.  La centralización del poder en manos del partido único y la tendencia autocrática del presidente Xi se alejan cada vez mas de esa lógica.

En este contexto de contraste aparentemente irresoluble entre Taiwán y China continental, los Estados Unidos deberían –a mi juicio– seguir una estrategia que fue resumida a comienzos del siglo 20 por el presidente Teodoro Roosevelt: “Hablar con suavidad pero tener siempre un garrote” (Speak softly and carry a big stick).  Sin embargo, en los últimos años,  alarmados por la pujanza de la República Popular, los EEUU se han vuelto mas belicosos y provocadores, en especial con relación a los islotes del mar del sur y sureste chino (disputados por otros países, desde Japón hasta los del Sudeste asiático).  En vez de reconocer los intereses chinos en controlar sus mares costeros, hablar de compromiso y paz, y al mismo tiempo afirmar con suavidad que un ataque a Taiwán involucraría directamente a los Estados Unidos, estos últimos han sonado la alarma en forma vociferante y mostrado una cierta prepotencia al enviar naves de guerra en la vecindad de los islotes disputados, en nombre del derecho a la libre navegación.  Eso es invertir la formula de Teddy Roosevelt: es hablar fuerte y sin un respaldo militar creíble.  Parecen no percatarse que China está tan interesada como los Estados Unidos en garantizar la libre navegación, de la que depende todo su comercio exterior.  Un acuerdo global entre las dos potencias para proteger el comercio marítimo global seria un buen punto de partida para disminuir tensiones. Para ello tendrían que ponerse de acuerdo en la libre navegación del mar de China pero sin componente militar.

Tal vez el obstáculo principal para una estrategia racional de largo alcance es el rechazo o negación por parte del gobierno y de gran parte de la población norteamericana de una realidad que el resto del mundo –nada menos que el 96% del planeta—ve con mayor claridad.  Es el hecho insoslayable que de ahora en adelante los EEUU deberán dejar paso a China como potencia copartícipe de un nuevo diseño de orden mundial.  La única solución para la salud planetaria (aparte de un utópico gobierno mundial igualitario y justo) será, en las próximas dos décadas, un condominio, con características mas pacíficas que el “condominio de disuasión nuclear” que otrora caracterizaba a la Guerra Fría.  Contra esta perspectiva –sin duda no la mejor pero si la mas racional desde un punto de vista realista—se yergue el resurgente “nacionalismo soberanista” en casi todos los países, y sobre todo en los EEUU y en China.

El declino de los EEUU como primer potencia  es evidente.  Sucede por muchas razones.  Tiene la desventaja de haber llegado primero a la posición de potencia dominante, como sucedió antes con el Reino Unido. La desventaja es múltiple –demográfica, tecnológica, política, y lo que podríamos llamar infra-estructural (fábricas, caminos, puentes y estructuras urbanas), pero podemos reducirla a una: la edad.  Así como paradójicamente, los EEUU son un país joven pero envejecido, China es una civilización antigua pero un país joven.  Aunque como civilización China tiene 5.000 años y los EEU apenas 220, en materia de estado moderno, China tiene 71 años y EEUU mas de 2 siglos de edad. Es una ley de la sociología histórica y comparativa, formulada primero por el sociólogo y economista noruego-norteamericano Thorstein Veblen al referirse a la competencia geopolítica entre Alemania e Inglaterra a comienzos del siglo 20.

Frente a esta tendencia secular de envejecimiento estructural, la actual administración de Biden ha propuesto toda una serie de reformas audaces, entre otras: salud pública y educación garantizadas, progresismo impositivo, fuertes inversiones en infraestructura, regulación de emisiones tóxicas, y justicia racial y hasta cierto punto también social.  El propósito no es superar el capitalismo neo-liberal sino reformarlo y orientarlo hacia un modelo distinto de capitalismo social ensayado ya en otros países “avanzados.”  Pero este reformismo esta acompañado de un nacionalismo bastante fervoroso basado en la sustitución de importaciones y de inversiones, con el inevitable corolario militar.  Queda por ver –y hablando de China—si este reformismo tendrá el éxito que otrora tuvo el New Deal de Franklin D. Roosevelt, o por el contrario, el fracaso de las serias propuestas de reforma de la última emperatriz china Cixi, dispuesta a salvar al celeste imperio de una caída precipitosa a comienzos del siglo 20

Hoy en día, otro “emperador” –el presidente Xi—ha anunciado sin ambages su deseo de que la República Popular China sea la primer potencia mundial, posición que lo coloca en posición de enfrentamiento con los EEUU.  La RPC tiene un modelo diferente de acumulación capitalista, con gran intervención y gestión del Estado.  En materia política, rechaza de plano la democracia representativa liberal por considerarla un obstáculo a la acumulación económica y a la gestión del bienestar social.  Pero tal modelo tiene también sus propias dificultades de sustentabilidad: no alivia la presión ecológica sobre el planeta y no da paso al disenso político legítimo como mecanismo de autorregulación en materia de gobernanza. Se autodefine como un modelo superior –en su forma idealizada algo parecida a la república de Platón, pero en la práctica algo parecida a la granja de George Orwell.

Ambas potencias tienen mucho que aprender una de la otra, y tienen que ponerse de acuerdo en un nuevo orden mundial mas equitativo.  Entre las dos no llegan al 25% de la población mundial, pero podrían orientar al resto con su ejemplo, y aceptar sus justas reivindicaciones.

Si, por el contrario, insisten en enfrentarse para disputar la primacía, el escenario de una tercer guerra mundial no estará muy distante, al punto que ya varios autores con experiencia geo-política lo han advertido –hasta ahora, y por suerte, sólo en forma de geopolítica -ficción.

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