Novedades

¿Que vendrá después de los Estados Unidos? Un libro y su secuela.

Hoy la democracia está en pleno retroceso en muchos rincones del planeta.  Pierde casi todos sus atributos, menos el nombre.  Hay que recurrir entonces al adjetivo: “democracias capturadas,”[i] “democracias dirigidas,” “democracias iliberales,” y otros mas.  Esta penuria política tiene raíces sociales.  En esta nota desentierro algunas para poder reflexionar sobre lo que a nivel planetario nos espera.

 

 La fecha de publicación de mi libro mas reciente se aproxima.  Su título en inglés es Strategic Impasse.  Social Origins of Geopolitical Disarray (Impase estratégico. Orígenes sociales del desaliño geopolítico).[ii]  Espero que esté en librerías reales y virtuales para fin de año.  No haré un resumen de mis tesis en el libro.  Ya publiqué un anticipo en Opinión Sur (9 de mayo de 2017).  Sólo diré que a mi juicio  el libro (que tendrá vida propia fuera de la de su autor) tiene un tono que algunos caracterizarán como pesimismo sobrio y otros como optimismo cauteloso.  Como el vaso de agua proverbial, se lo puede ver como a mitad lleno o a mitad vacío.

Lo que me planteo ahora es su secuela.  Al diagnóstico que hago en el libro lo seguirá el curso de la vida, y la dinámica que describo desembocará en varios mundos posibles.  En materia geopolítica no es aconsejable hacer predicciones, pero es indispensable construir escenarios posibles, algunos mas probables que otros, en la medida de nuestra imaginación y alertos al hecho de que la historia siempre depara sorpresas.

Propongo entonces escribir una serie de artículos, bajo la rúbrica general “Después de los Estados Unidos.”  Entiendo que muchos la tomarán como una provocación, y tal vez lo sea. Pero aclaro que no creo que la nación que hoy se llama Estados Unidos de América (nombre que causa comprensible molestia a los latinoamericanos) desaparezca del mapa.  No se  alarme el lector: a pesar de su ecología cada vez mas frágil y de los peligros climáticos que los acechan, a esos estados no se los tragará la tierra.  No creo tampoco que la creciente polarización que hoy caracteriza a la política norteamericana desemboque fatalmente en una guerra civil, aunque ésta se manifiesta a veces en forma larvada.  Tampoco sostengo que la fisura social y la desigualdad escandalosa de ingresos y fortunas hayan liquidado definitivamente el tan mentado (y exagerado) “sueño americano.”  Eppur si muove:  las cosas no andan bien en the land of the free and the home of the brave (la tierra de los libres y la casa de los valientes).

En este punto, permítame el lector una digresión.  Pasemos del contexto particular de un país al contexto global que abarca a todos los países hoy enredados en la telaraña de la globalización.  Volveré a ese país al final de esta nota.

Son archiconocidas las palabras con las que el gran escritor ruso León Tolstoi inicia su famosa novela Ana Karenina: “Todas las familias felices se parecen unas a otras; pero cada familia infeliz tiene un motivo especial para sentirse desgraciada.”

La felicidad de las naciones es muy difícil de medir.  Aun así, en la prensa mas o menos ilustrada y en la vulgata de las encuestas sobre satisfacción con la vida, tres países muy distintos se destacan por el grado de satisfacción de sus habitantes.  Según la revista National Geographic, estos son: Costa Rica, Dinamarca, y Singapur.  Por distintos caminos, parece que los tres han llegado a una situación social, económica y política en la que nadie se siente amenazado con perder una cobertura básica de ingresos, salud, y de un techo para vivir.  Esto les permite trabajar, crear, o divertirse aparentemente sin angustia.[iii]

