Nuestra seguridad amenazada

¿Qué amenaza nuestra seguridad? ¿Cuál es el origen, las causas de la inseguridad? ¿Qué papel juegan los diversos tipos de violencias, la sistémica, la cultural, la criminal? ¿Qué conflictos no resueltos o mal resueltos generan violencias y ponen en riesgo la seguridad de sociedades y personas?

La reacción individual frente a amenazas a su seguridad es procurar protegerse. Esto incluye conductas preventivas para aislarnos de contextos amenazantes, lo cual afecta seriamente la forma de vivir y de convivir. Creemos obtener así más seguridad por más que las causas que originan inseguridad van más allá de lo que creemos y sobrepasan las protecciones adoptadas. No existe protección suficiente sin resolver los conflictos que llevan a episodios de violencia. Vale recordar que la violencia está siempre vinculada al abuso de poder entre personas o instituciones[i].

En estas líneas distinguimos violencias de naturaleza sistémica, cultural y criminal, y señalamos que ellas surgen de conflictos que han sido mal resueltos o no resueltos. Además, si estallan situaciones de violencia las autoridades despliegan acciones de contención que, superado un cierto límite legal, conforman un cuarto tipo de violencia: la violencia represiva.

La violencia criminal contra personas y sus pertenencias es la más fácil de percibir porque se visualiza quienes son agresores y víctimas. En cambio, la violencia sistémica asociada al tipo de funcionamiento concentrador que predomina en el mundo y la violencia cultural que sirve para legitimar la violencia sistémica son perpetradas con sutiles mecanismos y procedimientos. Las distintas violencias, y los conflictos que las originan, no se dan en espacios desconectados sino que, de un modo u otro, están relacionadas. Esa interacción de violencias y conflictos es la que amenaza la seguridad y provoca situaciones de inseguridad. .

Violencia sistémica

La violencia sistémica es generada por la forma concentradora de funcionar que nos es impuesta favoreciendo a grupos minoritarios que no cesan de enriquecerse y castigando a grandes mayorías con pérdida de derechos y de capacidad adquisitiva, desocupación, deterioro educativo y sanitario; crecen desigualdades abismales, el empobrecimiento y la indigencia. Es una tremenda violencia cuyo origen se procura encubrir para minimizar la resistencia de los victimados y proteger a los favorecidos. Sin embargo, a medida que se comprende lo que sucede crecen la resistencia y la búsqueda de salidas a la encerrona concentradora. Frente a ello, los dominadores aplican dura violencia represiva y cultural procurando contener los intentos transformadores.

Es inevitable que la violencia que el sistema ejerce “hacia abajo” sea contestada por quienes la sufren. En la mayoría de casos predomina la resistencia pacífica pero también se desarrollan respuestas con distintos grados de violencia. Son situaciones que se dan en casi todos los países por contradicciones y conflictos no resueltos, con sometimiento,  fragmentación social, más un formateo de  subjetividades orientado a alienar personas para que no reconozcan y defiendan sus intereses. Sin transformar este explosivo cuadro de situación dando paso a sociedades más equitativas y cuidadosas del planeta, será muy difícil, por no afirmar imposible, reducir el nivel de conflictividad y violencias que amenazan nuestra seguridad.

No se trata de un desafío sencillo que pueda resolverse con puro voluntarismo ya que requiere enfrentar poderosos intereses que no están dispuestos a perder privilegios. Sin embargo, tampoco quedan los pueblos atrapados en irremontables fatalismos, como voces agoreras tratan de imponer.

Una muestra de los complejos desafíos a enfrentar para desmontar la violencia sistémica incluye, entre muchos otros, los siguientes:

