NOTAS DE FIN DE MUNDO

Grafiti, Nueva York, 9 de mayo de 2018

 

Los sistemas políticos democráticos se están desmoronando en muchos países frente a un descontento general pero inorgánico, lo que da por resultado gobiernos autoritarios e improvisados.  El verdadero cambio se está produciendo a nivel local, y quedará potenciado por las macro-crisis que se avecinan.

No se asuste el lector por el título apocalíptico.  Se trata del fin de un mundo, y no del mundo  –esperemos.  Como dice un tango de Gardel: “sus ojos se cerraron, y el mundo sigue andando.” En geopolítica, como en otros campos, conviene preguntar: ¿Qué ojos se han cerrado? y ¿Cómo sigue el mundo andando?

Lo que se aplicaba a España en épocas de Antonio Machado hoy se aplica al mundo entero:

Ya hay un español que quiere
vivir y a vivir empieza,
entre una España que muere
y otra España que bosteza.

Españolito que vienes
al mundo te guarde Dios.
una de las dos Españas
ha de helarte el corazón.

El mundo que está acabando es el mundo político al que nos habíamos acostumbrado: república, democracia, elecciones, partidos políticos, sistema de representación, y alternancia en el poder.  Estos elementos configuran un complejo en evolución bajo el concepto lato de democracia, bien esbozado por Barrington Moore, Jr. “la democracia es una lucha larga, ciertamente incompleta, para lograr tres cosas íntimamente relacionadas: 1) detener a los gobernantes arbitrarios, 2) reemplazar reglas arbitrarias por otras mas justas y racionales, y 3) obtener una cuota de participación de la población en la formulación de las reglas.”[1] Una mirada rápida al mundo actual, al Este y al Oeste, al Norte y al Sur, muestra cuánto nos hemos alejado de ese proceso esbozado por aquel gran sociólogo, y aun  en aquellos países que habían recorrido un buen trecho del camino trazado por Moore, cuan grande es el retroceso.

En el mundo globalizado actual estamos presenciando la caída, a veces repentina y estrepitosa, de toda esa estantería –país por país, bloque por bloque, y región por región.  En mi artículo anterior para Opinion Sur hice algunas reflexiones sobre el cierre del espacio cívico en una alta proporción de países.  En esta nota me referiré a otros procesos paralelos, convergentes, o superpuestos al anterior, a saber: el derrumbe de los partidos políticos (tradicionales o no); la crisis de representación; la primacía del movimiento sobre la organización; el auge de la política expresiva y la regresión correlativa de la política instrumental, en fin, la proliferación de huecos negros en el universo político, o en otras palabras la aparición por doquier de vacíos de poder.

Comencemos por los partidos.  Hace muchos años, un periodista occidental le preguntó a José Stalin con sorna, “En el paraíso socialista, ¿es verdad que el pueblo come caviar?”  Ni lerdo no perezoso, Stalin le respondió: “Sí lo hace, pero a través de sus representantes.”  Democrático o tiránico, hipócrita o cínico, era un mundo bastante estable y ordenado. En el mundo actual mucha gente no quiere ser representada, y mucho menos por políticos de partidos tradicionales.  Todos quieren comer caviar, y si no hay suficiente, entonces que no lo coma nadie, empezando por sus convencionales “representantes.” Existe la tentación de “romper todo.”

Pasemos ahora de la metáfora bromista al análisis objetivo. Existe en muchos sectores un rechazo de la democracia representativa o incluso de la democracia delegativa[2], a favor de una democracia plebiscitaria.  Eso es populismo en forma cruda. El avance tecnológico en materia de redes de comunicación, la globalización, y la aparición de formas nuevas de relaciones sociales, tienden a producir, por un lado, apatía hacia formas de participación política tradicionales, y por otro lado, rápidas movilizaciones en torno a temas o crisis especiales, y en especial la protesta masiva e instantánea.  Movimientos tales como la  “primavera árabe” en Medio Oriente y África del Norte (Egipto), el movimiento de ocupación de Wall Street, la movilización de mujeres inmediatamente después de la elección presidencial del 2016 en los Estados Unidos, el movimiento “Black Lives Matter,” y “#Me Too” entre otros, son tan veloces y masivos como de corta duración.  Aunque potenciados en nuestra era electrónica, tienen antecedentes antiguos y pre-industriales, por ejemplo los movimientos radicales agrarios durante la revolución inglesa del siglo 17, y en ese mismo siglo, las jacqueries y emotions[3] que explotaban periódicamente en Francia y fueron precursoras de la revolución francesa posterior.

