Radiografía Geopolítica en Tiempos de Pandemia

La pandemia actual devuelve el sentido a la palabras y nos da la esperanza de una reconstrucción a nivel local y global. El COVID-19 ha forzado a la humanidad a estar en huelga general[1] por tiempo indeterminado.  Ha expuesto las carencias.  En materia geopolítica ha marcado la falta de un gobierno mundial.  En su ausencia, debemos considerar las alternativas, tanto las malas como las buenas.

En nuestra antigüedad clásica, la palabra “catástrofe” se reservaba para el fin de una tragedia.  Para los personajes de la tragedia, era la tergiversación de sus vidas en un final inapelable.  Para los espectadores –por ejemplo los 15.000 asistentes al anfiteatro de Siracusa, capital de la Magna Grecia—era otra cosa: una lección sobre lo que correspondía hacer y no hacer.

En estos momentos difíciles, en plena pandemia, cuando mucha gente espera lo peor, es importante recurrir no sólo a las necesarias medidas de higiene, sino también a la memoria, a recordar verdades escondidas o escamoteadas, para ver, con mas claridad que cuando teníamos prisa, las cosas que verdaderamente cuentan. 

La etimología es una forma de la memoria, al hacernos recordar el sentido original de las palabras.  Frente a una crisis grave y universal, es posible sospechar que estamos al borde de un precipicio, viviendo “el fin del mundo” –al menos de aquel mundo que creíamos conocer. En suma, que es una situación “apocalíptica.”  Pero entonces nos equivocamos en la acepción.  No es así.  Tranquilicémonos.  En griego antiguo, αποκάλυψη (apocalipsis) significa “revelación”,  el des-cubrimiento de una realidad velada por la costumbre (δόξα, doxa), es decir por el engañoso “sentido común.”

¿Qué nos revela la actual pandemia?  Para responder a esta pregunta conviene reconocer que la respuesta urbi et orbi ha sido frenar el movimiento de personas y transacciones en la mayoría de los casos (salvo deshonrosas excepciones, como las del gobierno de Brasil).  Es algo así como parar el reloj del mundo.  Esta reacción no es inédita.  En otras grandes crisis, como por ejemplo durante la revolución francesa, los revolucionarios tiraban a los relojes y cuadrantes que daban la hora en los palacios de Paris, para frenar sus agujas y así detener el tiempo (en la expresión de la época, “ils tiraient sur les quadrants”).  Es un ejemplo interesante: el intento simbólico de paralizar todo para ver mejor. 

Desde la invención de la fotografía podemos conseguir el mismo efecto con solo apretar un botón.  Así obtenemos una imagen que fija para siempre un instante fugaz.  Cuando con el pasar de los años abrimos un álbum de fotografías, nos damos cuenta que hemos entrado a un panteón funerario: todo rostro, todo gesto, todo ambiente allí retratados ya no están ni serán nunca mas.  Aunque sigo vivo, aquel que yo fui en esa foto ya no es mas.  Aquel “yo” no es mi yo actual. Para citar a García Lorca,  en este álbum me he muerto para siempre, como todos los muertos de la tierra. 

La fotografía me permite observar con detención el estado del mundo en ese momento, revelando cosas que en la vorágine del tiempo trascurrente no solemos ver.  Todo eso a nivel de piel.  Pero también podemos retratar el estado de cosas debajo de la piel, gracias a la radiografía, entre otras técnicas hoy usadas en medicina, en arqueología, en navegación, etc.

Igual que una fotografía o una placa radiológica, la respuesta a la pandemia ha sido la detención –de todos y de todo. Y en esa imagen que la detención nos da está la revelación: apocalipsis, αποκάλυψη, la fotografía y radiografía de cada rincón del mundo, en su cultura, economía y sociedad.    

En este artículo me ocuparé solo de una placa radiográfica: el esqueleto geopolítico de la revelación.  Al observar la placa, constato las fracturas. Primera observación: Ningún poder en el planeta es capaz de actuar para salvar al conjunto.  A diferencia de la última posguerra, no existe el liderazgo de una potencia (entonces los EEUU), ni las instituciones destinadas a mantener un equilibrio global (Bretton Woods, para dar un ejemplo).  Tampoco se ven los trazos de un aglutinamiento de aliados para una acción conjunta (la primera Guerra del Desierto [1991], para dar otro ejemplo –tal vez el último de la hegemonía norteamericana).  En la placa sólo se ven fracturas –entre Oriente y Occidente, y dentro de este último, una fractura seria entre Europa y los Estados Unidos.  El tema va mas allá de los líderes ocasionales –en nuestro caso casi todos de una mediocridad pavorosa. 