Los costarricenses (“ticos”) se separaron definitivamente de sus menos afortunados hermanos de América Central después de su exitosa revolución de 1947, que desembocó en una seria reforma agraria (reforzó el desarrollo de la clase media rural), en la abolición de las fuerzas armadas, y en un sistema democrático con significativa participación popular y alternancia.  Curiosamente –y esto no lo cuentan los artículos norteamericanos que promueven el eco-turismo a Costa Rica y el asentamiento allí de numerosos jubilados—la revolución costarricense escapó a la reacción norteamericana y a la feroz represión que los Estados Unidos, en plena guerra fría,  desencadenaron en países como Guatemala, Nicaragua, y El Salvador, en supuesta defensa de la “libertad” occidental.  El resultado está a la vista.  Res ipsa loquitur –los hechos hablan por sí mismos: Golpes militares, dictaduras corruptas y sangrientas, represión y cientos de miles de muertos, con el pretexto de combatir al comunismo, real o supuesto. Por causas que todavía no se han investigado seriamente, Costa Rica “se salvó” y tuvo un destino mucho mejor, celebrado hoy por quienes en el pasado no hubiesen vacilado en aplastar al pequeño país.

Dinamarca llegó a la felicidad por otras vías:  democracia y estado bienhechor.  La clave en ese país parece estar en el alto grado de igualdad social (un bajo coeficiente Gini de 24, comparado con 48 en Costa Rica y 46 en Singapur) combinado con un capitalismo competitivo en un marco de instituciones sólidas.

Singapur llegó a su alto grado de satisfacción a través de un crecimiento económico espectacular con distribución social autoritaria (su modelo es parecido al que hoy emula China).   Como vemos, estos tres países no son tan iguales como las familias felices de Tolstoy.

Volvamos ahora a la segunda frase de Tolstoy: “cada familia infeliz tiene un motivo especial para sentirse desgraciada.” Siguiendo a Tolstoy, en esta nota me ocuparé de un solo país –el mas poderoso—donde hoy la democracia tiene un motivo especial para sentirse desgraciada.  Vuelvo así al comienzo de esta nota: la encrucijada de los Estados Unidos.

Es cada vez mas evidente que la estructura social norteamericana ha perdido una de sus características mas atractivas: la movilidad social.  También es evidente que el modelo económico no genera suficientes puestos de trabajo dignos, que los ingresos de los trabajadores se han estancado, y que muchos, al perder sus antiguos empleos, caen en la desesperación, con ribetes rabiosos que fácilmente se vuelven suicidarios y/o se expresan en movimientos reaccionarios nativistas.

La revolución tecnológica acentúa estas tendencias.  La robotización y la inteligencia artificial están desplazando a la agencia humana con pavorosa velocidad, incluso en tareas que requieren un coeficiente intelectual elevado.

Al mismo tiempo el régimen político norteamericano está experimentando un cambio decisivo.  No existe mas el consenso inter partidario.  El debate político ha sido reemplazado por la diatriba y el vituperio.  A la crisis de representación  partidaria le suceden movimientos sociales nacionalistas y populistas que quisieran gobernar por decreto y referendo.  El sistema de votación indirecta, diseñado hace mas de dos siglos por motivos diferentes, hoy hace que los estados mas retrasados tengan una representación exagerada, a punto tal que una minoría de ciudadanos votantes pueda elevar un personaje otrora inconcebible a la mas alta magistratura.  Seamos claros: en elecciones directas (como las que se organizan en otras democracias del mundo) el actual presidente norteamericano hubiese perdido por 3 millones de votos.  Pero en el sistema vigente (amen de la supresión de votos de grupos étnicos y clases pobres) sucede lo contrario.  El sistema electoral, en vez de hacer que el perro mueva la cola, hoy hace que la cola mueva al perro.

Una minoría enardecida pretende establecer la tiranía en nombre de una fingida mayoría.  Los sectores rezagados en lo económico o resentidos en lo cultural llevan al poder a oportunistas colados a los mecanismos perversos del sistema. Una vez en el poder, el ejecutivo autoritario se dedica a la destrucción sistemática de la instituciones que salvaguardaban a la república, dañando de paso a los ingenuos que lo votaron.  Un ejecutivo despótico, una mayoría parlamentaria abdicante y genuflexa y una sistema judicial cada vez mas politizado han desembocado en un ejercicio del poder que es al mismo tiempo represivo e ineficiente.