Los casos se multiplican y repiten.  El mas reciente (pero no será el último) es el tumulto en Armenia.  Como tantos países de la periferia rusa, al caer el imperio soviético, Armenia se volvió una república presidencialista independiente.  En realidad, era una satrapía con disfraz democrático.  Un presidente autoritario se hizo cargo del poder hasta donde pudo repetir mandatos de acuerdo con la constitución.  Al llegar el agotamiento de su último período como primer mandatario, simplemente cambió el sistema político (con un partido fiel y mayoritario) y lo cambió de presidencial a parlamentario, para poder perpetuarse en el poder, esta vez como primer ministro de un congreso dócil y amaestrado.  Frente a estos trucos y en protesta contra la corrupción reinante surgió un movimiento masivo que irrumpió en el espacio público y llevó al mandatario a renunciar.  El líder del movimiento (hasta hace poco desconocido) llega así al poder, con o sin la anuencia del parlamento, con o sin violencia, con o sin elecciones.  Se trata de un tsunami político que arrasó con los arreglos de poder existentes y abre un nuevo período de incertidumbre:  ¿Podrá el nuevo líder gobernar? ¿Se volverá un populista autoritario?  ¿Habrá una intervención militar del tipo egipcio? ¿Cómo reaccionará Rusia?, etc.

En muchos países, a través de distintos sistemas socio-económicos y políticos, y con una enorme variedad de religiones, culturas e ideologías, se da un fenómeno común, a saber: la desaparición de partidos políticos estructurados, el auge de movimientos de protesta cuyos signos de la antigua distinción derecha/izquierda se confunden, la llegada al poder de lideres improvisados a cuestas de coaliciones “de ocasión” basadas en la protesta; poca gobernabilidad, fragilidad en los mandos, y una fuerte tentación autoritaria en el manejo del poder.  Recorriendo estas tendencias hay un vasto sentido nihilista: un deseo de zamarrear y destruir y un silencio pavoroso en las propuestas por construir.  El cambio social –ya sea reformista o radical—desde el estado, no logra hacerse ni efectivo ni convincente a un electorado o a una opinión publica que actúa mas por emoción que por propuestas.  Los estallidos sociales son, si no espontáneos, al menos bastante autónomos, pero con poca organización previa, lo que no soluciona el vacío de poder.  Existen por el momento dos excepciones que a pesar de su truculencia, no creo que sean sostenibles a largo plazo.  Se trata de la autocracia rusa, en la que la figura de Putin se confunde con la de un antiguo Zar, y la partidocracia china que, a pesar de tener un aparato organizativo superior al ruso, ha desembocado en la presidencia vitalicia de Xi, es decir, en un emperador.  En Turquía, Erdogan ha establecido un nuevo sultanato.  En los Estados Unidos, Trump va en camino de instaurar una dictadura, pero se ve frenado por instituciones fuertes de la sociedad civil, los jueces, la prensa, y lo que queda de la división de poderes, pero no hay garantías que las instituciones autónomas no sucumban frente a un presidencialismo plebiscitario.  En suma: en las alturas del poder político, hay autoritarismo por doquier, moderado solamente por la incompetencia.  Se repite una vieja expresión alemana aplicada al imperio austro-húngaro de otrora: Autoritarismus gemildert durch Schlumperei (el autoritarismo moderado por la chapucería).

Frente a este panorama bastante desolador, cabe preguntarse ¿de dónde proviene el cambio? y ¿dónde se forja la resistencia?  Mi impresión –que habrá que corroborar con un extenso trabajo de campo—es que provendrá de la propia sociedad civil, de micro-organizaciones a nivel comunal y barrial, de mutuales y cooperativas que habrán de organizarse como respuesta a la incapacidad del sistema de enfrentar desafíos ambientales, económicos, y de seguridad, que podemos esperar en el presente y en el futuro.  Crisis de todo tipo –algunas repentinas y muy graves—obligarán a la sociedad a auto-organizarse para sobrevivir.  De esta red de organizaciones locales cooperativas frente a la incapacidad de elites y gobernantes en controlar el sistema que los privilegia, surgirá una nueva civilización, muy diversa pero mas solidaria.  Estamos a las puertas de un nuevo medioevo, con mas recursos que el medioevo histórico, el que, por otra parte, no fue tan oscuro como nos contaron en la escuela.

 

[1] Barrington Moore, Jr., Social Origins of Dictatorship and Democracy.  Boston: Beacon Press, 1966, p. 414.

[2] Ver el ultimo texto del finado politólogo Guillermo O’Donnell escrito hace 9 años: https://www.lanacion.com.ar/1429892-la-democracia-delegativa

[3] Se trata en ambos casos de conmociones populares que llegaban a hacer trastabillar gobiernos, sobre todo monárquicos.  En Inglaterra y en Francia la democracia representativa moderna (que hoy asociamos con la división de poderes y el gradualismo pacifico en la participación política) comenzó con la decapitación de sendos reyes y grandes tumultos populares.  Existe un curioso paralelo con fenómenos de protesta en el siglo 21.

 

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