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No sólo redistribuir ingresos: eliminar concentración y asegurar soberanía decisional

Los países no centrales emergen de un duro pasado que moldea el presente y se proyecta sobre el futuro posible. ¿Estamos condenados a proseguir en el sendero que transitamos o será posible escoger otros rumbos que  permitan alcanzar mayor equidad y soberanía decisional? ¿Es suficiente concentrarse en redistribuir ingresos sin abordar cómo remover aquello que sustenta el proceso de concentración de la riqueza y de las decisiones?

Desde el pasado colonial se establecieron gravosas desigualdades sociales y territoriales mientras se transitaban diferentes fases de soberanía decisional. Una soberanía recortada ante el poder de grupos económicos cada vez más concentrados. Ese poder se expresa al interior de nuestros países a través de una doble dinámica económica: unas ruinosas y especulativas operaciones financieras que succionan sin cesar ingentes segmentos del ahorro nacional, junto a una influyente red de unas pocas grandes empresas nacionales y de subsidiarias de multinacionales que están entre las mayores corporaciones de cada país. Si bien las subsidiarias generan puestos de trabajo y movilizan proveedores locales de algunos insumos y recursos naturales, se abastecen a través de su propia red global de otros insumos, bienes de capital y servicios estratégicos; sus decisiones de inversión y de funcionamiento tecnológico y comercial se subordinan a los intereses de la red global, decisiones que en su mayor parte se adoptan en las casas matrices.

En ese contexto, los diferentes estratos del consumo local son atendidos por una heterogénea trama productiva de corporaciones de diferente tamaño y productividad: conviven grandes empresas con otras medianas, pequeñas y muy pequeñas (micro emprendimientos) que encaran desventajosamente la competencia importadora.

De este modo, la forma como se estructuran en los países los procesos de generación de valor y, luego, su retención por quienes lo producen o su apropiación por actores más poderosos, es de naturaleza piramidal con clara tendencia a favorecer la concentración en grupos financieros, empresas locales de mayor tamaño y las casas matrices de las multinacionales. Prima el interés de quienes se han hecho con el timón del funcionar global y nacional, mientras que los intereses y las necesidades de las poblaciones se subordinan a la férrea lógica del proceso de concentración de la riqueza y las decisiones.

Coexisten entonces al interior de los países diferentes dinámicas económicas: unas integradas al orden global prevaleciente extrayendo valor generado por actores locales y transfiriéndolo a núcleos del poder concentrado, y otras dinámicas económicas subordinadas que también extraen valor capitalizando capas nacionales de poder económico. Esos dos tipos de dinámicas están relacionadas y se apoyan mutuamente pero no debieran confundirse.

La inserción de un país en el orden internacional es un aspecto álgido que ejerce tremenda influencia sobre el curso de su devenir: el entrecruzamiento de variables y poderes deja a los países no centrales con espacios residuales de reproducción aunque, por cierto, algunas mejoras pueden lograrse. En cambio, la dinámica económica orientada a satisfacer intereses y necesidades locales, también estructurada piramidalmente, presenta espacios para crecer con más vigor y estabilidad si pudiesen ser transformados por coaliciones políticas orientadas a lograr equidad y mayor soberanía decisional.

Opciones a escoger

Las opciones para países no centrales van desde someterse al orden que se nos ha impuesto (concentrador, preñado de desigualdades, destructor del medio ambiente, autoritario, alienador y colonizador de subjetividades) en un extremo, hasta volcarnos a voluntarismos que ignoran o subestiman el peso de las dinámicas de sometimiento enquistadas aún en los confines más distantes de territorios y personas.

Por supuesto que existe una diversidad de otras opciones (singulares para cada situación) que no resignan la voluntad de encarar diferentes rumbos. Esas opciones buscan formas de transformar las dinámicas prevalecientes (abiertas o encubiertas) que sustentan la concentración que hoy agobia al mundo. Los criterios ordenadores de esas opciones apuntan a lograr equidad social, cuidado ambiental y mayor soberanía decisional.

La futilidad de sólo redistribuir ingresos

Cuando gobiernos de base popular acceden electoralmente a conducir el Estado (siempre disputando espacios de poder con grupos económicos que cuentan con el apoyo de partidos opositores, medios de comunicación y sectores judiciales), procuran financiar reivindicaciones sociales represadas acudiendo a diferentes modalidades redistributivas. Esto es, poco tocan la estructura productiva y el funcionamiento económico que recibieron sino, más bien, redirigen la parte que pueden del Ingreso Nacional tal como es producido a atender necesidades, nuevos derechos, aspiraciones de sectores medios y populares. Este esfuerzo por redistribuir ingresos es legítimo y valioso y no deseamos desvalorizarlo. Lo que señalaremos en las líneas que siguen es que una transformación social orientada a lograr mayor equidad y soberanía nacional necesitará además transformar aquello que sustenta el proceso de concentración de la riqueza, los ingresos y las decisiones. Si vía redistributiva sólo se mitigase el sufrimiento y el castigo que sufren enormes mayorías poblacionales, si no se cuidase con firmeza el medio ambiente, no se estaría desmontando la dinámica concentradora, se le permitiría seguir reproduciéndose.