Si vemos zona por zona, es claro que la división en los EEUU entre azules y colorados, republicanos y demócratas es insalvable.  Esta grieta afecta no sólo a la capacidad de responder a la pandemia[2], sino que también muestra la incapacidad de ese país de coordinar una respuesta internacional.  El liderazgo geopolítico no es inmune a una fractura interna.

Pero si pasamos a Oriente, el otro rincón de la placa radiográfica, podemos ver que China –ya la primer potencia económica del mundo– no es capaz tampoco de un liderazgo universal.  La estructura de control disciplinario permitió a la China afrontar la crisis mucho mejor que los Estados Unidos, pero su rigidez centralizada hizo dilatar la respuesta inicial y le hizo perder prestigio como candidato a potencia reguladora.  Y las recriminaciones sobre el origen y trayectoria inicial del virus recién han comenzado, así como la sospecha sobre la fiabilidad de los datos oficiales.

Por su parte, Europa ha oscilado entre respuestas dispares, que muestran serias fracturas internas.  El Reino Unido está bastante desunido.  Boris Johnson no es Winston Churchill.  En el continente europeo ni Francia ni Alemania se ponen de acuerdo en una respuesta coherente y consensuada a la crisis.  Y en los países menores de la “Unión” se ve la tendencia a un encierro nacionalista resentido y rabioso, cuyo ejemplo mas claro es Hungría –país que ha logrado encerrarse en un campo de auto-concentración.  La siguen Grecia y Polonia, y corre en peligro Italia con el apoyo creciente a movimientos neo-fascistas.  Europa no es capaz de ponerse de acuerdo sobre una política común para enfrentar la deuda pública, que era grande antes de la pandemia y que aumentará en forma sideral durante el acuartelamiento sanitario.

La pandemia revela el verdadero estado de las relaciones internacionales del siglo XXI.  Ya no hay ni bi-polaridad, ni unipolaridad, sino un verdadero vacío de polaridad.  Ese vacío durará un tiempo que es difícil computar, pero sin duda dará lugar a una nueva configuración de poder, sin un programa central.

Hagamos un poco de historia.  En el pasado distante, la forma principal de coordinación geopolítica era el imperio pre-industrial.  Hace dos mil años, el 80% de la población mundial estaba sometida a dos imperios que apenas se conocían:  el imperio romano y el imperio chino.  Esos imperios se caían cuando había una crisis sanitaria o alimentaria, dada sus bases agrarias.  La diferencia entre Oriente y Occidente estaba en que a cada caída o descomposición asiática le sucedía una reconstrucción del mismo imperio bajo una nueva dinastía.  En forma muy simplificada esa fue la historia pendular y secular de China.  En Occidente, la caída del imperio romano no fue superada por una recomposición del mismo sistema.  A diferencia de China, el sistema imperial hizo implosión y se fragmentó en localismos, de donde eventualmente (varios siglos trascurrieron) surgió un nuevo tipo de economía y sociedad (el tema fue abordado de manera casi exhaustiva por tres grandes pensadores:  Karl Marx, Max Weber, y Henri Perenne, y luego por todos los que los siguieron hasta hoy[3]).

