¿Volvemos a lo mismo? La geopolítica y el retorno de lo reprimido

Sigmund Freud supo expresar como ninguno la idea de que a un nivel profundo, el pasado no pasa sino que, en circunstancias propicias vuelve a surgir, sobre todo si reprimimos por conveniencia su memoria y no encaramos en forma activa su desafío.

 

En estas dos primeras décadas del siglo XXI hemos pasado de la complacencia con un estado de cosas que parecía al mismo tiempo novedoso y definitivo, y que llamamos globalización (ocultando bien sus defectos) a una crisis mundial de la que nuestro sistema económico ha salido a gatas y sin cambiar nada en lo fundamental (al contrario, los parámetros estructurales se han agravado), y luego a un periodo de confusión (el actual) que desembocará en una explosión de dimensiones y signo aun desconocidos.[1]

En otros artículos para Opinión Sur he sugerido que este proceso –de la complacencia a la explosión—tiene un paralelo en el siglo anterior, en la situación que precedió al estallido de la primera Guerra Mundial, pero que –muchos pensaban– la historia había enterrado.  Creímos que aquel terrible episodio sólo sobrevivía como metáfora.  En este momento, y por ende en esta nota, se me ocurre otra idea frente al veloz deterioro del panorama geopolítico. Ha cambiado el ritmo, pero no la dirección, ni tampoco el camino.  La situación es la siguiente:  mientras la economía mundial crece mas o menos en una fantasiosa burbuja, las naciones se dividen, la sociedad se fragmenta y la política se hace tribal y contenciosa.

Que la historia no se repite es una verdad de Perogrullo.  La comparto con una salvedad:  es verdad cuando se ha salido de una situación o de un peligro, pero no es verdad cuando las causas profundas no han cambiado, sobre todo si la “salida” del peligro ha sido débil y falsa.[2]  En otras palabras: a un cierto nivel, el pasado no ha pasado.

En la vida individual y en la social hay sustratos que se mantienen vigentes en la profundidad.  Sólo afloran cuando las circunstancias lo permiten y cuando la suma de acciones y estrategias, o de inacciones y olvidos, abre un hueco por donde ese volcán dormido encuentra salida en una nueva erupción.

La idea no es original.  Eso sí, es normalmente reprimida.  En este momento asaz aciago en el panorama geopolítico general, juzgo prudente volver a las reflexiones de quien supo expresar esta inquietud: Sigmund Freud.  Reproduzco sólo unos párrafos de su sobria amargura en 1915.  El lector encontrará el texto completo en el ineludible Internet.[3]

Podríamos decir con Freud que hasta hace poco “podía creerse que los grandes pueblos mismos habían adquirido comprensión suficiente de sus elementos comunes y tolerancia bastante de sus diferencias para no fundir ya en uno solo, como sucedía en la antigüedad clásica, los conceptos de ‘extranjero’ y ‘enemigo’.  Confiando en este acuerdo de pueblos civilizados, innumerables hombres se expatriaron para domiciliarse en el extranjero y enlazaron su existencia a las relaciones comerciales entre los pueblos amigos.  Y aquellos a quienes las necesidades de la vida no encadenaban constantemente al mismo lugar podían formarse, con todas las ventajas y todos los atractivos de los países civilizados, una nueva patria mayor, que recorrían sin trabas ni sospechas.  Gozaban así de los mares grises y azules, de la belleza de montañas nevadas y las verdes praderas, del encanto de los bosques norteños y de la  magnificencia de la vegetación meridional, del ambiente de los paisajes sobre los que se ciernen grandes recuerdos históricos y de la serenidad de la Naturaleza intacta.  Esta nueva era fue también para ellos mismos un museo colmado de todos los tesoros que los artistas de la Humanidad civilizada habían creado y legado al mundo desde muchos años atrás.  Al peregrinar de una a otra sala de este magno museo podían comprobar imparcialmente cuan diversos tipos de perfección habían creado la mezcla de sangres, la Historia y la peculiaridad de la Tierra madre entre sus compatriotas de la patria mundial.  Aquí se había desarrollado, en grado máximo, una serena energía indomable; allá, el arte de embellecer la vida; mas allá, el sentido del orden y de la ley o alguna otra de las cualidades que han hecho del hombre el dueño de la Tierra.”