En esos casos, eventuales mejoras en bienestar general y mayores grados de soberanía decisional que se hubiesen logrado alcanzar podrían revertirse con la ascensión al poder político de grupos y movimientos neoliberales. De ahí que gobiernos de base popular harían bien en orientar su gestión a lograr transformar los mecanismos que sustentan la concentración económica y decisional y no sólo sus efectos. De hacerlo, fortalecerían la marcha hoy seriamente amenazada hacia democracias plenas dejando atrás la fase de democracias capturadas que aún prevalece.

Transformaciones fundamentales

Transformaciones profundas en lo económico, cultural, mediático, judicial y otras áreas del funcionamiento de un país, pueden encararse de contar con una organización social y política capaz de actuar como contra-poder de las fuerzas tradicionalmente hegemónicas. Para ello, es imprescindible organizar y unir los diferentes espacios del campo popular y sostener el nunca acabado trabajo de esclarecer y esclarecernos sobre por qué, cómo, cuándo y dónde suceden los hechos y mecanismos que necesitamos revertir.

En lo económico existe una diversidad de mecanismos de acumulación de riqueza que se proyectan sobre el poder decisional. Uno de los más gravosos es la apropiación de gran parte del valor generado por toda la población que llevan a cabo grupos dedicados a la especulación financiera. Esa apropiación esteriliza importantes recursos que hacen al potencial de desarrollo nacional que, de otra manera, podrían dedicarse a invertir en la economía real e integrar sobre nuevas bases a amplios sectores que están desocupados o sub ocupados en espacios económicos residuales. Señalamos así la necesidad de transferir ingentes recursos hoy concentrados en la especulación financiera a nuevos espacios productivos de la economía real de modo de generar mayor equidad social y soberanía decisional. Estamos vinculando dos desafíos que son complementarios: eliminar la apropiación de valor que realizan grupos concentrados dedicados a la especulación financiera para, al mismo tiempo, financiar con esos y otros recursos que luego se detallan, el acompañamiento de gestión, comercial y tecnológico, a importantes segmentos de la población activa históricamente desvalorizados e injustamente postergados.

No se necesitan mayores recursos para eliminar la apropiación de valor que realizan los especuladores financieros sino cambios profundos de reglas de juego, como ser gravámenes a la renta financiera que eliminen por completo las ganancias extraordinarias que hoy logran. Debieran ser más rentables las inversiones en una economía real estimulada y transformada que otras de naturaleza parasitaria que tan sólo succionan valor y lo reciclan en viejas y nuevas modalidades de especulación financiera. Es inaudito comprobar que ciertas políticas públicas promueven por sí mismas, en lugar de eliminar, el sesgo especulativo. Esta dinámica es social y económicamente insostenible.

Junto al pasaje de recursos de la especulación financiera a la economía real también se requiere transformar ciertas dimensiones de la economía real que contribuyen al proceso concentrador. Grandes corporaciones detentan tal poder en relación al Estado, a los trabajadores, a empresas medianas y a pequeños emprendimientos, que logran acumular resultados extraordinarios a través de evadir o eludir impuestos, fugar capitales, imponer precios y otras condiciones a proveedores, consumidores y trabajadores. Descargan sobre los demás sus propias responsabilidades y restan al Estado ingresos genuinos lo que, con frecuencia, les induce a sobre endeudarse, uno de los factores más efectivos para someter países y subordinar los intereses de sus pueblos.

El sistema económico no se estructura en lo interno ni se inserta en el mundo con una perspectiva de asegurar los mejores resultados alcanzables para su población y medio ambiente; nada de eso. Más bien se estructura y adopta una forma de funcionar que es en esencia definida según las decisiones que adoptan los más poderosos grupos económicos. Esas decisiones se toman en función de propios intereses y en muchos casos de distantes casas matrices; son, además, consagrados como prioritarios por las políticas públicas con lo que se subordinan a ellos los intereses relacionados con el bienestar general y el cuidado ambiental.

La estructura así impuesta a la matriz productiva nacional y la forma como operan las principales cadenas de valor deslizan los países no centrales a desigualdades y recurrentes fases de inestabilidad de naturaleza sistémica.

Remitimos a otros textos publicados por Opinión Sur algunas especificidades imprescindibles de encarar al procurar transformar la matriz productiva, las cadenas de valor y las relaciones económicas internacionales para integrar con equidad al sistema económico a toda la población activa, superar vulnerabilidades de escala y sostener un crecimientos orgánico.

Una falsedad ideológica que es necesario despejar

Es falso que los países no centrales no dispongan de recursos y talento para encarar con éxito senderos de desarrollo sustentable. Los hay pero ellos son extraídos y fugados fuera de nuestros países. Si esto no se comprende, si no se desenmascaran los mecanismos encubiertos de apropiación de valor, si no sostenemos la autoestima de nuestra población y de quienes son capaces de organizar sobre otras bases la producción de bienes y servicios (no codicia, lucro sin fin, egoísmo, sino atender necesidades de todos y cuidar al planeta), entonces nuestras mentes seguirán colonizadas y sometidas las voluntades.

Ahí arranca buena parte de los desafíos. En lugar de rendirnos, esclarecernos y organizar; en lugar de creer que tan sólo haciendo colapsar lo existente llegaremos a la otra orilla, habrá que explicitar la sociedad deseada y cómo sustentarla; construir lo nuevo, preservar de lo antiguo lo valioso; percibir al otro; tender manos. Con esto y mucho más que habrá que desbrozar se podrá avanzar, entonces sí, hacia democracias plenas.

 

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