Reflexiones sobre China

China y Estados Unidos están listos para colisionar, salvo que se alcance un mejor entendimiento mutuo una vez superados sus rigideces y conflictos.

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En mi artículo anterior, escrito en vísperas de las elecciones estadounidenses de 2020, hablé de una rivalidad creciente entre dos superpotencias—China y EEUU—y sostuve que ambas están “en transición”. Poco es lo que tengo que añadir a mi diagnóstico de la transición estadounidense. Los resultados de la elección indican que el sistema político del país está en transición desde su tradicional democracia liberal hacia una configuración para la cual aún no tenemos un nombre, pero que está caracterizada por un juego tenso entre una coalición democrática debilitada y un partido/movimiento popular pero antidemocrático—en palabras de Max Weber “una democracia con líder plebiscitario” (Plebiszitaren Fuhrer Democratie), o en las de Viktor Orban “una democracia iliberal”.

En los últimos cuatro años, la rivalidad entre Estados Unidos y China se ha intensificado y las tensiones han crecido. Un cambio en el ejecutivo estadounidense va a modular, pero de ninguna manera eliminar, el conflicto, en el umbral de una nueva Guerra Fría, sin necesidad de entrar en ella.

En términos muy generales, y prestando especial atención a la historia de las dos potencias, me aventuro a decir—parafraseando al cientista político estadounidense Lucien Pye—que es un concurso entre “una civilización que pretende ser un estado-nación[1]” (China) y un estado-nación que pretende ser una civilización (EEUU).

La civilización estadounidense es moderna y dinámica, aunque joven y superficial; la civilización china es antigua y resiliente. El estado nación estadounidense es una invención flexible que ha combinado una democracia con una república—un experimento exitoso por 244 años, único en su incepción y poderoso como inspiración para otros estado naciones. Ese experimento está en severa tensión hoy. El estado chino, en oposición con la civilización china, es mucho más reciente y hasta cierto punto aún un trabajo en proceso. Combina una república autoritaria—Platónica excepto por su corrupción—con desprecio por la democracia. Desde 1990, ha tenido éxito en amalgamar un sistema político de partido único con una economía capitalista.

Cada una de estas dos superpotencias tiende a malinterpretar a la otra. El liderazgo chino (sea colegiado o personalista) puede ser flexible y experimental pero también refractario con respecto a elecciones nacionales y  la competencia entre partidos. Teme al caos y la desintegración nacional, esto es, el potencial de desorden que tiene un estado nación que es más un imperio interno que una compacta sociedad unificada. La elite política retiene el poder tenazmente y está determinada a mejorar el estándar de vida de la población al mismo tiempo que la mantiene bajo estricta vigilancia para evitar incluso el mínimo indicio de organización y pensamiento independientes. Desde esta perspectiva, las elites chinas tienden a ver el estilo estadounidense de democracia como anárquico e ineficiente—una receta para el caos y potencial decadencia. Al hacer ello, descuidan apreciar la creatividad y dinamismo de una sociedad abierta, como un experimento continuado tanto tecnológico como social.

Del otro lado de la divisoria, los estadounidenses tienden a ver la competencia con China dentro del molde de una vieja Guerra Fría entre EEUU y la difunta Unión Soviética que es una lucha entre “comunismo y libertad”. Ellos se olvidan de considerar el argumento que el comunismo chino, como opuesto al soviético, es un vehículo para revivir el orgullo y la centralidad de un antiguo imperio—el (en sus ojos) eterno “reino en el medio” o estado central. El objetivo del Partido Comunista Chino es restaurar la civilización china. La humillación de China por occidente y su hegemonía es dolorosa pero apenas una aberración de 200 años en una historia más larga de varios milenios. En palabras de Yan Xuetong:

 “El Ascenso de China es dado por la naturaleza. En los últimos 2.000 años, China ha disfrutado del status de superpotencia bastantes veces … Incluso tan reciente como en 1820, tan solo 20 años antes de la Guerra del Opio, China era responsable por el 30% del PBI mundial. Esta historia del status de superpotencia hace que la población china esté por un lado muy orgullosa de su país y por el otro muy triste por el actual status internacional de China. Ellos consideran el declive de China como un error histórico, algo que ellos deberían corregir”. (The Rise of China in Chinese Eyes, o el Ascenso de China ante los ojos chinos[2]).

