Transformar, no enrumbar los pobres hacia el fracaso

Hay muy diferentes reacciones frente a la pobreza: indiferencia, hipocresía, caridad, proyectos especiales, acciones transformadoras. El artículo ofrece una mirada sobre esas perspectivas procurando distinguir acciones que enrumban los pobres hacia el fracaso, intervenciones que siembran semillas de cambio y estrategias sustentables que son capaces de abatir la pobreza. Quienes están sumidos en la pobreza poseen escaso patrimonio, capital social centrado en otros pobres, poco o nada de crédito; cargan con una gran brecha de conocimiento e información; les es difícil identificar oportunidades económicas y, si acaso lo logran, no suelen estar en condiciones de aprovecharlas. Para peor sufren inseguridad, mala salud y educación; sus voces no son escuchadas.

Sin embargo, poseen activos, la mayoría intangibles, que hacen al talento, a la dignidad, a la capacidad de trabajar, de aprender y de transformarse. Conocen su medio, saben navegarlo y han desarrollado resiliencia para enfrentar adversidades. Algunos poseen condiciones de liderazgo que ejercitan en sus comunidades, así como en organizaciones gremiales y políticas.

Aun en condiciones de extrema escasez, las familias pobres pueden aportar esos activos a la sociedad y a la resolución de sus circunstancias siempre que puedan participar de iniciativas transformadoras, como ser de promisorios emprendimientos productivos. En verdad, pocas veces llegan a integrarse a buenos emprendimientos; más bien terminan acorraladas en actividades de muy magros resultados. Esto puede cambiarse.

La indiferencia

La peor perspectiva es aquella de la indiferencia. En ella, la pobreza es apenas un rasgo, inevitable y molestoso, de la natural evolución de las cosas. Algo equivalente, aunque menos explícito, a como en el pasado se miraba la esclavitud y los pueblos aborígenes: su existencia era tan funcional al modelo económico y político de aquellas épocas que prestigiosos filósofos, gobernantes y diversas iglesias se preguntaban incluso si esos oprimidos tenían alma. Hoy nadie se atrevería a dudar de la condición humana de quienes están sumidos en la pobreza, sólo que algunas personas y gobiernos actúan como si careciesen de ella.

Esta indiferencia conduce a apañar sufrimientos, condonar discriminaciones; posibilita que la pobreza perdure y se reproduzca. Abatir la pobreza no se incluye en las agendas políticas y existenciales de quienes tienen la capacidad de influir sobre el curso de los acontecimientos.

La hipocresía

Una segunda perspectiva acepta que la pobreza existe y que, si no se hiciese nada con ella, podría comprometer el bienestar de quienes no son pobres, afectar la estabilidad social y, eventualmente, la gobernabilidad. Es necesario ofrecer alguna atención a esos amplísimos segmentos poblacionales. No se trata de superar la situación (implicaría involucrar energías y recursos significativos que se prefiere orientar a mantener la forma de funcionar) y, por tanto, poco importa que la postura sea impostada e hipócrita. El propósito de quienes sostienen esta perspectiva es hacer “algo”, apenas lo suficiente para posibilitar que los procesos sigan adelante sin mayores cambios.

El efecto de esta acción es de muy bajo impacto, no remueve los factores que generan y mantienen la pobreza ni siembra semillas de transformación que más adelante pudieran madurar. Por el contrario, esas acciones sirven para desmovilizar resistencias; tienden a cooptar a algunos miembros de las comunidades pobres alineándolos en contra de los intereses del resto; introducen la práctica del clientelismo político y generan mano de obra para sistemas delictivos agravados, como el tráfico de personas, drogas, bienes robados o contrabando, entre otros. Constituyen, en definitiva, un elemento retardatario de la posibilidad de generar un cambio de situación.

La caridad

Las acciones de caridad llegan asociadas al propósito de mitigar algunos de los brutales efectos de la pobreza y la indigencia. Son encaradas por organizaciones y personas de buena voluntad que buscan salir al encuentro directo del sufrimiento humano. De alguna forma van transformando con su determinación algunas de las condiciones que atenazan a ciertos segmentos de la población si bien, en general, carecen de un enfoque sistémico y no apuntan a remover las causas y circunstancias que hacen posible que la pobreza exista y se reproduzca. Sin embargo, contribuyen a iniciar procesos de revisión y de alerta sobre lo que está sucediendo en áreas muy postergadas de nuestras sociedades. Su intervención hace conocer problemas que se han tratado de tapar u ocultar, al tiempo que acercan jóvenes voluntades a serios problemas sociales y existenciales. Buena parte de los liderazgos sociales y políticos contemporáneos han iniciado su derrotero a partir de ese contacto fortuito u ocasional con el dolor y la injusticia social.

Claro que hay distintos tipos de caridades, desde las sentidas y genuinamente dedicadas a ofrecer reparo, consuelo, conocimientos o contactos, hasta aquellas otras espurias que sirven más que nada a quienes proveen la caridad. Las primeras mitigan sufrimientos, siembran condiciones para futuros cambios, movilizan voluntades, llaman la atención sobre problemas desgarrantes. Las segundas desmovilizan, generan alienación, ahondan diferencias y resentimientos.

Los programas especiales

Un paso adelante, aunque insuficiente y de magros resultados, es encarar la pobreza a través de programas “especiales”. Quienes los proponen conciben a la pobreza como un resultado no deseado de la forma de funcionar y piensan que con un adecuado apoyo a nivel de la base misma de la pirámide social se puede, eventualmente, eliminarla. La noción que la pobreza es resultado del rumbo y la forma sistémica de funcionar no está presente aunque, en ocasiones, puede ser compartida por quienes se involucran en programas “especiales” sólo que ellos no tienen la capacidad para incidir sobre el contexto macroeconómico y mesoeconómico.