A mi juicio, el cambio político que estamos presenciando en los Estados Unidos es equivalente a la transición de la república al imperio en la antigua Roma.  La similitud se extiende hasta a los personajes.  Entre senadores de la vieja guardia –defensores de la virtud republicana—a Cicerón y Catón (el joven) hoy corresponden los senadores Corker, Flake y MacCain.  Sus elocuentes críticas a la emergente dictadura populista son, hoy como entonces, el canto de cisne de los pocos probos que pierden la esperanza y alzan su voz contra el abuso de poder antes de desaparecer de escena, esperemos que con un destino menos cruel que el de Catón y Cicerón.

Lo que hoy impide en los Estados Unidos un avance dictatorial definitivo sobre las instituciones de la república por parte del creciente nacional-populismo plebiscitario es un freno tripartito: la estructura constitucional de división de poderes, un sistema judicial independiente, sobre todo a nivel de los estados, y la inercia o resistencia de los aparatos burocráticos.

Todo depende de la relativa autonomía de cada uno de estos sectores.  Sin embargo, cada uno de ellos se siente amenazado.  El Congreso está en manos de un partido que ha sido copado por el ejecutivo.  Cada vez mas el antiguo Partido Republicano es el partido de Donald Trump.  Si la guardia vieja del partido se enfrenta al presidente, corre el riesgo de perder su caudal electoral, que es populista, nativista y en buena parte racista.  El poder judicial está siendo depurado de elementos contrarios a la ideología nacional-populista, aprovechando las oportunidades que se abren para renovar las cámaras judiciales altas con iniciativas del ejecutivo.  La prensa y los medios, muy monopólicos, pueden ser comprados o manipulados.  Los medios que se resisten son atacados de manera cada vez mas abierta y hasta violenta.  La burocracia civil (incluso los servicios de investigación como el FBI e inteligencia como la CIA) puede ser depurada o simplemente privada de fondos y medios de ejercer un trabajo independiente.

El único bastión que no se apresta a sucumbir a los caprichos de un mal aprendiz de dictador, como es el Sr. Trump, es el bastión de las fuerzas armadas.  Desde la izquierda hasta la derecha, los voceros de opinión depositan su esperanza de “contención” del volátil y torpe jefe de estado en los generales que lo rodean.  Curiosa y triste conclusión:  aparentemente hoy los militares serían la última garantía del orden constitucional.

En la Argentina, hemos visto esta película en varias versiones –algunas ridículas y otras terribles—desde 1930 hasta 1983.  Mucho me temo que los Estados Unidos hayan comenzado a trazar los primeros esbozos de un régimen pretoriano[iv], en el que a población civil queda a la merced de sus propios guardianes. Recuerdo como terminaron Calígula, Nerón, y otros quince emperadores, en manos de sus guardianes.  Cierro esta nota, como es mi costumbre, con dos aforismos romanos a modo de advertencia:  Quis custodiet ipsos custodes?[v]  (¿Quién vigilará a los vigilantes?) y Cave canen (¡Cuidado con el perro!).

 

[i] http://opinionsur.org.ar/wp/category/coleccion-opinion-sur/

[ii] https://books.google.com/books/about/Strategic_Impasse.html?id=IOPMjwEACAAJ

[iii] https://www.nationalgeographic.com/magazine/2017/11/worlds-happiest-places/

[iv] Proviene de pretoriano, soldado de la guardia pretoriana, élite militar de gran influencia que intervenía en la elección de emperadores romanos proclamando a unos y asesinando a otros.

[v] La frase aparece en las Sátiras de Juvenal (VI 347-348), célebre autor de tantas otras a comienzos del siglo I, precisamente cuando muere la república romana.

 

Si te interesó este texto puedes suscribirte completando el formulario que aparece en este página para recibir una vez al mes un  breve resumen de la edición en español de Opinión Sur

Deja un comentario