El doble malentendido entre una potencia en ascenso y otra potencia en declive conlleva el riesgo de guerra. La situación es una lógica consecuencia del hecho de que ambos rivales están en una transición—uno hacia arriba, otro hacia abajo—que es conocida (y se ha popularizado) bajo la etiqueta de “La Trampa de Tucídides”.  Mi propia opinión es que la trampa no es inevitable. Mientras que las transiciones y malos entendidos puedan llevar directo hacia ella, el conocimiento de esa trampa puede ayudar a evitar caer en ella.

Veinticinco siglos atrás, incluso antes que el historiador griego describiera la trampa en la cual Esparta y Atenas se permitieron caer, el estratega chino Sur Tzu (El Arte de la Guerra) formuló su propia versión de qué podría ocurrir en tres escenarios:

Entonces, se dice que si conocés a los otros y te conocés a vos mismo, no te verás inmerso en cien batallas; si no conocés a los otros pero te conocés a vos mismo, ganás una y perdés otra; si no conocés a los otros y no te conocés a vos mismo, estarás en peligro en cada una de todas las batallas.

Es con este espíritu que Henry Kissinger ha declarado estar “preocupado” por el comportamiento errático de la administración de Trump (emblemático de la transición estadounidense) vis-à-vis China.   Desde su visión, Estados Unidos ha lanzado una Guerra Fría sin una estrategia. Su tan mentado estilo “transicional” puede ser traducido a expresiones más contundentes y coloridas: “Ojo por Ojo”, que es siempre una receta para trastabillar hacia una guerra[3].

En esta coyuntura, es importante recordar un hecho demográfico central y su corolario geopolítico: el retorno de Asia, y no solo de China, al centro de la política planetaria es irreversible. Sus seis mil millones de habitantes son crecientemente capaces de tener sus visiones consideradas y sus voces escuchadas tanto a través de representantes elegidos como autoproclamados, y en la cara de Estados Unidos que representa solo 4% de la población mundial. La acomodación mutua entre dos “transiciones” (EEUU y China) es necesaria y no se encuentra fuera del alcance[4].

La pandemia del Covid-19 ha puesto de relieve tanto las virtudes como los defectos de tan diferentes sociedades y sistemas políticos[5]. Una situación en las que todos ganen depende no solo de las concesiones diplomáticas sino especialmente de la disposición para aprender del otro, mientras todo el mundo observa.

Por su lado, Estados Unidos (y occidente en general) tiene bastante que aprender de la capacidad de China para tomar decisiones centralizadas y coordinar rápidamente su movilización. Por su parte, China tiene bastante que aprender de la capacidad de innovación y de las no siempre visibles ventajas (aunque sea sólo en términos de innovación) de una sociedad más abierta y que rinde cuentas. La asimetría entre estos dos bloques es tanto evidente como corregible. La estructura de poder piramidal china fue ineficaz o tardía en reconocer la emergencia de una seria amenaza de salud, pero muy efectiva en contenerla una vez que se diseminó. El manejo de la salud pública es respetado en ese sistema, pero faltan prevención y discusión abierta. Las sociedades occidentales (cuando son administradas apropiadamente) son capaces de prevención y conocimiento tempranos pero son deficientes o lentos en su capacidad para la coordinación y movilización centrales. Servicios de salud privados o descoordinados son desgraciadamente inadecuados.  Brevemente, en uno se necesita menos estado, en otro más estado.

Con estas elementales aunque difíciles correcciones en sus “transiciones” internas, las superpotencias en conjunto podrían guiar al resto del mundo en tres áreas: confianza, asistencia y liderazgo. Mi uso del “podrían” en vez del “pueden” significa que aún tenenos un largo recorrido por delante hacia esa meta.


[1] . https://www2.gwu.edu/~sigur/assets/docs/scap/SCAP1-Pye.pdf

[2] Journal of Contemporary China Volume 10, 2001 – Issue 26

[3] . Ver Henry A. Kissinger, “Avoiding a U.S.-China Cold War,” The Washington Post. 14 January 2011

[4] . Una discusión útil puede verse en https://www.youtube.com/watch?v=OfYGVDzJ2hM&feature=emb_rel_end

[5] . Hay una interesante discusión comparativa de las reacciones frente a la pandemia en: https://www.csis.org/events/online-event-chinese-politics-wake-covid-19-leadership-dynamics-and-political-prospects

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