Según Freud, antes las guerras estallaban de tanto en tanto pero no interrumpían ese avance hacia una globalidad justa y racional en medio de la diversidad.  Con la primera guerra mundial (ya en plena y avanzada globalización) las cosas cambiaron.  El odio y el deseo de muerte se hicieron ellos también ilimitados:

“La guerra, en la que no queríamos creer, estalló y trajo consigo una terrible decepción. […] Infringe todas las limitaciones a las que los pueblos se obligaron en tiempos de paz […] y no reconoce ni los privilegios del herido y del médico, ni la diferencia entre los núcleos combatientes y pacíficos de la población, ni la propiedad privada.  Derriba, con ciega cólera, cuanto le sale al paso, como si después de ella no hubiera ya de existir futuro alguno ni paz entre los hombres.  Desgarrados todos los lazos de solidaridad entre los pueblos combatientes, amenaza dejar tras de si un encono que hará imposible durante mucho tiempo, su reanudación.”

A lo largo de dos décadas de frivolidad y olvido, el encono persistió y luego volvió a estallar en la segunda Guerra Mundial. Freud murió en el albor de ese estallido y holocausto[4], y lo previó en su correspondencia con Albert Einstein en 1932.[5]

Después de esa segunda hecatombe, la guerra se hizo fría.  Hoy en día, el mismo encono y la guerra (todavía dispersa en varias latitudes) se han vuelto a calentar.  Freud sostuvo entonces y sostendría después que la decepción “bien pensante” frente al odio y la violencia no se justifica si no queremos desesperar.  La “sorpresa” y la decepción del liberalismo económico y cultural frente al odio y la violencia es una forma de la nostalgia y por lo tanto de una ilusión.  Corresponde pensar en ello en un momento en el que la comunidad internacional ha escuchado azorada los exabruptos del presidente de la primer potencia mundial en la Asamblea General de las Naciones Unidas.[6]

Freud no era ni pesimista ni optimista, sino un realista sobrio.  Sólo enfrentando nuestra precaria y primitiva condición de base podremos encaminar los instintos lo mejor posible hacia una civilización mas avanzada. El encono y la guerra no serán nunca erradicados porque tienen un sustrato instintivo en la especie.  Con tal realismo escéptico, Freud propuso no ilusionarse con la paz y la armonía, sino dedicarse a canalizar la fuerza de ese volcán interior en grandes proyectos racionales y comunes y en instituciones inclusivas (a nivel nacional e internacional) capaces de suscitar un entusiasmo similar o superior al entusiasmo por la rabia y la envidia, azuzados hoy como ayer por gestores identificables de la sociedad.[7]  A nivel individual,  lo llamó sublimación.  A nivel social, lo llamó civilización.  Ni uno ni otro es fácil, ni los dos son procesos aptos para cualquiera o en cualquier parte.

Para resumir en buen criollo, la advertencia del maestro habría sido:

‘Paren la mano.  La historia no terminó.  El pasado  nunca pasa. Podemos amansarlo y así evitar el desastre que estamos construyendo. Es inaceptable –y tal vez evitable– un futuro en el que los vivos envidien a los muertos, pero para allí vamos.’

Alguien dirá, como algunos colegas me han dicho, que mis reflexiones son apocalípticas.  Tal vez lo sean, pero sólo en el sentido de la raíz etimológica de la palabra. En griego helenístico Ἀποκάλυψις significa des-cubrimiento o revelación, como en la ‘Revelación de Juan’ que es el último libro del Nuevo Testamento. Lo que la crisis política, social, y cultural de estos días revela o des-cubre es la burbuja de una economía que se autodestruye, el resentimiento que la globalización del capitalismo tardío ha provocado en la sociedad, y la furibunda polarización política entre quienes pretenden sacar partido de la situación.  Sobre todo, desenmascara y hecha por tierra la visión de una armonía mundial, liberal y democrática. En palabras de Freud, no garantiza el futuro de una ilusión.

 

[1] Desarrollo esta tesis en mi reciente libro Strategic Impasse.  Social Origins of Geopolitical Disarray, London: Routledge, 2018.

[2] https://www.marketwatch.com/story/roubini-10-reasons-why-conditions-will-be-ripe-for-a-financial-crisis-by-2020-2018-09-13

[3] http://espaciodevenir.com/documentos/freud-de-guerra-y-muerte.pdf

[4] Falleció en Londres al comienzo de la Segunda Guerra Mundial, el 23 de septiembre de 1939.

[5] http://www.carpetashistoria.fahce.unlp.edu.ar/carpeta-2/fuentes/la-segunda-guerra-mundial-y-el-holocausto/bfpor-que-la-guerra-correspondencia-entre-albert-einstein-y-sigmund-freud/

[6] Me hizo recordar la reacción de Gabriele d’Annunzio a comienzos del siglo XX frente a su rival futurista Marinetti: “un cretino fosforescente” y también “un cretino con qualche lampo d’imbecillità.”

[7] Igual argumento esgrimía Ortega y Gasset en La España invertebrada (1921).

 

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