Si mi lectura de la placa radiológica no es errada, estamos frente a un tipo de colapso similar, que llamamos con otros nombres (“fin de la globalización”, “crisis terminal del capitalismo tardío”,etc.).  Si esto resultara cierto y si no exageramos la analogía, en el desparramo geopolítico que seguirá a esta crisis, veremos un repliegue de organizaciones sociales hacia comunidades locales, por ejemplo un reemplazo de grandes unidades productivas por una serie de iniciativas y empresas mas pequeñas y locales, un reemplazo de la concentración de trabajadores en un mismo lugar por una dispersión domiciliar del trabajo, y un reemplazo de los consabidos suburbios conurbanos por “aldeas” de corte nuevo.  La interconexión entre estos centros dispersos se logrará por medio de la nueva tecnología de comunicación e información.  Lo mismo sucederá con el aprendizaje modular a distancia y con formas nuevas del transporte.  La  producción material masiva de bienes se hará por medio de tecnologías de tele-producción.[4]

Muchos de los logros culturales, técnicos e intelectuales del período global anterior no se perderán, sino que se mantendrán y ayudarán a mantener otro tipo de civilización.  Seguirán funcionando, pero reconvertidos.  Recordemos que la caída de Roma no fue seguida por las mal llamadas “épocas oscuras” del Medioevo, sino que conocimientos y técnicas sobrevivieron en estado latente, refugiados en monasterios, hasta que pudieron renacer.  En  nuestro caso no estarán en estado latente, sino muy activos en la reconstrucción.

Quiero hacer hincapié en un lema que he repetido en artículos anteriores, y que es nada menos que una advertencia sobre una posible anarquía después de la crisis.  El lema es el de la novela de Andrade, Macunaima:  “Cada uno para si y Dios contra todos.”  El título es un resumen del feudalismo, es decir de una anarquía mafiosa. No es necesario que esto ocurra si nos ponemos a pensar en formas creativas para salir del impasse[5], así como lo intentó, para otra época (la última posguerra) el gran sociólogo húngaro Karl Mannheim, en el último libro que escribió antes de morir, que en realidad es una colección de seis ensayos: El hombre y la sociedad en una época de crisis (En su versión original en inglés rezaba Man and Society in an Age of Reconstruction [1940]).  En un sentido general, los temas de Mannheim siguen vigentes: ¿Cómo conciliar la necesidad de planificación con la libertad de los actores?; ¿Cómo reconocer la importancia del estado con la necesidad de rendir cuentas a la población?; ¿Cómo someterse a una necesaria coordinación internacional de seguridad pública pero con el respeto a las culturas distintas y locales? [6]

Muchos de los remedios que hoy las autoridades practican en condiciones de excepción deberán generalizarse e institucionalizarse.  Si el canciller británico, que pertenece al partido conservador, puede decir “el gobierno tiene que pagar los sueldos de los desocupados,” no podemos dejar de tomar en serio las varias propuestas de un ingreso mínimo y universal, como parte integral de una red pública de protección social, junto con salud, educación y techo.  Lo mismo vale para las distintas propuestas de una nueva distribución de la riqueza y de las oportunidades.

De esta manera haremos honor a la etimología de la palabra apocalipsis: significa no sólo un final, sino un comienzo; no la muerte, sino la nueva vida.  Estamos frente a un cambio de civilización.  Tal vez no era necesaria una catástrofe para darnos cuenta de lo que hay y de lo que no hay (o hubo) que hacer.  Pero así sucedió.  El anfiteatro de un hospital-escuela se ha vuelto un anfiteatro griego. Salgamos de allí aleccionados.

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[1]El obrero británico William Below fue el primero en utilizar el término de huelga general como arma política en un libro con el título La gran vacación nacional y el congreso de las clases productoras.  Fue el origen del socialismo inglés en 1832.  Es muy sugestivo retomar el tema de huelga general como gran vacación universal, es decir como una oportunidad para reformar la sociedad.

[2] Advertencia: existe el riesgo de divisiones regionales serias en los EEUU.

[3] Para una versión mas reciente y simplificada de esta tesis, ver el libro Escape from Rome. The failure of empire and the road to prosperity, Walter Scheidel NJ: Princeton University Press 2018. Debo esta referencia a la socióloga brasileña Anna María Jaguaribe.

[4] Recomiendo con entusiasmo un libro no muy conocido: Gar Alperovitz, America Beyond Capitalism, 2005. Analiza iniciativas ya existentes en el corazón mismo del capitalismo tardío.

[5] Desarrollé este tema en mi libro Strategic Impasse, London: Routledge, 2017.

[6] Ver como una versión de estos interrogantes aparece en uno de los artículos mas serios que he leído sobre el periodo que seguirá a la pandemia: Yuval Noah Harari, “The world after coronavirus,” Financial Times, March 20, 2020.

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