  • Ningún país opera en un vacío geopolítico sino que está condicionado, aunque no determinado, por cómo está estructurado y funciona el sistema global. Es crítico transformar en relaciones colaborativas las que hoy son relaciones de sometimiento, impuestas a naciones débiles en lo que hace a su desarrollo productivo, comercio con el mundo y la explotación de sus recursos, como minería, bosques, pesca, acuíferos, entre tantos otros.
  • Conflictos geopolíticos no resueltos llevan a guerras, matanzas, hambrunas, cientos de millones de muertos, heridos, torturados, desplazados, migrantes que huyen de sus países y son discriminados en donde logran establecerse. Esas víctimas sufren mucho más que amenazas a su seguridad.
  • El mundo y cada país en particular necesitan erradicar la preeminencia con que hoy opera la especulación financiera, que no genera riqueza social ni satisface necesidades populares. Ella se sostiene en el poder abusivo que ejerce controlando el ordenamiento financiero y comercial, a nivel global y nacional; sus tentáculos llegan hasta remotos territorios. Entre otras medidas, será necesario regular la libre circulación de capitales que se ha convertido en un libertinaje fuera de control. Vale comenzar país por país mientras puedan establecerse nuevas normativas internacionales.
  • Es absurdo desplegar tremendos esfuerzos para generar ahorro nacional dejando abierta la compuerta que posibilita la fuga de capitales ligada a la evasión impositiva y a ganancias non santas. Esa fuga a guaridas fiscales y otras jurisdicciones esteriliza la posibilidad de financiar con recursos genuinos a la inversión nacional y al Estado en su condición de operador de servicios esenciales y proveedor de la principal infraestructura social y productiva.
  • Otra variable que es necesario orientar es la inversión extranjera, mistificada como supuesto factor clave para el desarrollo nacional. Vale discernir aquella bienvenida que  complementa la inversión nacional al abrir nuevos espacios tecnológicos y comerciales, de la inversión extranjera que extrae recursos primarios sin actividades procesadoras que agregan valor (empleos y otros efectos multiplicadores).
  • En casi todos los países el proceso concentrador torna cada vez más oligopólicos a los mercados. Esa naturaleza permite a un puñado de grandes corporaciones abusar del resto de actores económicos imponiendo precios y condiciones comerciales. Existe una diversidad de mecanismos para transformar esas fragrantes inequidades que impiden que pueda haber un crecimiento sustentable del conjunto del sistema productivo. Cada país puede escoger aquellos que mejor se ajusten a las circunstancias de sus procesos y situación.
  • Un último ejemplo para no extender indefinidamente esta descripción de críticos desafíos sistémicos es suprimir la capacidad de grupos concentrados de obtener favoritismo regulatorio. El lobby que son capaces de ejercer puede enervar y sesgar todo el sistema de decisiones regulatorias y la selección de políticas públicas en detrimento de los intereses de la población.

Estas y otras críticas dimensiones del funcionamiento concentrador generan conflictos que no se resuelven sin acciones transformadoras; siembran en cambio los gérmenes de violencias abiertas o encubiertas que impactan nuestra seguridad.   

Violencia cultural

La violencia cultural es ejercida por sectores hegemónicos que imponen instituciones, valores y actitudes sobre el resto de la sociedad. Logran subordinar a los demás a través de la fuerza, el cohecho, la compra de voluntades; controlando a políticos, sectores de la justicia, los medios y usinas de pensamiento estratégico de modo de hacer prevalecer sus intereses. Su supremacía de recursos e influencias les permite alinear en su favor buena parte de la opinión pública. Con las complicidades de quienes cooptan, ocultan la magnitud de los daños generados a las mayorías victimizadas procurando bloquear su capacidad de reacción.

Así, el ánimo social es manipulado para legitimar la violencia sistémica encubriendo conflictos mal, o no resueltos. Los grupos concentrados imponen ideologías, sesgadas agendas, contenidos educativos, diagnósticos alejados de la realidad, buscando justificar el rumbo escogido planteado como el único posible y desvalorizar a quienes resisten el sometimiento.

La violencia cultural asociada al proceso concentrador discrimina a mayorías incluyendo a inmigrantes, promueve el individualismo por sobre el esfuerzo colectivo, enaltece el lucro como el criterio organizador de las actividades económicas sin considerar que empresas y mercados pueden funcionar focalizados en satisfacer necesidades sociales y cuidando y preservando el medio ambiente. El propósito último de la violencia cultural concentradora es mantener capturadas a las democracias.

De ahí que los esfuerzos para desmantelar la violencia cultural hacen parte del proceso de liberar las democracias capturadas. Requiere liderazgos alineados con los intereses y necesidades populares, con democratizar el funcionamiento mediático para diversificar voces y perspectivas, transformar la justicia de modo que jueces y fiscales aseguren equidad y transparencia en su accionar (¡cómo estará una buena parte de los sistemas judiciales para tener que plantear como objetivo lo que establecen las constituciones!), adoptar nuevos contenidos educativos, confrontar las perspectivas que cierran el paso a nuevas y muy distintas utopías referenciales. De lograrlo, desaparecerían varias de las peores amenazas a nuestra seguridad.  

Violencia criminal

Hemos agrupado otro conjunto de violencias bajo una denominación que puede llevar a confusiones: violencia criminal. Es que también se encuentran organizaciones, grupos o personas que cometen actos criminales en los espacios de las violencias sistémicas y culturales. De todos modos utilizamos esta categorización confiando poder explicitar en lo que sigue sus contenidos.