Los programas “especiales” aportan lo suyo al proceso de superar la pobreza porque logran insertar las situaciones de pobreza en la agenda nacional o local de desarrollo; movilizan voluntades y recursos; testan enfoques, metodologías de trabajo y fórmulas de coordinación institucional; ofrecen apoyo directo a la pequeña y micro producción reforzando su autoestima, su capacidad de tomar iniciativas, facilitando que se asomen a redes productivas y mercados a los que sin ese apoyo no lograban acceder; forman también cuadros familiarizados con las situaciones de pobreza, entre otros efectos.

Sin embargo y aunque loables, estos programas “especiales” operando sin el respaldo de un cambio de contexto, pocas veces logran materializar todo el potencial que anida en la población movilizada y en los esfuerzos y buena voluntad de quienes los promueven y gestionan. Es que las condiciones para superar la pobreza incluyen ajustar muy diversos factores más allá de proveer algunos elementos de soporte directo como son el crédito, la asistencia técnica y de gestión. Si se atacase apenas uno o algunos de esos factores sin transformar el contexto en que el conjunto de factores emerge y perdura, se estaría dejando intacta una racionalidad mayor que seguiría operando en contra o minando los esfuerzos que se estuvieran desplegando. Esto no desvaloriza ningún paso adelante sino más bien alerta que los esfuerzos pueden terminar siendo inefectivos o con resultados muy por debajo de los que podrían obtenerse de hacer parte de un estratégico cambio de rumbo y de forma de funcionar.

La acción transformadora

La acción transformadora arranca alineando la política macroeconómica con el objetivo de abatir la pobreza. Esto incluye trabajar la composición del gasto público orientando infraestructura social y productiva hacia los sectores rezagados o excluidos, transformar la estructura regresiva del sistema impositivo, asegurar estabilidad monetaria, registrar el trabajo informal, aplicar una justa política de precios y salarios, acceder al crédito institucional, facilitar la formación de capital en la base de la pirámide social.

A nivel mesoeconómico es determinante el esfuerzo que puedan aportar las empresas que lideran cadenas productivas para abatir pobreza: son en buena cuenta responsables del tejido productivo que se desarrolla en su entorno. Sus decisiones corporativas (laborales, comerciales, tecnológicas, de inversión) inciden muy directamente sobre proveedores, distribuidores y las mismas comunidades en las que operan. Pocas veces existe una única forma de lograr los objetivos que se persiguen y algunas de esas formas tienen efectos más positivos que otras sobre el entorno mesoeconómico. Abatir la pobreza también incluye entonces convocar a quienes lideran cadenas productivas para que, al tiempo de velar por sus intereses, sumen sus esfuerzos y ejerzan a pleno lo que venimos denominando su responsabilidad mesoecónomica.

En un más favorable contexto macro y meso económico, las acciones de apoyo directo a pequeños productores (nuevos y existentes) adquieren otra significación. Ahí juegan el crédito, la capacitación y la asistencia técnica. Pero no se trata de seguir insistiendo con soluciones dentro de los magros nichos de actividades de muy baja rentabilidad en los que pobres e indigentes están situados, sino de lograr su inserción en emprendimientos y sectores promisorios. Esto implica un cambio paradigmático y un enorme desafío ya que es muy difícil, casi imposible, que puedan hacerlo por su propia cuenta.

En verdad, resultaría ingenuo creer que, por su propio esfuerzo, pobres e indigentes pudieran salir de su miseria nada menos que para integrarse en actividades promisorias. Como se indicó, su situación carencial incluye una enorme brecha de conocimientos, de capacidad de gestión, de acceso a información, de contactos, de apoyo crediticio, de experiencia emprendedora. Constituyen pasivos muy difíciles de remontar aisladamente ni tampoco asociándose sólo con sus pares. Ocurre que hay otros actores que operan en condiciones muchísimo más ventajosas con los que no podrían competir. Se impone concebir otro tipo de emprendimiento productivo que sea capaz de integrar pequeños productores surgidos del universo de la pobreza con socios estratégicos conocedores del mercado, de cómo se organizan y conducen organizaciones económicas modernas. Es irresponsable lanzar pobres a penosas aventuras productivas, sea en forma aislada o a través de forzar asociaciones de sólo pobres cristalizando una suerte de guetos de pobres e indigentes.

Hoy existe moderna ingeniería de negocios aplicable para movilizar personas pobres e indigentes transformándolas en productores de organizaciones de porte medio capaces de acceder a buenas oportunidades de mercado. Esas ingenierías incluyen los sistemas de franquicias, los conglomerados de cooperativas, los consorcios de comercialización, las agroindustrias locomotoras, los supermercados comunitarios, entre muchas otras. Bien estructuradas con reglas que protejan al pequeño productor y un sistema de apoyo financiero y tributario, esas ingenierías pueden servir para conformar muy efectivos emprendimientos inclusivos capaces de integrar eficacia económica con responsabilidad social y ambiental . [Más información en Desarrolladoras de emprendimientos inclusivos->http://opinionsur.org.ar/wp/desarrolladoras-de-emprendimientos-inclusivos/

No faltan conocimientos, recursos y capacidad de gestión para abatir la pobreza: Lo que escasea es visión, decisión y fuerza política para ajustar el rumbo y, bien adentro en cada uno de nosotros, determinación, creatividad, coraje, compasión para superar tanta injusticia y estupidez.

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