Proceso concentrador: crítico sustrato de los problemas contemporáneos

Si no se elimina la desaforada concentración de la riqueza será muy difícil, si no imposible, resolver los más graves problemas contemporáneos.  El “qué hacer” es un tremendo desafío a encarar.

El mundo se ha ido deslizando hacia un desaforado proceso de concentración de la riqueza y los ingresos (el 1% de la población mundial ya controla entre el 50 y el 60% de la riqueza global) con gravísimas consecuencias planetarias.  La creciente desigualdad impide un crecimiento orgánico de los sistemas económicos generando recurrentes crisis e inestabilidad sistémica con violentos antagonismos sociales y geopolíticos y una tendencia que se torna insostenible de destrucción del medio ambiente, vaciamiento de las democracias, monopolización del conocimiento, crecimiento del crimen organizado y concentración del poder militar.

Se trata de un proceso de acumulación de larga data pero que se ha acelerado enormemente desde que el capital financiero logró eliminar las barreras que lo contenían. Esto se agravó con la desregulación del sistema financiero estadounidense y el control de la Secretaría del Tesoro (el equivalente a un Ministerio de Economía) por parte de altos ejecutivos de entidades financieras, proceso denominado de “puertas giratorias” (se hacen cargo de gestionar la economía y modificar regulaciones en su favor, y luego regresan al sector financiero). El resto del mundo acompañó o fue forzado a convivir con ese libertinaje financiero que marca duramente la globalización que se nos ha impuesto.

La agresiva dinámica del proceso concentrador es motor y timonel del funcionamiento sistémico; arrastra al mundo hacia límites ambientales, sociales y geopolíticos extremadamente peligrosos. Predomina una lógica económica demoledora: si alguno de los privilegiados detiene o reduce su marcha es inmediatamente reemplazado por otros de igual o mayor desenfrenada ambición. Esta dinámica incide negativamente sobre el devenir del planeta imponiendo valores de codicia sin fin, egoísmo irresponsable, insensibilidad e indiferencia por el sufrimiento que causa a los demás.  Es una marcha cargada de destrucción, alienación existencial, manipulación de conciencias, donde el  poder de imponer atraviesa diversas  dimensiones del funcionamiento económico.

En ese rumbo global, los países y regiones sólo pueden preservar algunas singularidades en sus trayectorias, ciertas características culturales e institucionales que marcan diferencias pero sin poder evadirse de la dinámica hegemónica impuesta al mundo.

Cuando un país o región se propone enfrentar a los grupos concentrados para procurar reducir los impactos más tenebrosos de la marcha global, es cercado y forzado a retornar al redil. Para ello en ocasiones se promueven intervenciones militares, amenazas de  intervención o, con gobiernos de base popular elegidos democráticamente, operaciones desestabilizadoras que fuercen al país a ajustarse en consonancia con los intereses hegemónicos.

El proceso concentrador impone reglas de funcionamiento que aseguran su reproducción, entre las principales (i) la libre circulación del capital financiero de modo de poder entrar y salir de los mercados del mundo cuando les convenga para así maximizar sus ganancias extraordinarias y (ii) la libre circulación internacional de bienes y servicios para que los grupos corporativos concentrados puedan desplazar productores locales y apropiarse de mayores cuotas de mercado sin tener que enfrentar restricciones de fronteras nacionales. Para ello cuentan con una arquitectura financiera y comercial internacional estructurada a su favor.

¿Qué hacer?

Si no se elimina la desaforada concentración de la riqueza será muy difícil, si no imposible, resolver los más graves problemas contemporáneos.  El “qué hacer” es un tremendo desafío a encarar.

Las soluciones comienzan a vislumbrarse a medida que se avanza en la comprensión a cabalidad de lo que sucede; cuestión que quienes se ven amenazados por un mayor esclarecimiento tratan de evitar controlando medios de comunicación que desinforman y manipulan a la opinión pública así como financiando a “prestigiosas” escuelas de negocios y usinas de pensamiento estratégico para proveerse de cobertura ideológica y valorativa.