La más grave violencia criminal es la ejercida por el crimen organizado, organizaciones delictivas dedicadas al tráfico de drogas, armas y personas. Por su envergadura y poder económico logran complicidades en el aparato del Estado, el sistema judicial, las propias fuerzas de seguridad y ciertas entidades financieras que facilitan el lavado de dinero. No es sencilla esta cuestión porque requiere determinación política al más alto nivel para desmantelar redes criminales focalizando en sus jefaturas y en eventuales conexiones internacionales. Es infructuoso sólo encarcelar a los operadores a nivel de terreno ya que son fáciles de reemplazar.

Abatir esas organizaciones delictivas requiere no sólo reprimirlas frontalmente sino, a la vez, contener la demanda de drogas, armas y víctimas de la trata, que es lo que sustenta sus extraordinarias ganancias. Esto es, la sola represión no es suficiente sino que habrá que accionar para cortar o reducir significativamente las fuentes de ingresos del crimen organizado. Para ello será necesario ajustar el contexto regulatorio que abre los espacios donde lucran esos criminales. Puede servir como referencia la experiencia realizada con bebidas alcohólicas y el juego clandestino donde la despenalización y correspondiente regulación aportaron lo suyo. Es un campo que suscita muy encendidas controversias por lo que vale avanzar con prudencia. Uno de los casos más conocidos es el de la despenalización de la marihuana dada la inefectividad de enfoques tradicionales y las investigaciones realizadas sobre efectos terapéuticos. Ya hay experiencias pioneras en diferentes países del mundo, incluyendo hace poco el Uruguay.

Otro crítico frente de intervención es desarrollar acciones que esclarezcan las tremendas consecuencias sociales e individuales del consumo de drogas, del tráfico de armas y de la prostitución esclava. Esto incluye desmontar mecanismos utilizados para cooptar víctimas juveniles en colegios y barrios, proveyendo opciones que motiven e incluyan activamente a jóvenes en espacios culturales, laborales y deportivos de su preferencia. Entre otras medidas pueden conformarse unidades especializadas en inclusión juvenil, con participación de organizaciones sociales, pequeñas y grandes empresas y estados municipal, provincial y nacional. Por su parte, la situación de personas ya atrapadas en adicciones requiere enfoques diferenciados de rehabilitación según las circunstancias de cada segmento etario y territorial. Es un duro trabajo que involucra a los adictos, sus familias, educadores, referentes sociales, medios de comunicación y agencias estatales.

Además del crimen organizado, toca contener los delitos ejecutados por individuos o grupos que pertenecen a muy diversos estratos sociales. Es un campo que este autor no conoce más que superficialmente; sólo señala que toca combinar acciones preventivas y represivas. Lo conocido  es que la acción represiva y la aplicación de penas judiciales suele concentrarse en sectores vulnerables que no pueden contratar buenos abogados. De ahí que esas personas permanezcan por largo tiempo detenidas sin condena firme, mientras otras con recursos logran penas menores o son sobreseídas.

Las leyes establecen que las personas encarceladas deben ser tratadas de forma de promover su rehabilitación y apropiada reinserción social pero, salvo excepciones, las prisiones terminan siendo centros que agravan las situaciones delincuenciales. Lejos de reducir amenazas a nuestra seguridad, las agravan; mezclar reclusos de muy diferente nivel de peligrosidad es un absurdo con tremendas consecuencias. Además de resolver estos disfuncionales encarcelamientos, vale considerar penas alternativas a la privación de la libertad en los casos de delitos menores ya que, de ser apropiadamente asistidos, la mayoría puede recuperarse y reinsertarse en sus comunidades.

Frente a la violencia criminal contra personas y sus pertenencias la presencia disuasiva de las fuerzas de seguridad juega un importante papel. Es imprescindible insistir que, cuando deba aplicarse, la represión policial debe ejercerse dentro de los márgenes que fijan las leyes y reglamentan los protocolos de intervención policial.

Un comentario final

Las amenazas a nuestra seguridad son generalmente presentadas como si sólo existiese violencia criminal. Poca o ninguna atención se presta a la violencia sistémica y a la violencia cultural con lo que se ignoran causas principales de inseguridad. Los hechos se presentan, y se repiten una y mil veces, con la simpleza y morbosidad de lo aparencial y lo evidente. Poco se avanza sobre los conflictos que generan las violencias y menos aún se reconocen los procesos subyacentes de los que emanan conflictos y violencias. Este reduccionismo no es ingenuo ni casual; permite encubrir causas y responsables.


[i] Agradezco los comentarios sociológicos de la Licenciada Claudia Laub

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