Partió el 10: Diego Armando Maradona

Para nosotros fue “el 10”. Hablar del 10 fue siempre referirnos a Maradona; sin discusión. En Nápoles lo bautizaron “dios”. Fue mucho más que el mejor jugador de futbol.

Tibieza de amor y tristeza de partidas

Maradona sabía que en todas las latitudes brota testaruda la tibieza del amor y también que en los rincones anidan canallas, codiciosos acaparadores para quienes los demás no importan; los ignoran o los utilizan. Sabía que el sistema concentrador carga desgracias a personas sin techo ni comida, a quienes mueren en mares de oleajes y egoísmos, a los que sufren en campamentos de refugiados, a quienes sobreviven con duras escaseces en favelas, en villas miseria, en barrios pobres donde nació y vivió. Supo en carne propia de las víctimas abandonadas sin apoyo o compasión, sometidas a la brutalidad de sus explotadores. Aprendió que esas violaciones no fueron ni son fenómenos naturales, que hay culpables responsables de la opresión. Se plantó frente a la injusticia.

En ese mundo de desigualdades, miserias y mezquindades, de dictadores de antaño y dominadores disfrazados de elegancia, donde contra todo persiste la tibieza del amor y la esperanza juvenil que algunos conservan en toda su marcha, partió Diego Armando Maradona, el Diego, el 10, el Pelusa, como cada quien desee llamarlo. Un ser gigante del deporte y de la vida; con grises y destellos, y vaya como encandilan sus destellos. Un hombre del pueblo llorado por casi todos pero, más aún, por los humildes que lo sienten suyo, alguien que no traicionó ni se vendió a los mercaderes.

En medio de ese duelo, Peter Shilton, arquero de Inglaterra en el Mundial de México ‘86 que recibió los dos goles más famosos de la historia por parte de Diego Maradona, lamentó su muerte y señaló que poseía «grandeza pero no deportividad» porque nunca se disculpó por el gol de “la mano de Dios”.

Por cierto que en el juego del futbol un gol con la mano es una trasgresión al fair play (respeto por las reglas juego).  Nada que discutir. De golpe recordé una frase de nuestro Ernesto Sábato; dice que “la historia muestra hasta el cansancio que no hay caracteres nacionales invariables y que a medida que las condiciones económicas, sociales o religiosas cambian, también cambian las costumbres, las modalidades, los gustos, el humor. Parece una empresa destinada al fracaso buscar un denominador común entre la procacidad y violencia temperamental de la época isabelina y la flema que nos pretenden hacer pasar como un rasgo distintivo de la raza inglesa; ese sentido que solo se explica cuando se ha redondeado un buen imperio”.

He ahí una invitación a agrandar el foco de la lente con la que observamos, ir a un “gran angular” para captar el contexto.

Lo primero a aparecer es que unos años antes del Mundial ’86 dos canallas (un dictador amenazado buscando perpetuarse y una Primera Ministra de corazón metálico) produjeron una guerra por las Islas Malvinas, territorio argentino que sigue siendo uno de los últimos resabios coloniales en América Latina. Maradona puso toda su energía y su mayor creatividad en ese partido contra Inglaterra. ¿Expresó así su indignación por ver una parte de su país bajo dominación extranjera?  

Sigamos ensanchando el gran angular. Maradona supo de lo producido por los procesos colonizadores, incluido el británico. Los colonizadores se capitalizaron con las riquezas que robaron de países que dejaron empobrecidos con sus sociedades destruidas. Por siglos no hubo fair play geopolítico ni humano; las violaciones no fueron trasgresiones.

Es difícil vincular hechos distantes y diferentes. Para quienes colonizaron a otros países es pura justificación de un acto indefendible. Para pueblos victimizados, ese atropello no se olvida, debe repararse. Y, sin embargo, perdura la expropiación de sus recursos. Ojala quienes utilizaron su poder colonizador para eliminar la tibieza de tantos amores, sepan erguirse en su responsabilidad y solidaridad para con la humanidad de la que todos somos parte.

Señor Peter Shilton, tiene todo el derecho de expresarse como lo hizo. Lea otra vez la frase de Ernesto Sábato e incluya en su perspectiva lo que la Inglaterra colonizadora le provocó al mundo. Ni usted ni los ingleses solidarios, que los hay y vale reconocerlos, fueron los responsables. Pero son deudas sagradas que es necesario honrar, mucho más legítimas que las exigidas en estos tiempos por insaciables acreedores financieros.

Para cerrar, permítanme compartir una anécdota, algo que seguramente sucedió a miles de argentinos al viajar por el mundo. No tiene nada de heroico; es pura ternura y una forma personal de recordar a Maradona.

Hace alrededor de 35 años, como integrante de Global Partners, visitamos la República Soviética de Georgia. Estábamos recorriendo con un guía local una zona conflictiva cuando, llegando a una aldea, me separo del grupo para acercarme a una escuela primaria. Se juntan algunos chicos y, nada, no podíamos entendernos porque sólo hablaban su idioma local. Hice gestos sin lograrlo. Hasta que dije Maradona. Guau, se agolpó un montonazo de chicos que se iban llamando en cadena. De repente se adelantó un chiquitín y me recito los nombres de todos los jugadores de la selección argentina con un aplauso cerrado de sus compañeros al nombrar a Maradona. Allá perdida la aldea, en una época de comunicaciones rudimentarias en países distantes, el Diego convocaba, y vaya si lo hacía.

Un último párrafo. Cuando el Diego partió, argentinos, napolitanos y tantos más lo lloramos desconsoladamente. Sin vergüenza, con amor al más humano de los dioses como lo llamó Eduardo Galeano. Conocimos al Diego con sombras, a sus dolores y soledades, pero Diego el 10, Diego el Pelusa, Diego el Enorme, un sol. No lo olvidaremos.

One comment

  1. muy sentido y humano , muchas gracias !, es lo que queria leer

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