Una más plena comprensión de lo que sucede exige no sólo apreciar lo evidente del rumbo global prevaleciente sino profundizar la mirada para desentrañar los sutiles y no tan sutiles mecanismos que utiliza el capital concentrado para apropiarse de buena parte del valor socialmente generado. Esto incluye tanto mecanismos de precios, condicionamientos comerciales, imposiciones y abusos de poder de mercado, como mecanismos culturales, sociales y políticos utilizados para sostener y justificar la dinámica concentradora y sus consecuencias. Este es un trabajo estratégico de enorme importancia, un esfuerzo permanente, siempre perfectible, que no puede ni debe descontinuarse; hace a un cada vez mayor esclarecimiento personal y social.

Toca arrancar desde las propias sociedades castigadas, con las personas, grupos y organizaciones sociales y políticas que anhelan vivir en paz en un mundo más equitativo y sustentable. A pesar que sus intereses permanecen represados, sus voces acalladas, las divisiones alentadas para restar energía a las fuerzas transformadoras, allí anida la génesis de una transformación sistémica. Sólo con una activa mayoría de países alineados con un cambio de rumbo y de gobernanza global las transformaciones podrán tener lugar. Eso también lo saben aquellos que  lucran con posiciones de privilegio y no las entregarán graciosamente.

Hay mucho por comprender y por hacer. Es un trabajo colectivo que puede llevar a síntesis cada vez más efectivas para sustentar la movilización y acción transformadora en varias dimensiones. Se trata de comprender, sumar, incluir, respetar, cuidar de todos y del planeta; se materializa a través de reorientar iniciativas y recursos hacia asegurar una paz fundada en la justicia, la salud universal, la educación solidaria y comprehensiva, el fortaleciendo de la cohesión social, el respeto entre personas y Naciones.

De un país para todos habremos de pasar a un mundo para todos; con otro rumbo planetario, otra forma mucho más justa y sustentable de funcionar, una nueva gobernanza global. Esto no llega de regalo, habrá que conquistarlo y escoger timoneles que sepan conducir con sabiduría, equidad y honestidad

Será necesario adoptar nuevas orientaciones macro, meso y micro económicas, desde lo local para sostenerlo globalmente. Un eje central será gravar con firmeza la concentrada riqueza existente y descargar al resto de nuestras sociedades; junto con ello, controlar los movimientos financieros de modo de eliminar la especulación y el financiamiento de actividades que no conducen al bienestar general.

Desde la base de nuestras sociedades, espina dorsal del desarrollo colectivo, se impone respaldar las iniciativas y responsabilidad popular. De allí puede emerger revalorizada la solidaridad con el otro y los otros; activar para que la unión sobrepase las mezquindades y agachadas; que valga la palabra y la cobardía se achique. Toca construir una economía humanizada que sirva al bienestar general, diferente en propósitos y modalidad de funcionamiento; con menos competencia y más emulación; pasar del codicioso salvajismo que aplasta y destruye a encontrar sendas que lleven a colaborar para impulsar el desarrollo de todos.

Habrá que dar paso a otro tipo de anhelo emprendedor apoyando a pequeños productores, hoy dispersos y gravemente rezagados, para que puedan organizarse en emprendimientos productivos de tamaño mediano y naturaleza inclusiva,  atentos a su responsabilidad con las comunidades a las que pertenecen. Es que no se trata de reproducir salvajismo y extenderlo a todas las capas de la sociedad sino promover  que emerjan nuevos tipos de emprendimientos productivos, efectivos en lo que hacen y en lo que aportan con su ejemplo y colaboración a otros actores emergentes.

Hoy en el mundo globalizado no actúan empresas aisladas sino cadenas de valor con integrantes de diverso poder y motivación; habrá entonces que también actuar a ese nivel para hacer posible la transformación deseada. En otros textos (123) hemos mencionado algunas consideraciones sobre qué promover en este campo y cómo hacerlo.

Estos son algunos de los principales rasgos que caracterizan una transformación sistémica que, por cierto, involucra diversos ámbitos y se plasma en una nueva generación de políticas públicas, de valores sociales, ambientales y culturales, de actitudes, responsabilidades y compromisos.

Transformar para mejorar no es una tarea sencilla que comienza y termina con nosotros; por el contrario, es un complejo desafío que cada generación encara en su afán de construir un mundo sustentable que cuide e incluya a todos. No existe linealidad alguna ni voluntarismos capaces de transformar los procesos que agobian al mundo y, aunque buenas utopías referenciales sirvan para fijar el rumbo, nuevas opciones van emergiendo con los avances y logros. La búsqueda de justicia, bienestar y significación sigue siempre abierta.

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